ESTRATEGIA EN JUEGO

Mauricio Rodríguez Vázquez

Un podcast sobre estrategia de productos financieros y cómo los sesgos cognitivos de clientes, líderes y equipos influyen en las decisiones, el diseño del producto y los resultados del negocio. El único podcast en español que une estrategia y economía conductual para entender, de verdad, por qué un producto financiero triunfa o fracasa. estrategiaenjuego.substack.com

  1. Oct 5

    Banca Premium: lo que el cliente afluente realmente compra. (Parte 2 de 2)

    Celaya, Guanajuato, un jueves de octubre, 9:40 de la mañana. Sobre el escritorio de Rogelio Tamayo hay una caja negra mate. Adentro, con la solemnidad de un estuche de relojería, vienen una tarjeta de metal de 18 gramos, un pase a salas VIP, un cupón que dice en letras doradas «Bono de bienvenida: 5,000 puntos GRATIS» y diez folletos. Cuenta Premium. Inversión Premium. Tarjeta Premium. Seguro Premium. Auto Premium. Hipoteca Premium. Nómina Premium. Afore Premium. PyME Premium. Asistencia Premium. Diez productos y un solo apellido, como esas familias donde todos los hijos se llaman José y nadie sabe a cuál le hablan. Rogelio llegó a esa caja por la puerta que casi nunca se abre. Dos semanas antes lo llamó un ejecutivo del banco de Federico, que había descubierto algo que llevaba años en sus propios servidores: dos distribuidores del Bajío le pagaban a la empresa de Rogelio por SPEI a una cuenta secundaria que él casi había olvidado. En el sistema, la empresa era «PyME» y Rogelio era «masivo». Ernesto —el de riesgo y pricing, el que en septiembre preguntó en el chat cuántos de sus clientes ya eran Premium y se quedó sin respuesta— corrió por fin el modelo, y uno de los primeros nombres de la lista fue el de un fabricante de cajeta con tres plantas y ventas de ocho cifras. Rogelio aceptó abrir una cuenta personal. No por el metal. Por una frase del ejecutivo: «Queremos ser su segundo banco». Ahora extiende los diez folletos sobre el escritorio, junto a los tres frascos que siempre tiene ahí para las visitas: cajeta quemada, envinada y de vainilla. Hace doce años no eran tres, sino doce. Había cajeta con nuez, con coco, sin azúcar, light, de leche de cabra, de leche mixta, en tubo, en tarro, en caja de regalo. Su distribuidor de San Antonio, un texano de pocas palabras, le dijo una frase que Rogelio todavía repite en cada comida familiar, a la altura del café: «Your customers don’t know which one to pick, so they pick none». Rogelio recortó el catálogo a tres presentaciones y vendió más. Nadie en su planta ha leído a los psicólogos que estudiaron el fenómeno. No hizo falta. Rogelio busca en los diez folletos lo único que necesita: una línea para aprovechar una oportunidad de negocio en 48 horas, la misma que en septiembre terminó consiguiendo con su cuñado, en una carne asada. El folleto más parecido es «PyME Premium». Pide estados financieros dictaminados de dos ejercicios y promete una respuesta «en un plazo de hasta 15 días hábiles». Rogelio junta los diez folletos, los alinea con la precisión de quien lleva treinta años acomodando frascos y los guarda en el segundo cajón del escritorio: el de los pendientes. La tarjeta de metal se queda en la caja. El cupón «gratis», también. Ciudad de México, esa misma mañana. En el banco de Federico circula el comunicado interno del lanzamiento: «Nace nuestra línea Premium: 10 productos, 1 marca, 0 excusas». Abajo, en negritas, el indicador del trimestre: productos por cliente. Camila, la PM que en septiembre le puso un pulgar arriba al audio de Federico, lleva tres semanas mirando el tablero del onboarding y tiene un dato que no cupo en el comunicado: de cada diez clientes que recibieron la caja, siete no han contratado nada más que la cuenta. Ernesto abre su hoja de cálculo y hace la única operación que nadie hizo antes de mandar a imprimir los cupones: multiplica el bono de bienvenida por la meta de clientes nuevos. El resultado no aparece en ningún renglón de la rentabilidad del cliente. Nadie lo cargó. Era «gratis». El banco de Federico consiguió lo más difícil —que un cliente Premium al que la banca tradicional no sabe leer aceptara sumarlo como segundo banco— y lo está perdiendo en la parte que parecía más fácil: qué ponerle enfrente. Para el nuevo lector que llega a la serie de “Estrategia en Juego” por esta entrega, un resumen. En la primera entrega de Banca Premium documentamos que el cliente afluente ya no se cambia de banco: suma otro. Solo 19% de los inversionistas de alto patrimonio trabaja hoy con una sola firma, frente a 39% en 2019 (Capgemini, World Wealth Report 2026). Ese cliente no compra una tasa más baja ni una tarjeta de metal, sino tiempo, certidumbre, reconocimiento y delegación de complejidad, alrededor de trabajos casi siempre familiares. «Premium» son al menos cuatro segmentos, y el más atractivo para un banco que sube desde abajo es el que la banca tradicional no sabe leer: el próspero ilegible, como Rogelio. Y ese cliente solo suma un banco si equivocarse no le cuesta. Esta es la segunda de dos entregas. En la primera vimos qué compra el cliente Premium; hoy, cómo se construye lo que compra: con qué producto empezar, en qué orden crecer y con qué equipo. La tesis de esta entrega es incómoda por una razón distinta. Cuando un banco ya entendió qué compra el cliente Premium, su error más probable deja de ser de diagnóstico y pasa a ser de ejecución: responderle con un catálogo de productos que se llaman igual y con beneficios «gratis» que nadie cargó a la rentabilidad del cliente. La línea que gana el segundo lugar de la cartera se construye al revés: pocos productos que resuelven trabajos concretos (“Jobs to be done”), un primer escalón cuyos beneficios se pagan solos, una secuencia que gana principalidad y datos antes que saldo y tarjetas, y un equipo que se mide por la parte de la billetera del cliente que conquista, no por las unidades que emite. Diseñar un Premium es fácil. Financiarlo, no El programa de pricing por relación más imitado de la banca estadounidense acaba de dar una lección, lo único verdaderamente gratis de este artículo. Durante años, Preferred Rewards de Bank of America premió a sus clientes según el saldo que concentraban en el banco: desde 20,000 dólares, el nivel Gold sumaba 25% a las recompensas de tarjeta; Platinum, desde 50,000, 50%, y Platinum Honors, desde 100,000, 75%. El 27 de mayo de 2026 el programa se convirtió en BofA Rewards. El comunicado oficial lo presentó como una expansión: un nivel de entrada sin saldo mínimo, con 10% adicional en recompensas, abierto a más de 30 millones de clientes (Bank of America, 18 de febrero de 2026). La letra que leyeron los clientes existentes fue otra: el primer nivel con 25% de bonificación ahora pide 30,000 dólares, y el 75% que antes se alcanzaba con 100,000 ahora exige un millón. Diez veces más saldo por el mismo beneficio (My Money Blog, 2026). No es un escándalo ni un error de Bank of America. Es la aritmética de cualquier programa por niveles cuyo beneficio se diseñó antes que su financiamiento: para regalar un escalón en la base, hubo que encarecer el tope. Para un banco mexicano que está por lanzar su línea Premium, la lección es: diseñar un Premium es fácil; financiarlo es lo difícil, y retirarlo cuesta más que no haberlo dado nunca. El otro lado de la moneda es el servicio. En la primera entrega vimos que el dolor más citado del cliente de alto patrimonio es de memoria institucional: 42% tiene que repetir sus objetivos a la misma firma. El mismo reporte de Capgemini explica por qué: los asesores dedican 41% de su tiempo a tareas operativas, y 76% quiere que sistemas con inteligencia artificial las automaticen (World Wealth Report 2026). La falta de memoria no es un problema de voluntad del banquero. Es un problema de capacidad del banco. Y la capacidad, a diferencia del metal, no se manda a imprimir. Con esas dos restricciones, la tentación natural de un comité es compensar con volumen: si no podemos darle todo a un cliente, démosle de todo a todos. Diez productos y un bono. Es exactamente lo que no hay que hacer, y la razón es más conductual que financiera. Diez folletos y un cajón BLOQUE TEÓRICO 1 · LA MESA DE LAS 24 MERMELADAS Un sábado de mediados de los noventa, en Draeger’s, un supermercado de Menlo Park, California, Sheena Iyengar y Mark Lepper montaron una mesa de degustación de mermeladas. A ratos tenía 24 sabores; a ratos, 6. La mesa grande atrajo a más curiosos: se detuvo alrededor de 60% de quienes pasaban, contra 40% en la chica. Pero de quienes se detuvieron frente a los 24 sabores, solo cerca de 3% compró un frasco; frente a los 6, cerca de 30% (Journal of Personality and Social Psychology, 2000). Más opciones atraen la mirada y ahuyentan la decisión. Con un matiz: no es universal. Benjamin Scheibehenne, Rainer Greifeneder y Peter Todd revisaron 50 experimentos y encontraron un efecto promedio cercano a cero (Journal of Consumer Research, 2010). Alexander Chernev, Ulf Böckenholt y Joseph Goodman resolvieron la aparente contradicción (Journal of Consumer Psychology, 2015): la sobrecarga aparece cuando se juntan cuatro condiciones —opciones complejas, una decisión difícil, preferencias poco definidas y el deseo de decidir con poco esfuerzo—. Un cliente que llega a un segundo banco a elegir productos financieros cumple las cuatro. Del lado del cliente, la sobrecarga de elección explica el segundo cajón de Rogelio. No rechazó al banco de Federico: lo pospuso. Y para un banco que aspira al segundo lugar de la cartera, posponer es la forma más cortés de perder. La primera entrega dejó establecido que el cliente Premium solo suma un banco si equivocarse no le cuesta. Diez productos parecidos suben justo ese costo: multiplican las maneras de elegir mal y ninguno explica cuál resuelve su problema. En el caso de Rogelio, ninguno lo resolvía. Y en un producto financiero, no elegir no es neutral: lo que el cliente no contrata mientras todavía está evaluando al banco tendrá que competir después con la inercia, que en banca rara vez pierde. Del lado del equipo, el catálogo es la ausencia de una decisión disfrazada de ambición. Lanzar diez productos a la vez permite no elegir cuál importa. Madhavan Ramanujam y Georg Tacke (Monetizing Innovation, 2016) llaman feature s

