Mi perra vida

Mi perra vida

Fastidiado de las restricciones en las redes sociales, y sin postureo ni opiniones al vapor, aquí les dejo Mi Perra Vida

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  1. 2d ago

    Mi Perra Vida

    Doctor Nómada (décima parte) Doctor Nómada (décima parte) Leer la novena parte Le pedí a Leonila que me mostrara los resultados de los estudios, notas o resúmenes médicos, recetas, todo lo que me permitiera tener una mejor idea de lo que le había estado pasando a Luzma; también pedí que me trajera los medicamentos con los que contaban en la casa. La enferma se quejaba soterradamente mientras dormía, estaba tan desgastada que no reaccionó a mis maniobras de exploración, pero el dolor debía ser lo suficientemente intenso que se quejaba cada tanto. Después de que Leonila hiciera la exposición de sus derroteros, le respondí con la verdad, no con toda, pero sí la que para ella y su familia era relevante; que yo era un médico intensivista retirado que, aunque no era oncológo ni hematológo, si había visto pacientes en la condición de su hija; evité usar la palabra terminal, no sabía que tan conscientes estaban de la situación; y que haría lo posible para que Luzma se sintiera un poco mejor. Antes de que lanzara la pregunta, le aclaré que, no tenía intención de cobrarles, y recordé que todos mis vienes estaban en la mochila que deje apoyada en el piso del corredor, ojalá no fuese yo quien llevara una ingrata sorpresa. Leonila aceptó desconfiada mis argumentos, seguramente deseaba, pero se inhibía, preguntar los detalles elementales; y antes de que se animara, pedí las cosas que ayudarían a entender mejor todo el panorama. Me quedé solo con Luzma, dolía verla en ese estado, cualquier adolescente de esa edad estaría experimentando la transición biológica que expone los atisbos de lo que será su vida futura. Pero ella estaba en un estado muy avanzado de la enfermedad, emaciada, con las salientes óseas cubiertas con almohadillas para evitar que se ulcerarán, a pesar de que lubricaban y cuidaban la piel con frecuencia, era pálida y opaca, con moretones aleatorios que se negaban a desaparecer, la ausencia total de pelo ocultada con una pañoleta llena de colores, era lo único alegre de toda su situación. No se necesitaba ser un especialista para saber que Luzma estaba en sus últimos días. Mientras pensaba qué podría hacer con el dolor de la paciente y las esperanzas de su familia, entraron Leonila y la gemela de Luzma, con una caja de cartón llena de medicamentos y un par de carpetas con los documentos médicos. Había trabajo para un buen rato, así que lo primero era ver si encontraba algo para reducirle el dolor. Ese síntoma era la moneda de cambio en las grandes desgracias, el ejército que lidera una guerra de baja intensidad, dilapida la poca energía del paciente, además mina el ánimo y la fé de todos. Durante los primeros semestres en la facultad de medicina te repiten hasta el cansancio que, el dolor es una respuesta de defensa; conforme el mundo de las enfermedades y sus vicisitudes se van abriendo camino, no puedes dejar de pensar que, en no pocas ocasiones, el cuerpo y sus reacciones sólo buscan traicionarnos. Luzma era el claro ejemplo, su médula osea se volvió loca, como adicto a la cocaína, hacía desmanes en su sangre, dejándola inservible, lista para ser presa de los miles de adversarios microscópicos que nos rodean, en espera de una oportunidad y deshacerse de nosotros. En esa caja había de todo, era claro que habían pasado por un sín fin de médicos, muchos y malos, varios desorientados, y los menos, con alguna idea de cómo ayudar a la paciente. Las recetas eran huellas digitales que indican el saber o la ignorancia de quien las escribe, se notaba con que poco estudio algunos salían a la calle a atender pacientes. Medicamentos caros y baratos, sustancias que la historia había demostrado su ineficacia; la caligrafía famosa de los galenos que más parece ocultar delitos de analfabetismo; fármacos que no deben mezclarse, mecanismos de acción similares que sólo suman efectos adversos. Paradójicamente lo mínimo que necesitaba estaba ahí, pero la combinación adecuada no estaba escrita en ninguna receta, lo cual me dio una sensación agridulce, por un lado tenía campo de mejora y podría ayudar, pero por otro, me imaginaba todo lo mal que lo habían pasado todo este tiempo. Le pedí papel y pluma para poder organizar los medicamentos y su administración. Pero antes tenía que establecer una idea clara de las circunstancias, aunque una idea ya tenía, hay pocos diagnósticos tan abominables a esa corta edad. Decenas de notas y estudios de todo tipo, era terrible ver la cronología del camino accidentado, y no pocas veces contradictorio que habían cruzado. Sé que a “toro pasado” es muy fácil opinar, pero qué difícil les fue encontrar a alguien con la mínima lógica que les orientara el diagnóstico y por supuesto, el tratamiento; era evidente la persistencia de la familia que, se levantaba tras cada tropiezo patrocinado por mis colegas. Más fácil hubiera sido decir no sé, tampoco es un caso fácil, y no hacerles perder tiempo, dinero y esperanzas. Cada tanto le preguntaba a Leonila detalles de los eventos médicos para rellenar los huecos y develar las mentiras, errores, entre otras desgracias que albergaban esos documentos. Conforme avanzaba veía que la madre de Luzma cooperaba con más confianza, creo que tampoco le habían dado oportunidad de hablar, y menos de ser escuchada, en esas consultas cronometradas poco se puede dialogar. No supe cuánto tiempo pasó, pero el suficiente para que la abuela entrara con dos vasos con agua y Leonila aprovechara para ir al sanitario. Leonor se sentó en la silla que había usado su hija y mientras me tomaba el agua, disparó sin sutilezas -¿Cuánto le queda a mi nieta? La pregunta me tomó desprevenido, denotaba que la vida le había enseñado a identificar las causas perdidas, pero también a a intentarlo todo. -Ya revisé todo y además de que su enfermedad es muy agresiva, su cuerpo y sus fuerzas están muy deteriorados. La anciana escuchó como si lo supiera, y con el rostro impertérrito, la mirada la traicionaba, aunque se estaba desplomando, esa lágrima nunca se desbordó. Fui honesto, pero tampo crudo, ya la habían pasa mal, ni el maltrato ni la condescendencia eran un trato justo. Le expliqué que ese tiempo nadie lo sabía exactamente, pero sin duda sería poco, y dado eso, le propuse que hiciéramos todo para que tuviera las molestias más controladas, pudiera comer un poco mejor, esperando que se animara, y el resto, era impredecible. -Entonces no hay ninguna esperanza ¿verdad? -tiró su último cartucho -Aún estando en el mejor hospital y con los mejores tratamientos, apenas lograríamos unos pocos meses más -en ese momento mentí, existían algunas posibilidades pero hasta para a los que les sobran los recursos económicos son inaccesibles. No veía la necesidad de dejarles grabado en el corazón que su condición, un sistema de salud cayéndose a pedazos y una ciencia interesada primordialmente en el rédito financiero, eran los responsables de endosarles una culpa indeleble por la muerte de Luzma. Bonus track ¿A poco no está chulo mi ranchito? Me encontré a este nativo, explorando la montaña Invadiendo la privacidad de la fauna chilanga mientras se alimenta.

