Rabí Aba habla sobre la creación del hombre, diciendo que Dios lo creó a imagen de los superiores y los inferiores, como una combinación de todos ellos. El hombre estaba compuesto de masculino y femenino, y el lado femenino estaba compuesto de Jésed y Juicio. Tras pecar, se preocuparon solo por asuntos mundanos y perdieron la sabiduría. Ni Abel, de los superiores, ni Caín, de los inferiores, heredaron la tierra, pues ninguno de ellos dejó descendencia. El mundo se fundó a partir de Set, pero no estuvo completo hasta la llegada de Abraham; con la llegada de Isaac y Jacob, todo quedó incluido en la Columna Central y el mundo se mantuvo firme. Aun así, se requirieron las doce tribus y setenta personas que descendieron de Jacob, e Israel recibió la Torá y erigió el Tabernáculo. Entonces Dios quiso contar a todas sus legiones de pueblo, los hijos de Israel, para vincularlos a sus raíces celestiales. Tras la salida de Israel de Egipto, obtuvieron la Torá y el Tabernáculo, y entonces quedaron perfectamente completos. Rabí Itzjak dice que cuando uno habla de sus propias bendiciones, también debe bendecir a Dios y reconocerlas. Explica que las bendiciones de lo alto no se basan en nada que haya sido contado, pero el conteo de los hijos de Israel fue una excepción. Oímos que Dios bendecirá a las mujeres, que no fueron contadas en el censo, a los sacerdotes y levitas, y a los niños menores de veinte años. Rabí Shimón le explica a Rabí Yehuda cuál es la fuente de las bendiciones y dice que, cuando se despierta la iluminación de Dios, todo está en amor, en perfección y en paz.