ESTRATEGIA EN JUEGO

Mauricio Rodríguez Vázquez

Un podcast sobre estrategia de productos financieros y cómo los sesgos cognitivos de clientes, líderes y equipos influyen en las decisiones, el diseño del producto y los resultados del negocio. El único podcast en español que une estrategia y economía conductual para entender, de verdad, por qué un producto financiero triunfa o fracasa. estrategiaenjuego.substack.com

  1. Jul 8

    Crédito Hipotecario: Banxico bajó la tasa. Tu hipoteca no se enteró.

    Lunes 9:00 AM, piso 34 de un corporativo de Paseo de la Reforma con vista panorámica al Ángel de la Independencia y a la desigualdad. El Comité de Innovación Hipotecaria arranca su sesión quincenal. Preside Rodrigo, el CEO, que llegó ocho minutos tarde porque venía de un desayuno de networking donde tres personas le dijeron que el futuro es “phygital” y él anotó la palabra en su iPhone con la solemnidad de quien recibe una profecía. A su derecha, Ximena, la CPO, que tiene abiertas cuarenta y dos pestañas de Chrome, un tablero de Miro con 200 post-its virtuales que nadie ha vuelto a leer desde el offsite de Valle de Bravo, y la convicción genuina —esto es lo trágico, la convicción es genuina— de que están a un sprint de distancia de “crackear” el segmento informal. A su izquierda, Aldo, el CMO, que trae una propuesta de campaña con el claim “Tu casa te está esperando” —claim que costó $380,000 pesos de agencia, dos rondas de focus groups y una junta de alineación de tres horas en la que la palabra “aspiracional” se pronunció veintiséis veces, cifra verificable porque el becario, por aburrimiento, las contó. Completa la mesa Sebastián, el Head of Product, treinta y nueve años, maestría en el extranjero, tres años en consultoría estratégica antes de “brincar a la industria,” y autor intelectual del proyecto estrella del trimestre: el “Modelo T100,” un scoring de nueva generación con capas de datos alternativos, filtro DTI recién calibrado y un nombre que suena a consola de videojuegos pero cuesta como un piso de oficinas. Sebastián proyecta el slide 14 de 60. El slide tiene una paloma volando sobre un fraccionamiento al atardecer y la frase “Democratizar el acceso al crédito hipotecario para el México que trabaja.” Nadie en la sala ha preguntado nunca qué significa exactamente “democratizar,” entre otras cosas porque el que pregunte queda automáticamente como el que no entendió la visión. Rodrigo asiente mirando el slide con la misma cara con la que asintió en el desayuno cuando le dijeron “phygital.” Aldo comenta que la paloma “comunica libertad financiera.” Ximena pregunta —y esta es, objetivamente, la mejor pregunta que se hará en toda la junta— cuánto falta para que el modelo pueda evaluar a un solicitante con ingreso informal. Sebastián responde “ocho semanas,” con el aplomo impecable de quien acaba de inventar el número en tiempo real, delante de testigos, sin que se le mueva un músculo de la cara. Todos asienten. Ocho semanas es razonable. Ocho semanas es, de hecho, ágil, comparado con los doce meses que tardó el modelo anterior —el mismo que el año pasado ganó, en una ceremonia con barra libre, DJ y trofeo de acrílico, el premio interno a “Mejor Innovación en Inclusión Financiera,” categoría en la que competía contra otros dos proyectos del mismo banco. Se agenda el siguiente checkpoint. Se acuerda “aterrizar los learnings.” Se pide al equipo de Datos “un deep dive del segmento no bancarizado,” que es la manera corporativa de decir que van a contratar un estudio de mercado de $900,000 pesos para averiguar algo que cualquier persona podría averiguar preguntándole a la señora que les vende las quesadillas en la esquina del corporativo. La junta termina a las 10:27. Duró 87 minutos. Se produjeron cero decisiones y un compromiso de volver a reunirse. Sábado de esa misma semana, 7:40 AM, Chimalhuacán, Estado de México. Doña Herminia y don Refugio —Cuca y Cuco para todos menos para el acta de matrimonio— están parados frente al terreno que compraron hace nueve años en pagos, viendo llegar al maestro Eleuterio, compadre de don Refugio desde que bautizaron al segundo niño, albañil de oficio desde los catorce años, y titular de un sistema de gestión de proyectos que consiste en una libreta Scribe de espiral, un lápiz mordido y una memoria infalible para saber quién le debe una chamba a quién. El maestro Eleuterio no sabe qué es un OKR y su vida es mejor por ello. Nunca ha dicho “onboarding.” Jamás ha “socializado un deck.” No tiene roadmap: tiene la semana que entra. Y en treinta años de carrera ha entregado más metros cuadrados de vivienda funcional que la fintech hipotecaria mejor fondeada del país. El proyecto de hoy: el cuarto de arriba, porque Berenice, la hija mayor, está embarazada y el bebé llega en noviembre. El presupuesto: $14,000 pesos, ahorrados en ocho meses en el sistema financiero más antiguo y con mejor tasa de cumplimiento de México —un sobre de papel marcado “EL QUARTO” con plumón negro, guardado donde doña Herminia sabe y don Refugio sospecha. El comité de riesgo sesionó anoche en la