Homilías de cuatro minutos

Joseph Pich

Homilías cortas del domingo

  1. Jul 20

    17 Domingo A Parábola del tesoro escondido y la perla

    Parábolas del tesoro escondido y de la perla de gran valor              Hoy en el evangelio Jesús nos presenta dos parábolas acerca del reino de los cielos: el tesoro escondido y la perla de gran valor. Ambas son parecidas; nos muestran el gran precio del reino de Dios y lo que deberíamos hacer para alcanzarlo. Pero muestran algunas diferencias: el tesoro apunta más a la abundancia de dones, y la perla indica más su belleza. A todos nos atraen las piedras preciosas y la perlas. Brillan con diferentes luces, admiramos sus colores de gran belleza, y nos gustaría poseerlas a cualquier coste. Las usamos para demostrar el amor que tenemos por nuestros seres queridos. La gente arriesga sus vidas para conseguirlas y otros van a la cárcel por robarlas. Nosotros deberíamos arriesgar nuestras vidas para ir al cielo y luchar para conseguirlo.             No hay nada como el reino de los cielos. Nuestro corazón anhela por una vida eterna llena de infinitos bienes. Peter Kreeft menciona un experimento mental que solía poner San Agustín: “Imagina que Dios se te aparece y te dice: ‘Te voy a proponer un negocio. Te daré todo lo que pidas: placer, poder, honor, riquezas, libertad, paz en tu mente y buena conciencia. Nada será pecado para ti. Nada te será prohibido y nada te será imposible. Nunca estarás aburrido y nunca morirás. Solo, que nunca verás mi cara.’ ¿No has notado un escalofrío en lo más profundo de tu corazón al oír estas últimas palabras?” El cielo es ver la faz de Dios. Mirar la cara de una persona significa reconocer su identidad, percibir sus sentimientos y admirar su dignidad y belleza.             ¿Qué es el cielo para ti? Para algunas personas es algo bueno pero lejano, un lugar que les gustaría ir en un futuro, como las Bahamas, o algo que considerarán cuando estén más cerca de la muerte. Mucha gente prefiere la vida aquí más que la eternidad: mejor lo que conozco, lo que puedo tocar; no sé qué pasará cuando muera. Pero el cielo es demasiado grande para cambiarlo por la vida aquí en la tierra. La famosa apuesta de Pascal demuestra que la idea del cielo no es solo un cincuenta por ciento de probabilidad; es todo o nada. Si Dios no existe no pierdes nada; si existe, lo ganas todo; ganas más que pierdes.             Otra diferencia entre estas parábolas es que el tesoro es algo que uno se encuentra casi por casualidad, y la perla es un resultado de una larga búsqueda. La fe, la vocación, la verdadera sabiduría, el deseo del cielo, son cosas que a veces se descubren de repente, sin buscarlas, y otras veces después de mucho buscar. Si Dios nos las quiere dar, deberíamos estar eternamente agradecidos. Si quiere que las sigamos buscando, es mejor para nosotros. Nos encanta buscar tesoros, algo que nos sabemos lo que es, o dónde se encuentra. Dios como buen Padre que es, quiere que disfrutemos del tesoro que ha preparado para nosotros. Contiene un número infinito de bienes y gracias, diseñado especialmente para nosotros.             Los dos hombres de las parábolas tienen la misma actitud y consiguen lo mismo. Venden todo lo que tienen, para comprar el campo y la perla, y contra todo pronóstico ambos consiguen la felicidad. Para conseguirla hay que vender todo lo que poseemos; sino no conseguiremos lo que queremos. Es la única manera de ser felices. Una buena pregunta hoy para nosotros: ¿Qué es lo que Dios me está pidiendo que venda para estar más cerca del cielo? San Josemaria decía que debemos andar con los pies anclados en el suelo, y los ojos mirando al cielo.   josephpich@gmail.com

