Totus Pódcast

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TOTUS PÓDCAST es un proyecto de dos amigos con intereses muy variados y bizarros. Nos encanta la historia, pero la historia escrita por anécdotas y personajes que suelen escapar a los libros de la historia canónica. Nos encanta la literatura, el cine, el arte Y el humor. No sabemos hacer nada con el ceño fruncido (a no ser que estemos comiendo limones o mazapán). TOTUS PÓDCAST es entretenimiento. Nuestro objetivo es pasarlo bien. Hablamos sobre lo que nos gusta y lo hacemos desde la alegría. No estamos aquí por la violencia inherente al sistema. TOTUS PÓDCAST será también lo que tú quieras que sea. Una de nuestras metas es crear una comunidad de gente que quiera compartir desde la alegría y no desde el resentimiento. Compartir historias, anécdotas, ideas, chicharrones. ¡Lo que sea! ¿Cómo nos puedes apoyar? Además de escucharnos y seguirnos en nuestras redes sociales, también puedes hacerte fan aquí en iVoox (¡desde solo 1,99 al mes!). De esta manera también accederás a episodios exclusivos y... ¡a otras ventajas! ¡Gracias por acordarte de TOTUS PÓDCAST!

  1. 3d ago

    Non expedit

    ¡Que no falten las anécdotas vaticanas! En este programa os contamos una doble historia. Una de ellas pertenece a la propia historia del Vaticano, con sus documentos solemnes y decisiones de gran calado político (como la del "Non expedit"). La otra historia tiene que ver con el comer. Porque el Vaticano ha mantenido, durante siglos, una relación estrecha con la gastronomía. No se trata solo de banquetes ceremoniales o de ayunos reglados por el calendario litúrgico, sino también de hábitos alimentarios que reflejaban poder, estatus y distancia social. En una Roma marcada por la desigualdad, la mesa eclesiástica fue a menudo un símbolo tan elocuente como cualquier encíclica. En este contexto aparece la figura de Pío IX, un pontífice complejo, de larguísimo pontificado y protagonista de múltiples anécdotas que permiten observar el reverso menos solemne del poder papal. En su caso concreto, la repostería ocupa un lugar curioso, casi doméstico, que contrasta con la severidad de muchas de sus decisiones públicas. No es un detalle menor ni una simple extravagancia: es una pista sobre cómo se vivía dentro de los muros vaticanos mientras fuera la realidad era muy distinta. Durante el siglo XIX, la imagen del alto clero no ayudaba precisamente a generar simpatías. Muchos cardenales ofrecían un aspecto opulento, con cuerpos que hablaban de abundancia en una ciudad donde el hambre era habitual. Aquella gordura no era solo física, también simbólica. Representaba privilegio, desconexión y, para muchos romanos, una Iglesia demasiado cómoda en medio de la miseria. El recelo popular se alimentaba tanto de decisiones políticas como de estampas cotidianas. En nuestro programa abordamos esta anécdota vaticana incluyendo una receta propia de nuestra sección "empírica culinaria". Porque la historia del Vaticano no solo se escribe en latín solemne, también sirve para darse un capricho culinario.