  2. Aug 14

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    Relato – Doctor Nómada (novena parte) | Bonus track Doctor Nómada (novena parte) Leer la octava parte Luz María, Luzma le decían todos en el pueblo, había tenido fiebre toda la noche. Para Leonila, su madre, no era sorprendente. Ya venía notándola decaída desde hacía algunas semanas, y cómo no se iba a enfermar, sí nunca traía suéter y había estado haciendo más frío, que ya de por sí era infame. Pero se preocupó cuando la llamó para desayunar, ya era tarde, sus hermanas se habían ido al escuela, y ni siquiera contestó, lo cual era raro que ya que tenía muy buen apetito. Leonila se sorprendía al ver que se conservaba particularmente delgada, a pesar de ser más entusiasta en la mesa que sus hermanas. Mientras servía la leche tibia, pan y arroz con frijoles, pensaba que la había notado más delgada últimamente. Al estar la mesa lista y con la abuela Leonor ya esperando, volvió a llamar a Luzma sin obtener respuesta. Leonila ya estaba molesta, tantos sacrificios para comprarles lo necesario, y ahora enferma, con los escasos que eran los doctores. Al verla tirada en la cama temblando y sudando, sabía que no estaba bien, la palidez de su piel era anormal. Intentó despertarla, pero seguía somnolienta y balbuceaba cosas sin sentido. Regresó al comedor a buscar el teléfono celular que le habían regalado sus tres hijas el último cumpleaños, y que nunca tenía a la mano, para ver si tenía señal y marcar al doctor del pueblo. Mientras revolvía cajones buscándolo le explicaba a su madre la condición de su nieta. Por fin lo encontró, apagado y con la batería drenada, quién sabe desde cuándo no lo usaba. Ya conectado y esperando a que el aparato se dignara a trabajar, fue por una olla con agua y varias toallas, para colocárselas húmedas en el abdomen, las piernas y la frente, como cuando les daba fiebre de pequeñas. Su hija respondió con algunos gemidos y palabras incoherentes. Cada tanto le pedía a su madre que le dijera si la pantalla ya estaba iluminada para prenderlo y hablar con el médico del pueblo. Después de un rato la abuela Leonor la sustituyó para que fuera a desayunar, mientras ella continuaba con el intento fallido de quitarle la fiebre. Leonila comió poco y se tomó el café sin dejar de prestar atención a la habitación y al maldito teléfono que no quería encender. Pensaba en llevarla sin más preámbulo, pero no infrecuentemente se ausentaban los dos únicos doctores del pueblo, y había que ir a buscar a localidades vecinas, pero sabía que la fiebre de Luzma y los caminos de terracería que implicaban esa travesía no eran buena idea. Cuando por fin el aparato estaba en funcionamiento, no había señal en la casa, cosa que ocurría intermitentemente. Hoy no podía esperar, se salió y comenzó a caminar, con un ojo en el aparato y otro en el camino para no caer. Después de un rato Leonila volvió a la habitación de su hija, aún sudorosa de la caminata para encontrar señal y hacer la llamada, le dijo a su madre que no estaba ninguno de los doctores y sólo uno de ellos llegaría hasta el día siguiente. Así que, fue a uno de los cajones de su recámara y tomo un par de pastillas que les daba cuando se resfriaban, y continuaron buena parte de la mañana manteniendo fresca a Luzma. Cuando la adolescente dejó de temblar y comenzó a incorporarse de la cama, le dolía todo, como si la hubieran apaleado, pero entre su madre y la abuela, la llevaron al comedor y le recalentaron el desayuno, que apenas probó. -Desde entonces, de eso ya varios meses no vemos la nuestra. Aquí insistían que era una infección y le dieron todos los antibióticos de la farmacia, tomados e inyectados, a veces de los dos al mismo tiempo, y nada. Luzma mejoraba un tiempo, a veces mucho, a veces poco. Yo la veía cada vez más pálida, decaída, ni salía de la casa. A duras penas se levantaba de la cama para hacer lo indispensable. Casi sin apetito adelgazó mucho, estaba en los huesos, bueno, como ahora. No sabíamos qué hacer, intentamos todo, hasta brujas y chamanes vinieron a la casa, y nada, Luzma empeoraba de a poquitos. Hasta que una mañana casi nos morimos del susto, estaba otra vez sudando y temblando, pero tenía moretones en todo su cuerpo, grandes y púrpuras, y donde no, estaba llena de puntos rojos, cubierta por todos lados, hasta la cara. No sabía qué hacer, así que, junte el dinero que tenía y con la ayuda de la abuela y mis hijas la subí a la camioneta y la llevamos con su gemela a la ciudad. Me regañaron los doctores del hospital por haberla traído así, yo sola tantas horas, pero qué iba a hacer, aquí no hay ambulancias. tuve suerte de que me la aceptaran de inmediato, eso me dijeron otras personas que llevaban días esperando a que los atendieran -si debe estar muy enferma- me decían. Ahí estuvimos mucho tiempo, dos o tres veces al día me informaban cómo iba y la podía pasar a ver, estuvo en terapia intensiva, una infección la estaba matando, porque algo en su sangre no funcionaba bien, pero no entendía qué, o tal vez si, pero me decían tantas cosas cómo para que yo no entendiera. A los poco días, vino la otra de mis hijas a sustituir a la gemela de Luzma, apenas comíamos y mal dormíamos en el suelo o alguna silla cuando se desocupaban, pero nos organizábamos. Se tardó bastantes días en controlarse la infección, había ocasiones en que la veíamos muy mal y los doctores nos decían cosas peores, pero afortunadamente la pudieron sacar de ahí y alojarla en un piso donde hay paciente menos graves. Todavía estuvimos algunas semanas, mientras le hacían estudios para saber qué había pasado, y aunque el hospital era público, a cada rato nos pedían cosas para atenderla, de todo, a veces hasta pensaba que nos lo pedían para revenderlo; medicamentos, material de curación, hasta una aguja para picarle los huesos. Si no hubiera sido por su papá y mi cuñado que nos mandaban dinero cada que podían, Luzma se hubiera muerto, como le sucedió a varios de los amigos que hicimos en las salas de espera, muchos no tenían ni para comer, les convidábamos algo, pero era imposible que compraran las cosas para su enfermo. Hacían lo que podían, pero tarde o temprano fallecían. Ya se sabía que si no tenías dinero para comprar lo que te pedían, sólo era cuestión de tiempo o suerte. El día que nos la dieron de alta, no podía ni caminar, apenas lo mínimo, pero me dijeron que ya no podían hacer más y que si la dejaban más tiempo internada, iba a volver a infectarse y que los bichos del hospital son muy agresivos. Nos mandaron al hospital que nos queda aquí cerca, pero ese tiene menos gente y recursos, apenas unos cuantos doctores. Ahí fue cuando empezamos a vender nuestras cosas, primero los animales y poco a poco las tierras y cosas de valor, para llevarla con un especialista. Nos dijo que Luzma tenía leucemia y una forma bastante agresiva, que requería un tratamiento muy costoso y aún así era probable que no funcionara. Nos recomendó la medicina que usted nos ayudó a mantener fría, y con eso la hemos ido llevando estos meses, a veces está un poco mejor, pero seguido se pone muy débil, y cada vez que le ponemos la medicina parece que se nos va a morir. En todo este tiempo ya nos han estafado varias veces, doctores, enfermeras, gente de la farmacia, parece que estuvieran esperando a que uno esté en una desgracia para sacar su tajada y hacernos la vida más miserable. Por eso le pido que si está pensando que aprovechándose de mi madre, va a sacarnos algo, está muy equivocado, ya casi no tenemos nada, así que mejor déjenos en paz. No sé qué le contó a mi mamá, pero le tiene confianza, ella es mayor y sólo está esperando a quién le ofrezca una esperanza. Bonus track Esta semana estuve explorando nuevos senderos, y me encontré está casa tenebrosa.

  3. Aug 7

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    Relato – Doctor Nómada (octava parte) | Bonus track Doctor Nómada (octava parte) Leer séptima parte Ya casi amanecía, el sol irrumpía los tonos grises entre la montaña y la neblina, en la parte de atrás de la camioneta se sentía con más furia el terreno accidentado. La mujer que conducía hacía su máximo esfuerzo por evitar agujeros o grandes rocas, pero era una tarea imposible. Cada tanto la anciana la tranquilizaba, le decía que no se apresurara tanto, la medicina se había mantenido fría, gracias a mí. La conductora miraba con cierto recelo a través del espejo y asentía despacio. Aunque absurdo intentaba memorizar detalles del camino, desviaciones del sendero, la aparición del bosque, alguna milpa que, indicaba nuestra cercanía con el poblado; como si me fuera a servir en caso de tener que escapar. Ya con la noche en el pasado, comenzamos a entrar al pueblo, no sólo un caserío y perros ladrando a nuestro paso nos lo hizo saber, tres pitidos indicaron que, los teléfonos celulares volvían a tener señal. La conductora volteó rápido a ver lo que hacía, y me dijo que si quería mandar mensajes o avisar a alguien, era el momento porque en su casa no siempre hay cobertura. Eso me tranquilizó un poco, al menos no evitaban que informara de mi situación, aunque al final era una idea efímera. Le agradecí e indiqué que, estaba bien así. La casa de mis anfitrionas estaba en el otro extremo del pueblo, por lo que pude echarle un vistazo rápido. Hacía mucho que no me alejaba de mi entorno citadino, aquí parecía que el tiempo no había pasado, era muy similar a lo que en mi infancia y adolescencia conocía. Iniciando con caseríos aislados, los más humildes, que se tornan mas densos hasta acomodarse al perfil de las calles, ya con mejores materiales llegaban hasta la calle principal, que nos arrojó a un pequeño zócalo, amparado por la iglesia; y a partir de ahí se iba invirtiendo el orden de las cosas. La anciana me preguntó ¿si necesitaba algo?, por un momento pensé que era una pregunta filosófica, transcendental, por que hacía meses que lo único que deseaba era certidumbre, pero eso no se vendía en ningún lado. Le respondí agradeciendo, indicando que, estaba bien así. Dejamos atrás el pueblo y volvimos a sufrir de un camino maltrecho, seguíamos un laberinto de caminos angostos sin indicaciones que, nos fue metiendo a una zona boscosa, hasta llegar a un muro de piedras encimadas y una reja de madera indicando en medio de la nada, la propiedad de ese terreno, a los pocos metros un par de perros se cansaron de ladrarnos. Al detenerse la camioneta enfrente de la casa, no sabía que hacer, espere a que bajaran la adolescente a mi lado que, se mantuvo viendo el teléfono mientras hubo señal, entonces abrí la puerta y los perros se lanzaron a mi encuentro, dejándome paralizado tras sus gruñidos y el pelo erizado. La anciana bajaba con la ayuda de su hija, mientras me tranquilizaba, y llamaba a los animales, los justificó diciendo que casi no recibían visitas. Ante dos o tres palabras de cariño, las mascotas se tornaron sumisas y recibieron a la abuela batiendo sus colas con entusiasmo. Otra adolescente nos esperaba, recibió con un beso a su madre y abrazo a la madre de su madre, reprochándole su preocupación. Yo me quedé de pie observando la escena al lado de la camioneta. Me invitaron a pasar, la casa era en extremo austera, con un mobiliario que no negaba su origen local, ni su edad, pero tibia e impoluta. Seguí los pasos lentos de mi anfitriona y me senté frente en la mesa del comedor. La madre de las adolescentes en silencio, se dirigió a una de las habitaciones, apresurada, todos sabíamos que iría a ver a su hija enferma. Nos sirvieron café humeante, y me preguntó la nieta si deseaba algo más, mientras me acercaba una pequeña canasta con pan después de que la abuela tomara una pieza. La combinación de café diluido endulzado con piloncillo y canela, y ese pan que denota la devoción de su creador, me supieron a otra época, a una sin preocupaciones ni responsabilidades. Miraba los retratos sobre el trinchador, había varios hombres, algunos matrimonios, su hijas y las tres nietas pequeñas. Mientras se enfriaba el contenido del jarro de barro, me contaba un poco las historia de su familia, así como la de esos hombres ausentes ahora, algunos habían muerto, pero uno de sus hijos y su yerno se habían ido a Estados Unidos y cada tanto mandaban dinero, y con menos frecuencia, alguna foto o carta dirigida a la abuela. El relato se interrumpió cuando la madre las adolescentes, salió de la habitación y le comentó a la abuela que la enferma estaba un poco mejor. Eso me sirvió para recordar que esto no era una visita social, y pregunté si podía ver a la paciente. La abuela asintió mientras intentaba levantarse de la silla, su hija la detuvo y me indicó que la siguiera. Entramos y ella cerró la puerta, dejándome avanzar pero cuidando mis movimientos. La habitación olía a esa mezcla que conocí en mis años de estudiante, entre muerta aséptica y desinfectantes. La paciente dormida, agotada con movimiento sutiles y superficiales del pecho, se encontraba como en una habitación del hospital, con suero adherido al brazo, medicamentos en los taburetes, material de curación y recipientes para sus necesidades. Todo indicaba que la enferma no se podía mover y que estaba pasándola mal, por los quejidos ahogados pero constantes que emitía. Me sentía como un invasor, sabía que estaba ahí sólo por el deseo de la abuela, tenía miedo ante el reto de no saber a lo que me enfrentaba, pero tenía que hacer lo que hacía décadas me habían enseñado, y que utilizaba cada vez menos. Antes de acercarme y tocar a la enferma, pedí autorización a la madre que, con la mirada, asintió. Tomé su muñeca para sentir su pulso, la piel era húmeda, diaforética, mientras contaba el impulso tenue de su corazón, observé las cosas sobre una de las mesas, podría tomar la presión, la temperatura y la oxigenación. Mientras la descubría y confirmaba lo avanzado de su deterioro físico, confirmé lo que tenía que hacer, alejé mis temores y comencé a palpar y revisar, tomar signos vitales y buscar las zonas que despertaran dolor; mientras su madre detrás de mí, me observaba con un puño apretado en silencio. Tras algunos minutos establecí un pequeño panorama de la situación actual, pero necesitaba conocer la historia a detalle, así que, voltee y le pregunté a la madre de la paciente ¿cómo había iniciado todo? Bonus track Hora de la comida en Malinalco Desde las montañas del pueblo para el mundo

