Domingo Ordinario Isaías 5, 1-7: “La viña del Señor es la casa de Israel” Salmo 79: “La viña del Señor es la casa de Israel” Filipenses 4, 6-9: “Obren bien y el Dios de la paz estará con ustedes” Mateo 21, 33-43: “Arrendará el viñedo a otros viñadores” Isaías y San Mateo ponen ante nuestros ojos una de las más bellas imágenes de la Biblia: la vid, que representa el amor de Dios que se encarna en todas las realidades de la existencia humana y permea todas sus acciones. Es cierto que el canto de la viña es un canto del trabajo, tan común en las culturas campesinas, donde se canta al laborar o al final de la jornada se entonan sentidas coplas entremezclando las tristezas y alegrías que produce el trabajo, y que es difícil distinguir cuando dejan de hablar de la milpa y de la viña para ponerse a hablar de la mujer amada. Detrás del canto campesino no es difícil descubrir la revelación de un amante que canta y cuenta su fracaso amoroso entremezclando las íntimas demostraciones hasta confundir el lenguaje campirano con el usado en las relaciones amorosas, y aun sexuales, entre esposo y esposa. ¿En qué momento se convierte esta imagen en la historia del amor de Dios por Israel, el pueblo que Él eligió? El mismo canto se plantea el fracaso del Señor con su pueblo, pero se descubre sólo al final siendo realmente la intención del canto. Más grave se nos propone la parábola de los viñadores homicidas. A la propuesta de un amor que supera las infidelidades y obstinado se ofrece una y otra vez buscando renovar los perdidos delirios del amor inicial, responde una dura realidad de rechazo, de creciente violencia hasta terminar en la barbarie del asesinato del hijo y heredero único. ¿No es una exageración la narración tan violenta donde por una viña se golpea, se apedrea y se termina por asesinar al heredero? Suena triste, pero nuestra realidad va mucho más allá: se asesina por unos cuantos pesos, se mata por ambición de poder y se secuestra y se mutila simplemente porque se le antoja al malhechor o porque se ha sentido ofendido por una mirada. Se ha perdido toda la dimensión de una viña, de una vida, que nos ofrece Dios por amor y para el amor, y se ahogan todos los esfuerzos. Se hace realidad el reclamo de amor del amante: “Esperaba de ellos justicia, y hay iniquidad; honradez, y hay alaridos”. Nuestra patria se llena de luto y llanto por tantas injusticias de criminales y autoridades coludidas en una guerra sin sentido y sin fin, en un afán de manifestación de poderes y de venganzas, y las pobres víctimas, silenciosas e impotentes, permanecen en el anonimato y en el olvido. ¡Cómo se hace realidad esta parábola tan trágica que nos narra el mismo Jesús! En la parábola hay dos aspectos que no podemos dejar de lado: el primero, tiene una muy clara dedicatoria: “Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo”, dirigida a los jefes y representantes del pueblo tanto de aquel tiempo como de éste. Nos ofrece una clara acusación contra los responsables de no entregar frutos de justicia y rectitud. Toda persona que ostente algún grado de autoridad también tendrá algún grado de responsabilidad en esta situación tan deplorable. Mientras más autoridad, más grave la responsabilidad. No podremos actuar con indiferencia, pasividad o temor pues está de por medio la justicia y la vida de los desprotegidos. Basta ya de echar culpas a los otros, cada uno asuma con dignidad y valentía su papel, pues está de por medio no sólo la seguridad personal, sino el riesgo de perder la viña amada del Señor, por la que ha suspirado, por la que ha dado la vida. Quien asesina a una persona, está asesinando a un Cristo vivo, pero también, quien debiendo proteger al indefenso no lo hace, se convierte en cómplice de asesinato. Todos tenemos responsabilidad y todos tenemos que aportar nuevas luces que nos lleven a salir de estas oscuridades.