    Non expedit
  2. Jul 12

    La maldición del faraón

    Una puerta sellada, un corredor en penumbra y una inscripción inquietante bastaban para frenar a cualquiera hace miles de años. La maldición del faraón no nació de la noche a la mañana ni apareció únicamente en una tumba concreta. Formaba parte de un complejo universo funerario en el que los antiguos egipcios intentaban proteger el descanso eterno de sus difuntos frente a saqueadores, oportunistas y curiosos demasiado atrevidos. Porque sí, aquello de las supuestas maldiciones era mucho más habitual de lo que solemos imaginar. A lo largo de distintas etapas de la historia egipcia aparecieron textos, símbolos y advertencias destinadas a disuadir a quien pensase alterar el orden de una tumba. Algunas inscripciones prometían castigos divinos; otras apelaban directamente al miedo. La idea era clara: mejor no tocar nada que perteneciese al difunto. Más que conjuros sobrenaturales, muchas de estas fórmulas funcionaban como un sistema de protección psicológica. El mensaje era sencillo y bastante efectivo para la época: quien perturbara el descanso eterno podría sufrir desgracias terribles. No hacía falta demasiado más. En una civilización profundamente religiosa, donde la vida después de la muerte ocupaba un lugar central, esas amenazas tenían un enorme peso simbólico. El asunto también revela algo muy humano. Los saqueos de tumbas existieron prácticamente desde que comenzaron a construirse enterramientos monumentales. El oro, las joyas, las esculturas y el “mobiliario faraónico” (por decirlo así) despertaban demasiadas tentaciones. Por eso, las advertencias funerarias acabaron convirtiéndose en una especie de cartel de “prohibido tocar”, aunque redactado con bastante más dramatismo. Con el paso de los siglos, estas historias alimentaron leyendas cada vez más exageradas. Novelistas, periódicos y producciones cinematográficas transformaron aquellas antiguas advertencias en relatos oscuros llenos de fatalidades y sucesos misteriosos. Y claro, el mito terminó creciendo hasta convertirse en uno de los temas más conocidos del imaginario egipcio. Hablamos un poquito de esto en el episodio. Pero, sobre todo, de una de las historias más famosas relacionadas con la maldición del faraón. Sin exageraciones absurdas, pero tampoco sin perder el gusto por el misterio y las anécdotas sorprendentes. Si os apasionan el antiguo Egipto, las historias arqueológicas y las leyendas que sobreviven al paso del tiempo, preparaos para abrir la tumba del faraón. ¿Quién dijo miedo?* *¡Yo!

    La maldición del faraón
  3. Jul 5

    Insaciable

    Desde la Antigüedad hasta bien entrada la Edad Moderna, los cuerpos que se salían de la norma despertaron fascinación, miedo y curiosidad a partes iguales. No siempre fueron vistos como una desgracia. En ocasiones, ciertas anomalías físicas o enfermedades se interpretaron como habilidades singulares, útiles en contextos muy concretos, aunque hoy nos resulte difícil entenderlo así. Ser insaciable con la comida fue la debilidad (o el superpoder) del protagonista de nuestro programa. Conviene recordar que durante siglos no existía una frontera clara entre enfermedad, prodigio y espectáculo. Antes de que la medicina científica estableciera clasificaciones, diagnósticos y límites, el cuerpo era observado de manera pragmática: lo que funcionaba, servía; lo que sorprendía, se mostraba. Algunas personas con capacidades fuera de lo común —resistencia al dolor, tolerancia extrema, apetitos imposibles— fueron utilizadas porque podían hacer cosas que otros no podían. En ese contexto aparece la figura de Tarrare, el insaciable. Su historia se sitúa en una época en la que el conocimiento médico avanzaba lentamente y muchas explicaciones mezclaban observación clínica, superstición y ensayo-error. No entraremos aquí en los detalles de su vida, ¡que para eso debes escuchar el programa! Así que ya sabes... Durante siglos, los cuerpos “extraordinarios” fueron reclutados por ejércitos, cortes o ferias porque ofrecían ventajas impensables para una persona común. No eran superpoderes, pero sí capacidades aprovechables. El problema surgía cuando esas mismas personas dejaban de ser útiles. Entonces, el interés médico se mezclaba con la exhibición pública y el morbo. Así nacieron los espectáculos ambulantes y, más tarde, los circos de rarezas humanas, donde la enfermedad se convertía en entretenimiento. Hoy, afortunadamente, estas prácticas están prohibidas y resultan éticamente inaceptables. Sin embargo, entender por qué existieron nos ayuda a comprender cómo ha cambiado nuestra relación con el cuerpo, la diferencia y la enfermedad.

