La fuga de Hernán Bermúdez Requena, quien dirigió la Secretaría de Seguridad de Tabasco, durante los gobiernos de Adán Augusto López Hernández y Carlos Manuel Merino Campos, cruje hoy como hueso roto en el esqueleto con osteoporosis de la autoproclamada “cuarta transformación” Si Genaro García Luna encarnó el pecado original del calderonismo, Bermúdez Requena amenaza con convertirse en su reflejo, en el espejo empañado, pero vanidoso y soberbio de Morena. No se trata solo de la caída de un funcionario más; es la fractura del relato heroico. Quien fue el supuesto custodio del orden tabasqueño habría negociado en la penumbra con la maña, mientras desplegaba patrullas bajo la bandera regeneradora. El guion nacional exigía villanos azules, pero ahora descubre monstruos guindas. ¿Quién dejó abierto el portón de la impunidad, para que el ex policía tabasqueño se diera a la fuga del país? ¿Dónde estaba la agudeza de Adán Augusto, el hombre que presume saberlo todo desde el escaño, el palacio y la tarima? Fue secretario de Gobernación de AMLO, cuando Bermúdez Requena todavía patrullaba su reino tropical, conocía los callejones de Villahermosa y los laberintos estatales. Se sabe que quien controla la información controla también las omisiones. El silencio posterior de Merino Campos, y el murmullo casi inexistente del partido que gobierna, completan la escena: un retrato de familia donde las miradas evitan la cámara que los inmortalizará como lo que son: unos cómplices. Más elocuente que las palabras resulta el silencio. En Palacio Nacional, las voces que suelen dictar verdad moral hoy murmuran con boca de piedra. No hay mañanera que dedique epíteto a Bermúdez Requena, no hay tuit justiciero para el prófugo de la justicia. La complicidad, a veces, se escribe con puntos suspensivos. El episodio desnuda una aritmética política elemental: si el aliado cae, se resta; si el adversario cae, se multiplica. Con Bermúdez Requena, la resta amenaza volverse división, y la palabra transformación podría quedar huérfana del adjetivo de cuarta. La 4T había prometido desterrar la complicidad estructural entre Estado y crimen. Sin embargo, hoy enfrenta la prueba de su coherencia. Si la retórica respecto al viejo régimen fue implacable, la vara moral de la "4T" debe medir, con idéntica severidad, también a los suyos. De lo contrario, lo dicho se vuelve coartada y el combate a la corrupción se deshilacha en una decadente narrativa. Cada día que pasa sin explicaciones amplía la sombra sobre la “4T”. La detención de Bermúdez Requena no bastará: se requiere una revisión pública de las cadenas de mando que permitieron su ascenso y blindaron su huida. Sin ese ejercicio de transparencia, la “cuarta transformación” llevará, como un recordatorio eterno, el rostro del funcionario prófugo: la grieta que muestra qué tan frágil puede ser la supuesta “superioridad moral”, cuando se confronta consigo misma.