  2. Sep 28

    Banca Premium: lo que el cliente afluente realmente compra. (Parte 1 de 2)

    En México hay una frase que delata al prepotente antes de que termine de pronunciarla: «¿Usted no sabe quién soy yo?». La pronuncia el señor que se estaciona en doble fila frente a la escuela y el funcionario que descubre que el retén también aplica para él. Y es, al mismo tiempo, la mejor definición de lo que el cliente Premium le pide a su banco, con una diferencia que lo cambia todo: el buen cliente Premium jamás la dice en voz alta. Solo espera que el banco la conteste sin que nadie tenga que preguntarla. Este artículo sostiene una tesis incómoda para cualquier banco que esté diseñando su «línea Premium»: el cliente afluente no compra una tasa más baja, ni una tarjeta de metal, ni una sala VIP. Compra tiempo, certidumbre, reconocimiento y delegación de complejidad para resolver trabajos que casi siempre son familiares. Y ya no se cambia de banco: suma uno. La pregunta competitiva dejó de ser cómo arrebatarle de raíz la cuenta al incumbente. Ahora es qué trabajo ganar primero para ocupar el segundo lugar de su cartera y, eventualmente, convertirse en el primer lugar. Tres escenas, un mismo martes de septiembre. Santa Fe, Ciudad de México, 10:12 de la mañana. Daniela Ochoa es directora de finanzas de una farmacéutica mediana, tiene once años con el mismo banco, una tarjeta Infinite de metal que pesa lo mismo que un encendedor de metal Zippo. Esa mañana su papá entró a urgencias en un hospital privado y alguien de admisión le explicó que, antes de subir a piso, hay que cubrir el deducible y el coaseguro. Daniela marca a la línea exclusiva que viene impresa, en letras doradas, en el reverso de su tarjeta. Le piden los dieciséis dígitos, la fecha de nacimiento y su nombre completo. La transfieren. La nueva voz le pide los dieciséis dígitos. Su ejecutivo asignado —el cuarto en tres años; rotan con la frecuencia de los técnicos del Cruz Azul— está de vacaciones, pero con gusto la atiende alguien del equipo. El equipo le pide que le cuente desde el principio. Daniela cuenta desde el principio por tercera vez. A los treinta y ocho minutos de llamada, parada en un pasillo que huele a alcohol en gel, Daniela entiende por primera vez en su vida a la gente que dice «¿usted no sabe quién soy yo?». No estaban exigiendo privilegios. Estaban exigiendo memoria. Celaya, Guanajuato, 12:40. Rogelio Tamayo heredó de su abuela una receta de cajeta y la convirtió en tres plantas industriales, 140 empleados y un distribuidor en San Antonio, Texas, que la vende como artisanal al triple de precio. Factura ocho cifras al año, paga su tarjeta el día del corte y nunca ha tenido un atraso en nada que no sea la misa de doce. Esa semana se enteró de que los herederos de su competidor más antiguo quieren vender la planta antes del viernes. Rogelio fue a la banca patrimonial de un banco grande en León. La ejecutiva, impecable, le pidió sus recibos de nómina de los últimos tres meses. Rogelio le explicó, con toda la paciencia del Bajío, que él firma 140 recibos de nómina cada semana. «¿Y quién le firma el suyo?», preguntó ella. «Pues… yo», dijo Rogelio. «Ah, entonces no tiene», concluyó la ejecutiva, con la serenidad de quien acaba de resolver un caso. En el sistema del banco, la empresa de Rogelio es «PyME» y la persona de Rogelio es «masivo». En ninguna de las dos pantallas es Premium. El viernes, Rogelio consiguió el dinero con su cuñado, en una carne asada, a cambio de algo mucho más caro que una tasa: tener que escucharlo opinar sobre la planta en cada cumpleaños durante los próximos veinte años. En algún chat corporativo, 17:05. Un banco mediano con sueños de grandeza acaba de regresar de São Paulo. Federico, director del nuevo segmento; Camila, la PM, y Ernesto, de riesgo y pricing, pasaron cuatro días estudiando cómo Itaú construyó Personnalité, la submarca que este año cumple treinta. El reporte del viaje tiene 142 láminas, 214 fotografías de sillones de lounge y cero entrevistas con clientes. La conclusión ejecutiva cabe en una línea: «Tarjeta de metal de 18 gramos, salas VIP en aeropuertos y la palabra Premium en todos los productos». En el canal de Slack del proyecto, la votación sobre el acabado del plástico —negro mate o negro brillante— lleva 47 reacciones. Ernesto escribe la única pregunta pertinente de la tarde: «¿Alguien sabe cuántos de nuestros clientes ya son Premium?». Nadie contesta. Once minutos después, Federico responde con un audio de dos minutos que se resume en una frase: «Si hacemos lo mismo que Banamex y no funciona, nadie nos va a reclamar. Si inventamos algo y no funciona, nos corren». Camila le pone un pulgar arriba. Ernesto deja de escribir. El negro mate gana por tres votos. Daniela no va a cerrar su cuenta: once años de domiciliaciones, nómina y una línea de crédito que costó construir pesan más que treinta y ocho minutos de espera. Rogelio tampoco se va a ir de su banco: ahí están los pagos de sus 140 empleados. Pero ambos sumarían, mañana mismo, un segundo banco que les resolviera un solo trabajo: a Daniela, el deducible de su papá sin tener que contarle su vida a un desconocido; a Rogelio, la planta del competidor sin pedirle permiso a su cuñado. Y el banco de Federico, que tiene a varios Rogelios en su base sin saberlo, está a punto de ofrecerles un plástico más pesado. Este análisis se publica en dos entregas: hoy, el cliente —qué compra y por qué—; en la siguiente, la línea —cómo se construye, en qué orden y con qué equipo—. El segundo lugar de la cartera El dato que debería abrir cualquier discusión sobre banca Premium no es mexicano, pero describe lo que Daniela y Rogelio ya hacen. Según el World Wealth Report 2026 de Capgemini (4 de junio de 2026), solo 19% de los inversionistas de alto patrimonio del mundo trabaja hoy con una sola firma, frente a 39% en 2019, y 88% declara trabajar con varias para obtener mejor acceso a oportunidades de inversión. En seis años, la exclusividad se partió a la mitad. Esa cifra cambia la pregunta estratégica. Durante décadas, el juego Premium fue de migración: convencer al cliente del competidor de mover nómina, hipoteca e inversiones con bonos, tasas preferentes y comidas con el ejecutivo. El juego que describe Capgemini es otro: el cliente ya tiene un banco principal y está dispuesto a sumar un segundo si ese segundo resuelve algo que el primero no. La competencia no es por el primer lugar de la cartera. Es por el segundo. Y el segundo lugar se gana con un trabajo bien resuelto, no con un catálogo. El mismo reporte señala dónde está el dolor. Solo 17% de los inversionistas de alto patrimonio describe su experiencia de asesoría como fluida y personalizada, y 42% tiene que repetir sus objetivos y preferencias varias veces a la misma firma. El problema más citado del segmento más rentable de la banca mundial no es de precio ni de producto. Es de memoria institucional. Daniela no es una anécdota: es la mediana. En México, el mercado es más pequeño de lo que sugieren los folletos y más grande de lo que ve un comité. UBS estima en su Global Wealth Report 2026 que en el país hay alrededor de 333,000 personas con un patrimonio superior a un millón de dólares (El Universal, 30 de junio de 2026). Pero el dato que más debería importarle a un banco que quiere subir de segmento no está en la punta de la pirámide, sino un escalón abajo: según la ENIGH 2024 del INEGI (30 de julio de 2025), el decil más alto de ingreso reúne a 3.88 millones de hogares, con un ingreso corriente promedio de 236,095 pesos por trimestre, alrededor de 78,700 pesos al mes. Ahí vive la mayoría de los clientes que un banco puede ganar como segundo lugar, y la cifra es un piso: las encuestas de hogares subregistran los ingresos altos. «Premium» no es un segmento: son cuatro El error más frecuente en banca Premium es de definición: se trata «Premium» como si fuera una persona que quiere lo mismo que el cliente masivo, pero más bonito. En realidad son al menos cuatro poblaciones, con trabajos distintos, anclas de decisión distintas y costos de cambio distintos. Diseñar para el promedio de las cuatro es diseñar para ninguna. Alexander Osterwalder y sus coautores (Value Proposition Design, 2014) lo plantean como disciplina: un lienzo de propuesta de valor por segmento, con sus propios trabajos, dolores y ganancias. En banca Premium, eso significa cuatro lienzos, no uno con la palabra «Premium» en el encabezado. Tabla 1. Los cuatro sub-segmentos del cliente Premium en México Daniela es el afluente consolidado de libro: su barrera de cambio es altísima y su dolor no es financiero, es de servicio. Rogelio es el tercer renglón, y es el más interesante para cualquier banco que no se llame BBVA. Es lo que en esta publicación llamamos el próspero ilegible: un cliente con capacidad económica de nivel Premium que los umbrales y los modelos de scoring de la banca tradicional no reconocen como tal, porque sus ingresos son mixtos, variables o no llegan en forma de recibo de nómina. Es la versión afluente del problema de «El scoring que no habla español» (P13): el modelo es una fotografía del pasado formal, y en esa foto Rogelio sale movido. No es un fenómeno marginal. Nubank, la fintech que subió desde la tarjeta sin anualidad hasta su propuesta Ultravioleta, reporta que cerca de la mitad de sus clientes de alta renta son dueños de negocio, y por eso su estrategia para el segmento pasa por integrar las finanzas personales con las de la empresa (Forbes Brasil, 1 de septiembre de 2025). En Brasil, el Premium que crece es, en buena medida, un Rogelio. La geografía refuerza el punto. La AMAI ubica 7.3% de los hogares mexicanos en el nivel A/B y 12.0% en C+, con una fuerte concentración metropolitana; en localidades de menos de 2,500 habitantes, el nivel A/B cae a 1.9% (estimaciones NSE sobre ENIGH 2022). Para un b

  3. Sep 23

    Pricing de préstamo personal: la estrategia que nadie hace.