  2. Jul 14

    16 Domingo A Parábola de la cizaña

    Parábola de la cizaña             Estos domingos las parábolas en el evangelio intentan explicar el reino de los cielos: es casi imposible. Para ello se necesitan un número infinito de parábolas. Deberíamos fomentar el deseo de conocer más acerca de nuestra tierra prometida. Cuanto más conocemos las maravillas de nuestro destino, más nos apresuramos y apretamos el paso. Cuanto más fijamos los ojos en el cielo, más anhelamos nuestro fin. Jesús nos ha preparado un lugar para cada uno de nosotros y tenemos que hacer todo lo posible para llegar ahí. Cuando planeamos un viaje, primero miramos hacia dónde queremos ir y luego vemos como llegar. Nosotros los cristianos sabemos a dónde vamos y conocemos el camino: Jesús es nuestro camino, el único camino. No podemos perdernos, distraernos, entretenernos o pararnos en nuestro caminar.             Hoy tenemos la parábola de la cizaña. Es fácil de entender porque en los jardines siempre crecen malas hierbas. Dicen que las hierbas no son malas; solo que están fuera de lugar. Molestan a los jardineros y nos recuerdan los obstáculos que encontramos en nuestro camino. Los problemas son compañeros de nuestra vida diaria. Siempre hay cosas que van mal o se desarrollan de una manera diferente de cómo las habíamos planeado. Nos quejamos de los demás, del mal en el mundo, pero nos olvidamos de que nuestro corazón está lleno de cizaña. Es más fácil descubrir las malas hierbas en el jardín del vecino que en el nuestro. Jesús explica la parábola muy bien, retratando el drama de nuestra existencia. Bien y mal, ángeles y demonios: esto es lo que ocurre entre bastidores. No hay gente buena o mala. El bien y mal se encuentran en nuestros corazones todos mezclados. Somos nosotros los que tenemos que extirpar el mal y promover el bien. Al fin y al cabo, el mal es ausencia de bien.             Los siervos se quejan al amo de que alguien ha sembrado la cizaña. Les contesta que lo ha hecho el enemigo cuando estaban dormidos. Tenemos que estar despiertos, vigilantes. Mientras somos perezosos, el demonio no para. La gente se queja a Dios de cómo deja progresar el mal. Lo mismo le pasó a Santa Teresa de Ávila. Cuando le hizo a Jesús esa pregunta, él le respondió: te he creado a ti. Mientras nos quejamos, el demonio siempre trabaja, nunca para. La buena noticia es que Dios está a nuestro lado, está siempre despierto y sus planes siempre se cumplen.             Hay tres tentaciones que nos engañan, y que pueden esconder el mal de nosotros. Primero la indiferencia: ignorarlo, no hacer nada, vivir nuestra vida, no es mi problema, no me preocupa; debería inquietarnos, pues los cristianos somos la buena semilla. Segundo es la arrogancia: nosotros somos los buenos, sabemos lo que está bien y ellos son unos ignorantes; si estamos cerca de Dios es porque él nos ha ayudado. Tercero es la violencia: para desarraigar el mal podemos ponerlo en ridículo, abusar a la gente en las redes sociales, lanzar noticias falsas. Lo mejor es hacer lo que hizo Juan Pablo II: diseminar el bien, hablar de Dios, esparcir la buena semilla. Es más efectivo el plantar que desarraigar, el sembrar que el destruir.             El mal siempre estará con nosotros. No debería preocuparnos. Dios es paciente, misericordioso, y nosotros deberíamos serlo también. ¿Por qué Dios deja que la cizaña crezca con el trigo? Hay diferentes razones. La primera para que esta se convierta en trigo. Dios lo puede hacer. Tenemos experiencia. Siempre hay tiempo para la conversión. Algunos santos han sido primero grandes pecadores. Segundo, para que nosotros seamos mejores. En tiempos de persecución, los cristianos nos hacemos más fuertes. Tercero, Dios es el único que puede sacar bien del mal. Utiliza gente malvada para sus planes, para que nos demos cuenta que siempre se cumple su voluntad.   josephpich@gmail.com