  4. Jul 31

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    Relato – Doctor Nómada (séptima parte) | Bonus track Leer la sexta parte Doctor Nomada (séptima parte) Cuando ví unos faros a lo lejos de la carretera comenzarse a acercar, pensé que por fin venían por nosotros, pero al tenerla casi enfrente, una camioneta algo maltrecha y enlodada, me hizo pensar que las cosas podían no ser tan gratas, todos sabemos que, aunque esos lugares parecen tierra de nadie, alguien se los ha apropiado y ha puesto normas fuera de la ley para controlar lo que ahí ocurre. Temblando de frío y algo de miedo, esperaba que un par de sicarios bajara, y al verme haciendo guardia a la intemperie, fuera el primero al que ajustarían cuentas. Apagaron las luces y bajó el piloto, una figura de aspecto femenino, pareció ignorarme, y se dirigió directamente a la puerta del autobús, la cual se abrió tras tocar un par de veces. Yo no sabía qué pensar, seguía temblando por el aire fío que se me filtraba hasta los huesos y el temor ante esa figura femenina, mi cerebro no negaba la posibilidad de que al interior estuviera cobrando algún peaje o vengando una rencilla. El tiempo continuaba lento, mis dudas sobre lo qué debía hacer eran mayores, instintivamente me esforcé por mantenerme inmóvil, deseando que continuara siendo invisible para la visitante en el interior del vehículo, haciendo no sé qué cosa. Al poco rato el silencio del viento se interrumpió por la puerta del transporte, se abrió nuevamente y descendió despacio la mujer de la camioneta, quien para mi sorpresa, tendía la mano a la anciana para que bajara, supuse que debía acercarme. Tomé la hielera y me aproximé a dos pasos de distancia. Sin mediación la mujer, que en medio de la oscuridad me parecía de una edad similar a la mia, tomó el contenedor con el fármaco y se lo llevó junto con la maleta de la anciana para buscarles acomodo en su camioneta. -Ella es mi hija y es para su hija la medicina. Me dice que la ve muy mal, todo lo vomita, apenas se puede mover de la cama y no come nada. Por eso cuando vio que no llegaba, decidió venir a buscarme. No hay muchas carreteras por estos rumbos, estaba segura de que me encontraría. Yo no sabía que decir, sabía que la voz de esa mujer ya no se quebraba, a fuerza de pérdidas constantes se había acostumbrado a enfrentar los embates del destino, sin retroceder a pesar de estar perdiendo. -Hablé con mi hija e hicimos cuentas, podemos pagarle doctor. No sé a dónde vaya usted, pero le ruego que nos ayude, que vea a mi nieta y nos auxilie, al menos para que no sufra tanto. Los doctores del pueblo no quieren verla ya, que para qué, al final se va a morir, es lo único que me dicen. Mientras la escuchaba me hervía la sangre, no era infrecuente que algunos colegas, en su ignorancia, pero en especial ante su insensibilidad abandonaran a su suerte los pacientes con pronóstico ominoso, olvidando que no pocas veces lo único que podemos hacer es acompañarlos y ayudar para que esa transición sea lo menos dolorosa posible. Antes de que continuara la interrumpí, le explique que me había retirado, y no sabía tratar el cáncer, que tenía otra especialidad y era imposible hacerme cargo de su nieta. -Sé que cuando vio la medicina sabía para qué se usaba, los doctores del pueblo ni la conocen. Mi nieta está muy grave, yo ya sé que se nos va a morir, está en los puros huesos, pero por favor ayúdeme a que sus últimos días no los pase revolcándose de dolor, ni vomitando todo lo que le ofrecemos. No sé cuánto cobre, pero lo ofrezco lo último que nos queda. Ese ultimátum me dejó confundido, venía escapando, sin saber a dónde dirigirme, lo que menos me esperaba era que, en medio de la nada ayudara a bien morir a una mujer de la que no sabía nada, ni de los medios que contaría para ello. La mirada de la anciana no ocultaba su dolor y se encajaba profundamente, no la pude sostener por mucho tiempo y asentí. Le respondí que iba por mi equipaje y las acompañaría. Esos ojos sonrieron por un instante. Mientras recogía mis cosas, escuchaba los murmullos de los pasajeros, pensaba en lo absurdo de la circunstancia, pero confiaba que en algo podría ayudar. Fugazmente la incertidumbre se asomó, ¿qué pasaría sí no podía hacer nada?, no sabía a dónde me llevarían, ni nada de la gente a la que me encomendaría. La anciana me esperaba afuera del autobús y con mi mochila y la vida en la espalda, nos dirigimos a la camioneta, me ofreció el asiento delantero, pero me negué, le abrí la puerta y le ayudé a subir. Yo me senté en la parte trasera, ahí también estaba una adolescente que, me miraba extrañada. La anciana me comentó que era su nieta, gemela de la paciente, aprovechó para presentarme a la madre de las gemelas que, con las manos en el volante, ni siquiera volteó, era obvio que no estaba de acuerdo con mi presencia. Yo sólo pude inclinar la cabeza a modo de saludo, no podía despegar la lengua del paladar, los nervios me estaban jugando en contra, a pesar de que el interior de la camioneta estaba tan frío como afuera, yo sudaba sin parar. –> continuación – Bonus track A esta virgencita si le rezo. De paseo por las calles de Puebla, y me encontré esta boina que agregaré a mi colección de boinas casi nuevas.