mesa de la cocina, duró once minutos, y aprobó por unanimidad. El análisis de crédito del maestro Eleuterio fue instantáneo y multivariable: conoce a esta familia hace veinte años, sabe que don Refugio no queda mal, y además el compadrazgo funciona como el colateral social más líquido del hemisferio. No pidió buró. No pidió comprobante de ingresos. No pidió los últimos tres estados de cuenta. Pidió que hubiera cemento gris, no blanco, porque el blanco es para los que tienen dinero para tirar, y que le tuvieran un refresco frío para las dos de la tarde. Para el domingo en la noche, la pared del cuarto de Berenice ya tiene la primera hilada de tabique. El proyecto se ejecutó sin CAT, sin tasa, sin enganche, sin avalúo, sin notario, sin registro público, sin Modelo T100, sin filtro DTI y sin que nadie preguntara en ninguna sala si esto “escala.” La familia de doña Herminia no fue rechazada por el sistema financiero mexicano: eso implicaría que alguna vez fue considerada. Simplemente, para el sistema, no existe. Y el sentimiento —esta es la parte que ningún estudio de $900,000 pesos va a capturar— es rigurosamente mutuo. El lunes, Sebastián abrirá su laptop y verá el recordatorio del checkpoint del Modelo T100. Faltan siete semanas. La pared de Berenice, para entonces, ya estará enjarrada. Esto no es una anécdota conmovedora sobre la resiliencia mexicana que un banco pondría en su reporte de sostenibilidad junto a una foto en blanco y negro, con una frase en cursiva sobre “la fuerza de las familias mexicanas” y el logo institucional discretamente en la esquina. Es, con nombre y apellido —Herminia, Refugio, Eleuterio, y detrás de ellos varios millones más—, el competidor que le está ganando al sistema financiero formal en la categoría más importante del mercado: volumen. Y es un competidor que jamás ha sido invitado a un panel de fintech, no tiene ronda de inversión, no aparece en el radar de ningún Head of Innovation, y aun así se está comiendo, sábado a sábado, el mercado que el Comité de Rodrigo lleva trimestres tratando de modelar. Según el Centro Terwilliger de Innovación en Vivienda de Hábitat para la Humanidad —citado por El Economista en marzo de 2026— el 62.8% del parque habitacional mexicano, unos 28 millones de viviendas, se construyó por etapas, y casi nueve de cada diez de esas viviendas se levantaron únicamente con ahorro familiar, sin acceso a crédito ni financiamiento formal de ningún tipo. Ninguna institución financiera del país —ni Infonavit, ni Fovissste, ni los ocho bancos con cartera hipotecaria, ni las cuatro fintechs hipotecarias con más prensa del ecosistema— originó, diseñó, ni subsidió esa construcción. La ganó, por goleada, un sistema que no tiene director de producto, ni consejo de administración, ni comité de riesgo: el sistema formado por albañiles de confianza, tiendas de materiales que fían hasta quincena, y la disciplina de ahorro de millones de familias que el sector llama, con una mezcla de lástima y desprecio, “informales.” Mientras tanto, en el mundo donde sí hay comité: Banco de México recortó su tasa de referencia 475 puntos base entre marzo de 2024 y mayo de 2026 —de 11.25% a 6.50%, el nivel más bajo desde 2022— y la Junta de Gobierno votó por unanimidad mantenerla ahí el 25 de junio de 2026 (Banxico, comunicados de política monetaria). La tasa hipotecaria promedio en México, sin embargo, se mantuvo en 11.55% al cierre de 2025 (Índice SHF, 4T2025). BBVA Research lo puso en una frase que cualquier Director de Producto debería tener pegada en el monitor: “la transmisión hacia el crédito hipotecario ha sido nula” (BBVA Research, Situación Inmobiliaria México 1S2026). Cuatrocientos setenta y cinco puntos base de política monetaria, absorbidos en algún punto de la cadena de transmisión sin que le tocaran ni un peso al pago mensual del solicitante. El país entero pasó dos años bajando una tasa que, en el segmento donde más se necesitaba que bajara, se comportó como si Banxico nunca hubiera hablado. Aquí está el punto editorial, y conviene decirlo sin envolverlo en diplomacia corporativa: el sistema financiero formal mexicano no está compitiendo, en el mercado de vivienda más grande del país, contra otro banco, contra una fintech agresiva ni contra Infonavit. Está compitiendo contra nadie —porque, en el segmento donde más volumen se juega, nadie más se presentó a la licitación. Y aun así perdió. Un mercado en el que la respuesta ganadora es “constrúyelo tú mismo, con tus ahorros, con tu compadre, sin pedirle permiso a nadie” no es evidencia de que el mexicano promedio sea admirablemente autosuficiente. Es la prueba, en la escala más brutal posible, de que el producto que la banca, Infonavit y las fintechs llevan dos décadas perfeccionando en juntas de 87 minutos y cero decisiones simplemente no fue diseñado para la mayoría de las personas que necesitan un techo. El Modelo T100 de Sebastián puede tener el mejor árbol de decisión del mercado. Sigue perdiendo, todos los sábados, contra la libreta de espiral del maestro Eleuterio. El país que se construye solo La cifra de la