  3. Jul 8

    15 Domingo A Parabola del sembrador

    Parábola del sembrador             Hoy Jesús nos habla con una parábola. ¿Por qué? Porque nos cuesta entender su mensaje. Jesús necesita utilizar imágenes, comparaciones, ejemplos materiales para explicar las espirituales. Somos cuerpo y alma, y a través del cuerpo descubrimos al alma. El reino de los cielos es tan rico que Jesús necesita utilizar diferentes parábolas, para que podamos entender mejor sus distintos aspectos. Dicen que antes de escribir, el hombre comenzó a pintar primero. Una imagen vale más que mil palabras. Las parábolas de Jesús están grabadas en nuestra cultura. Cuando hablamos del hijo pródigo, el buen samaritano, la oveja perdida, la gente sabe a lo que nos referimos. Recordamos mejor las parábolas que los conceptos abstractos. En nuestra sociedad, donde estamos rodeados de innumerables pantallas, las imágenes nos son muy importantes.             Hoy Jesús nos propone en el evangelio la parábola del sembrador. Es algo un poco ajeno a nosotros. La mayoría de nosotros no hemos presenciado a un sembrador sembrando semillas. Hoy en día utilizamos máquinas para ello. En tiempos antiguos se hacía con la mano, echando las semillas a voleo. Jesús es el sembrador que nos echa sus semillas, sus gracias, su poder, y somos nosotros los que tenemos que cogerlas y plantarlas en el suelo, para dar fruto. Respeta nuestra libertad y no se impone. Nos deja que seamos nosotros los que aceptemos su semilla, para que sea parte de nuestras vidas, y guardarla. Espera de nosotros una actitud de recibir y custodiar. Deberíamos agradecer su generosidad, pues siempre echa semilla abundante. Podemos malgastarla.             Para dar más fruto es importante que el sembrador emplee la semilla apropiada. El mercado de semillas es muy lucrativo y las multinacionales están muy interesadas en desarrollar semillas que den más fruto, que sean resistentes a las plagas, que sobrevivan las heladas, que necesiten menos agua. Jesús tiene la semilla adecuada. No hay otra mejor en el mercado. Y es gratis. Es su palabra en la Escritura Santa, el agua que salta hasta la vida eterna en el Bautismo, el pan de vida en la Eucaristía, el buen vino de Cana, el aceite puro de oliva que cura, la absolución en la confesión, la pequeña semilla de mostaza que se convierte en un árbol enorme, el tesoro escondido en el campo, la perla de gran valor, la red que recoge una abundante pesca, el óbolo de la viuda. Su semilla es siempre de buena calidad. Somos nosotros los que la tenemos que hacer fructificar.             Nosotros somos el suelo que acepta la semilla. Nuestro corazón tiene buena tierra, pero tenemos que prepararla. No puede ser ni muy dura, ni muy blanda. Nuestro corazón a veces está endurecido. Nos cuesta compartir los sentimientos de Jesús. Tenemos que hacerlo más suave, más esponjoso, para que pueda recibir la semilla mejor. Quizá debamos ir con más frecuencia a la confesión, recibirle más a menudo, hacer más actos de contrición, pedir perdón y perdonar. Quizás nuestro corazón es demasiado blando y a la primera dificultad se desmorona. Necesita ser más resistente al viento frio, a las heladas, a la sequía, dar cara a los obstáculos con más determinación. Si nuestro corazón está lleno de piedras hay que extraerlas una a una. ¿Cuáles son las piedras en mi vida que no me dejan ver a Dios? Si tenemos espinas, hay que desclavarlas. ¿Cuáles son las espinas que me hace mirar hacia dentro, que me evitan experimentar el amor de Dios?             No es suficiente tener una buena tierra. Hay que establecer las condiciones adecuadas para que la semilla crezca. El suelo debe tener suficiente profundidad para que las raíces se desarrollen y las plantas puedan establecerse con holgura. Sino la planta al crecer carecerá de humedad y se secará pronto. Hay que plantar la semilla en el lugar adecuado, cerca de la valla de la oración para resguardarla del frio, utilizar el fertilizante de las buenas obras, regarla abundantemente con el agua de la gracia, matar los gusanos de nuestros vicios. Hay que cuidar la semilla cuando comienza a salir, cubrirla de los vientos contrarios reinantes en nuestra sociedad, dejar que el sol de las buenas compañías la arropen y calienten. No podemos dormirnos y que venga el enemigo y la desarraigue.   josephpich@gmail.com