  5. Jul 24

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    Relato – Doctor Nómada (sexta) | Bonus track Doctor Nómada (sexta parte) Leer la quinta parte Pasaron varios minutos, más largos de lo deseado, que sirvieron para que los viajantes comenzaran a barajar hipótesis sobre lo ocurrido. Nadie se animaba a abrir la puerta del compartimento para entrar a la cabina del chofer, quien había bajado para ver lo ocurrido. Las historias y tal vez alguna experiencia les habría enseñado que, era mejor no ir al encuentro con el destino. Mi vecina de asiento cada tanto me tranquilizaba, siento que se lo decía a ella misma, yo asentía para no sumarle un fracaso más a sus buenas intenciones. Las luces interiores seguían apagadas, pero todos los pasajeros estábamos bastante nerviosos. Al final se abrió la puerta y el chofer nos anunció que, el sistema eléctrico se había descompuesto e irremediablemente teníamos que esperar a que otra unidad viniera por nosotros y nos llevara a la población más próxima. Nos recomendaba mantenernos en nuestros lugares, porque afuera el frío “estaba bravo”. Parece que mi compañera de asiento había escuchado otra serie de instrucciones, totalmente opuestas. Se retiró la cobija y acomodó el asiento para levantarse. Yo estaba confundido mirando al resto de pasajeros para ver si podía intuir lo que estaba pasando. Pero todos permanecieron en su lugar, sólo la anciana que hasta hace unos minutos roncaba heroicamente parecía deseosa de desobedecer al chofer. Le pregunté si deseaba ir al sanitario. Intentando que la voz no transmitiera lo que su cara evidenciaba, me comentó que, debía bajar y sacar el medicamento que había acomodado en el portaequipaje al inicio del viaje, con el calor de la cabina y la incertidumbre sobre cuándo llegarían por nosotros, los congelantes que lo albergaban se iban a derretir y la medicina se iba echar a perder. Ya casi para levantarse, le pregunté si podría revisar el contenido, ya que, tal vez aún estaba en buenas condiciones. Me miró dubitativa, pero asintió. Efectivamente los congelantes aunque fríos no durarían mucho más, cerré cuanto antes la hielera para evitar que el calor se internara. Ahora no tenía dudas sobre su contenido, no entendía por qué una anciana trasladaba a un lugar perdido, un fármaco tan costoso, que además era casi imposible se vendiera al público directamente. Me miraba cómo a quién le han descubierto un secreto, uno muy importante. Pero antes de que yo le pudiera hacer cualquier pregunta, inquirió. -¿Usted es doctor, verdad? Ahora ambos lucíamos contrariados, nuestras cartas estaban expuestas sobre la mesa. Dado que, la mejor defensa es escapar, me ofrecí a sacarlo a la intemperie, con la temperatura tan baja, seguro se mantendría bastante frío. Asintió con la cabeza y antes de que me diera recomendaciones, me levanté del asiento, busqué la chamarra que llevaba y me preparé para salir. Le dije que no se preocupara, me quedaría afuera con su cargamento para evitar cualquier sorpresa. Me recibió un aire más gélido que la inhóspita oscuridad, sólo estaba el chofer con una lámpara, apresurado, colocando señalizaciones que parecían innecesarias, la carretera era silenciosa, únicamente el viento alrededor nos acompañaba. Al terminar su labor y ver que me planeaba quedar afuera, mi sugirió que regresara a la unidad o me iba a congelar. Le agradecí, comenté que no se preocupara, que me gustaba salir a estirar los pies y no era friolento. Antes de abandonarme echó una última mirada y dado que seguía en la oscuridad buscando un sitio dónde apoyar la hielera, cerró la puerta manualmente y se apoltronó en su asiento. Yo, con bastante timidez daba unos pasos hacia la oscuridad, buscaba un sitio donde el aire no golpeara tan fuerte. Encontré unas piedras en donde podía sentarme. Las advertencias del chofer eran ciertas, el aire helaba hasta los párpados, así que cada tanto caminaba un poco para no congelarme. No hacía falta que volviera a abrir la hielera, sabía que ese medicamento se usaba para tratar algunos tipos de cáncer. En el hospital usábamos terapias más modernas, pero aún así el contenido de esa caja era extremadamente costoso, y sin duda, quien fuera a recibirlo no se encontraba en buenas condiciones. Estuve bastante rato entre caminando y sentado, resistiendo el frío, el aire se me filtraba en la cabeza, y en medio de la soledad, los acontecimientos de los últimos meses se me arremolinaban, no había tenido tiempo de pensar, sólo tomaba decisiones sin mucha reflexión. Ahora congelándome en medio de la nada intentaba encontrarle orden a mi vida. Se observaron luces al interior del autobús, seguramente el teléfono de algún pasajero. Al poco rato bajó mi vecina de asiento, con bastante lentitud y mejor arropada que yo, descendía por las escalera a mi encuentro. Se dirigió despacio, directamente a donde estaba su medicamento, seguramente me había estado vigilando todo este rato. Se acercó lo suficiente para estar segura de que el viento no se llevaría sus palabras. -Muchas gracias por ayudarme doctor -la seguridad con la que me recordó mi profesión fue ocultada por la oscuridad-, a mi nieta no le funciona la sangre, desde hace meses se nos está muriendo y como tampoco funciona el hospital, la llevamos con un especialista y nos recomendó ponerle esta medicina, es muy difícil encontrarla y hemos estado vendiendo todo lo que tenemos, a retazos para costearla. Cada vez que se la ponemos parece que se va a morir, pero solo así se nos ha mantenido viva. –> continuación – Bonus track En modo trabajador Par de perros en la montaña admirando el paisaje Pecora como siempre, en modo aventurera

  6. Jul 17

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    Relato – Doctor Nómada (quinta parte) | Bonus track Doctor Nómada (quinta parte) Leer la cuarta parte En menos de treinta días mi castillo de naipes se había derrumbado. Nada de lo ocurrido era injustificado, pero eso no lo hacía deseable, ni tolerable. Lo primero que se agotó, aunque se había terminado desde hace mucho, pero no me había dado cuenta, era la gente que me tenía afecto; mis nuevos conocidos del club y de la alta dirección me esquivaban en persona, por correo electrónico o al teléfono, no querían que ni una gota de mi mala suerte les ensuciara su prístino destino. A pesar de saber que poco iba a lograr, intenté retomar mis viejas amistades pero, obtuve muy pocas respuestas y nada de entusiasmo para verme, ya ni siquiera la posibilidad de ayuda para encontrar un nuevo empleo. Esto último se había vuelto mi prioridad, si bien reduje a mínimos mis gastos, había contraído demasiadas responsabilidades a largo plazo que, estaban deglutiendo mis ahorros demasiado rápido. Al ritmo que estaban ocurriendo las cosas, aun vendiendo todo lo que tenía caería en un impago muy pronto. Correos sin respuesta, llamadas sin retorno, negativa tras horas sentado en una sala de espera para una oferta de trabajo, esa era mi nueva cotidianidad. Cuando el departamento y mis esperanzas de encontrar un nuevo empleo se habían vaciado, hice una actualización de mis cálculos y en menos de tres semanas la inmobiliaria me echaría de lo que era mi último bastión, eso apenas me sacaba a flote unos pocos días. Ahora me daba cuenta de la cantidad de despilfarro a la que había llegado. La última noche que dormí en esa vida, fue antes de volver a revisar cuántos días más podía estar en esa situación antes de acabar en la calle. Me acosté rumiando mis desgracias, no sé cuánto tarde en vencer al insomnio pero, apenas abrí los ojos al día siguiente, sin saber de dónde, si lo había pensado antes de lograr conciliar el sueño o era una reminiscencia de esos mundos oníricos que se permean al descansar pero, me levanté con una idea, si no había manera de ingresar dinero a mi cuenta y las deudas la vaciaban con voracidad, podía buscar la manera de que durara lo más posible. Me levanté y para hacer tiempo en lo que el banco abría, desayuné lo último que había en el refrigerador. Frente a la sospecha del encargado del banco, vacié mi cuenta de ahorros, no podía cerrarla porque estaba llena de deudas. Al entregarme mi dinero, el tipo me vio con recelo, sabiendo que estaba presenciando mi transformación en moroso titulado, al que llegarían amenazas y requerimientos legales en poco tiempo; pero no tuvo más remedio que entregarme mis últimas reservas. Al despedirse de mí, notó que, traía una mochila más grande de lo usual, supongo que intuía cuál era mi plan, porque me deseo suerte al salir de la sucursal. Hacía mucho tiempo que no escuchaba una palabra de aliento, eso me animó a continuar. Muy cerca de ahí había ubicado un local de empeños, al que entregue mis últimas pertenencias, incluido mi teléfono, sabiendo que nunca más las recuperaría. Me dieron una miseria y yo les entregué un papel donde prometía volver a pagar ese dinero entregado en prenda. El dependiente sabía muy bien que, así se acude para nunca más volver, y seguramente ya pensaba en potenciales clientes para lo que le había llevado. En ese momento toda mi vida y su patrimonio iban en la mochila colgando a mis espaldas, dejaría todo lo que no pudiera cargar conmigo. Para mis acreedores y el resto del mundo iba a desparecer, sin dejar rastro, abandonaría todo; nunca pensé que, volverme invisible sería tan sencillo, a partir de ese momento no podría ser localizado, no se me podría exigir que cumpliera mis promesas de pago; el bello arte de mandar todo a la mierda. Mientras el taxi atravesaba la ciudad con el tráfico desbocado, me iba sintiendo ligero, liberado, pero con el corazón galopando fuerte en mi pecho, abandonaría todo y la inmensidad me atemorizaba. Al bajar del auto se terminó mi vida como la conocía, con planes, compromisos, sueños y responsabilidades. El horizonte de mi vida no estaba trazado, apenas sabía mi siguiente paso. En ese momento sólo tenía hambre e incertidumbre, así que, entré a un pequeño restaurante a resolver ambos problemas. Mientras me llevaban la comida, miraba el tablero con los destinos próximos, algunos conocidos, pero muchos a poblaciones que jamás había escuchado. Como nunca, comí con calma, sin marco de referencia veía aparecer y desaparecer destinos en el tablero, algunos sabia que estaban a pocas horas y otros a decenas. Al final decidí ser congruente y tomar la decisión de mi destino basado en la irracionalidad. Compré el boleto, solo de ida, para el destino más impronunciable. Ahora saberlo todo era irrelevante, desconocía si el lugar al que llegaría era de mar o montaña, cómo sería su gente, ni siquiera dónde podría encontrar alojo. Sólo sabía que el autobús salía en tres horas y que había elegido un asiento al lado del pasillo, no quería ver nada, ni recordar nada, tan sólo olvidar. Pedí una y después varias tazas de café, para que pasara el tiempo. Mientras tanto me distraía viendo a la gente cruzar la terminal de un lado al otro con bultos, hijos, sonrisas y tristezas. Me preguntaba si alguien más estaba huyendo como yo, caí en cuenta que tenía un monologo desde hacía bastante rato. Ya no había nada que me lo impidiera, una llamada de atrajera mi atención, las notificaciones perennes dejarlo de serlo y el deseo de ver el mundo a través de la pantalla había desaparecido, sólo tenía la realidad próxima e inmediata frente a mi. Anunciaron la salida de mi autobús, así que, pagué la cuenta y me formé para ingresar al vehículo; sin prisa, fui uno de los últimos. Ubiqué mi lugar y a mi vecina de asiento, la saludé, acomodé mis cosas en el maletero y ocupé mi asiento. Al lado mio una anciana se tardó bastante más tiempo en acomodarse la cobija que traía, un termo con una bebida caliente, “porque era muy friolenta” me dijo sin que le preguntara, y cuando se había logrado instalar correctamente se le había quedado una pequeña maleta en las piernas, se disponía a deshacer su cobijo pero, me ofrecí a acercársela y acomodarla junto a la mía, no deseaba verla nuevamente en todo su ritual de acomodación. Era una hielera, además de agradecer, me pidió que lo hiciera con cuidado, porque era un medicamento. La dispuse con cuidado y al confirmar con el oído que no se movía, la anciana se quedó dormida en pocos minutos, lucía exhausta, y sus rotundos ronquidos lo confirmaban. Por lo visto también había sido un día largo para mí, porque a pesar del concierto de ruidos de mis vecinos, al poco rato, caí rendido. Nos despertó y desacomodó una serie de movimientos erráticos que hacía el autobús, que cada vez avanzaba más despacio. Mi asombro era mayúsculo, no sabía que pasaba. Mi vecina me tranquilizó, diciéndome que seguramente se había ponchado una llanta. Eso me dio algo de paz, lo que me intranquilizó fue la acotación de su comentario, donde para sí misma deseaba que fuera eso y no los asaltantes de autobuses que llenan la carretera con clavos para detener a los viajantes y asaltarlos. –> continuación continuación —