    Insaciable
  4. Jun 28

    El Quijote prohibido

    Imagina escribir un libro sabiendo que alguien lee por encima de tu hombro, con tijeras en la mano. Eso hacían los escritores del Siglo de Oro en España, navegando entre la genialidad y la hoguera. La censura en la literatura del Siglo de Oro no era un protocolo de seguridad ciudadana: era el candado con el que el poder sellaba las mentes que podían cuestionarlo. Porque eso es lo que la censura ha hecho siempre, disfrazada de virtud. Desde la Inquisición hasta las quemas de ejemplares en regímenes del siglo XX, el patrón se repite con una coherencia casi admirable: quien controla lo que se lee, controla lo que se piensa. Y quien controla lo que se piensa, no necesita ejércitos tan grandes. La narrativa oficial siempre ha sido la misma: proteger al pueblo de ideas peligrosas. Pero el pueblo raramente era el destinatario real de esa protección. Los grandes beneficiados de la censura han sido siempre las instituciones que la ejercían. La Iglesia, la Corona, el Estado. Entidades que no temían tanto la inmoralidad de ciertos libros como la lucidez que estos podían despertar en quienes los leían. Un lector que piensa es un súbdito incómodo. Por eso resulta tan fascinante la figura de Miguel de Cervantes. Vivió rodeado de prohibiciones, de listas negras, de revisores eclesiásticos con poder para destruir una obra antes de que llegara a manos de su lector. Y sin embargo encontró la manera de decir lo que quería decir. No a pesar del sistema, sino a través de sus grietas. Utilizó la ironía, el juego metaficcional, la ambigüedad deliberada como instrumentos de una resistencia elegante. En nuestro nuevo episodio exploramos precisamente esa historia: cómo El Quijote escondió entre sus líneas una crítica que la censura del Siglo de Oro no supo (o no pudo) ver. Es una historia sobre literatura, sí, pero también sobre ingenio, sobre poder y sobre la resistencia que puede caber en una novela de caballerías. ¿Quieres saber qué vio Cervantes que sus censores no quisieron ver? Escúchanos.

    El Quijote prohibido
  5. Jun 21

    Batallón fantasma

    La guerra no siempre se decide con explosiones, cañones o avances masivos. Desde la Antigüedad, la historia militar demuestra que la inteligencia, el engaño y la manipulación de la percepción han sido armas tan decisivas como cualquier arsenal. El batallón fantasma encarna precisamente esa idea: ganar ventaja sin recurrir directamente a la destrucción. En los conflictos armados, la estrategia no se limita a mover tropas o asegurar posiciones elevadas. También consiste en comprender al enemigo, anticipar sus reacciones y, sobre todo, aprovechar sus limitaciones. Durante siglos, los ejércitos han sabido que el soldado raso —cansado, mal informado y sometido a una férrea disciplina— es especialmente vulnerable a la confusión, al miedo y a la desinformación. Ahí es donde la inteligencia militar se convierte en un factor decisivo. No es una idea moderna. En la China clásica, Sunzi ya advertía que vencer sin combatir era la forma más perfecta de victoria. Los griegos, con el célebre caballo de Troya, entendieron que una buena puesta en escena podía abrir las puertas de una ciudad inexpugnable. En la Edad Media, no era extraño encender hogueras adicionales para simular campamentos más numerosos, por ejemplo. Durante la Edad Moderna y la época contemporánea, estas tácticas se perfeccionaron. La creación de unidades ficticias, los falsos movimientos de tropas y las operaciones de engaño visual y sonoro se convirtieron en parte esencial de la planificación militar. El objetivo era simple: hacer creer al enemigo que estaba en inferioridad, desorientarlo y forzar errores estratégicos. El batallón fantasma se inscribe en esta tradición, donde la apariencia pesa tanto como la realidad. Este tipo de estrategias no se apoya únicamente en la tecnología o en grandes recursos, sino en un profundo conocimiento psicológico del adversario. El miedo a lo desconocido, la tendencia a sobreestimar una amenaza y la confianza ciega en los informes superiores son, una y otra vez, grietas explotadas con enorme eficacia. En ese sentido, la guerra también se libra en la mente. Para descubrir cómo esta lógica se concreta en un caso tan singular como el batallón fantasma, ¡no puedes perderte este programa!