  4. Jun 30

    14 Domingo A Ser como niños

    Ser como niños              “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños.” Dios ama a los niños. Jesús se queja a sus apóstoles: “Dejad que los niños se acerquen a mí.” Los niños creen en ángeles y milagros. Cuando crecemos perdemos la facilidad para las cosas espirituales. Por eso Jesús nos recuerda que, si no nos hacemos como niños, no entraremos en el reino de los cielos. Tenemos que recobrar la habilidad de conectar con lo sobrenatural, la fe de creer en que la otra vida comienza aquí. La eternidad tiene una puerta pequeña y debemos disminuir para entrar. Nuestro ego es demasiado grande. ¿Cómo son los niños? Se me ocurren cuatro rasgos distintivos: humildad, simplicidad, sinceridad y actualidad. Son virtudes importantes para nuestra vida espiritual.             Humildad. Los niños son pequeños y lo saben. No tienen que pretender o presumir. Su pequeñez está siempre delante de ellos. Te miran de abajo arriba, suben a los árboles, se caen, ensucian, piden ayuda. Están indefensos. Quieren crecer, ser mayores, soñar. Son curiosos, tienen una gran capacidad de admiración, esperan. Todo eso nos ayuda a ver a Dios como padre y tener confianza en él. Somos débiles y le necesitamos. Es la mejor manera de vernos como somos y contemplar nuestra dignidad.             Simplicidad. La gente ama a los niños porque son transparentes: lo que ves, es lo que es. No saben engañar. Puedes leer su mente mirando a sus caras. Son inocentes, ingenuos, auténticos. Dicen lo que piensan. Sabes a qué atenerte con ellos. Lloran cuando están heridos y ríen cuando están alegres. Nosotros nos pasamos nuestra vida escondiendo nuestros sentimientos, intentando no decir lo que pensamos, pretendiendo ser otra persona. Sabemos engañar, tener diferentes vidas; actuamos diferentes ante diversas personas. Dios nos conoce perfectamente y nos quiere como somos. No tenemos que pretender delante de él. Cuando nos acercamos a él nos dice: quítate este disfraz que no te pertenece. Podemos ser lo que somos delante de él.             Sinceridad. Los niños pequeños no saben mentir. Todavía no han aprendido el arte de engañar. Dicen que lo que diferencia a un computador de una persona humana es la capacidad de mentir. Es muy fácil cazar las mentiras de los niños, pues inventan asombrosas verdades. Sus madres conocen cuando mienten, aunque no lo muestren, pues estaban allí cuando mintieron por primera vez: no miran a tu cara, mueven sus orejas, tuercen la nariz, fruncen el ceño. Es inútil engañar a Dios; sabe cuándo mentimos.             Actualidad. No sé cómo nombrar a esta virtud: es el arte de vivir en el tiempo presente. Los niños lo hacen con naturalidad. Están constantemente jugando. No se preocupan del pasado; no existe. No piensan en el futuro; está en manos de sus padres. Se mudan de una sonrisa a un lloro en segundos. Pueden reír con las lágrimas todavía resbalando por sus mejillas. La Escritura Santa dice que Dios juega con los hijos de los hombres. Nosotros nos olvidamos de jugar con él. No tenemos que preocuparnos del pasado: lo hemos confesado. Nuestro futuro está en las manos de Dios, que es un Padre amoroso, que perdona y se olvida.   josephpich@gmail.com