    Septiembre 2026, la CDMX se presume adornada con motivos patrios. En la Terminal 2 del Aeropuerto de la capital de México hay un corredor de sesenta metros donde el capitalismo mexicano se exhibe sin pudor, como esas vitrinas de carnicería que enseñan el corte completo en lugar de esconder el hueso. De un lado, una casa de cambio anuncia “0% COMISIÓN” con luces de neón que ni la cartelera de Arena México usa para anunciar el regreso triunfal de “El Tataranieto del Santo, ahora en Pay-Per-View”. Las letras son tan grandes, tan naranjas, tan seguras de sí mismas, que uno esperaría que detrás del mostrador hubiera un político presentando un segundo informe de gobierno, prometiendo que la obra sí se va a terminar este sexenio, palabra de honor, mientras la avenida de junto sigue teniendo más baches que el historial de la Selección Nacional de fútbol en su participación en mundiales —y eso, en México, ya es decir mucho. Del otro lado del mismo corredor, a menos de veinte pasos, un cajero automático de un banco comercial ofrece el tipo de cambio oficial, sin pancarta, sin neón, sin nadie gritándolo, como el compañero de trabajo que sí hace bien su chamba pero nunca manda el correo de “logros del trimestre” para que se note. Un turista recién bajado del vuelo de Houston cambia 500 dólares en la casa de cambio, feliz de no pagar comisión, y sale con casi 400 pesos menos de los que habría obtenido en el cajero de junto. No le cobraron comisión. Le cobraron en el tipo de cambio, que es donde se esconde la comisión cuando alguien te promete, con la cara muy seria, que no te va a cobrar comisión —la misma cara seria con la que un funcionario vistiendo chaleco color guinda asegura que el programa de “apoyo” que reparte en tarjetita plastificada, con foto incluida, no tiene absolutamente nada que ver con las elecciones del año que entra, es pura casualidad de calendario—. El turista se aleja contento, convencido de que ganó. No hay torta y frutsi gratis. Lo que hay es un lonche cuyo precio decidieron esconder en otro renglón, y un cliente feliz de no haberlo visto. Esa misma arquitectura —cobrar donde el cliente no está mirando, y dejar que el cliente se sienta listo por no haber visto nada— es, con matices de escala y regulación, exactamente lo que ocurre en el crédito personal mexicano. Entre septiembre de 2024 y agosto de 2025, la tasa de interés promedio ponderada del crédito personal en México varió de 22.9% en Inbursa a 45.2% en BanCoppel —una dispersión de 22.3 puntos porcentuales para, en teoría, el mismo producto financiero—, con el sistema agregado en 40.5% (Banxico, Indicadores Básicos de Créditos Personales y Microcréditos, publicado el 3 de noviembre de 2025). Ningún banco compite en ese rango por accidente, de la misma manera en que ninguna casa de cambio pone luces de neón por accidente, ni ningún político manda a pintar la fachada de la delegación justo antes de la visita de los medios. Es el mismo truco del “envío gratis” que ya viene prorrateado en el precio del producto, o del Wi-Fi del avión que dice “gratis” y luego cobra 249 pesos por cuarenta minutos de Instagram en definición de foto de credencial vencida, con la misma cara de inocencia con la que el buffet del hotel todo incluido dice “bebidas ilimitadas” y luego cobra veinte dólares por la botella de tequila que sí se llevaron al cuarto. Si algún lector piensa que esto es un problema exclusivo de changarros informales cerca de terminales de avión —negocio legítimo, no se trata de satanizarlo— conviene recordarle que el mismo mecanismo, con corbata y sucursal bancaria, es columna vertebral de buena parte del pricing de crédito personal en México. La diferencia es de escala y de regulación, no de arquitectura conductual. Nadie, en ninguna sucursal del país, cuelga un letrero de neón que diga “45.2% de CAT anual, aproximadamente lo mismo que pagarías si tu tarjeta de crédito nunca dejara de traer intereses moratorios”. Lo que sí cuelgan es una pancarta con la palabra “APROBACIÓN INMEDIATA” en letras del tamaño de un espectacular de outlet en Semana Santa, con el CAT impreso al pie, cumpliendo la ley al pie de la letra, en un tamaño de fuente que exige entrecerrar los ojos como quien intenta leer el contrato de renta de un departamento a las once de la noche, después de que el asesor ya se fue y solo queda la firma pendiente y el WiFi del Oxxo de enfrente. Y aquí viene la parte que ningún comité de producto quiere escuchar en voz alta: el cliente que salió feliz de la casa de cambio no es el único que se cree más listo de lo que es. Del otro lado del mostrador, el equipo que diseñó ese letrero de neón —y el que diseñó la pancarta de “APROBACIÓN INMEDIATA” con el CAT en letra de hormiga— también se sienta en su junta de innovación convencido de que ellos sí son el lado racional de la ecuación, que el sesgo cognitivo es algo que les pasa a los clientes, nunca a quien diseña el formulario. Es el mismo efecto por el que el 93% de los conductores estadounidenses se considera mejor que el promedio al volante —un imposible estadístico que ni Pitágoras resucitado lograría cuadrar—, aplicado con corbata a la sala de juntas: el área de riesgo jura que su modelo es objetivo porque “son puros números”, el área legal jura que cumplió con la transparencia porque “el CAT está impreso, así lo pide la ley”, y nadie en la mesa se pregunta si esa combinación de números y letra chiquita fue diseñada, aunque sea sin mala intención consciente, para que el cliente entienda lo mínimo posible antes de firmar. Sentirse racional es, de hecho, el síntoma más confiable de que uno no lo está siendo: es el sesgo dentro del sesgo, el que hace que el cliente popular jure que “sacó cuentas” cuando en realidad solo comparó una cuota semanal contra su quincena, y que el comité de crédito jure que “hizo pricing” cuando en realidad copió la tasa del competidor y le bajó dos décimas para sentirse competitivo en la junta del jueves. CONDUSEF reportó en junio de 2026 que el CAT de crédito personal oscila entre 42% y 118% en banca comercial, entre 85% y 189% en SOFOMes de consumo, y hasta entre 200% y 600% en plataformas digitales de microcrédito —un rango tan generoso que hace que la variación de precio del boleto de avión según el día de la semana parezca un acto de honestidad radical—. La pregunta que este artículo busca contestar no es si la demanda de crédito personal en México es elástica o inelástica —spoiler: ambas cosas son ciertas, dependiendo de qué se mida—, sino por qué una dispersión de precio de esa magnitud puede sobrevivir año tras año sin que la competencia la erosione, en un mercado donde, en teoría, cualquier cliente podría simplemente cruzar la calle. Veintidós puntos que nadie compara a tiempo El estudio de campo más citado sobre crédito al consumo en México —Karlan y Zinman, con Compartamos Banco, ochenta regiones, publicado en The Review of Economic Studies en 2019— encontró algo que debería incomodar a cualquier director de pricing que todavía cree que el cliente mexicano “no compara”: la elasticidad precio de la demanda de crédito personal es de -1.9 en promedio a veintinueve meses, y esa elasticidad no es constante, sino que crece con el tiempo. Es de -1.1 al primer año y de -2.9 al tercer año. Traducido: el cliente mexicano sí responde al precio del crédito, y responde cada vez con más fuerza conforme acumula experiencia con el producto. Pero responde después, no en el momento de decidir. La elasticidad que documentaron Karlan y Zinman es una elasticidad de experiencia acumulada, no una elasticidad de comparación activa en el punto de venta. Es la diferencia entre “ya aprendí que este crédito me sale caro y la próxima vez busco otra opción” y “estoy comparando ahora mismo dos ofertas y elijo la más barata”. Lo primero es aprendizaje. Lo segundo es lo que el CAT, como métrica regulatoria, se diseñó para habilitar —y es precisamente lo que, en la práctica, casi nunca ocurre. Si la demanda es genuinamente elástica en el largo plazo, la pregunta incómoda es obligada: ¿por qué persiste una dispersión de tasas de más de 22 puntos porcentuales entre instituciones, para el mismo producto, sin que la competencia la erosione en el corto plazo? La tabla siguiente muestra la tasa de interés promedio ponderada por institución, según el corte más reciente de Banxico: Conviene detenerse un momento, antes de seguir, en el tercer nivel de esa tabla de CONDUSEF, el que casi nadie menciona en los paneles de innovación financiera: las plataformas digitales de microcrédito, con CAT que van de 200% hasta 400%-600%. Ese tramo no es una curiosidad estadística en la cola de la distribución. Es, en términos de arquitectura conductual, el atributo oculto llevado a su forma más pura: una app que se descarga en noventa segundos, que aprueba en minutos, que pide el mínimo de documentos posible, y cuyo costo real se revela —si se revela— después de aceptar los términos y condiciones con el dedo, en la misma pantalla táctil donde nadie lee nada, ni siquiera cuando se trata de bajar un filtro de cámara. La velocidad no es gratuita en ningún sentido de la palabra: es, literalmente, el vehículo que hace posible cobrar un CAT que, expresado en el lenguaje del cliente —”te presto mil pesos hoy, me devuelves mil doscientos el viernes”—, suena perfectamente razonable, y que expresado en el lenguaje del regulador —CAT de 400%— sonaría, correctamente, como una alarma de incendio. Las dos descripciones son matemáticamente la misma oferta. Solo una de ellas está diseñada para generar aceptación inmediata. La respuesta convencional —”es riesgo, no opacidad”— es cierta solo a medias, y la mitad que o

  4. Aug 5

    Remesas: El dinero ya llega a la cuenta en México. La oferta de otros productos financieros, no.

