Hay escritores que pasan toda una vida buscando la historia que quieren contar. Muchos de ellos, cuando la encuentran dedican años a narrarla. Por eso, continuaron escribiéndola cuando el tiempo comenzaba a agotársele. Enfermos, debilitados y, en algunos casos, perfectamente conscientes de que probablemente no llegarían a ver publicado su último manuscrito. Aquí surge la pregunta de hoy: ¿qué escribirías si supieras que esas páginas podrían ser las últimas? Hoy, en Enigmas y Misterios, vamos a acercarnos a aquellos escritores que siguieron escribiendo mientras la muerte les acechaba. Uno de los casos más impresionantes nos lleva hasta Miguel de Cervantes. Resulta extraño pensar que el autor del Quijote pudiera considerar que todavía le quedase algo que demostrar, pero Cervantes había depositado enormes expectativas en Los trabajos de Persiles y Sigismunda. En 1615 llegó a hablar de ella como una obra destinada a ocupar un lugar destacado entre las novelas escritas en castellano, por encima de El Quijote. El problema era que el tiempo jugaba en su contra. Estaba gravemente enfermo y era consciente de ello. El 19 de abril de 1616, después de haber recibido la extremaunción, todavía encontró fuerzas para escribir la dedicatoria del Persiles al conde de Lemos. La comenzó con unas palabras que hoy resultan estremecedoras: «Puesto ya el pie en el estribo…». Cervantes estaba despidiéndose del mundo. Murió apenas tres días después y el Persiles sería publicado al año siguiente. Post Mortem. Lo más fascinante es que, incluso entonces, a sabiendas de que le quedaba poco de vida, continuaba hablando de otros proyectos. La muerte no llegó cuando él consideraba concluida su carrera, sino cuando todavía quedaban historias esperando ser escritas. Historias que jamás fueron contadas y que jamás serán contadas. Para muchos escritores, esta es la condena de la mortalidad, porque probablemente continuarían escribiendo siglos después de haber nacido. Algo diferente ocurrió con Jane Austen. En enero de 1817 comenzó una novela que hoy conocemos como Sanditon. Ya estaba enferma, pero siguió trabajando hasta completar once capítulos y medio. El 18 de marzo dejó de escribir. Su salud empeoró drásticamente y justo cuatro meses después, el 18 de julio, murió con solo cuarenta y un años. Sanditon quedó inacabada. No hubo punto final. Simplemente la historia se detiene antes de darse por concluida. Como si su autora hubiera dejado la habitación pensando que volvería al día siguiente y no contase con no hacerlo, como desafortunadamente ha pasado a muchos escritores que murieron en accidentes, ataques cardiacos o por causas desconocidas. Esa interrupción brusca quizá sea una de las formas más evidentes de recordar que la última página de un escritor no siempre es la que él elige, sino la que el destino le da. También Katherine Mansfield sabía que el tiempo podía estar agotándose. Durante sus últimos años convivió con la tuberculosis mientras buscaba tratamientos y continuaba escribiendo. En 1922 terminó El canario, su último relato completo, una historia que gira alrededor del recuerdo de un pequeño animal muerto y del vacío que deja su ausencia. Mansfield murió pocos meses después, con treinta y cuatro años. Lo más significativo es que todavía planeaba nuevos relatos. Había libros que existían en su imaginación y que nunca llegarían al papel. George Orwell protagonizó una carrera contra el reloj mucho más evidente. Se instaló en la remota isla escocesa de Jura para trabajar en una novela que terminaríamos conociendo como 1984. Mientras construía aquella sociedad dominada por la vigilancia, la manipulación del lenguaje y el control del individuo, su cuerpo fue fallando. Orwell padecía tuberculosis y atravesó periodos en los que apenas podía levantarse de la cama. Aun así, continuó trabajando hasta terminar el manuscrito a finales de 1948. 1984 apareció en junio de 1949. Orwell murió apenas siete meses después, en 1950, con cuarenta y seis años. La imagen es poderosa: un hombre gravemente enfermo, aislado en una isla, intentando terminar una advertencia dirigida al mundo antes de que su cuerpo dejara de responderle, que se ha convertido en una obra de culto y una de las distopías más aclamadas de nuestro tiempo. Virginia Woolf representa otro caso diferente. Su última novela, Entre actos, estaba prácticamente finiquitada, pero aún necesitaba una revisión definitiva. Woolf continuaba hablando de aquel libro muy poco antes de morir. El 28 de marzo de 1941 se quitó la vida y la novela se publicó de manera póstuma ese mismo año. Llegamos a Charles Bukowski, donde la presencia de la muerte dentro de la propia vida y su obra resulta casi perfecta. Las adicciones le hicieron entrar en una espiral de autodestrucción que le llevó varias veces al hospital. Bukowski contrajo leucemia y, mientras la enfermedad avanzaba, trabajó en su última novela: Pulp. Su protagonista, Nicky Belane, es un detective privado decadente que recibe encargos cada vez más absurdos. Pero uno de sus clientes destaca por encima de los demás: una mujer llamada Lady Death. La Señora Muerte. Un hombre enfermo de leucemia pasa la última etapa de su vida escribiendo una novela en la que la muerte entra literalmente en escena convertida en personaje. Bukowski murió el 9 de marzo de 1994, después de haber continuado trabajando prácticamente hasta el final. Poco antes de morir, declaró: «Si muero, quiero irme con la cabeza sobre la máquina de escribir. Ese es mi campo de batalla». Y realmente lo fue, porque era un hombre que vio en la escritura su refugio, ¿y por qué no decirlo? Una compañera fiel con la que podía contar en los momentos de soledad para trasladarle sus inquietudes y darles forma sobre el papel. Y para terminar tenemos que viajar a Japón. Yukio Mishima representa un caso completamente distinto porque no esperaba una muerte provocada por una enfermedad. Él conocía la fecha porque la había elegido. Durante años había trabajado en El mar de la fertilidad, una tetralogía cuyo último volumen era La corrupción de un ángel. Existe una leyenda según la cual escribió las últimas palabras la misma mañana de su muerte, aunque en realidad el capítulo final ya estaba escrito. Lo extraordinario es que Mishima decidió fechar la última página el 25 de noviembre de 1970, exactamente el día que había escogido para morir. Aquella mañana entregó el manuscrito a su editor y después se dirigió a una instalación militar de Tokio. Horas más tarde murió por suicidio ritual. Tenía cuarenta y cinco años. Cervantes siguió escribiendo mientras su cuerpo se apagaba. Austen dejó una novela interrumpida. Mansfield murió con relatos todavía por escribir. Orwell consiguió terminar su advertencia. Woolf dejó una última revisión pendiente. Bukowski convirtió a la muerte en personaje. Y Mishima decidió cerrar primero su obra y después su propia historia. Quizá los escritores convivamos de una manera extraña con la muerte porque escribir consiste, en cierto modo, en intentar derrotarla. El cuerpo se agota, la voz se apaga y la persona se ausenta, pero quedan unas páginas por escribir. Siempre queda una frase que plasmar sobre el papel, un personaje al que darle vida. Por eso, os dejo esta pregunta: si supierais que solamente podéis escribir una obra más antes de desaparecer para siempre: ¿qué historia elegiríais contar?