  2. Jun 24

    Crédito retail en México: El crédito ya no vive en la tienda. Vive en tu carrito.

    Son las 11:02pm del domingo. El grupo de WhatsApp se llama “Estrategia Digital 🚀” — denominación que hace tres años sonó tan audaz en la sala de juntas que nadie tuvo el valor de señalar que todos los grupos de WhatsApp corporativos del sector financiero mexicano tienen un emoji de cohete y que el cohete, en la historia reciente de la industria, no siempre ha indicado la dirección correcta. El grupo tiene catorce miembros. Ocho no han enviado un mensaje en más de cinco meses pero tampoco lo han abandonado, porque salirse de un grupo de WhatsApp corporativo en México es un acto político que comunica exactamente lo que uno no quiere comunicar a unos meses del siguiente ciclo de evaluación de desempeño. Dos son “lectores silenciosos” —leen todo en los primeros veinte minutos, ponen el pulgar arriba mentalmente, y no responden nunca, exactamente como los suscriptores de newsletter que el equipo de marketing celebra en la métrica de open rate y llora en la de conversión. Los cuatro restantes son quienes supuestamente operan el negocio digital. O eso dicen sus títulos en LinkedIn. Carlos —Chief Digital Officer, según LinkedIn, donde también aparece con una foto de bokeh que claramente tomó alguien de su equipo en algún momento en que la cámara del iPhone no estaba siendo usada para otra cosa— acaba de reenviar la nota de Retailers.mx sobre los resultados de Liverpool con el mensaje más temido de la cultura organizacional mexicana: “Para los que preguntemos esta semana en el Comité por qué no estamos creciendo así 🎯.” Cuatro palomitas azules en seis minutos. Cero respuestas. Lo cual es notable, considerando que Carlos tiene en su firma de correo la frase “Digital-first. Always on.” y en su oficina un cuadro de Steve Jobs que compró en línea —aunque no en la plataforma de su institución, porque esa “tiene otros costos de envío” y “para eso mejor llamo a la tienda”— y pagó en efectivo, porque el monto era pequeño y “para eso no vale la pena usar tarjeta”, aunque tampoco la tarjeta de su institución, porque Carlos siente que el crédito digital en general “es para otro perfil de cliente” —reflexión que ha sostenido internamente desde 2021 sin haberla dicho nunca en una junta, porque en las juntas Carlos dice que “el cliente digital es nuestra prioridad número uno” con la misma convicción con que uno dice cosas que en algún punto dejaron de necesitar verificación empírica para seguir siendo verdad. Rodrigo, Director de Crédito Digital —quien en el Q2 presentó un análisis de 38 diapositivas titulado “El costo invisible de la fricción: cómo cada segundo adicional en el onboarding de crédito digital nos cuesta clientes y cartera”, análisis que el Comité de Producto recibió con gran interés, varios “muy válido” y un acuerdo para “dar seguimiento en Q3”— está en su sofá activando una línea de crédito en Mercado Pago sobre una freidora de aire que lleva veintitrés días en su carrito. El proceso completo, desde abrir la app hasta la aprobación, duró 94 segundos. Rodrigo no subió ningún documento. Nadie le pidió comprobante de domicilio, verificación de ingresos, ni el estado de cuenta de ese crédito de Coppel de 2019 que técnicamente sigue en su historial. La freidora llegará el martes. El análisis del Q2 sigue en el servidor compartido en una carpeta llamada “Presentaciones Definitivas v3 FINAL_usado”. Valentina, Chief Growth Officer y titular de una maestría en economía conductual por una universidad que sí aparece en los rankings internacionales —lo cual es relevante porque Valentina lo menciona cuando cita a Ariely, que es frecuente, y que citará nuevamente el jueves en la junta de estrategia, probablemente en el contexto de “cómo el sector subestima los sesgos cognitivos del cliente”— acaba de completar el checkout en Amazon con Kueski. Doce cuotas quincenales. Aprobación en menos de un minuto. Sin tarjeta bancaria. Valentina evaluó la tasa nominal del crédito exactamente cero segundos, porque la pantalla decía “0% de intereses” y Valentina —quien conoce de memoria el experimento de Dan Ariely sobre el zero-price effect, quien ha explicado el zero-price effect en al menos tres presentaciones internas, y quien va a citar el zero-price effect el próximo jueves— procesó “gratis” antes de que el neocórtex pudiera hacer la multiplicación. Así funciona el zero-price effect. En todos. Con maestría y sin ella. Eso, de hecho, es exactamente lo que Ariely dice. Valentina lo sabe. Y aun así el sesgo cognitivo la domina. Andrés, Head of Analytics, está en el paso 3 de 9 del flujo de solicitud de crédito digital de la propia institución. Es el cuarto intento en tres semanas. En el primero pensó que era un error temporal del servidor. En el segundo pensó que quizás era su teléfono. En el tercero actualizó la app. En el cuarto simplemente quería ver si algo había cambiado, con la clase de optimismo que uno desarrolla después de años trabajando en proyectos de transformación digital corporativa. El sistema le pide una selfie. La selfie no carga. El sistema le informa que “vuelva a intentarlo en unos momentos” —frase que en el contexto de apps financieras mexicanas es el equivalente tecnológico de “en breve lo atendemos” y tiene exactamente el mismo nivel de precisión temporal. Andrés cierra la app. Andrés abre Mercado Pago. Andrés tarda menos de tres minutos en lo que no pudo hacer en tres semanas. Andrés abre LinkedIn, encuentra un artículo sobre “UX en el crédito digital latinoamericano” y le da “Me gusta” con la velocidad de quien reconoce un problema sin terminar de decidir qué hacer con él. No abre un ticket. El backlog ya tiene uno. El ticket dice: “Mejorar UX de onboarding crédito digital.” Fue creado en agosto de 2024. Tiene tres comentarios, todos de la misma semana en que fue abierto, todos de la misma persona —la UX Lead que se fue en octubre de 2024 a una startup que, por coincidencia con el universo o sin ella, está construyendo un flujo de solicitud de crédito que tarda menos de dos minutos. El ticket tiene prioridad Media, habiendo sido degradado de Alta en un sprint de septiembre de 2024 en el que el equipo tuvo que reducir los ítems de Alta prioridad de 47 a “algo más manejable”. El campo Owner dice TBD desde hace nueve meses. El campo Status dice “En revisión”. Nadie lo está revisando. Pero “En revisión” es más cómodo que la verdad, que es que nadie sabe quién debería revisarlo, y Jira no tiene esa opción en el menú desplegable. La junta es el jueves. El deck tiene 61 diapositivas. La fuente de la slide 3 —Montserrat, 36pt, negrita, color #1A1A1A— fue el resultado de una sesión de Figma de veintidós minutos entre el head of design y la directora de comunicación. Casi usaron Raleway. Decidieron que Raleway “se sentía demasiado startup”. La slide 3 dice: “Hacia una experiencia de crédito verdaderamente omnicanal.” Todos van a aplaudir slide 3. Este deep dive analiza a los siete actores principales del crédito retail en México —físicos y digitales—, sus modelos, sus sesgos conductuales, y la pregunta que ninguno quiere responder en junta directiva: ¿cuánto tiempo falta para que Mercado Pago conozca a tu cliente mejor que tú? La mesa completa: quién es quién El crédito retail en México es un mercado de paradojas. El instrumento con la tasa más cara —BanCoppel con CAT de 96.9% sin IVA (BanCoppel.com, enero 2026)— es también el que menos historial crediticio exige. El actor con mejor experiencia de usuario —Mercado Pago— es también el que más rápido escala su cartera: USD 6,600 millones en tarjetas de crédito globales al primer trimestre de 2026, con una cartera de crédito total de USD 14,600 millones (+87% a/a) (MercadoLibre Inc., 8-K, mayo 2026). El retailer más discreto —Palacio de Hierro— es el que crece más rápido en digital: 21% en ventas online en el primer trimestre de 2026 (Retailers.mx, junio 2026). Banco Azteca cerró 2025 con una cartera bruta consolidada de P$216,716 millones (+11% anual), ingresos financieros de P$36,162 millones (+9%) e IMOR de 6.4% en México (Grupo Elektra, 4T2025). Tiene 6,112 puntos de contacto y aproximadamente 23 millones de clientes activos. Ninguna fintech puede replicar esa infraestructura de cobranza. Eso es la fortaleza. El problema es que la fortaleza también es la trampa: el salario mínimo subió 12% en 2025, lo que significa que los promotores de crédito —cuya función es cobrar en efectivo, a domicilio, en la colonia— también se encarecieron. Cuando el costo de cobranza presencial sube más rápido que el ingreso por intereses, el modelo se contrae por el único lado que no puede escalar: el humano. Coppel opera con más de 1,800 tiendas físicas y BanCoppel con un CAT de 96.9% sin IVA y tasa ordinaria de 69.4%. Lo que hace funcionar al modelo no es la tasa —es el encuadre. El cliente no paga “intereses del 96%”: paga “24 quincenas de P$180”. Y Coppel Pay —con 300 negocios afiliados actualmente— está construyendo algo más interesante: una red de aceptación de crédito para NSE D que opera como cuasi-Mastercard en el segmento que Mastercard ignora. Liverpool está ejecutando sin mucho ruido una de las transformaciones más relevantes del retail mexicano. Con 8.7 millones de tarjetahabientes al cierre de mayo 2026 y un IMOR de 4.4% al tercer trimestre de 2025 —el más sano y el único publicado entre los retailers departamentales— Liverpool se está convirtiendo en una empresa financiera que también vende ropa. Su vulnerabilidad: la tarjeta Liverpool solo funciona dentro del ecosistema Liverpool-Suburbia. El cliente que quiere comprar en Amazon o en Coppel.com necesita otra tarjeta. Y esa otra tarjeta podría volverse la habitual. Palacio de Hierro

  3. Jun 17

    El Riesgo en México: El scoring no discrimina. No ha aprendido a leer entre líneas.