    Manitowoc, Wisconsin. Viernes, 9:47 de la noche, quince grados bajo cero afuera y el olor a amoniaco de la planta todavía metido en la chamarra. Jesús —Chuy, para los que lo conocen, que en ese turno son puros paisanos de Michoacán y dos guatemaltecos que le dicen “míster” en broma— acaba de terminar su undécima hora deshuesando cerdo en una línea que no se detiene ni para que alguien se persigne. Se lava las manos tres veces porque nunca se sienten limpias del todo, se sube a una camioneta con otros cuatro y, antes de que el motor termine de calentar, ya tiene la app abierta con el pulgar. No necesita ver la pantalla para saber dónde tocar: lo ha hecho cerca de doscientas veces en los últimos cuatro años. Escribe 300. Dólares. Destino: una cuenta en Zamora, Michoacán, a nombre de Yolanda, su esposa. Confirma. La app le dice, con un check verde optimista que contrasta con todo lo demás en ese estacionamiento congelado, que el dinero estará disponible “en minutos”. Chuy no tiene número de seguro social que sea suyo de verdad, no tiene licencia de conducir en ese estado, no tiene —por diseño explícito del sistema migratorio estadounidense— ningún papel que lo acredite ante el gobierno de Wisconsin. Pero para al menos tres fintechs mexicanas y dos remesadoras internacionales, Chuy es exactamente lo que cualquier producto financiero sueña tener: un cliente recurrente, puntual, de bajísimo riesgo de impago porque el impago no es una opción moral disponible, y con un comportamiento transaccional más predecible que el de la mayoría de los empleados con nómina domiciliada que sí calificarían para un crédito. Doce minutos después y 3,003 kilómetros al suroeste, en Zamora, a Yolanda le suena el celular con la notificación del depósito mientras revisa la tarea de la niña. No abre ninguna app de inversión. No lee ningún desglose de CAT. Hace, en su cabeza, en cuestión de segundos, algo que ningún modelo de scoring del sistema financiero mexicano registra en ningún campo de ningún formulario: reparte los 300 dólares. Un tercio para la renta de la semana. Otro tanto para la aportación de la tanda del jueves —la tanda, no la Afore, no la cuenta de ahorro programado que le ofreció alguna vez un promotor de banco que nunca volvió a aparecer—. El resto para lo que llama, sin ironía, “lo que se ofrezca”: la consulta del niño chico, el libro que pidieron en la escuela, el domingo que se les antojó comer algo que no fuera lo de siempre. Ese reparto mental, instantáneo y sin hoja de cálculo, es el Job to Be Done real de la remesa: no es ahorro, no es inversión, es manutención y resiliencia familiar entregada dos veces al mes con la puntualidad de una nómina que Chuy nunca podrá tener a su nombre. Mientras tanto, en High Point, Carolina del Norte —la capital mundial del mueble, aunque nadie en México lo sepa—, Roberto Alanís, “Beto”, sí tiene papeles. Lleva green card desde hace seis años, trabaja en el área de tapicería de una fábrica que exporta sillones a Canadá y a medio Estados Unidos, y su relación con las remesas es distinta en todo salvo en la frecuencia. Beto no manda dinero por sobrevivencia ajena: manda dinero por proyecto. Su mamá, doña Cande, vive sola en León, Guanajuato, y hace ocho meses le detectaron diabetes tipo 2 con una complicación en la vista que, en el sistema público del IMSS Bienestar, implica una lista de espera hasta diciembre del 2027 que Beto no está dispuesto a que su madre padezca. Beto manda 450 dólares cada quincena, más un extra cuando hay cita con el oftalmólogo particular. No usa la misma app que Chuy —usa la que le recomendó su cuñado, que a su vez la usa porque “así la usamos todos en la familia”, frase que ningún equipo de producto en México ha escuchado directamente de un cliente real en los últimos doce meses, aunque debería ser la primera pregunta de cualquier investigación de usuario sobre remesas. Beto tiene, además, algo que Chuy no tiene y que el sistema financiero mexicano no ha terminado de entender qué hacer con ello: dos cuentas bancarias, un historial crediticio impecable en Estados Unidos, y una madre en Guanajuato que recibe dinero de forma tan puntual y tan predecible como cualquier pensionado del ISSSTE —pero a quien ningún banco mexicano le ha ofrecido jamás, ni una sola vez en seis años, un crédito basado en ese historial de recepción. 325 kilómetros al sureste de León, Guanajuato, en un piso 22 con vista a Reforma, el Comité de Estrategia de Remesas y Nuevos Segmentos —así, con nombre de iniciativa trimestral que alguien registró en un OKR antes de que existiera el producto— lleva cuarenta minutos de junta. Preside Ignacio, el CEO, que abrió la sesión con la frase “las remesas son el nuevo oro digital”, frase que le escuchó a un ponente en un panel de fintech en Miami y que ha repetido en las últimas tres juntas con la misma convicción con la que un niño repite un dato de dinosaurios que memorizó ayer. A su lado, Renata, la CPO, tiene un dashboard —siempre hay un dashboard— con la tasa de captación de remesas del trimestre, que subió 4 puntos porcentuales, cifra que Ignacio celebra como si fuera un gol de chilena en el último minuto del segundo tiempo extra. Nadie en la sala ha preguntado, en cuarenta minutos, qué pasa con ese dinero cuarenta y ocho horas después de que llega. Bruno, el Head of Growth, todavía no termina de contar los likes de la foto que acaba de subir a Instagram, en la que aparece con toga, birrete y su flamante nuevo diploma del IPADE, cuando presenta un slide con el logo de la competencia tachado y la palabra «disrupción» escrita en Comic Sans. Él sonríe, satisfecho con la supuesta sofisticación de la broma. Nadie más lo hace. Paola, la Head of Data, es la única que hace la pregunta incómoda: “¿Sabemos qué porcentaje de los receptores deja el dinero más de dos días en la cuenta?” Silencio. Alguien anota la pregunta en una libreta que nadie va a volver a abrir. Ignacio responde, con el aplomo de quien inventa una cifra frente a testigos, “yo creo que un buen porcentaje”, y la junta sigue adelante hacia el siguiente punto de la agenda, que es —por supuesto— cómo bajar la comisión todavía más. Esa es la paradoja completa, en tres escenas y un piso 22: el dinero de Chuy y el dinero de Beto ya llega, cada vez más, a una cuenta bancaria en México. Por primera vez en la historia del dato que Banxico empezó a medir apenas el año pasado, más remesas llegan a una cuenta que a una ventanilla. Y sin embargo, casi ningún banco, neobanco o fintech mexicana ha resuelto todavía la pregunta que sí resolvió Yolanda en doce segundos sin ayuda de nadie: qué hacer con ese dinero después de que llega. El sector celebra la captación del flujo como si fuera el final de la historia. Es, en el mejor de los casos, el primer párrafo. El dato que cambió de bando Según el boletín “Ingresos y Egresos por Remesas, diciembre de 2025” de Banco de México, publicado el 3 de febrero de 2026, México recibió 61,791 millones de dólares en remesas durante 2025 —una caída de 4.6% frente a los 64,746 millones de dólares de 2024, la primera contracción anual en once años—. El titular fácil es la caída. El dato que de verdad debería estar en el radar de cualquier CPO de banca o fintech mexicana está una capa más abajo: dentro de ese total, el 99.1% de los ingresos se realizó vía transferencia electrónica, y —por primera vez desde que Banxico empezó a desagregar esta cifra— el depósito directo a cuenta (50.4%, 30,866 millones de dólares) superó al cobro en efectivo en ventanilla (49.6%, 30,331 millones de dólares). No es una tendencia que está por llegar. Ya llegó. El “dinero ya está en la cuenta” dejó de ser aspiración de producto y se volvió, en el margen, comportamiento mayoritario. Enero de 2026 —el primer mes con el nuevo impuesto estadounidense del 1% ya vigente sobre remesas fondeadas en efectivo— cerró en 4,594 millones de dólares, una caída de 1.4% anual y 13.4% mensual, el nivel más bajo desde abril de 2024 (Banxico, boletín de remesas de enero de 2026, publicado el 2 de marzo de 2026). Para el primer semestre de 2026 el flujo ya mostraba recuperación: 30,759 millones de dólares entre enero y junio, un alza de 3.1% anual, con BBVA Research proyectando en junio de 2026 un cierre de año en terreno positivo, cercano a 2%. La lectura conjunta de ambos datos no es contradictoria, es complementaria: el mercado se está reordenando, no colapsando, y el criterio de reordenamiento —quién gana y quién pierde participación— es exactamente el eje bancarizado/no bancarizado que este artículo está a punto de diseccionar. ¿Quién compite por Chuy y por Beto? Todos, y no de la forma en que el sector suele contarlo Aquí conviene resolver, con datos y sin ambigüedad, la pregunta que cualquier lector fuera del sector haría de inmediato: ¿las remesas en México se reciben solo a través de bancos y de remesadoras especializadas como Western Union, o ya participan también las fintechs? La respuesta verificable es que el ecosistema tiene hoy tres capas activas y compitiendo simultáneamente por el mismo dinero de Chuy y de Beto, no dos. La primera capa es la banca tradicional con vocación popular: Banco Azteca, de Grupo Elektra, opera poco más de 2,000 puntos de contacto en México, con recepción de remesas sin comisión y —según declaración de un directivo de la institución, cifra orientativa que debe leerse como proxy y no como reporte auditado— con 48% de participación de mercado en remesas nacionales y 15% de conversión de ese flujo hacia cuentas propias. BanCoppel, sin comisión de recepción, opera vía alianzas con Western Union, MoneyGram y la remesadora APPRIZA, y declaró en su Informe Financiero del segundo trimestre de

  5. Jul 23

    Crédito Personal: Bancos y Fintechs compiten con el mismo guión —tasa, plazo, monto—. ¿Cómo diferenciarse en México y LATAM?