    Batallón fantasma
  6. Jun 14

    La biblioteca de los libros que no existen

    Hay algo profundamente humano en soñar libros que nunca se escribieron, o que quizá sí existieron pero el tiempo los devoró antes de que pudiéramos leerlos. Esa biblioteca imaginaria (la biblioteca de los libros que no existen) está, paradójicamente, llena a rebosar. Y en este episodio de Totus nos adentramos en ella. Entre sus estantes fantasmas conviven obras de toda condición. Lo fascinante es que esta tensión entre lo que existe y lo que solo se imagina no es nueva. En la Antigüedad, la producción literaria convivía con una tradición oral y manuscrita tan frágil que la mayoría de lo que se escribió simplemente no sobrevivió. Se calcula que conservamos menos del diez por ciento de la literatura griega clásica. Todo lo demás arde, se pudre, se pierde. Y sin embargo, la imaginación humana llenó esos huecos con referencias, citas inventadas y títulos apócrifos, como si el deseo de que algo existiera fuera suficiente para hacerlo real. Hay una ironía deliciosa en todo esto: hoy, en la era de la autoedición y la inteligencia artificial, hay más escritores que lectores. Nunca en la historia de la humanidad se habían producido tantos libros. Lo que plantea una pregunta incómoda: ¿no merecerían algunos de esos títulos (esos ensayos redundantes, esas novelas clónicas, esos manuales de autoayuda con distinto título pero idéntico contenido) un lugar de honor en otra biblioteca especial? No la de los libros que no existen, sino la de los libros que quizá no deberían existir. Escucha este episodio. Merece la pena perderse en esta biblioteca. Para variar, por los libros que faltan, no por los que sobran.

    La biblioteca de los libros que no existen
  7. Jun 7

    Mary Anning

    Mary Anning protagonizó uno de los giros intelectuales del siglo XIX. Mucho antes de que los dinosaurios poblaran museos, películas o libros infantiles, unos restos extraños comenzaron a aparecer en los acantilados del sur de Inglaterra. Aquellos hallazgos no solo desconcertaron a la ciencia, sino que obligaron a replantear la propia historia de la vida en la Tierra. A comienzos del siglo XIX, encontrar un esqueleto completo de una criatura desconocida no significaba resolver un enigma, sino abrir varios nuevos. Los primeros grandes fósiles marinos no encajaban en ningún catálogo conocido. No eran peces, tampoco cocodrilos, y desde luego no aparecían en ningún texto clásico. La pregunta era inevitable: ¿qué clase de mundo había existido antes del nuestro? Los restos planteaban interrogantes incómodos. Si esas criaturas habían vivido en el pasado, ¿por qué ya no existían? La idea de la extinción, hoy asumida, resultaba perturbadora. Durante siglos se había creído que la naturaleza no perdía nada. Sin embargo, aquellos huesos enormes y fragmentados parecían contar otra historia, una en la que la Tierra tenía un pasado profundo y cambiante. El asombro creció cuando se empezaron a reconstruir los esqueletos completos. El tamaño de algunas de estas criaturas superaba cualquier referencia conocida. Mandíbulas repletas de dientes, columnas vertebrales interminables y cuerpos diseñados para dominar mares antiguos. Aunque aún no se hablaba de “dinosaurios” en sentido estricto, el impacto fue inmediato: el pasado era mucho más extraño y grandioso de lo imaginado. Estos descubrimientos también modificaron la relación entre ciencia y sociedad. Los fósiles dejaron de ser simples curiosidades para convertirse en pruebas. Pruebas de que la Tierra no tenía unos pocos miles de años, sino millones. Pruebas de que la vida había cambiado de forma radical con el paso del tiempo. Y pruebas de que aún quedaba mucho por comprender. En este contexto emerge la figura de Mary Anning, ligada de forma inseparable al nacimiento de la paleontología moderna. Sus hallazgos circularon por Europa, alimentaron debates científicos y ayudaron a dar forma a una nueva manera de mirar el pasado. En nuestro programa profundizamos en este momento clave de la historia de la ciencia: cuando unos fósiles encontrados en la costa obligaron a reconsiderar el tamaño del tiempo, la diversidad de la vida y el lugar del ser humano en esa historia.

    Mary Anning

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