    En alguna calle del México que el modelo de scoring no sabe que existe hay dos establecimientos frente a frente. En el de la izquierda: una sucursal bancaria que lleva 31 años en el mismo lugar. Tiene mármol en el piso porque cuando la inauguraron en 1994 eso comunicaba solidez financiera. Hoy comunica principalmente que el proveedor de mantenimiento cobra caro, que el mármol es difícil de limpiar y que nadie con autoridad de aprobación presupuestal ha entrado a esa sucursal en al menos ocho años. Hay seis ventanillas numeradas, de las cuales operan dos, porque las otras cuatro tienen un letrero que dice “PRÓXIMAMENTE” desde aproximadamente 2017. La sucursal huele a papel, a aire acondicionado central y a decisiones tomadas antes de que ninguno de sus usuarios actuales tuviera número de CURP. En el de la derecha: una fintech que lleva nueve meses en el local donde antes había una miscelánea. Tiene dos sillas sin coordinación de color, un iPad en un soporte de aluminio mate, y una planta suculenta en el escritorio que tiene más seguidores en Instagram que la cuenta oficial de la sucursal bancaria de enfrente. El local huele a pintura fresca, a café de especialidad de cápsula y a ambición de primer año. No tiene guardia de seguridad. No necesita uno: todo lo que vale está en la nube y el resto está en un contrato de coworking. A las 11:23 de la mañana, Don Joel entra a la sucursal bancaria. Don Joel tiene 58 años. Lleva once años pagando puntualmente un crédito personal en Banco Azteca —sin una sola quita, sin un solo día de mora, con la regularidad de quien sabe que el mundo no perdona los retrasos aunque el CFE sí los cobre con recargo. Paga el internet de la taquería, el gas, el predial y las cuotas del edificio donde vive. Tiene a tres personas trabajando con él en esquema informal —porque así funciona el 55% del empleo en este país y porque Don Joel prefiere pagarles bien y puntual a tenerlos en nómina y pagarles mal cada quincena— y una señora de nombre Liliana que elabora las salsas de martes a domingo y que es, técnicamente, el activo estratégico más importante, más difícil de valorar y absolutamente no amortizable del negocio. Liliana no tiene contrato. Tiene 22 años de lealtad, que en la economía real equivale a un contrato colectivo más sólido que el de muchos sindicatos. La taquería factura entre 58,000 y 75,000 pesos mensuales según el clima, el desempeño de la selección, si hay partido entre semana y si el cilantro llegó a precio ese martes. Don Joel quiere 80,000 pesos para comprar un segundo comal industrial y abrir una segunda mesa de trabajo. Tiene el plan, tiene el flujo para pagarlo, y tiene once años de conducta financiera que demuestran que paga lo que debe. A todo el mundo. Siempre. Primero. Lo atiende el Licenciado Lazcano. El Licenciado Lazcano tiene 51 años, una maestría en finanzas de una universidad privada de buena reputación, una certificación de riesgo crediticio que le costó dieciocho meses de estudio, veintitrés años en la misma institución y un pin de “Empleado del Año 2009” que guarda en el cajón porque ya no es apropiado colgárselo en la solapa pero tampoco tiene el corazón para tirarlo. Lleva corbata porque la política institucional lo requería hasta 2019, y porque en 2019, cuando dejó de requerirse, él siguió llevándola porque —seamos honestos— a estas alturas la corbata es parte de quién es el Licenciado Lazcano. La porta con el nudo doble Windsor que aprendió en YouTube en 1998 y que ejecuta con la precisión de quien practica. La corbata le aprieta exactamente en la vértebra C6, que es donde el estrés se convierte en cefalea tensional los viernes a las 4:17 de la tarde. El Licenciado Lazcano recuerda cuando aprobaban préstamos con papel. No porque el proceso de papel fuera mejor —no lo era— sino porque en ese proceso él podía ejercer criterio. Podía escribir en el expediente: “cliente con trayectoria sólida en institución hermana, se recomienda aprobación con garantía de obligado solidario.” Ese comentario importaba. Tenía peso. Alguien lo leía. Hoy tiene un sistema que ingiere variables y produce una respuesta binaria en 4.3 segundos, y el único campo de texto libre dice “observaciones adicionales (opcional)” en un tamaño de fuente que sugiere que nadie espera que lo uses. Le hace a Don Joel las preguntas de rigor. RFC. CURP. Actividad económica. Antigüedad del negocio. Comprobante de ingresos. Ahí está el problema. Don Joel no tiene nómina. No tiene recibo CFDI de nómina porque la taquería opera en régimen de actividad empresarial, sus ingresos son variables, estacionales y —hecho fundamental que el sistema no tiene campo para registrar— completamente reales. Sus ingresos no son un misterio: son 58,000 a 75,000 pesos mensuales en efectivo y transferencia. En el mundo analógico que el Licenciado Lazcano todavía habita a ratos, eso sería suficiente. En el mundo del sistema, un ingreso sin recibo de nómina es como un árbol que cae en el bosque sin nadie que lo registre en la base de datos: puede haber estado haciendo el ruido más puntual y constante del mundo desde 2013, pero el modelo nunca lo escuchó. El Licenciado Lazcano lo intuye. Genuinamente quiere ayudar a Don Joel. No es un mal tipo. Es, de hecho, un tipo que en sus años en la institución ha visto exactamente esta situación cientos de veces y que cada vez siente el mismo malestar discreto de quien sabe que el sistema está haciendo algo que no es del todo correcto pero que no tiene autoridad para cambiar. Ingresa los datos. El sistema considera cada campo con la velocidad y la sensibilidad emocional de una lavadora industrial. Cuatro punto tres segundos después: Sin historial suficiente en buró. Solicitud no viable. El Licenciado Lazcano suspira con la discreción de quien lleva veintitrés años practicando la suspirología corporativa. Le explica. Don Joel pregunta si hay algo que se pueda hacer. El Licenciado Lazcano —que en su vida adulta ha dicho “la computadora dice que no” más veces de las que podría contar— llama al supervisor. El supervisor tarda nueve minutos en contestar. Escucha cuarenta segundos. Confirma: el sistema dice que no. El Licenciado Lazcano lo transmite con la mirada de alguien que, si pudiera elegir, no estaría teniendo esta conversación. Le recomienda a Don Joel que quizá intente con una SOFOM o con el programa de garantías de Nacional Financiera, que son opciones muy buenas. Esta recomendación es el equivalente financiero de decir “have you tried turning it off and on again”: técnicamente no está mal, pero no resuelve nada para la persona que tiene el problema ahora. Don Joel ya conoce esta conversación. La ha tenido en tres instituciones distintas en los últimos cuatro años. Asiente con la paciencia específica de quien sabe que la persona frente a él no es el problema pero tampoco tiene la autoridad para ser la solución. Sale de la sucursal. El Licenciado Lazcano archiva el expediente. El sistema ya olvidó que Don Joel existió. Don Joel camina once metros. Entra a la fintech. Lo atiende Yoshio. Yoshio tiene 27 años, o posiblemente 25, es difícil saberlo con certeza porque Yoshio tiene esa edad específicamente millennial en la que uno podría tener entre 23 y 31 años dependiendo del nivel de iluminación y de si durmió bien. Trabaja en la fintech desde hace un año y cuatro meses, que en términos de permanencia en startups equivale aproximadamente a “veterano de guerra.” Tiene una licenciatura en Administración Financiera que menciona con una mezcla de orgullo y distancia, como quien menciona una relación de hace mucho tiempo que terminó bien. Su escritorio tiene: la suculenta ya mencionada, un sticker que dice “DONE IS BETTER THAN PERFECT” pegado en la laptop, un vaso térmico con el logo de una startup que cerró en 2022 pero cuya marca de agua le pareció bonita, y unos auriculares inalámbricos que cuestan más que el primer sueldo de su padre. Yoshio no lleva corbata. Yoshio no tiene corbatas. Yoshio considera que la corbata es una reliquia de un sistema de señalización social que el sector financiero debería haber abandonado cuando abandonó los formatos en papel, y tiene sobre el tema una opinión articulada que daría si alguien se lo preguntara, lo cual nadie hace porque en la fintech todos comparten esta opinión y en la sucursal de enfrente nadie tiene tiempo para preguntas filosóficas sobre el vestuario. Yoshio está, cuando Don Joel entra, simultáneamente en: (a) un canal de Slack del equipo de producto discutiendo una feature que lleva tres sprints en el backlog, (b) un grupo de WhatsApp del trabajo donde alguien mandó un meme sobre tasas de interés que tiene cinco respuestas de “jejeje”, (c) la aplicación de su neobanco revisando si llegó su quincena, y (d) la ventana principal de la plataforma de originación. Este nivel de multitarea no le parece inusual. Le parece el estado natural del trabajo. Cuando Don Joel se acerca, Yoshio cierra el Slack con el reflejo Pavloviano de quien ha aprendido que el cliente que entra tiene prioridad sobre el canal de #producto-general, y hace lo que hacen los millennials bien entrenados en servicio al cliente: establece contacto visual intenso, sonríe genuinamente y dice: “¿Cómo te llamas, jefe?” Don Joel, de 58 años, acostumbrado a que durante los últimos quince años lo llamen “jefe” en toda clase de interacciones digitales y comerciales personas de las que evidentemente no es jefe, responde con paciencia que, en realidad, se llama Joel. “Joel, ¿qué necesitas?” Don Joel explica. El crédito. El comal. Los 80,000 pesos. Los once años pagando en Azteca. Yoshio escucha, asiente, escribe algunas cosas, hace dos preguntas adicionales sobre el flujo de la taquería, ingresa algunos datos. En ningún momento de este proceso pregun