  5. Jun 23

    13 Domingo A Amar a Dios

    Amar a Dios              “Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.” Lo que nos dice hoy Jesús suena un poco fuerte. ¿Por qué lo dice? Porque hemos sido creados para amar a Dios sobre todas las cosas. Está inscrito en nuestros genes y es el único camino de ser eternamente felices. Tenemos que poner a Dios primero, centrarnos alrededor de él. La Biblia nos lo recuerda unas cuantas veces: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza.” ¿Es esto posible? Mira a los santos. Lo hicieron con la ayuda de Dios. Dieron sus vidas a Dios. ¿Se puede amar tanto a una persona como dar la vida por ella? Vemos en la historia de la Iglesia una larga fila de gente que han entregado sus vidas a Dios. Si no nos damos a Dios, él no se nos dará a nosotros.             ¿Cuánto amamos a Dios? ¿Qué es lo estamos dispuestos a hacer por él? ¿Estamos dispuestos a no ofenderle y a seguir su voluntad? Amar es un poco diferente de emociones y sentimientos. Es cuestión de voluntad. Podemos elegir a quien amamos. Puede haber una atracción al principio, pero después es una decisión nuestra. Amamos a Dios con nuestra inteligencia y voluntad. No podemos amar lo que no conocemos. Cuanto más sabemos de Dios, más le podemos amar. Debemos descubrir a Dios para amarlo plenamente. No hay nadie como Dios.             Pero ¿Cómo me enamoro de Dios? ¿Cómo queremos a los demás? De la misma manera que amamos a los demás, amamos a Dios. Tenemos un solo corazón. Hay gente que piensa que tenemos dos corazones, uno para Dios, y otro para los demás. También podemos pensar que para amar a una persona hay que verla. Pero la gente ama personajes en su imaginación o actores que nunca van a encontrarse. Queremos a los demás pasando tiempo con ellos, haciendo cosas por ellos, dándoles regalos, diciéndoles que cuentan en nuestras vidas, dándonos a ellos, haciendo sacrificios. Es lo mismo con Dios.             El amor humano depende de otra persona. Esta nos puede abandonar, perder la cabeza, cansarse de nosotros, encontrar alguien mejor que nosotros. El amor de Dios depende solo de mí. Dios está siempre dispuesto, es paciente, esperando, listo para perdonar y olvidar. No encontraremos nadie como él.             ¿Sabemos amar? Creemos que sabemos, pero quizá solo sabemos amarnos a nosotros mismos. El amar es un arte que hay que aprender y practicar. Con Dios tenemos que dar primero. Pensamos que, porque lo tiene todo y no le falta nada, debe darnos lo que necesitamos. Pero como buen padre, no quiere malcriarnos. Quiere que crezcamos fuertes y maduros, y por eso espera que nos demos primero. Cuanto más nos damos, más recibimos. Nos da más de lo que necesitamos. Él es siempre mucho más generoso que nosotros. El tiempo nos da la razón.   josephpich@gmail.com