  7. Jul 10

    Mi perra vida

    Relato – Doctor Nómada | Bonus track Doctor Nómada (cuarta parte) Leer la tercera parte La reunión fue sucinta y con un foro exiguo. El director de recursos humanos, el de finanzas y un par de sus mandos medios, todos con pésimas dotes de actuación. Me transmitieron las disculpas del cuerpo directivo a los que les fue imposible asistir, pero me enviaban saludos y deseaban mi pronta recuperación. Tras el protocolario intercambio de vacuos mensajes fraternales y optimistas, me explicaron que, durante mi ausencia; la cual debió haber sido una terrible experiencia de la cual seguramente salí fortalecido; en esas semanas tuvieron que buscar ayuda para continuar con la operación del hospital. La compañía que proveía de toda la infraestructura tecnológica, al ver nuestro gran avance, ofrecieron en su fase temprana y ultrasecreta una versión del modelo que podía “apoyar” las actividades de posiciones directivas, dada la coyuntura determinada por mi estado de salud, aprovecharían la oportunidad para probar el modelo y comprobar su utilidad en vida real. No entendí muy bien o no quería entender, pero interrumpí el monólogo del director de recursos humanos, para decirle que, ya me sentía muy bien y no era necesaria la ayuda de la IA para mis actividades. Tras soterrar parcialmente una sonrisa, continuó explicando que, la prueba había sido un éxito, y el programa se amplió a unas cuantas direcciones más. Su perorata terminó con una sensación de que algo más faltaba. Antes de que pudiera opinar algo al respecto, intervino el director de finanzas. Explicaba que, con la inclusión de los nuevos modelos directivos de IA se encontraron áreas de oportunidad que permitirían optimizar los recursos, esto daría paz a los accionistas, los cuales estaban muy nerviosos por no ver los resultados financieros esperados. Una de las áreas que más cambios necesitó fue la mía, entendían que, fue pionera en el gran cambio de la institución, y por lo tanto con más áreas de mejora. Indudablemente era una decisión dura, la cual prometieron haber meditado muchísimo, pero tenían que prescindir de mi para llevar a cabo esas nuevas actividades. Un hueco invadió mi abdomen, en ese momento caí en cuenta que, nunca pensé en esa posibilidad, me creía imprescindible, y por supuesto tampoco se me había ocurrido revisar mi contrato laboral, en un segundo me percaté de la situación altamente vulnerable en la que me encontraba. Temeroso pregunté si entonces volvería a mi trabajo clínico. En mi desesperación olvidé lo que ellos gustosamente me recordaron. Les hubiera encantado regresarme a esa posición, pero en el momento actual estaba cubierta por uno de los primeros modelos de IA que, yo, ayude a instaurar. Antes de que hiciera la pregunta obvia, el director de recursos humanos respondió, iniciando con el amplio reconocimiento que la institución y la alta dirección tenían por mis contribuciones y que por ese motivo recibiría un bono adicional, y por supuesto agradecían infinitamente el apoyo otorgado y me deseaban lo mejor en los proyectos que emprendiera. Tuve que realizar dos intentos para levantarme de la silla mientras me miraban fríamente, me cubría un sudor fino pero helado con el que luché para no temblar enfrente de todos, me despedí con la mayor formalidad y antes de salir me indicaron que, eran conscientes de mi estado de salud, por lo que se habían tomado la molestia de empacar mis cosas, para evitar esfuerzos en mi condición y me las harían llegar a lo largo del día. Salí a la calle y con mis últimas fuerzas sentado en una banca de la acera intenté recuperarme, sentía que me iba a desmayar; las manos me temblaban, me di cuenta que estaba hiperventilando. La gente pasaba a mí lado indiferente, una tras otra. Me quedé ahí, sin saber qué hacer, con la cabeza hecha un huracán. Sin darme cuenta pasaron varias horas, en las que estuve en ese estado hasta que, la luz del sol comenzó a alejarse. Me levanté y me fui a casa, no sabía qué hacer, y no tenía a quién acudir. Al llegar me tiré en el sillón, estaba rendido, era la primera vez que salía después de la cirugía y no había sido nada fácil, sin saber en qué momento, me quedé dormido. Era más de medio día cuando desperté dolorido, con la boca amarga y la cabeza explotándome de dolor. Traté de poner orden a mis ideas y tras un analgésico, ducharme y desayunar algo ligero, me senté a revisar lo que era una de mis principales preocupaciones en ese momento, mi cuenta en el banco. La tranquilidad de ese bono prometido me daba cierta paz, la cual se esfumó cuando vi los documentos de despido que llegaron a mi correo electrónico. En la vorágine de mi ascenso, los beneficios económicos fueron marcados como compensaciones, nunca fueron parte de un ajuste salarial, así que, me habían echado a la calle con un sueldo similar al de mi ingreso al hospital, es decir mucho menos de lo esperado. En ese momento me di cuenta de que uno es esclavo de sus lujos. –> continuación continuación —

