América Latina parece atravesar una paradoja política difícil de ignorar. En pocos años, países que experimentaron ciclosprogresistas de fuerte raigambre popular han dado paso a gobiernos neoliberales, conservadores y, en algunos casos, abiertamente autoritarios. Y, del mismo modo, estos gobiernos son nuevamente cuestionados por nuevas formasde movilización y proyectos políticos que buscan reconstruir horizontescolectivos. La explicación más inmediata podría buscarse en los resultados electorales, en los liderazgos o en la correlación entre partidos. Pero quizá eso ya no sea suficiente. Para comprender los acontecimientos, es preciso desplazar la mirada hacia un problema más profundo: las formas de vidaque se articulan con un determinado orden político. El neoliberalismo ya no es solamente un programa económico, sino también una maquinaria de producción de subjetividad que interviene sobre nuestros consumos, nuestros deseos, nuestros vínculos, el uso que hacemos del tiempo, nuestra manera de habitar las ciudades e incluso nuestra forma de concebir la amistad. En ese sentido, una de las grandes transformaciones delcapitalismo contemporáneo ha sido la privatización progresiva de la vida. El individuo aparece cada vez más aislado frente a problemas que, sin embargo, son profundamente colectivos. La precariedad se experimenta como fracaso personal y la competencia se presenta como una condición natural que nos enfrente a la incertidumbre total. Los lazos sociales se debilitan mientras el mercado sepresenta como el principal organizador de nuestras posibilidades de existencia. Pero ¿cómo pensar políticamente esta transformación? Si el neoliberalismo ha logrado penetrar en la intimidad denuestros afectos y deseos, derrotarlo electoralmente no garantizanecesariamente la aparición de una vida no neoliberal. Y ahí podemos cuestionar: ¿qué ocurre con aquellas experiencias, afectos y malestares que nologran adecuarse completamente a la racionalidad mercantil? Ese malestar puede ser entendido como un punto de partida.No como negatividad, sino como el indicio de que algo en nuestras formas de vida se resiste a la captura. Y, entonces, la tarea política consistiría no solo en reivindicar derechos o inclusión sino en producir capacidades colectivas para poner en crisis las formas de subjetivación del mercado y disputar el sentido mismo del progreso. A este escenario se suma un nuevo dispositivo de poder: lamaquinaria tecnológica. Las plataformas digitales, los algoritmos y la economía de la atención no solo distribuyen información; también producen sensibilidades, miedos y formas de identificación. Los discursos de extremaderecha encuentran allí una extraordinaria capacidad de filtración: penetran la vida cotidiana a través del humor, la indignación, los memes, las comunidades digitales y la producción permanente de enemigos. Quizá por eso América Latina aparece hoy como un terreno endisputa. No únicamente entre gobiernos de izquierda y de derecha, ni simplemente entre proyectos electorales, sino entre distintas formas de vivir, desear y construir vínculos. Hoy, en Diálogos Mundanos, conversaremos con el filósofoargentino Diego Sztulwark sobre América Latina, el neoliberalismo, las formas contemporáneas de subjetivación y los desafíos para reconstruir una potencia colectiva capaz de disputar el presente. Bienvenidas y bienvenidos.