    Ciudad de México, miércoles 24 de junio de 2026, minuto 89. México 3-0 República Checa, fase de grupos de la Copa Mundial de Fútbol, el estadio que hasta hace unos meses se llamaba Azteca, luego se llamó Banorte por patrocinio, y que la FIFA obliga a llamar “Estadio Ciudad de México” durante el torneo porque ningún logo no oficial puede aparecer ni en el nombre del inmueble. Nadie en la azotea de Tavo sabe cómo se llama el estadio esta semana, y a nadie le importa, porque hay tres pantallas conectadas a un splitter de dudosa legalidad, cuarenta y dos personas pagando $80 pesos de cover, y un negocio de tacos de canasta y cerveza que esa noche está operando, técnicamente, como cine de barrio. Tavo no se llama Tavo en su acta de nacimiento. Se llama Gustavo, pero lleva veintidós años vendiendo tacos y nadie —ni su esposa, ni el de la tienda de la esquina, ni el inspector de Protección Civil que pasó una vez y nunca volvió— lo ha llamado Gustavo desde el sexenio de Fox. Tavo tiene una pantalla de 55 pulgadas comprada hace tres años a meses sin intereses en una tienda departamental cuyo nombre prefiere no mencionar por razones que quedarán claras en un momento, y esa noche esa pantalla le queda chica. Cuarenta y dos personas no caben viendo un rectángulo de 55 pulgadas sin generar el tipo de tensión social que normalmente solo se ve en horas pico al querer abordar el metro en la estación Pantitlán. Tavo necesita una pantalla más grande, una bocina que no distorsione en los goles, y los necesita ya, porque México acaba de sellar el liderato del Grupo A con paso perfecto —tres partidos, tres victorias, cero goles recibidos, un dato que representa un nuevo récord para El Tricolor en mundiales— y el martes 30 de junio juega los dieciseisavos de final contra Ecuador, otra vez en este mismo estadio de nombre inestable, y ya corrió la voz en el grupo de WhatsApp de la cuadra de que la próxima función va a ser todavía más grande que esta y que las latas de cerveza estarán al 3x2. A las 8:47 de la mañana del jueves, mientras hace la limpieza de la azotea, a Tavo le llega una notificación push a su celular. Dice, en letras grandes y en un color azul que a Tavo curiosamente le recuerda al de la tienda departamental que prefiere no mencionar: “¡Gustavo, ya tienes 35,000 pesos pre-aprobados!” Tavo nunca solicitó nada. La notificación llegó porque Tavo tiene una tarjeta departamental con ocho años de historial impecable, y el algoritmo de riesgo de esa institución decidió, sin que nadie se lo pidiera, que Tavo es exactamente el tipo de cliente al que le urge ofrecerle un crédito personal para que pueda comprar una pantalla de 75 pulgadas disfrazada de “capital de trabajo personal.” Tavo entra a la app. Le preguntan: “¿Para qué necesitas el crédito?” Las opciones son “Gastos personales”, “Remodelación”, “Viaje” y “Otro.” Tavo lo piensa un segundo y selecciona “Gastos personales”, porque no existe la opción “Pantalla más grande para que no se pelee la clientela viendo el Mundial mientras vendo tacos de canasta a los que el SAT no conoce”, que sería la respuesta honesta, la que efectivamente describe el Job to Be Done (JTBD), y la que ningún formulario de ninguna de las once principales instituciones financieras de este mercado está diseñado para capturar. Le aprueban 35,000 pesos en menos de cuatro minutos. Nadie le pregunta si el negocio existe formalmente. Nadie le pregunta cuánto factura. El modelo ya sabe, por el historial de pagos y por el patrón de consumo de su tarjeta departamental, que Tavo es cliente confiable — sabe eso mejor de lo que sabe qué va a hacer Tavo con el dinero, y no le importa la diferencia. Tavo compra la pantalla de 75 pulgadas y una bocina que, jura, “se escucha con nitidez hasta Tláhuac.” El martes 30 de junio, con la pantalla nueva y ahora setenta personas pagando cover de $120 pesos porque la voz ya se corrió hasta la colonia de al lado y porque consumen tacos de canasta y cerveza como si no hubiera un mañana, Tavo recupera la inversión completa antes de que acabe el primer tiempo contra Ecuador. Nadie en la cadena de decisión de ese crédito —ni el algoritmo, ni el área de riesgo, ni el área de producto que diseñó el formulario con la opción “Gastos personales”— se entera jamás de que acaban de financiar, con éxito, un plan de negocio de streaming ilegal de la Copa del Mundo. Fue, contra toda evidencia del formulario, el crédito personal mejor diseñado del mes: resolvió exactamente el Job to Be Done de Tavo, dos veces, sin que el formulario lo supiera ninguna de las dos. Por accidente. Al mismo tiempo, Brandon —cuyo nombre no tiene ningún misterio para quien haya sido adolescente mexicano en los noventa: su mamá era fanática absoluta de Beverly Hills, 90210, y decidió, sin consultarlo con nadie, que su primogénito se iba a llamar como Brandon Walsh, el bueno de la serie, mucho antes de que el Brandon real supiera que su destino era compartir nombre con un gringo ficticio con largas patillas de Beverly Hills mientras intenta conseguir boletos de reventa —está negociando boletos de reventa para el partido de octavos de final a través de un cuate de un compa suyo que jura que son originales. Los boletos cuestan más de lo que Brandon tiene en la cuenta, y menos de lo que Brandon está dispuesto a admitir frente a su esposa que costaron. Brandon abre en su celular, durante el medio tiempo del partido entre México y Ecuador que ve en la azotea de Tavo, no una sino tres apps de crédito personal distintas, comparando ofertas con la misma concentración clínica con la que un neurocirujano opera a un paciente. Lo hace mientras susurra, con la misma intensidad y el mismo rencor histórico con el que un argentino habla de los ingleses: "vamos México, hay que ganarles a los que se metieron a nuestra embajada" —como si el marcador de esta noche fuera, en el fondo, una revancha diplomática y no un simple dieciseisavo de final. Las tres pantallas de las apps se ven, en un detalle que Brandon no nota pero que cualquier diseñador de producto debería encontrar mínimamente incómodo, casi idénticas: un monto grande en la parte superior, una tasa mensual o una cuota quincenal en letra mediana justo debajo, un botón de “Aceptar” naranja o azul o verde según el banco, y en algún lugar de la pantalla, recóndito, en gris claro y en una tipografía visiblemente más pequeña, el CAT. Brandon no sabe qué es el CAT. Y aquí está la parte que debería quitarle el sueño a cualquier CPO antes que a Brandon: una proporción incómodamente alta de las personas que diseñan, aprueban y gestionan comités de producto de crédito en México tampoco sabría calcularlo a mano, ni lo compara de forma sistemática cuando ellos mismos solicitan un crédito automotriz, una hipoteca o una tarjeta —lo cual no es una acusación gratuita, es simplemente lo que predice cualquier encuesta de alfabetización financiera aplicada a población general, sin excluir a quienes traen colgada una credencial de “Gerente de Producto” en LinkedIn o un grado de MBA—. Menos gente todavía sabe que el CAT de una misma tarjeta de crédito puede variar de forma brutal según el supuesto de uso: financiarse un solo día antes de liquidar no es lo mismo, matemáticamente, que se aplique la revolvencia durante veintiocho días, y el CAT que ve el cliente en el contrato es, por metodología regulatoria, un promedio calculado bajo un supuesto de uso que casi nunca coincide con el suyo. Brandon selecciona la oferta con el monto pre-aprobado más alto, que resulta ser también la de mayor tasa, un patrón que ninguna de las tres apps hace nada por corregir, porque corregirlo activamente les costaría conversión. En la tanda publicitaria del medio tiempo del partido —siete comerciales, cuarenta y dos segundos cada uno, el peaje publicitario de la televisión mexicana entre gol y gol— pasan, en el orden exacto en que la vecindad de Tavo los cuenta entre carcajadas, cuatro anuncios de crédito personal de cuatro instituciones distintas, y los cuatro dicen, casi con las mismas palabras: “aprobación en minutos”, “la tasa más baja del mercado” y “sin necesidad de aval.” Uno de los cuatro es de Banco Azteca, lo que dispara en la azotea una discusión etílica y completamente inútil sobre si Banco Azteca tiene algo que ver con el Estadio Azteca, que ya no se llama Azteca, que se llama Banorte desde hace un año pero que esta noche se llama Ciudad de México porque la FIFA así lo exige, y que nadie en esa azotea —ni Tavo, ni Brandon, ni el señor de la mesa de al lado que insiste en que “eso es puro marketing, mijo”— logra explicar con precisión, lo cual, cuando uno lo piensa fríamente por la noche con dos caguamas encima, es una metáfora casi demasiado perfecta de lo que le pasa al cliente promedio frente a los once nombres de este mercado financiero: ni el estadio sabe cómo se llama esta semana, y aun así ahí sigue, cobrando renta. Fernanda, que vive dos casas más allá de la de Tavo y que hasta hace ocho meses trabajaba precisamente en el equipo de producto de crédito personal de uno de los siete bancos más grandes de este mercado, ve pasar en su televisión el cuarto anuncio y suelta, a nadie en particular y a todos a la vez: “son el mismo comercial. Nomás le cambian el logo y el señor que sonríe.” Fernanda pidió cambio de área hace ocho meses, después de proponer, en un comité de producto que todavía recuerda con una mezcla de orgullo y trauma leve, que se registrara el motivo real de la solicitud como variable de scoring. La respuesta que recibió, textual, de un director que ya no trabaja ahí pero cuyo LinkedIn sigue diciendo “Visionario de Producto | Data-Driven Leader | Customer Centric”, fue que eso “complicaría el funnel de conversión

  6. Jul 8

    Crédito Hipotecario: Banxico bajó la tasa. Tu hipoteca no se enteró.