  8. Jul 3

    Mi perra vida

    Relato – Doctor Nómada | Bonus track Doctor Nómada (tercera parte) Leer la segunda parte El tráfico de la ciudad era particularmente denso, hacia donde volteara las calles y avenidas eran un estacionamiento, pensé que, eso me tenía con una sensación atípica de cansancio y malestar general. Me esforzaba mucho para mantenerme atento a la videollamada que hacía regularmente de camino a casa y que, por lo visto todos hacían antes de llegar a sus hogares. Al terminar aún faltaba para llegar a mi destino, me recosté en el asiento trasero y no supe en qué momento me acomodé en posición fetal y cerré los ojos. Soñaba que, era un protagonista a algo parecido a la serie juego de tronos, pero en la irracionalidad propia de ese mundo imaginario, al correr a través del bosque caía en una trampa para osos mi tobillo sangraba profusamente, y escuchaba caballos jadeando acercándose, a cada intento por escapar los dientes afilados se clavaban profundamente en el hueso que iba cediendo a cada intento. Varios jinetes me rodearon, sin mediación de ningún tipo, uno de ellos vestido totalmente de negro y sin rostro, sacaba una lanza de su espalda y la enterraba en mi abdomen, mientras la machacaba con furia contra el suelo, el dolor me invadía y me hacía temblar, deseando que todo terminara. Mi nuevo chofer me despertó preguntando ¿si me encontraba bien? Estaba empapado en sudor y temblando, instintivamente me toqué el abdomen y vi que no había pasado nada, todo había sido una pesadilla. Al bajar de la camioneta las fuerzas me fallaron, por nada caigo en el suelo, me quedé unos segundos apoyado en el asiento con la puerta abierta, no sabía qué me pasaba. Le dije al chofer que, no se preocupara, y con todas mis fuerzas logré que las piernas dejaran de temblar, llegué al ascensor y mientras subía al pent house, me comenzó a molestar el abdomen, para cuando logré acomodarme en el sillón de la sala sentía que algo me taladrara los intestinos. El departamento estaba solo, mi pareja se había ido de vacaciones a la playa con sus amigas, fue su regalo de cumpleaños, no sabía a quién acudir, el dolor y el temblor iban en aumento. Lo que menos pensé que ocurriera se manifestó, en medio de mi infierno, de manera súbita mi abdomen se infló como nunca y ruidos de aguda corriendo me avisaban que debía ir al sanitario, tomé aire y todas mis fuerzas para levantarme pero, había sido demasiado tarde, el accidente había ocurrido, ya en pie me esforcé en caminar por el pasillo, apoyado en la pared, apenas había avanzado unos pasos y el dolor apretó con más fuerza, me tuve que sentar en el suelo, el ruido metálico en el vientre me volvía a recorrer, otro accidente ocurrió; lo último que recuerdo, es el suelo de mármol en el que se escurrían mis miasmas con sangre llegando hasta los tobillos. Al intentar abrir los ojos, de lo primero que me percaté es que un tubo invadía mi boca y rasgaba mi garganta, el monitor sobre mi cabeza se aceleró y una alarma comenzó a sonar repetidamente, no pude abrir los ojos, estaban sellados. Una voz dulce y relajada se escuchaba alrededor, sin saber exactamente de dónde provenía, intentaba tranquilizarme, me explicaba porque habían tenido que cerrar mis ojos con cinta adhesiva, y porque un tubo estaba dándole aire a mis pulmones. En los minutos que parecieron horas, logré entender que estaba en terapia intensiva. La voz era de la IA de monitoreo de esa área, la cual me explicó lo ocurrido, una úlcera intestinal se perforó, ocasionando que, la sangre llenara mi abdomen hasta casi vaciarme, igualmente me indicó el tratamiento instituido, quitarme parte del estómago y el intestino; finalmente me explicó lo que tenía que hacer al momento de retirarme el tubo que me ventilaba. Me parecía escuchar las animaciones de la pantalla del avión con las indicaciones ante una emergencia, todo era claro, congruente, pero parecía irreal. Llegó alguien que nunca supe quién fue, retiró las telas adhesivas que mantenían mis párpados cerrados y la luz del cuarto, aunque tenue dolía, no lograba enfocar nada, ahora sí, una voz humanada me pidió que siguiera las instrucciones que había recibido, porque retiraría el tubo de mi garganta. Sentí algo desinflarse en mi cuello, tras ese segundo de alivio, el dolor como el de una sierra se extendió desde mi pecho hasta la boca, el tubo se despegaba dolorosamente, unas lágrimas se me escaparon mientras el aire del ambiente ardía y quemaba en su trayecto hasta mis pulmones. Tras dos segundos de silencio, la persona se alejó, la voz que invadía la habitación continuaba con su letanía acerca de mi estado de salud. Durante los siguientes días sólo entraba una persona que me ayudaba a comer y bañarme. Le preguntaba sobre mi estado, pero desconocía absolutamente todo de mi caso, había sido contratada para limpiar pacientes. Le pedí que por favor le avisara al médico quién era yo, que deseaba saber qué estaba sucediendo. La mujer me preguntó asombrada si la IA no me había explicado todo eso, porque desde que ella había llegado, nunca había visto un médico en esa área. Se ofreció a transmitir mi petición a las otras personas que aún trabajaban en esa zona, alguna enfermera, un camillero, un fisioterapeuta, quienes también acudían unos pocos minutos cada día para moverme, hacer curaciones en la herida, moverme al sillón o ponerme hacer algunos ejercicios de movilidad. Recordé que esas funciones no pudieron ser sustituidas por robots de asistencia, pero actuaban eficazmente como una cadena de producción, seguían las instrucciones de la pantalla que les colgaba del cuello, sin cuestionarse ni saber nada de los pacientes, sabían que la IA estaba a cargo de esas decisiones. Después de ir mejorando tras varias semanas, una especie de administrador vino a explicarme que se había determinado mi alta, también que la cuenta había sido saldada por los jefes de mis jefes, y me ofreció apoyo para que me llevaran a mi departamento, ya que el teléfono de contacto de mi pareja nunca respondió. Mientras la sirena de la ambulancia recorría las calles de la ciudad, yo hurgaba en mis pensamientos sobre lo que ocurriría llegando a casa. Al abrir la puerta odie tener la razón, ella me había dejado, no había señal de su existencia. Me senté con dificultad en la sala y le pedí a la IA que actualizara mis pendientes de las últimas semanas, cientos de cadenas de correos, cancelación de reuniones y únicamente una carta del consejo directivo que, lamentaba profundamente lo ocurrido e indicaban que deseaban verme personalmente en cuanto estuviera preparado. —> continuación — Bonus track Me encontré uno de esos extraños contrastes de la montaña, una rama practiamente seca, en medio deel bosque reverdecido La montaña está que no cabe de frondosa Florecitas en el camino

  9. Jun 26

    Mi Perra Vida

    Relato – Doctor Nómada | Bonus track Doctor Nómada (segunda parte) Leer la primera parte Me levanté como de costumbre, sin sospechar lo que me esperaba ese día y los siguientes. El sonido del despertador, la luz invadiendo la ventana y los ruidos de la calle son tan rutinarios, nada te hace pensar que, tu vida puede cambiar radicalmente y que al mundo eso le importa lo más mínimo. Desperté y antes de abrir los ojos, ya había tomado el teléfono, me deslumbró su pantalla, el corazón casi se me sale del pecho cuando vi que, todos los miembros del consejo directivo me buscaban desde la madrugada, mensajes y llamadas perdidas, una catástrofe de la que no me había enterado. A los pocos minutos de haber cerrado los ojos, llegó un correo proveniente de los cada vez menos empleados que, exigían una junta urgente para discutir el nuevo orden laboral en el hospital, totalmente alterado desde que había llegado la IA, amenazaban con ir a huelga si ignorábamos su petición. Lo que en ese momento era inadmisible ya que no se contaba con la tecnología actual, hoy tal acto de presión sería tan inimaginable como insulso. En media hora habría una junta extraordinaria que involucraba a todos los integrantes de la alta dirección, me habían advertido en sus mensajes que esperaban una propuesta eficaz que resolviera la amenaza. Me alisté lo más rápido que pude y mientras iba en el auto, ya que el chofer también firmaba la petición y estaba emplazado a huelga, en esos segundos de ansiedad frente a la luz roja de los semáforos, barajaba mis opciones, nunca pensé que, esto fuera a ocurrir y aunque no era tan inocente como para no imaginar este escenario, era el que menos esperaba, el más indeseable, porque era el único para el que tenía una respuesta, la más miserale de todas. En la sala de juntas sólo se escuchaban murmullos velados, para la mayoría únicamente era un problema más que les daría tema de conversación en el club, al que llegarían tarde, por lo que no estaban de buen humor. Tras la innecesaria explicación del director de recursos humanos que, sólo sabía lo que todos habían leído en el correo electrónico; al final de su intervención las miradas apuntaban a mi. No sé si es algo generalizado, o así interpreto la realidad y la historia de mi vida, pero siempre ubico ese momento en el que, una decisión en su momento intrascendente, se vuelve en punto rector que condiciona un cambio radical en la sucesión de eventos en la vida, transformando el camino hacia derroteros inesperados pero determinantes. Estoy seguro de que, si hubiera renunciado habría sido la mejor decisión de mi vida, al menos no me hubiera asegurado el abandono y el aislamiento en el que vivo, o mejor dicho, en el que muero. Mi solución levantó caras de incredulidad y desaprobación. Había que mantener la plantilla a como diera lugar, aceptar sus mejorías salariales y en prestaciones sociales. Para sorpresa de nadie el director de finanzas advirtió del impacto que esta decisión tendría en los rendimientos de las acciones, y que aunque las finanzas del hospital lo permitían, sin duda afectarían las ganancias de los inversores. Tras la ominosa noticia, los ojos de todos pedían incendiar mi alma en el infierno, al final lo lograron. Pero en ese momento terminaron de escuchar mi propuesta y les pareció aceptable, nunca esperé que además, fuera la respuesta a muchos otros problemas de los que deseaban deshacerse. Las negociaciones se dieron de la forma más cordial, yo sabía cual era la debilidad de mis colegas, no hay mejor heroe que un gran traidor, y saqué partido de ella. Se cumplieron todas sus prerrogativas que incluían mejoras en su plan de retiro, optimización de las condiciones de trabajo y aumento en sus salarios estancados desde hace unos años. Incluso una cláusula, la que más trabajo me costó que aceptaran los directivos. El impedimento absoluto a ser sustituido por una IA. Toda la mesa mostró indignación ante mi tibieza al aceptar tal requisito, pero los tranquilizó mi propuesta que, incluso lograría mejorar los balances financieros. La transición tomó varias semanas, requirió muchas horas de desvelo para lograr la implementación tras bambalinas, de un espejo virtual de todas las actividades del hospital, para capacitar a toda una nueva plantilla de médicos, técnicos, enfermeras, administrativos; así cuando llegara el momento del recambio de personal tendrían un conocimiento adecuado del día a día del trabajo hospitalario Esta implementación era el mayor secreto de la institución, se acordó una fecha para hacer el movimiento de personal más grande y arriesgado en la historia de una institución de salud, por fin se desharían de miles de contratos anacrónicos, desfavorable para el desempeño financiero del hospital. Aprovechando la precariedad laboral de generaciones recién egresadas, acostumbradas a terribles condiciones laborales, aceptaron contratos que diez años atrás eran totalmente ilegales. La contundencia, velocidad y prepotencia con la que ejecutamos el plan, paralizó a todos. Esa mañana al llegar, pensaron que una emergencia masiva estaba ocurriendo, carpas instaladas en el estacionamiento a las cuales tenían que pasar, donde para su sorpresa, docenas de escritorios los esperaban para darles a firmar su liquidación. El talón de Áquiles de su pliego petitorio exigía no ser despedido para ser sustituido por una IA, pero no contemplaba el ser sustituido por otro humano con condiciones laborales muy distintas, tomando todas las ventajas del entorno laboral y condiciones económicas actuales. En veinticuatro horas se logró reducir el costo de la plantilla en treinta puntos porcentuales, incluso considerando el gasto de compensaciones por despido, además del nuevo contrato laboral que amparaba como nunca los intereses de los dueños hospital; que incluso recibieron subsidios gubernamentales por promover la innovación tecnológica y el desarrollo económico, tan sólo por implantar un esquema donde, los nuevos empleados sí que podían ser sustituidos por una IA sin contemplaciones. Por segunda vez volví a ser el heroe de mis jefes, y los jefes de mis jefes. Estaba en los cuernos de la luna, su luz no me dejó ver el enroque que me esperaba. —> continuación — Bonus track Terminando de correr el medio maratón del día del padre, no fue un gran tiempo, pero muy respetable para mi edad (¬_¬”) Las personas en silla de ruedas o con limitaciones visuales, hacen que se me apachurre mi pedregoso corazón, al ver todo el esfuerzo que imprimen en la carrera.