  4. Jun 9

    Productos de ahorro e inversión: La tanda gana en México. CETES pierde. Y el banco casi ni compite.

    Son las 9:04 am de un lunes. El chat de WhatsApp del equipo —ese grupo que se llama “Team Producto ⚡” o “Crew MKT 🔥” o simplemente “Los de Growth 🚀”, recibe un mensaje de Fernanda. Fernanda lleva seis años en la empresa. Fernanda organizó el intercambio de diciembre, la posada, la colecta del pastel de cumpleaños del CFO, y la despedida de Rodrigo que se fue a una startup de cripto en Miami y del que nadie ha vuelto a saber nada. Fernanda sabe los nombres de los hijos de todos. Fernanda recuerda que a ti no te gusta el chile en el catering del Offsite de planificación semestral. Fernanda es, en todos los sentidos que importan, la institución financiera más estable y confiable de toda la organización. Y Fernanda, cada enero, con la puntualidad de alguien que sí leyó el Atomic Habits pero lo aplicó diferente, lanza la pregunta que ningún banco en la historia de México ha logrado replicar con un onboarding digital, una campaña de performance marketing, un NPS alto, o dieciséis slides de una presentación titulada “Estrategia de Captación Q1”: “Team: Excelente inicio de semana. ¿Se apuntan a la tanda? Son $750 quincenales. Doce turnos mensuales, por lo que hay lugar para doce personas.” Las respuestas llegan antes de que el café haya terminado de calentar. 9:05 — “Yo sí, ponme en el 3 si puedes 🙏” 9:05 — “Siempre 🤝” 9:05 — “Me apunto pero dame uno de los últimos, el año pasado gasté en diciembre” 9:06 — “Claro que sí Fer” 9:06 — “Yo también, el número que salga” 9:06 — “Yo participo, pero… ¿me pones en el 7?” 9:07 — “Simona la Cacariza. Estoy dentro. 😉” 9:07 — “Le entro, Fer, considérame” 9:07 — “Apúntenme ✅” Nótese lo que no ocurrió en esos tres minutos: nadie preguntó cuál es el rendimiento. Nadie pidió el contrato. Nadie consultó el CAT. Nadie exigió ver la política de privacidad ni aceptó términos y condiciones con un checkbox. Nadie preguntó si el producto estaba regulado por la CNBV. Nadie abrió una segunda pestaña para compararlo con otra opción. Nadie dijo “lo veo y te confirmo”. Nadie pensó en el riesgo de contraparte. El único análisis de riesgo que ocurrió fue silencioso, instantáneo e inconsciente: ¿le puedo ver la cara a Fernanda todos los días si no pago? Respuesta: sí, porque voy a pagar. Conversión: 100%. Tiempo de onboarding: 19 segundos; incluyendo la redacción y envío de la respuesta afirmativa. Costo de adquisición: cero. Para las 9:08 am, once personas han confirmado su participación en un instrumento financiero que paga 0% de rendimiento nominal, no tiene respaldo del IPAB, no está supervisado por la CNBV, no tiene contrato firmado, no tiene mesa de ayuda, no tiene app, no tiene política de privacidad y —detalle importante— tampoco tiene ningún mecanismo de cobranza formal. Lo que sí tiene es algo que ninguna institución financiera regulada ha logrado replicar en setenta años de sistema bancario mexicano: la mirada de Fernanda. Una mirada de una precisión inquisitorial que haría palidecer a Tomás de Torquemada —quien, dicho sea de paso, nunca cobró cartera vencida con esta eficiencia. Esa mirada específica, sin pestañear, calibrada durante seis años de convivencia laboral, que no dice nada pero lo dice todo, que te encuentra en la fila del comedor, en el elevador, en la sala de juntas, en el estacionamiento, en el baño ejecutivo si es necesario, y que comunica con una precisión quirúrgica un solo mensaje: ya sé que es quincena. Con ese infalible mecanismo de cobranza, el IMOR de la tanda es 0%. Ni Citibanamex en su mejor año ha logrado eso. Ni tampoco el tío Richie y Banco Azteca con sus casi 24 años de experiencia cobrando en efectivo a domicilio. Nadie leyó las letras chiquitas. No hay letras chiquitas. Ese es el punto. El participante número doce es Israel, el Director de Producto de Ahorro e Inversión. El mismo Director de Producto de Ahorro e Inversión que lleva cuatro meses trabajando en el rediseño del flujo de alta de la cuenta de ahorro de la app. El que lleva un dashboard con el funnel de conversión abierto en una de sus ocho pestañas permanentes. El que en el último All-Hands presentó —con gráficas en verde, mucho verde, estratégicamente verde— una reducción del 38% en el tiempo promedio de onboarding, lograda después de tres sprints, dos rondas de user testing, una discusión de noventa minutos sobre si el botón de “Continuar” debía decir “Continuar” o “Siguiente”, y la eliminación heroíca de un campo del formulario que pedía el segundo apellido materno. El que tiene una hipótesis, validada por tres rondas de pruebas con usuarios en Maze, de que cambiar el color del CTA de gris #6B6B6B a naranja #FF6B1A mejora la tasa de conversión en 11 puntos porcentuales —hallazgo que presentó al Comité de Producto con la solemnidad de alguien anunciando el hallazgo de una vacuna. El que en su última presentación