    Lunes 9:00 AM, piso 34 de un corporativo de Paseo de la Reforma con vista panorámica al Ángel de la Independencia y a la desigualdad. El Comité de Innovación Hipotecaria arranca su sesión quincenal. Preside Rodrigo, el CEO, que llegó ocho minutos tarde porque venía de un desayuno de networking donde tres personas le dijeron que el futuro es “phygital” y él anotó la palabra en su iPhone con la solemnidad de quien recibe una profecía. A su derecha, Ximena, la CPO, que tiene abiertas cuarenta y dos pestañas de Chrome, un tablero de Miro con 200 post-its virtuales que nadie ha vuelto a leer desde el offsite de Valle de Bravo, y la convicción genuina —esto es lo trágico, la convicción es genuina— de que están a un sprint de distancia de “crackear” el segmento informal. A su izquierda, Aldo, el CMO, que trae una propuesta de campaña con el claim “Tu casa te está esperando” —claim que costó $380,000 pesos de agencia, dos rondas de focus groups y una junta de alineación de tres horas en la que la palabra “aspiracional” se pronunció veintiséis veces, cifra verificable porque el becario, por aburrimiento, las contó. Completa la mesa Sebastián, el Head of Product, treinta y nueve años, maestría en el extranjero, tres años en consultoría estratégica antes de “brincar a la industria,” y autor intelectual del proyecto estrella del trimestre: el “Modelo T100,” un scoring de nueva generación con capas de datos alternativos, filtro DTI recién calibrado y un nombre que suena a consola de videojuegos pero cuesta como un piso de oficinas. Sebastián proyecta el slide 14 de 60. El slide tiene una paloma volando sobre un fraccionamiento al atardecer y la frase “Democratizar el acceso al crédito hipotecario para el México que trabaja.” Nadie en la sala ha preguntado nunca qué significa exactamente “democratizar,” entre otras cosas porque el que pregunte queda automáticamente como el que no entendió la visión. Rodrigo asiente mirando el slide con la misma cara con la que asintió en el desayuno cuando le dijeron “phygital.” Aldo comenta que la paloma “comunica libertad financiera.” Ximena pregunta —y esta es, objetivamente, la mejor pregunta que se hará en toda la junta— cuánto falta para que el modelo pueda evaluar a un solicitante con ingreso informal. Sebastián responde “ocho semanas,” con el aplomo impecable de quien acaba de inventar el número en tiempo real, delante de testigos, sin que se le mueva un músculo de la cara. Todos asienten. Ocho semanas es razonable. Ocho semanas es, de hecho, ágil, comparado con los doce meses que tardó el modelo anterior —el mismo que el año pasado ganó, en una ceremonia con barra libre, DJ y trofeo de acrílico, el premio interno a “Mejor Innovación en Inclusión Financiera,” categoría en la que competía contra otros dos proyectos del mismo banco. Se agenda el siguiente checkpoint. Se acuerda “aterrizar los learnings.” Se pide al equipo de Datos “un deep dive del segmento no bancarizado,” que es la manera corporativa de decir que van a contratar un estudio de mercado de $900,000 pesos para averiguar algo que cualquier persona podría averiguar preguntándole a la señora que les vende las quesadillas en la esquina del corporativo. La junta termina a las 10:27. Duró 87 minutos. Se produjeron cero decisiones y un compromiso de volver a reunirse. Sábado de esa misma semana, 7:40 AM, Chimalhuacán, Estado de México. Doña Herminia y don Refugio —Cuca y Cuco para todos menos para el acta de matrimonio— están parados frente al terreno que compraron hace nueve años en pagos, viendo llegar al maestro Eleuterio, compadre de don Refugio desde que bautizaron al segundo niño, albañil de oficio desde los catorce años, y titular de un sistema de gestión de proyectos que consiste en una libreta Scribe de espiral, un lápiz mordido y una memoria infalible para saber quién le debe una chamba a quién. El maestro Eleuterio no sabe qué es un OKR y su vida es mejor por ello. Nunca ha dicho “onboarding.” Jamás ha “socializado un deck.” No tiene roadmap: tiene la semana que entra. Y en treinta años de carrera ha entregado más metros cuadrados de vivienda funcional que la fintech hipotecaria mejor fondeada del país. El proyecto de hoy: el cuarto de arriba, porque Berenice, la hija mayor, está embarazada y el bebé llega en noviembre. El presupuesto: $14,000 pesos, ahorrados en ocho meses en el sistema financiero más antiguo y con mejor tasa de cumplimiento de México —un sobre de papel marcado “EL QUARTO” con plumón negro, guardado donde doña Herminia sabe y don Refugio sospecha. El comité de riesgo sesionó anoche en la mesa de la cocina, duró once minutos, y aprobó por unanimidad. El análisis de crédito del maestro Eleuterio fue instantáneo y multivariable: conoce a esta familia hace veinte años, sabe que don Refugio no queda mal, y además el compadrazgo funciona como el colateral social más líquido del hemisferio. No pidió buró. No pidió comprobante de ingresos. No pidió los últimos tres estados de cuenta. Pidió que hubiera cemento gris, no blanco, porque el blanco es para los que tienen dinero para tirar, y que le tuvieran un refresco frío para las dos de la tarde. Para el domingo en la noche, la pared del cuarto de Berenice ya tiene la primera hilada de tabique. El proyecto se ejecutó sin CAT, sin tasa, sin enganche, sin avalúo, sin notario, sin registro público, sin Modelo T100, sin filtro DTI y sin que nadie preguntara en ninguna sala si esto “escala.” La familia de doña Herminia no fue rechazada por el sistema financiero mexicano: eso implicaría que alguna vez fue considerada. Simplemente, para el sistema, no existe. Y el sentimiento —esta es la parte que ningún estudio de $900,000 pesos va a capturar— es rigurosamente mutuo. El lunes, Sebastián abrirá su laptop y verá el recordatorio del checkpoint del Modelo T100. Faltan siete semanas. La pared de Berenice, para entonces, ya estará enjarrada. Esto no es una anécdota conmovedora sobre la resiliencia mexicana que un banco pondría en su reporte de sostenibilidad junto a una foto en blanco y negro, con una frase en cursiva sobre “la fuerza de las familias mexicanas” y el logo institucional discretamente en la esquina. Es, con nombre y apellido —Herminia, Refugio, Eleuterio, y detrás de ellos varios millones más—, el competidor que le está ganando al sistema financiero formal en la categoría más importante del mercado: volumen. Y es un competidor que jamás ha sido invitado a un panel de fintech, no tiene ronda de inversión, no aparece en el radar de ningún Head of Innovation, y aun así se está comiendo, sábado a sábado, el mercado que el Comité de Rodrigo lleva trimestres tratando de modelar. Según el Centro Terwilliger de Innovación en Vivienda de Hábitat para la Humanidad —citado por El Economista en marzo de 2026— el 62.8% del parque habitacional mexicano, unos 28 millones de viviendas, se construyó por etapas, y casi nueve de cada diez de esas viviendas se levantaron únicamente con ahorro familiar, sin acceso a crédito ni financiamiento formal de ningún tipo. Ninguna institución financiera del país —ni Infonavit, ni Fovissste, ni los ocho bancos con cartera hipotecaria, ni las cuatro fintechs hipotecarias con más prensa del ecosistema— originó, diseñó, ni subsidió esa construcción. La ganó, por goleada, un sistema que no tiene director de producto, ni consejo de administración, ni comité de riesgo: el sistema formado por albañiles de confianza, tiendas de materiales que fían hasta quincena, y la disciplina de ahorro de millones de familias que el sector llama, con una mezcla de lástima y desprecio, “informales.” Mientras tanto, en el mundo donde sí hay comité: Banco de México recortó su tasa de referencia 475 puntos base entre marzo de 2024 y mayo de 2026 —de 11.25% a 6.50%, el nivel más bajo desde 2022— y la Junta de Gobierno votó por unanimidad mantenerla ahí el 25 de junio de 2026 (Banxico, comunicados de política monetaria). La tasa hipotecaria promedio en México, sin embargo, se mantuvo en 11.55% al cierre de 2025 (Índice SHF, 4T2025). BBVA Research lo puso en una frase que cualquier Director de Producto debería tener pegada en el monitor: “la transmisión hacia el crédito hipotecario ha sido nula” (BBVA Research, Situación Inmobiliaria México 1S2026). Cuatrocientos setenta y cinco puntos base de política monetaria, absorbidos en algún punto de la cadena de transmisión sin que le tocaran ni un peso al pago mensual del solicitante. El país entero pasó dos años bajando una tasa que, en el segmento donde más se necesitaba que bajara, se comportó como si Banxico nunca hubiera hablado. Aquí está el punto editorial, y conviene decirlo sin envolverlo en diplomacia corporativa: el sistema financiero formal mexicano no está compitiendo, en el mercado de vivienda más grande del país, contra otro banco, contra una fintech agresiva ni contra Infonavit. Está compitiendo contra nadie —porque, en el segmento donde más volumen se juega, nadie más se presentó a la licitación. Y aun así perdió. Un mercado en el que la respuesta ganadora es “constrúyelo tú mismo, con tus ahorros, con tu compadre, sin pedirle permiso a nadie” no es evidencia de que el mexicano promedio sea admirablemente autosuficiente. Es la prueba, en la escala más brutal posible, de que el producto que la banca, Infonavit y las fintechs llevan dos décadas perfeccionando en juntas de 87 minutos y cero decisiones simplemente no fue diseñado para la mayoría de las personas que necesitan un techo. El Modelo T100 de Sebastián puede tener el mejor árbol de decisión del mercado. Sigue perdiendo, todos los sábados, contra la libreta de espiral del maestro Eleuterio. El país que se construye solo La cifra de la

  7. Jun 24

    Crédito retail en México: El crédito ya no vive en la tienda. Vive en tu carrito.