  10. Jun 19

    Mi Perra Vida

    Relato – Doctor Nómada | Bonus track No puedo negar que yo fui uno de los más entusiastas, genuinamente pensaba que la IA era lo mejor que le había pasado al mundo. No sólo se trataba de hacer tu carta astral o una imagen atractiva, poderla incorporar de manera irrestricta en todo lo que atravesara un chip de silicio fue mi primer proyecto personal, y ojalá se hubiera quedado en eso. Tal vez así habría evitado que, los últimos días de mi vida los pasara lleno de dolor en esta choza en medio de no sé donde. Hace unos años las cosas eran muy distintas, mis superiores me escuchaban fascinados cuando les mostraba lo que lograba hacer con esta tecnología que parecía magia pura. Ellos sabiendo que estaban en sus últimos años, al menos laborales, veían como niños en navidad, los milagros que estos entes digitales de los que no sabían nada, podían hacer en un sinnúmero de actividades. Me encantaba ser el centro de atención, en un principio algunos ponían en tela de juicio los avances en la incorporación de la IA en mis actividades. Pero al poco tiempo desistieron de su idea de parecer unos viejos anacrónicos, finalmente, la mayoría también se volvieron unos convencidos. Era un apóstol frente a mi séquito que, cada vez era más numeroso. Sin que me lo hubiera propuesto me convertí en esa voz que sabía a innovación, cosa que los jefes de mis jefes veían como la tierra prometida. Para nadie era sorpresa que gobiernos y particulares cada vez destinaban menos recursos a la salud que, costosa e inundada de burocracia se convirtió en un gigantesco elefante blanco del que todos buscaban escapar. Los jefes de mis jefes entendían, porque así les habían enseñado, que la innovación era gastar más dinero en una máquina o tecnología que hiciera, de preferencia mejor o más rápido, lo que ya veníamos haciendo. Un día me llamaron para que les explicara qué era eso de la IA, porque habían escuchado todo lo que yo lograba de manera individual; se quedaron boquiabiertos. La siguiente interrogante fue ¿si eso se podía aplicar en el hospital? Deseaban tranquilizar a todos los inversionistas por “lo poco” que ese ramo de la economía lograba explotar de los avances de la ciencia, “esta bien que la gente se cure más, pero nosotros ¿qué ganamos?”, escuché decir a uno de los consejeros que estaban en la mítica reunión. Tras mostrarles los primeros ejemplos de lo que la IA podía hacer en el hospital y de la cantidad de gente que se volvería innecesaria, sus opacos ojos volvieron a brillar como lo hicieron en su mocedades. En pocos meses me convertí en el invitado a todas las reuniones de mejoras e innovación del hospital; desde el estacionamiento, la cocina, caja de cobro, hasta el manejo de los enfermos en terapia intensiva que, era mi actividad primigenia. Esto me obligó a alejarme de los pacientes y a saturar mi agenda de reuniones hasta ya entrada la noche o por videoconferencia el día y a la hora que fuera, había creado un ambiente festivo alrededor de esta gran herramienta de innovación y todos querían ser participes. No lo sabía, o no quería saberlo, pero en ese momento compré el boleto para ganarme todas estás desgracias que, me tienen agonizando en medio de la nada. Mi vida se volvió glamorosa, era una especie de estrella de rock en mi micromundo, y cada vez que veía mi cuenta de banco, engordaba un poco más. También comía más y en mejores lugares, bebía más y más caro, y mi camioneta blindada con chofer me movía más y más tiempo. Mi primer gran proyecto fue uno pequeño, que no fuese tan visible, si bien era un convencido, debía ser cauto, o al menos lo fui al principio. Deseaba una prueba de concepto que, me abriera las puertas de toda la organización. Así que, empecé derrumbando la gran variabilidad de opiniones y errores derivados de la interpretación de imágenes de radiología y análisis de biopsias. Antes ya había arado el camino, radiólogos y patólogos estaban entusiasmados en ayudar en lo que se necesitara para entrenar a la IA que, si bien tenía información de otros hospitales alrededor del mundo, la personalización era una de sus virtudes que requería trabajo humano. Tras unos meses de transición el sistema permitió reducir la variabilidad en la interpretación de biopsias y tomografías, a la par de tres cuartas partes de los entusiastas que, se volvieron innecesarios, se tuvieron que quedar algunos, porque aún se requería que un humano se hiciera responsable en caso de demandas por errores o alucinaciones en el diagnóstico. A esta reducida plantilla les ofrecimos un pequeño aumento salarial para que estuvieran tranquilos y pudieran como en cadena de producción sólo confirmar los hallazgos realizados por la tecnología; nunca pensé que con ese aumento contratarían otra IA que lo hiciera por ellos. Así que, después redujimos la plantilla un poco más, para que sólo firmaran los reportes. Estas dos primeras implementaciones fueron un éxito, al menos moral y de concepto, financieramente fueron neutros, aunque a la postre dejaron de serlo, una vez que entrar es difícil salir, aunque sepas que te daña, te da satisfactores que te evaden de la realidad. Este modesto beneficio no satisfizo a los inversores. Tras meditarlo mucho, necesitaba una idea que nos diferenciara del resto de hospitales, los cuales al observar nuestro éxito en innovación que, publicitamos con bombo y platillo, comenzaron a incorporar en sus instituciones. En su momento el análisis fue valido y por supuesto aprobado por unanimidad y con aplausos. Si en todo el mundo la IA sustituía cada vez más posiciones médicas, no tenía sentido seguir formando recursos humanos en salud. Tras varias reuniones y múltiples escenarios económicos, era más redituable invertir en mejores dispositivos de medición de constantes vitales avanzadas y pantallas inteligentes que interactuaran con los pacientes, en lugar de mantener una plantilla de cientos de estudiantes pululando en el hospital. Temerosos al principio, fue un gran movimiento de mercadotecnia, la gente bien y con bienes prefería que una imagen en una pantalla y un algoritmo alojado en algún lugar pobre del mundo fuera su interlocutor, en lugar de montones de médicos jóvenes que seguro querrían practicar con ellos. Así fuimos los pioneros en cerrar los acuerdos con la universidad; y prescindimos de estudiantes, internos y residentes del hospital. Al final y por las malas supe que muchos más, menos afortunados, deseaban cualquier tipo de atención médica, ya sea humana o basada en silicio. —> continuación — Bonus track Macchiato en espera de que le toque su baño, no puede esconder su miedo al agua, pero ni modo ya huele mucho a perro. Las nubes bajando paulatinamente a la montaña, en estas fechas es una delicia estar en Malinalco.