  6. Jun 16

    12 Domingo A Cuerpo y Alma

    Cuerpo y alma             “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno.” “No tengáis miedo” es el versículo de la Biblia más buscado en Google. Tenemos miedo del futuro, de lo que no conocemos, de lo que nos pueda pasar. Estas son las primeras palabras que salieron de la boca de Juan Pablo II cuando fue elegido Papa. Era un hombre que no tenía miedo a nada ni a nadie: sobrevivió el nazismo y el comunismo. Jesús nos dice lo mismo hoy: no tengas miedo porque yo estoy siempre contigo. Solo ten miedo de lo que puede matar tu alma: el pecado. ¿De qué tengo miedo? Dicen que conoces a una persona cuando sabes que es lo que teme.             Nuestra alma puede ser herida, a veces gravemente. Pero como es inmortal, puede ser revivida mediante la confesión. Aunque hay gente que lo niega, sabemos que tenemos alma. No podemos identificarla en el cuerpo, pero tenemos experiencia de nuestros poderes espirituales. Podemos acentuar la unidad del cuerpo y el alma, pues somos uno, o se pueden mirar como dos realidades distintas, separables por la muerte. Normalmente nos preocupamos más del cuerpo que del alma. El cuerpo está siempre delante de nosotros. El alma es más invisible.             El mundo tenía miedo al Coronavirus, un organismo diminuto y malicioso, porque no lo podía controlar. Sin embargo, no nos dan miedo otros virus espirituales, más peligrosos y que causan más daño: tentaciones, adicciones, vicios, malos pensamientos, los siete pecados capitales. Estas son las cosas de las que debemos tener miedo y protegernos contra ellas.             Nos ponemos mascaras para no contagiar a otros, pero murmuramos, criticamos y hablamos mal de la gente: estamos echando virus a los demás. Cuidamos una distancia prudencial, pero vemos cantidad de basura en la televisión y YouTube. Nos desinfectamos las manos, pero no limpiamos el alma. Seguimos las reglas de aislamiento decretadas por el gobierno, pero no seguimos lo que Dios quiere que hagamos. Nos preocupa más el cuerpo que el alma. Sin embargo, el cuerpo es reciclable y el alma vive para siempre. No podemos cambiar mucho el cuerpo, como por ejemplo la altura o el color de los ojos, pero sí que podemos hacer mucho para embellecer nuestra alma. Mira lo que han hecho los santos. Debemos darnos prisa porque no nos queda mucho tiempo de vida.             Tenemos que rezar para ver qué es lo que nos separa de Dios y como podemos protegernos contra esos virus. El Coronavirus viene y va. Los virus espirituales están siempre con nosotros. Debemos rezar para ver como eliminarlos. ¿Qué es lo que me da paz o lo que me enfada? ¿Qué me ayuda a estar cerca de los demás y que es lo que me separa de ellos? ¿Qué me mueve a ser generoso y que es lo que me hace egoísta? En resumen, cuáles son los virus buenos y los malos.   josephpich@gmail.com

  7. Jun 9

    11 Domingo A La mies es mucha

    La mies es mucha              Hoy en el Evangelio leemos que Jesús “al ver las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.” Jesús se compadece y siente la necesidad de ayudarnos cuando estamos ansiosos y deprimidos. Es bueno saber que conoce nuestros problemas y que está dispuesto a ayudarnos. Muchas de nuestras preocupaciones están creadas por la imaginación, la soberbia o el egoísmo. En vez de sentir lástima de uno mismo, deberíamos ir a Jesús pidiendo ayuda. Él es el único que puede arreglar nuestros problemas completamente.             Luego nos dice: “La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.” Hay mucho trabajo en la viña del Señor. No hay desempleo. Hoy en día los gobiernos encuentran difícil crear trabajo para todo el mundo. El mercado laboral está cambiando constantemente. No es fácil para las universidades el predecir que va a pasar en el futuro. Se dice que la gente se está preparando para trabajos que no van a existir el día de mañana. Sin embargo, en la viña del Señor siempre hay trabajo. Cada generación es nueva y hay que volver a empezar. La recompensa es muy buena: el ciento por uno en esta tierra y la vida eterna en la otra. No hay mejor negocio en esta vida.             Jesús nos dice hoy que necesita gente para echarle una mano, para hacer este mundo mejor. Lo hace de un modo discreto: rezar para que el Señor envíe trabajadores. Mirando alrededor nuestro, nos damos cuenta de que hay mucha necesidad de gente que de su vida a Dios. Él no nos necesita, pero el quiere que le ayudemos en su trabajo de salvación. Quiere que pensemos que le estamos ayudando. Como el padre que deja que su hijo pequeño le ayude en el jardín. Él se piensa que le está ayudando y en realidad es más bien un estorbo. Lo mismo pasa cuando echamos una mano a Dios.             Vemos que hoy no hay mucha gente que esté dispuesta a seguir a Jesús. Lo pueden hacer, por un tiempo, por unos años, ¿pero toda la vida? La gente joven tiene miedo a comprometerse. No saben lo que les deparará el futuro. Quizá cambien de idea. Piensan que sus vidas valen mucho. Debemos comparar nuestra vida con Dios. ¿Quién soy yo delante de Dios? Jesús nos dice que tenemos que pedir por sacerdotes. ¿Cuánto rezo? A veces nos quejamos de que no tenemos buenos sacerdotes, pero no rezamos suficiente por ellos. Tenemos los pastores que nos merecemos.              ¿Por qué hay pocos trabajadores en la viña del Señor? ¿Por qué Dios no envía más gente, si hay tanto mal en el mundo? Porque Jesús normalmente utiliza poca gente para llegar a muchos. Para que se vea que es él. Eligió solo doce apóstoles al principio, para que fueran las columnas de la Iglesia. No se necesita mucha levadura para fermentar toda la masa. Hoy es un buen día para pensar si estamos dispuestos a dar nuestra vida a dios. Todo cristiano debería tener esta disposición generosa.   josephpich@gmail.com