    Son las 11:02pm del domingo. El grupo de WhatsApp se llama “Estrategia Digital 🚀” — denominación que hace tres años sonó tan audaz en la sala de juntas que nadie tuvo el valor de señalar que todos los grupos de WhatsApp corporativos del sector financiero mexicano tienen un emoji de cohete y que el cohete, en la historia reciente de la industria, no siempre ha indicado la dirección correcta. El grupo tiene catorce miembros. Ocho no han enviado un mensaje en más de cinco meses pero tampoco lo han abandonado, porque salirse de un grupo de WhatsApp corporativo en México es un acto político que comunica exactamente lo que uno no quiere comunicar a unos meses del siguiente ciclo de evaluación de desempeño. Dos son “lectores silenciosos” —leen todo en los primeros veinte minutos, ponen el pulgar arriba mentalmente, y no responden nunca, exactamente como los suscriptores de newsletter que el equipo de marketing celebra en la métrica de open rate y llora en la de conversión. Los cuatro restantes son quienes supuestamente operan el negocio digital. O eso dicen sus títulos en LinkedIn. Carlos —Chief Digital Officer, según LinkedIn, donde también aparece con una foto de bokeh que claramente tomó alguien de su equipo en algún momento en que la cámara del iPhone no estaba siendo usada para otra cosa— acaba de reenviar la nota de Retailers.mx sobre los resultados de Liverpool con el mensaje más temido de la cultura organizacional mexicana: “Para los que preguntemos esta semana en el Comité por qué no estamos creciendo así 🎯.” Cuatro palomitas azules en seis minutos. Cero respuestas. Lo cual es notable, considerando que Carlos tiene en su firma de correo la frase “Digital-first. Always on.” y en su oficina un cuadro de Steve Jobs que compró en línea —aunque no en la plataforma de su institución, porque esa “tiene otros costos de envío” y “para eso mejor llamo a la tienda”— y pagó en efectivo, porque el monto era pequeño y “para eso no vale la pena usar tarjeta”, aunque tampoco la tarjeta de su institución, porque Carlos siente que el crédito digital en general “es para otro perfil de cliente” —reflexión que ha sostenido internamente desde 2021 sin haberla dicho nunca en una junta, porque en las juntas Carlos dice que “el cliente digital es nuestra prioridad número uno” con la misma convicción con que uno dice cosas que en algún punto dejaron de necesitar verificación empírica para seguir siendo verdad. Rodrigo, Director de Crédito Digital —quien en el Q2 presentó un análisis de 38 diapositivas titulado “El costo invisible de la fricción: cómo cada segundo adicional en el onboarding de crédito digital nos cuesta clientes y cartera”, análisis que el Comité de Producto recibió con gran interés, varios “muy válido” y un acuerdo para “dar seguimiento en Q3”— está en su sofá activando una línea de crédito en Mercado Pago sobre una freidora de aire que lleva veintitrés días en su carrito. El proceso completo, desde abrir la app hasta la aprobación, duró 94 segundos. Rodrigo no subió ningún documento. Nadie le pidió comprobante de domicilio, verificación de ingresos, ni el estado de cuenta de ese crédito de Coppel de 2019 que técnicamente sigue en su historial. La freidora llegará el martes. El análisis del Q2 sigue en el servidor compartido en una carpeta llamada “Presentaciones Definitivas v3 FINAL_usado”. Valentina, Chief Growth Officer y titular de una maestría en economía conductual por una universidad que sí aparece en los rankings internacionales —lo cual es relevante porque Valentina lo menciona cuando cita a Ariely, que es frecuente, y que citará nuevamente el jueves en la junta de estrategia, probablemente en el contexto de “cómo el sector subestima los sesgos cognitivos del cliente”— acaba de completar el checkout en Amazon con Kueski. Doce cuotas quincenales. Aprobación en menos de un minuto. Sin tarjeta bancaria. Valentina evaluó la tasa nominal del crédito exactamente cero segundos, porque la pantalla decía “0% de intereses” y Valentina —quien conoce de memoria el experimento de Dan Ariely sobre el zero-price effect, quien ha explicado el zero-price effect en al menos tres presentaciones internas, y quien va a citar el zero-price effect el próximo jueves— procesó “gratis” antes de que el neocórtex pudiera hacer la multiplicación. Así funciona el zero-price effect. En todos. Con maestría y sin ella. Eso, de hecho, es exactamente lo que Ariely dice. Valentina lo sabe. Y aun así el sesgo cognitivo la domina. Andrés, Head of Analytics, está en el paso 3 de 9 del flujo de solicitud de crédito digital de la propia institución. Es el cuarto intento en tres semanas. En el primero pensó que era un error temporal del servidor. En el segundo pensó que quizás era su teléfono. En el tercero actualizó la app. En el cuarto simplemente quería ver si algo había cambiado, con la clase de optimismo que uno desarrolla después de años trabajando en proyectos de transformación digital corporativa. El sistema le pide una selfie. La selfie no carga. El sistema le informa que “vuelva a intentarlo en unos momentos” —frase que en el contexto de apps financieras mexicanas es el equivalente tecnológico de “en breve lo atendemos” y tiene exactamente el mismo nivel de precisión temporal. Andrés cierra la app. Andrés abre Mercado Pago. Andrés tarda menos de tres minutos en lo que no pudo hacer en tres semanas. Andrés abre LinkedIn, encuentra un artículo sobre “UX en el crédito digital latinoamericano” y le da “Me gusta” con la velocidad de quien reconoce un problema sin terminar de decidir qué hacer con él. No abre un ticket. El backlog ya tiene uno. El ticket dice: “Mejorar UX de onboarding crédito digital.” Fue creado en agosto de 2024. Tiene tres comentarios, todos de la misma semana en que fue abierto, todos de la misma persona —la UX Lead que se fue en octubre de 2024 a una startup que, por coincidencia con el universo o sin ella, está construyendo un flujo de solicitud de crédito que tarda menos de dos minutos. El ticket tiene prioridad Media, habiendo sido degradado de Alta en un sprint de septiembre de 2024 en el que el equipo tuvo que reducir los ítems de Alta prioridad de 47 a “algo más manejable”. El campo Owner dice TBD desde hace nueve meses. El campo Status dice “En revisión”. Nadie lo está revisando. Pero “En revisión” es más cómodo que la verdad, que es que nadie sabe quién debería revisarlo, y Jira no tiene esa opción en el menú desplegable. La junta es el jueves. El deck tiene 61 diapositivas. La fuente de la slide 3 —Montserrat, 36pt, negrita, color #1A1A1A— fue el resultado de una sesión de Figma de veintidós minutos entre el head of design y la directora de comunicación. Casi usaron Raleway. Decidieron que Raleway “se sentía demasiado startup”. La slide 3 dice: “Hacia una experiencia de crédito verdaderamente omnicanal.” Todos van a aplaudir slide 3. Este deep dive analiza a los siete actores principales del crédito retail en México —físicos y digitales—, sus modelos, sus sesgos conductuales, y la pregunta que ninguno quiere responder en junta directiva: ¿cuánto tiempo falta para que Mercado Pago conozca a tu cliente mejor que tú? La mesa completa: quién es quién El crédito retail en México es un mercado de paradojas. El instrumento con la tasa más cara —BanCoppel con CAT de 96.9% sin IVA (BanCoppel.com, enero 2026)— es también el que menos historial crediticio exige. El actor con mejor experiencia de usuario —Mercado Pago— es también el que más rápido escala su cartera: USD 6,600 millones en tarjetas de crédito globales al primer trimestre de 2026, con una cartera de crédito total de USD 14,600 millones (+87% a/a) (MercadoLibre Inc., 8-K, mayo 2026). El retailer más discreto —Palacio de Hierro— es el que crece más rápido en digital: 21% en ventas online en el primer trimestre de 2026 (Retailers.mx, junio 2026). Banco Azteca cerró 2025 con una cartera bruta consolidada de P$216,716 millones (+11% anual), ingresos financieros de P$36,162 millones (+9%) e IMOR de 6.4% en México (Grupo Elektra, 4T2025). Tiene 6,112 puntos de contacto y aproximadamente 23 millones de clientes activos. Ninguna fintech puede replicar esa infraestructura de cobranza. Eso es la fortaleza. El problema es que la fortaleza también es la trampa: el salario mínimo subió 12% en 2025, lo que significa que los promotores de crédito —cuya función es cobrar en efectivo, a domicilio, en la colonia— también se encarecieron. Cuando el costo de cobranza presencial sube más rápido que el ingreso por intereses, el modelo se contrae por el único lado que no puede escalar: el humano. Coppel opera con más de 1,800 tiendas físicas y BanCoppel con un CAT de 96.9% sin IVA y tasa ordinaria de 69.4%. Lo que hace funcionar al modelo no es la tasa —es el encuadre. El cliente no paga “intereses del 96%”: paga “24 quincenas de P$180”. Y Coppel Pay —con 300 negocios afiliados actualmente— está construyendo algo más interesante: una red de aceptación de crédito para NSE D que opera como cuasi-Mastercard en el segmento que Mastercard ignora. Liverpool está ejecutando sin mucho ruido una de las transformaciones más relevantes del retail mexicano. Con 8.7 millones de tarjetahabientes al cierre de mayo 2026 y un IMOR de 4.4% al tercer trimestre de 2025 —el más sano y el único publicado entre los retailers departamentales— Liverpool se está convirtiendo en una empresa financiera que también vende ropa. Su vulnerabilidad: la tarjeta Liverpool solo funciona dentro del ecosistema Liverpool-Suburbia. El cliente que quiere comprar en Amazon o en Coppel.com necesita otra tarjeta. Y esa otra tarjeta podría volverse la habitual. Palacio de Hierro

  8. Jun 17

    El Riesgo en México: El scoring no discrimina. No ha aprendido a leer entre líneas.