  11. Jun 5

    Mi perra vida

    Crónica – Un gran centro comercial | Poema – Inédito – Jaime Sabines | Reseña – Un nosotrxs sin estado – Yásnaya Elena Gil | Frase robada – Noela Lonxe| Bonus track – La Isla – Silvia Eugenia Castillero Un gran centro comercial Por razones ligadas profunda y genuinamente con el código postal de mi nacimiento, la historia de mis viajes y turismo comenzó bastante tardíamente. Estoy casi seguro de que, la primera vez que viaje a Europa fue a Barcelona, ahora que le pongo tinta a mis recuerdos, nunca he ido (salvo una ocasión) a ese continente sino por motivos profesionales, si viajé a varios países con motivación meramente turística, pero cuando estuve viviendo una temporada en Italia, en Trieste. Como decía mis viajes trasatlánticos siempre han estado cobijados por actividades profesionales, estos es un gran eufemismo para decir que siempre he conseguido un mecenas que financie mi estancia. No negaré ante tal evidencia que, podría ser considerado un vividor, pero bueno el mecenazgo ha sido parte de la historia del arte y la ciencia. En esta vida de sacacuartos científico; después de Venecia que, era una parada obligada siempre que alguien iba de visita a Trieste; la ciudad que más he visitado es Barcelona, en la cual he tenido historias interesantes que merecen ser mencionadas en otro momento. Estos recuerdos se amalgamaron con varias lecturas de ficción que ocurren en Cataluña, pero indudablemente Carlos Ruiz Zafón (1964-2020) en su tetralogía titulada El Cementerio de los Libros Olvidados, representa con nostalgia y misticismo una ciudad que, dejó una impronta muy notable en mi sentir y mi pensar. Por lo tanto, tras al menos un par de lustros después de mi última visita (bastante fallida porque solo llegué al aeropuerto); el hecho de que un mecenas me ofreciera volver con el pretexto de un congreso médico y una reunión de trabajo, me pareció una gran oportunidad que, no dejé pasar. Además de las perspectivas profesionales que, estaban bastante bien acotadas, me interesaba volver a recorrer sus calles; con la ilusión de alejarme de las grandes atracciones que ya había conocido en épocas pasadas. Confiaba en que, alejándome de las hordas de gente tomando las mismas fotos que van a los mismos lados, me aportaría una visión renovada y tal vez más genuina. El itinerario incluía librerías, tiendas de música y fotografía, algún restaurante y algún museo. Tenía algunos puntos de referencia y muchas ganas de caminar. Pensé que para mi buena fortuna el hotel donde me hospedaba no estaba en la zona más céntrica de la ciudad, así que el plan estaba razonablemente trazado; digo esto porque normalmente ocurre que, las ciudades ajenas son como un animal huidizo, te muestran lo que desean muy a su manera y con cierto recelo, esta ofrenda se logra caminándola sin expectativas, cuando menos lo esperas algo te sorprende y lo atesoras. No sé qué fue lo que pasó, todo pasaba y ocurría de maneras muy extrañas, cantidades ingentes de turistas en todos lados, tanto que, una de las fotos que más me gustó fue de una pequeña calle con apenas un par de personas, algo anormal. Marquesinas demasiado lindas, excesivamente luminosas, pidiendo a gritos (en inglés) que, le tomaras una foto para etiquetarla en redes sociales o le dejaras una reseña en google maps, calle tras calle la escenografía no cambiaba. Tras varias horas una pequeña tienda de discos y una librería confirmaban mis hipótesis, éramos demasiados visitantes, los hemos invadido y ya no pueden ser melómanos o libreros, sino expendedores de productos. Parecía que toda la ciudad se había transformado en un inmenso centro comercial, ya no era solo el corte inglés, todas las aceras eran transiciones de un tipo de productos a otros, siempre ropa, siempre comida, siempre lo mismo. El capitalismo envistió sus calles de un traje de latex negro que seduce a sus transeúntes y asfixia a sus vecinos. Conforme pasaba el tiempo, porque vaya que insistí en encontrar la ciudad, imaginaba lo terrible que sería lidiar con todo esto cada día en la cotidianidad, es paradójico que hace quinientos años ellos derrumbaran la identidad de pueblos ancestrales y ahora el metamodernismo los deglute. No se puede ser dogmático y pensar que sólo mi experiencia pueda hacer diagnóstico, pero si creo que, si deseo que la ciudad me muestre su alma, tendría que hacerlo con más precisión e ingenio; mientras tanto me llevo esa impresión de haber visitado un gran centro comercial. Inédito – Jaime Sabines No tengo nada porque no quiero nada. No creo en el amor ni en los huevos cocidos. Todo es fugaz y frágil igual que una mirada, y todo es vano y triste como los tiempos idos. ¿Quién soy, o qué? Nada me importa saberme un jitomate malherido, ni llorar por la vida que es tan corta, o tan larga, según lo sucedido. Lagarto, o buey, o talismán y hechizo, cada cosa a su hora, plenamente, soy y no soy como mi madre me hizo. En esta esquina, y por detrás y enfrente, valgo y huelo lo mismo que un chorizo, eterno y para nunca y para siempre. Un nosotrxs sin estado – Yásnaya Elena Gil Este ensayo explora detalladamente, pero de manera manejable, las interacciones entre las diversas culturas y sociedades ancestrales de México y su dominación por el Estado que, busca acallarlas y destruirlas para homogeneizar el ideario de lo que debe ser este país. No sólo desde el análisis y la descripción, sino a través de la denuncia y la utopía donde todxs podamos convivir y florecer. La narración y análisis no muestra una visión rosa y maquilada de la realidad, ni tampoco una perspectiva catastrófica, aunque lo sea. Pienso que es una increíble lectura para tratar de comprender el crisol que somos e intentar interiorizar una alteridad de lo que nos hemos olvidado, lo cual nos perjudica como sociedad, dejándonos demasiado vulnerables. Frase robada – Noela Lonxe Nadie debería comer lo que no ha matado Bonus track Tras mucho caminar, por fin pude encontrar una calle sin gente (o casi). Descansando en las catacumbas del museo Picasso. Por algún momento pensé que el vehiculo del fondo era un recolector de turistas, por si las dudas me escondí.

  12. May 30

    Mi Perra Vida

    Crónica – Descubriendo el fanzine Descubriendo el fanzine Las cosas y sucesos llegan cuando tienen que llegar; así fue mi descubrimiento del fanzine. A pesar de tener una idea muy superficial y claramente errónea, su develación este año fue muy grata y enriquecedora. Para poner el piso plano para tod@s voy a intentar definirlo. Es un medio de expresión impreso (o digital) de formato pequeño, con temáticas variadas, aunque normalmente de nicho, con muy pocas o ninguna regla de tipo editorial o creativa, por lo general de producción casera o en pequeñas editoriales. Es decir puede ser una hoja tamaño carta doblada en cuatro partes escritas a mano con un manifiesto punk, hasta un pequeño ensayo fotográfico en impresión offset. Lo anterior me tiene fascinado, la libertad que implica. Es todo un universo en el que, conviven el cómic, crónica, poesía, ensayo, cuento, relato, crónica, divulgación; cualquier cosas que se pueda imprimir en una hoja de papel, se puede decir. Por la forma en que se produce, prácticamente cualquiera puede crear uno, con unas cuantas hojas de papel y una fotocopiadora tienes para expresar lo que te venga en gana. La imprenta transformó la forma en que los libros se producían, permitiendo su impresión masiva, las técnicas modernas de impresión a bajo costo, permitieron no sólo la impresión masiva, sino la disponibilidad masiva. Para los que venimos de un mundo más anclado a convencionalismos, creeríamos que sólo las grandes editoriales, los autores de culto o figuras que roban la atención de los medios tradicionales, pueden publicar sus creaciones. Pero la posibilidad de que cualquiera pueda expresarse sin ataduras, en este mundo tapizado de candados sociales, comerciales y prejuicios autoasignados; me parece valiente, transgresor y muy interesante. En este momento en el que incluso poner a hervir pasta, agregarle aceite y rallarle queso es denostado y preferimos pedir comida rápida a través del teléfono celular. El decidir crear algún material gráfico y/o escrito, acomodarlo en las páginas, darle formato, imprimirlo, fotocopiarlo y distribuirlo; sabiendo que no será ni rentable, ni sostenible, que no ganará ningún premio literario, y aún así decidir llevar a la vida tus ideas realizando ese esfuerzo; le otorga al fanzine un peso específico muy importante. Puede o no gustarnos, pero lo que es innegable es el interés de la autora, autor o autores para realizar su proyecto. Justamente cuando los estereotipos idealizados que, ya se venían gestando por los algoritmos de las redes sociales y que se consolidaron con la “perfección” y sesgos de la inteligencia artificial, en este mundo tan plastificado y aséptico; encontrar el sello puro y genuino de quien elaboró el fanzine, es un rodal. Se siente el amor e interés vertido en esas hojas fotocopiadas Aunque hay fanzines robustos e icónicos, la mayoría tienen unas cuantas páginas, por lo que si se viene del mundo lector tradicional, devorando cientos y cientos de hojas o del mundo digital de la pantalla infinita; el fanzine puede padecer diminuto, y lo es, pero esa característica lo lleva a apreciarlo de modo distinto, y no pocas veces a releerlo o repensarlo. Arropándome en la tercera acepción de la RAE, es un producto muy elitista y exclusivo no sólo en su producción, sino en su distribución y consumo. No es fácil encontrarlo, hay que poner algo de esfuerzo en dar con ellos; por su conceptualización no son para todos los públicos y su especialización reduce el número de lectores. Pues bien, hasta hace apenas unos meses en la Feria del Libro y la Rosa que, exactamente no sé por qué, pero compre bastantes y recientemente en un viaje a Xalapa otros tantos, me he enamorado del fanzine, pero también de sus valores intrínsecos, con los que congenio plenamente; la libertad, la valentía y la dedicación; impulsados por el interés genuino, me parecen muy atractivos. En esta pequeña incursión que estoy realizando me he encontrado cosas muy interesantes, creativas, inteligentes, divertidas y bellas. Como todo en la vida, también está el lado oscuro, que ni tanto; uno es el costo, si bien no son caros, para el que no valora el trabajo manual, intelectual y artístico; pagar el equivalente a cinco o diez dólares por unas cuantas hojas de papel, le parecerá absurdo. Pero honestamente la mayoría de la gente gasta eso y más en comida chatarra que, sólo les incrementa el riesgo de diabetes y cáncer. Y el segundo punto en contra es que, la versión digital del fanzine, no siempre transmite lo que gemelo analógico si. He cumplido con compartirles mi nueva afición, e invitarlos a que si asisten a alguna feria del libro o si por accidente entran a alguna librería, pregunten si tienen fanzines, algo encontraran que les sorprenda. Bonust track Tras caminar muchas horas, encontré un lugar muy lindo donde comer. Lo llamativo de esta foto fue encontrar una calle de Barcelona que no estuviera tapizada de turistas.

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Fastidiado de las restricciones en las redes sociales, y sin postureo ni opiniones al vapor, aquí les dejo Mi Perra Vida