al consejo dijo, con toda la convicción de quien ha visto muchos TEDx talks, que el nuevo Fondo de Inversión es “lo más disruptivo que ha ocurrido en el mercado mexicano de ahorro e inversión en la última década”. El consejo asintió. Alguien lo anotó. Nadie preguntó qué significa “disruptivo” exactamente, porque en esa sala llevan tres años usando la palabra y a estas alturas preguntarlo sería como confesar que tampoco sabes qué es el EBITDA. A las 9:09 am del lunes, este mismo hombre escribe “Me apunto, Fer” y manda un GIF de okay. No hubo funnel. No hubo fricción. No hubo campo de CLABE. No hubo paso 4 de 7. No hubo pantalla de “¡Tu cuenta está siendo activada! Esto puede tomar hasta 48 horas hábiles.” Solo: mensaje, respuesta, listo. Cuatro días después, ese mismo Director de Producto de Ahorro e Inversión intentará abrir una cuenta en CETESdirecto. Llegará motivado: leyó un hilo de Twitter (sí, la neta nadie la llama “X”) sobre rendimiento real positivo, tiene los $3,000 pesos listos, y siente esa energía específica del domingo por la tarde en que uno cree que va a reorganizar toda su vida financiera. Avanzará con fluidez por los primeros tres pasos. Llegará al paso donde le piden la e.firma. Buscará su e.firma. No recordará dónde guardó su e.firma. Buscará el correo donde SHCP le mandó instrucciones para renovarla. Encontrará 47 correos de SHCP, ninguno es ese. Cerrará la pestaña. Abrirá Netflix. Decidirá que ya lo hará “el siguiente fin de semana”. No lo hará. El siguiente fin de semana tendrá una reunión familiar para partir la Rosca de Reyes con relleno de Nutella. El fin de semana siguiente habrá un partido. El siguiente, algo de los niños. Para marzo, ya ni recordará que quiso abrir la cuenta. En algún momento del año verá una notificación de CETESdirecto en su teléfono y la deslizará sin leerla, con el mismo gesto reflejo con el que uno descarta una actualización de iOS. Su aportación a la tanda, en cambio, saldrá puntual cada quincena. Sin recordatorio. Sin fricción. Sin que nadie se lo tenga que pedir dos veces. Será la primera transferencia que haga. Le transferirá a Fernanda los $750 de la tanda, incluso antes que el gasto quincenal a su esposa. Esto, exactamente esto, es el problema más costoso y menos discutido del sistema financiero mexicano. No es la tasa. No es el regulador. No es la competencia. Es que el sistema formal nunca entendió que compite con Fernanda. Y lo más irónico —lo verdaderamente, profundamente irónico— es que los equipos que deberían entenderlo mejor que nadie, los mismos que llevan en su firma de correo los títulos de Head of Product, Growth Lead y Customer Experience Manager en bancos y fintechs de todo el país, tienen su propia tanda corriendo en el chat del equipo. Cada enero, sin falta, como si fuera un ritual. Como si el sector financiero mexicano llevara décadas construyendo el producto correcto para un usuario que nunca estudió, mientras ese usuario estudia al sector todos los días sin saberlo. El 0% que le gana al 7% Los datos de la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024 —publicada por INEGI y CNBV en marzo de 2025— dibujan una paradoja que debería incomodar a cualquier director de producto de cualquier institución financiera en México. El 36.6% de los adultos mexicanos ahorra exclusivamente de forma informal: 74% guarda efectivo en casa, 22% participa en tandas, 16% deposita en cajas de ahorro comunitarias. Solo el 8.2% ahorra exclusivamente a través de canales formales. El 33.6% restante no ahorra de ninguna manera. En paralelo, CETESdirecto —el instrumento del Estado mexicano diseñado precisamente para democratizar el acceso al rendimiento— operaba en 2025 con 2,755,199 cuentas activas, una tasa de entre 6.5% y 7.5% anual en CETES 28 días, y un rendimiento real estimado de ~3.3 puntos porcentuales sobre una inflación que cerró 2025 en 3.69% (INEGI/INPC, enero 2026). Tiene respaldo soberano. No cobra comisiones. Se abre desde $100 pesos. Está disponible desde internet, sin necesidad de pisar una sucursal. La tanda no tiene ninguna de estas características. Y la tanda gana. La siguiente tabla lo hace visible. La tabla revela algo que la mayoría de los analistas leen mal: el problema no es el rendimiento. Si lo fuera, DiDi Cuenta —que ofrece 15% para los primeros $10,000 pesos⁸ con liquidez inmediata— y Mercado Pago —13% condicionado a ingreso mínimo mensual de $3,000 pesos¹°— habrían ya desplazado completamente a la tanda entre el segmento que hoy ahorra exclusivamente de manera informal. No lo han hecho. La evidencia de la ENIF 2024 sugiere que ni siquiera han movido la aguja. Hay algo que la tanda resuelve que ninguno de estos instrumentos ha replicado. Y ese algo tiene nombre técnico. El dinero no es fungible: tres sesgos en una misma quincena. Richard Thaler —Nob

  5. Jun 1

    Tarjeta de Crédito: 40 millones de tarjetas en México. Cero ventajas competitivas en Hot Sale.