    En alguna calle del México que el modelo de scoring no sabe que existe hay dos establecimientos frente a frente. En el de la izquierda: una sucursal bancaria que lleva 31 años en el mismo lugar. Tiene mármol en el piso porque cuando la inauguraron en 1994 eso comunicaba solidez financiera. Hoy comunica principalmente que el proveedor de mantenimiento cobra caro, que el mármol es difícil de limpiar y que nadie con autoridad de aprobación presupuestal ha entrado a esa sucursal en al menos ocho años. Hay seis ventanillas numeradas, de las cuales operan dos, porque las otras cuatro tienen un letrero que dice “PRÓXIMAMENTE” desde aproximadamente 2017. La sucursal huele a papel, a aire acondicionado central y a decisiones tomadas antes de que ninguno de sus usuarios actuales tuviera número de CURP. En el de la derecha: una fintech que lleva nueve meses en el local donde antes había una miscelánea. Tiene dos sillas sin coordinación de color, un iPad en un soporte de aluminio mate, y una planta suculenta en el escritorio que tiene más seguidores en Instagram que la cuenta oficial de la sucursal bancaria de enfrente. El local huele a pintura fresca, a café de especialidad de cápsula y a ambición de primer año. No tiene guardia de seguridad. No necesita uno: todo lo que vale está en la nube y el resto está en un contrato de coworking. A las 11:23 de la mañana, Don Joel entra a la sucursal bancaria. Don Joel tiene 58 años. Lleva once años pagando puntualmente un crédito personal en Banco Azteca —sin una sola quita, sin un solo día de mora, con la regularidad de quien sabe que el mundo no perdona los retrasos aunque el CFE sí los cobre con recargo. Paga el internet de la taquería, el gas, el predial y las cuotas del edificio donde vive. Tiene a tres personas trabajando con él en esquema informal —porque así funciona el 55% del empleo en este país y porque Don Joel prefiere pagarles bien y puntual a tenerlos en nómina y pagarles mal cada quincena— y una señora de nombre Liliana que elabora las salsas de martes a domingo y que es, técnicamente, el activo estratégico más importante, más difícil de valorar y absolutamente no amortizable del negocio. Liliana no tiene contrato. Tiene 22 años de lealtad, que en la economía real equivale a un contrato colectivo más sólido que el de muchos sindicatos. La taquería factura entre 58,000 y 75,000 pesos mensuales según el clima, el desempeño de la selección, si hay partido entre semana y si el cilantro llegó a precio ese martes. Don Joel quiere 80,000 pesos para comprar un segundo comal industrial y abrir una segunda mesa de trabajo. Tiene el plan, tiene el flujo para pagarlo, y tiene once años de conducta financiera que demuestran que paga lo que debe. A todo el mundo. Siempre. Primero. Lo atiende el Licenciado Lazcano. El Licenciado Lazcano tiene 51 años, una maestría en finanzas de una universidad privada de buena reputación, una certificación de riesgo crediticio que le costó dieciocho meses de estudio, veintitrés años en la misma institución y un pin de “Empleado del Año 2009” que guarda en el cajón porque ya no es apropiado colgárselo en la solapa pero tampoco tiene el corazón para tirarlo. Lleva corbata porque la política institucional lo requería hasta 2019, y porque en 2019, cuando dejó de requerirse, él siguió llevándola porque —seamos honestos— a estas alturas la corbata es parte de quién es el Licenciado Lazcano. La porta con el nudo doble Windsor que aprendió en YouTube en 1998 y que ejecuta con la precisión de quien practica. La corbata le aprieta exactamente en la vértebra C6, que es donde el estrés se convierte en cefalea tensional los viernes a las 4:17 de la tarde. El Licenciado Lazcano recuerda cuando aprobaban préstamos con papel. No porque el proceso de papel fuera mejor —no lo era— sino porque en ese proceso él podía ejercer criterio. Podía escribir en el expediente: “cliente con trayectoria sólida en institución hermana, se recomienda aprobación con garantía de obligado solidario.” Ese comentario importaba. Tenía peso. Alguien lo leía. Hoy tiene un sistema que ingiere variables y produce una respuesta binaria en 4.3 segundos, y el único campo de texto libre dice “observaciones adicionales (opcional)” en un tamaño de fuente que sugiere que nadie espera que lo uses. Le hace a Don Joel las preguntas de rigor. RFC. CURP. Actividad económica. Antigüedad del negocio. Comprobante de ingresos. Ahí está el problema. Don Joel no tiene nómina. No tiene recibo CFDI de nómina porque la taquería opera en régimen de actividad empresarial, sus ingresos son variables, estacionales y —hecho fundamental que el sistema no tiene campo para registrar— completamente reales. Sus ingresos no son un misterio: son 58,000 a 75,000 pesos mensuales en efectivo y transferencia. En el mundo analógico que el Licenciado Lazcano todavía habita a ratos, eso sería suficiente. En el mundo del sistema, un ingreso sin recibo de nómina es como un árbol que cae en el bosque sin nadie que lo registre en la base de datos: puede haber estado haciendo el ruido más puntual y constante del mundo desde 2013, pero el modelo nunca lo escuchó. El Licenciado Lazcano lo intuye. Genuinamente quiere ayudar a Don Joel. No es un mal tipo. Es, de hecho, un tipo que en sus años en la institución ha visto exactamente esta situación cientos de veces y que cada vez siente el mismo malestar discreto de quien sabe que el sistema está haciendo algo que no es del todo correcto pero que no tiene autoridad para cambiar. Ingresa los datos. El sistema considera cada campo con la velocidad y la sensibilidad emocional de una lavadora industrial. Cuatro punto tres segundos después: Sin historial suficiente en buró. Solicitud no viable. El Licenciado Lazcano suspira con la discreción de quien lleva veintitrés años practicando la suspirología corporativa. Le explica. Don Joel pregunta si hay algo que se pueda hacer. El Licenciado Lazcano —que en su vida adulta ha dicho “la computadora dice que no” más veces de las que podría contar— llama al supervisor. El supervisor tarda nueve minutos en contestar. Escucha cuarenta segundos. Confirma: el sistema dice que no. El Licenciado Lazcano lo transmite con la mirada de alguien que, si pudiera elegir, no estaría teniendo esta conversación. Le recomienda a Don Joel que quizá intente con una SOFOM o con el programa de garantías de Nacional Financiera, que son opciones muy buenas. Esta recomendación es el equivalente financiero de decir “have you tried turning it off and on again”: técnicamente no está mal, pero no resuelve nada para la persona que tiene el problema ahora. Don Joel ya conoce esta conversación. La ha tenido en tres instituciones distintas en los últimos cuatro años. Asiente con la paciencia específica de quien sabe que la persona frente a él no es el problema pero tampoco tiene la autoridad para ser la solución. Sale de la sucursal. El Licenciado Lazcano archiva el expediente. El sistema ya olvidó que Don Joel existió. Don Joel camina once metros. Entra a la fintech. Lo atiende Yoshio. Yoshio tiene 27 años, o posiblemente 25, es difícil saberlo con certeza porque Yoshio tiene esa edad específicamente millennial en la que uno podría tener entre 23 y 31 años dependiendo del nivel de iluminación y de si durmió bien. Trabaja en la fintech desde hace un año y cuatro meses, que en términos de permanencia en startups equivale aproximadamente a “veterano de guerra.” Tiene una licenciatura en Administración Financiera que menciona con una mezcla de orgullo y distancia, como quien menciona una relación de hace mucho tiempo que terminó bien. Su escritorio tiene: la suculenta ya mencionada, un sticker que dice “DONE IS BETTER THAN PERFECT” pegado en la laptop, un vaso térmico con el logo de una startup que cerró en 2022 pero cuya marca de agua le pareció bonita, y unos auriculares inalámbricos que cuestan más que el primer sueldo de su padre. Yoshio no lleva corbata. Yoshio no tiene corbatas. Yoshio considera que la corbata es una reliquia de un sistema de señalización social que el sector financiero debería haber abandonado cuando abandonó los formatos en papel, y tiene sobre el tema una opinión articulada que daría si alguien se lo preguntara, lo cual nadie hace porque en la fintech todos comparten esta opinión y en la sucursal de enfrente nadie tiene tiempo para preguntas filosóficas sobre el vestuario. Yoshio está, cuando Don Joel entra, simultáneamente en: (a) un canal de Slack del equipo de producto discutiendo una feature que lleva tres sprints en el backlog, (b) un grupo de WhatsApp del trabajo donde alguien mandó un meme sobre tasas de interés que tiene cinco respuestas de “jejeje”, (c) la aplicación de su neobanco revisando si llegó su quincena, y (d) la ventana principal de la plataforma de originación. Este nivel de multitarea no le parece inusual. Le parece el estado natural del trabajo. Cuando Don Joel se acerca, Yoshio cierra el Slack con el reflejo Pavloviano de quien ha aprendido que el cliente que entra tiene prioridad sobre el canal de #producto-general, y hace lo que hacen los millennials bien entrenados en servicio al cliente: establece contacto visual intenso, sonríe genuinamente y dice: “¿Cómo te llamas, jefe?” Don Joel, de 58 años, acostumbrado a que durante los últimos quince años lo llamen “jefe” en toda clase de interacciones digitales y comerciales personas de las que evidentemente no es jefe, responde con paciencia que, en realidad, se llama Joel. “Joel, ¿qué necesitas?” Don Joel explica. El crédito. El comal. Los 80,000 pesos. Los once años pagando en Azteca. Yoshio escucha, asiente, escribe algunas cosas, hace dos preguntas adicionales sobre el flujo de la taquería, ingresa algunos datos. En ningún momento de este proceso pregun

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Un podcast sobre estrategia de productos financieros y cómo los sesgos cognitivos de clientes, líderes y equipos influyen en las decisiones, el diseño del producto y los resultados del negocio. El único podcast en español que une estrategia y economía conductual para entender, de verdad, por qué un producto financiero triunfa o fracasa. estrategiaenjuego.substack.com