  8. Jun 1

    Corpus Christi

    Corpus Christi              Hoy vamos a llevar a Jesús por las calles. Vamos a andar con él, a dar un paseo, a acompañarlo por los alrededores de la iglesia. Vamos a tocar música, quemar incienso y llevar flores. Queremos traer las flores de nuestras buenas obras. Durante el día podemos recoger las que encontramos por el camino y formar un buen ramo. Son pequeñas flores que nadie reconoce, pero que no pasan desapercibidas a un ojo delicado. Quemamos el incienso de nuestros buenos deseos, que llegan a la presencia del Dios Todopoderoso, a través del humo que sigue subiendo. Y tocamos nuestra mejor música, enviando nuestros pensamientos hacia él, expresando con palabras lo que llevamos en nuestro corazón.             Durante el Jueves Santo organizamos la procesión dentro de la iglesia, hacia el Monumento. Acompañamos a Jesús en el jardín de los olivos, hacia su agonía en Getsemaní. Es una procesión triste, con los apóstoles durmiendo, solo Judas despierto. Hoy vivimos el misterio del Jueves Santo a la luz de la resurrección, que sucedió unos días más tarde. Entonces fue el Via Crucis, el camino hacia la cruz, a través de las calles de Jerusalén. Hoy es el Via Lucis, el camino de la luz, brillante como la luz del sol al medio día. No pudimos celebrar laHostia Santa dignamente el Jueves Santo, porque Jesús iba a morir por nosotros. Después de su resurrección, se fue al cielo, pero se quedó con nosotros en el sagrario. Hoy le felicitamos por su presencia. Estamos agradecidos de que haya decidido quedarse con nosotros.             Es una fiesta magnífica. Como un rey que sale a encontrarse con sus súbditos. Tocamos música, cantamos canciones, nos alegramos de su presencia. Lo acompañamos con nuestros mejores vestidos, con nuestros mejores deseos, y con nuestra presencia reconocemos su realeza, su reinado sobre nosotros, y estamos contentos de ser ciudadanos de su reino, un reinado de paz y justicia, de verdad y de vida. Cantamos aleluya, hosanna, Dios salve al rey, que su reino dure para siempre.             Hemos hecho una alfombra de flores para que Jesús pueda pisar suave. Hoy en Europa hay una larga tradición de magnificas alfombras de flores serpeando por las calles de los pueblos, donde la gente va a admirar los colores y las formas preciosas, justo antes de la procesión. Cada casa diseña la suya, por las calles estrechas, decorando balcones y ventanas. En las grandes ciudades se utilizan grandes custodias antiguas, llevadas en alza por personas o empujadas en ruedas, con toda clase de joyas y piedras preciosas, incrustadas en oro y plata, elaboradas por los mejores joyeros.             Llevamos a Jesús debajo del palio, para cubrir su divinidad, velada detrás de un pedazo de pan, blanco como la nieve, ocultado a nuestros ojos sin fe. Normalmente se esconde dentro del sagrario, frio en invierno y caliente en verano. Pero hoy quiere ver la luz del día, mirar dentro de nuestras almas, curar nuestros cuerpos heridos, atravesar nuestra carne mortal. Desde la altura de la custodia, puede vernos por encima de nuestras cabezas, mirando hacia el futuro, perdonando nuestro mísero pasado. Y como en su camino al Calvario, nos encontramos con su madre, que nos espera en el camino, con el deseo de contemplar su faz, esta vez llena de alegría, cuando nos ve caminando con su hijo.   josephpich@gmail.com

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