    El calvario de Marco. El trabajo que Marco necesita que haga su tarjeta de crédito no es complicado. Quiere acceder a bienes de mayor valor sin descapitalizarse de golpe, sentirse financieramente inteligente por haber elegido bien su instrumento de pago, y — si lleva cuatro años siendo cliente puntual — ser reconocido como el activo que es. Ese es el Job to Be Done de la tarjeta de crédito en temporada de descuentos: hacer que una compra grande se sienta posible, inteligente y merecida. En cambio, lo que ocurre en México durante el Hot Sale es otra historia. Cada Hot Sale, ocurre en México una danza que ya debería estudiarse en los posgrados de finanzas y de MBA. En el lado de la oferta, la coreografía es perfecta: el banco llega puntual con su pancarta de “30% de bonificación, MSI hasta 24 meses, inscríbete ahora”. El director de adquisición sonríe. El director de marketing abre el champagne metafórico. El equipo de producto publica el screenshot del dashboard en el chat de Slack. Todo está bien. Todo, absolutamente todo, va a plan. En el lado de la demanda, la experiencia es ligeramente distinta. El cliente —llamémosle Marco, 34 años, ingeniero en mecatrónica, usuario leal de su tarjeta Santander desde hace cuatro años, cero adeudos, pago puntual cada mes sin excepción— abre la app de su banco el 27 de mayo con la energía de quien va a hacer algo inteligente con su dinero. Ha visto el anuncio. Ha leído el correo. Ha guardado el cupón en sus notas. Marco está listo. Quiere comprar un celular Android nuevo. Lo primero que encuentra Marco es un botón que dice “Registra tu tarjeta para participar.” Marco frunce el ceño. Lleva cuatro años siendo cliente. Su tarjeta lleva cuatro años registrada. Su nombre, su RFC, su domicilio, su teléfono, su CURP, su historial de pagos, su comportamiento de consumo y probablemente hasta el nombre de su perro o su nivel de triglicéridos ya están en los servidores del banco. Y, sin embargo, para recibir el cashback de una promoción que el banco mismo le envió por correo electrónico, a su cuenta de correo, con su nombre en el asunto, Marco necesita “registrarse”. Como si el banco necesitara confirmar que Marco existe. Como si los cuatro años de relación financiera fueran simplemente un malentendido administrativo que se resuelve oprimiendo un botón. Marco ingresa los datos solicitados y oprime el botón de “Registrarse”. La app le dice que la registración fue exitosa. Marco siente alivio momentáneo, que es exactamente la emoción que siente alguien después de resolver un problema que no debería haber existido. Después, con la disciplina de quien ha sido timado antes, Marco hace algo que el 90% de los participantes del Hot Sale no hace: lee los términos y condiciones. No todos. Eso le llevaría el resto del fin de semana. Pero sí los primeros párrafos. Y ahí empieza el verdadero Hot Sale. El 30% de cashback aplica en compras en línea. Bien. Pero no en todas. Solo en comercios participantes. ¿Cuáles son los comercios participantes? Hay un enlace. El enlace lleva a una página con 47 tiendas. Algunas las conoce Marco. Otras, sinceramente, no sabía que existían. Su tienda favorita, la que tenía en mente desde que vio el anuncio, no está en la lista. Pero no importa, porque sigue leyendo y descubre que el 30% no aplica en compras de contado. El 30% aplica en compras a meses sin intereses. Pero no solo eso: para llegar al 30% real, Marco necesita comprar en el comercio especial del día —que cambia cada 24 horas y que el banco anuncia con la suficiente ambigüedad como para que no quede claro si hoy es el día— y además tener su nómina domiciliada en Santander. Sin nómina Santander, el techo es 25%. Con nómina, pero sin comercio del día, el techo es 15%. El 30% del titular existe. Solo que es la suma de tres condiciones que nadie menciona en el anuncio de Instagram o Tik Tok. Marco ya no sabe cuánto le van a dar realmente. Marco ya no está seguro de si lo que quería comprar califica. Marco tiene un Excel mental que se está sobrecalentando. Sigue leyendo. Hay un monto mínimo de compra: $5,000 pesos. Lo que Marco quería comprar cuesta $4,200 pesos. Ochocientos pesos menos del mínimo requerido para que el universo y el Niño Pa le permitan recibir su bonificación. Ochocientos pesos que, en el lenguaje del Hot Sale, se traducen en una sola instrucción: compra algo que no necesitas para poder recibir el dinero que te prometieron por comprar. Marco contempla brevemente agregar al carrito unos audífonos que no pidió, una funda que no requiere y quizás una extensión eléctrica de las que ya tiene tres en casa. Así funciona el Hot Sale: el banco promete devolverte dinero y tú terminas gastando dinero extra para merecerlo. Es el único concurso del mundo donde el premio por participar es pagar más. Continúa con la lectura. Llega a la cláusula que especifica que las compras realizadas antes de inscribirse no cuentan para la promoción. El cashback no es retroactivo. Ahí Marco recuerda que su papá compró el 25 de mayo —primer día del Hot Sale, con toda la ilusión del mundo— una cafetera Miele de $50,000 que hace capuchinos y espressos de una manera que hace quedar a los italianos como aprendices de primer semestre. La compró en línea con su tarjeta Santander. Sin registrarse primero. Con la fe genuina de quien vio el anuncio, escuchó el titular del 30% y confió en que el banco haría lo que un banco debería hacer con un cliente de años: darle el beneficio sin pedirle que demuestre que existe. La cafetera mamalona llegará. El infame cashback nunca lo hará. “Ya se la peló el viejo”, piensa Marco, con un dejo de tristeza y lástima. Además, recuerda haber leído que hay un tope máximo de bonificación: $5,000 pesos por cliente, sin importar cuánto gastes. Su hermana lleva semanas planeando comprar una pantalla de 80 pulgadas de última generación que cuesta $75,000 pesos. Organizó su presupuesto alrededor del 30% prometido. El 30% de $75,000 serían $22,500 pesos. Pero el tope es $5,000. Lo que significa que, para la pantalla de su hermana, el 30% del titular no es 30%. Es 6.66% — un número que, irónicamente, huele a lo mismo que toda esta experiencia. Nadie lo llama así en el anuncio, claro. El correo dice “hasta 30% de cashback” con una tipografía que ocupa la mitad de la pantalla. El 6.66% real aparece solo cuando el cliente hace la división que el banco nunca hará por él. “Mi carnala también se la va a pellizcar”, reflexiona Marco, mientras lanza un profundo suspiro. Marco hace la compra en línea del celular, con más desánimo que entusiasmo. Cuatro días después, revisa su app para ver el cashback acreditado. No hay nada. Revisa de nuevo. Nada. Lee otra vez los términos y condiciones, esta vez con la determinación de alguien que busca la cláusula oculta porque ya sospecha que existe. Y ahí está, en el párrafo seis de la sección cuatro, con una tipografía que en pantalla de celular equivale aproximadamente al tamaño de las instrucciones de un medicamento para peces más pequeños que un charal: “La bonificación se acreditará en un plazo de 30 a 45 días hábiles posteriores al cierre del periodo de la promoción, siempre y cuando la transacción haya sido procesada correctamente y no haya sido objeto de devolución, reclamación o ajuste.” Cuarenta y cinco días hábiles. Marco comprará el celular en mayo y recibirá sus $630 pesos en algún momento del verano —solamente le aplicará el 15% de bonificación, porque no tiene su nómina domiciliada ni compró en el día específico en la tienda correcta—, si recuerda revisarlo, si no hizo devolución y si el universo no decide que su transacción fue objeto de un ajuste por razones que ningún ser humano, ni Grok, podrá explicarle con claridad. Tres semanas después, Marco recibe una encuesta de satisfacción por parte de su banco. ¿Del 0 al 10, qué tan probable es que recomiende el banco a un familiar o amigo? Marco da un seis. En el mundo del NPS, eso significa que Marco es un “detractor”. En el comité del lunes, este dato aparece en una lámina junto con los números del Hot Sale, que fueron históricos. Nadie conecta ambas cosas. El Hot Sale fue un éxito. El NPS cayó dos puntos. Son conversaciones separadas. Mientras Marco intenta descubrir si su cashback fue acreditado, en la sede del banco ocurre algo distinto. El equipo de producto celebra los números del Hot Sale en una reunión de resultados con pizza y una presentación de cuarenta láminas. Las métricas son impecables: tarjetas activadas en promoción, el mayor número en la historia de la institución. Gasto por tarjeta activada, récord. Share of wallet en la semana del Hot Sale, también récord. Alguien propone que el éxito del Hot Sale debería replicarse en el Buen Fin. Todos asienten. Nadie pregunta cuánto costó el cashback como porcentaje del margen de intermediación de los clientes que participaron. Nadie pregunta cuántos de esos clientes eran totaleros que cargaron el gasto al Hot Sale y lo liquidaron al corte siguiente. Nadie pregunta si alguno de esos clientes, como Marco, salió de la experiencia con más molestia que lealtad. La doble ironía del Hot Sale es esta: el banco diseñó una promoción para generar lealtad y capturar gasto. El cliente leal que ya existía —Marco, cuatro años de historial impecable— salió del proceso con la sensación de haber jugado un juego cuyas reglas completas solo se revelan cuando la partida ya terminó. El banco midió tarjetas activadas en promoción. El cliente experimentó registros adicionales, condiciones en letra pequeña, cashback con tope invisible y bonificación que llegará dentro de seis semanas, si llega. Uno de los dos tiene una comprensión correcta de lo que ocurrió durante el Hot Sale. Y no es el banco. Esta no es la historia de M

  6. May 26

    Crédito Empresarial MiPyME: El estadio más grande de la liga. Y solo llenan las gradas de un sector.

    Son las 9:07 de la mañana de un martes cualquiera. El Director de Estrategia —título que en México puede significar cualquier cosa, desde “el que hace las presentaciones bonitas usando NotebookLM” hasta “el que sí leyó a Porter pero lo recuerda con la misma precisión con que recuerda la geometría analítica de segundo de prepa”— entra a la sala de juntas con un café oat milk en la mano, una presentación de 74 diapositivas bajo el brazo, y la convicción silenciosa de que hoy, definitivamente, va a ser el día en que la organización finalmente entienda hacia dónde va el negocio. En la primera slide aparece, en tipografía de 48 puntos y con un gradiente azul corporativo que costó tres iteraciones con el equipo de diseño y una discusión de 40 minutos sobre si el azul era “suficientemente institucional pero tampoco demasiado conservador”, la frase que abrirá su discurso: “Las MIPYMES son el motor de la economía mexicana.” Todos asienten. El CFO asiente con la gravedad de quien acaba de escuchar el teorema de Pitágoras por primera vez y piensa que debería anotarlo. El CPO asiente mirando su teléfono —está respondiendo un correo sobre el presupuesto del cuarto trimestre, pero su cabeza sube y baja con una cadencia que cualquier observador externo interpretaría como profunda reflexión estratégica. El COO asiente y anota algo en su app de notas — probablemente “MIPYMES = oportunidad” entre un recordatorio de dentista y la lista del súper, aunque también podría ser “preguntar qué es MIPYME exactamente”. El CEO asiente con esa solemnidad específica del líder que reconoce una verdad universal que, casualmente, él también hubiera dicho, y que de hecho dijo en la convención bancaria del año pasado, aunque con otra diapositiva detrás. El CMO después de ver asentir al CEO, también asiente con energía. El abogado corporativo asiente porque siempre asiente. Lleva veinte años haciéndolo en esta sala. Ha sobrevivido cuatro recortes masivos y dos pandemias con exactamente la misma estrategia: cabeza arriba, cabeza abajo, expresión de quien está procesando algo muy importante. Su valor diferencial en cualquier comité directivo es aportar la reconfortante sensación de que hay alguien en la sala que sabe de algo que los demás no saben. Nadie ha podido confirmar ni desmentir esto en veinte años. Ni él. El Director de Riesgos —que tiene un doctorado en econometría, una certificación FRM que costó dieciocho meses de estudio, y la capacidad técnica de modelar exactamente el tipo de error estratégico que están cometiendo en este momento— hace algo radical: piensa. Voltea a la izquierda. A la derecha. Al CEO. A la diapositiva. Corre el modelo internamente. Dos variables: probabilidad de que la estrategia sea correcta vs. probabilidad de que contradecirla le cueste el bono de diciembre. La función objetivo converge en milisegundos. Asiente. Dos veces. Con convicción doctoral. Alguien al fondo —el Chief of Staff, el único que esa mañana desayunó con datos reales y llegó treinta minutos antes para revisar los reportes de la CNBV— escribe en su cuaderno: “motor de la economía”. Con subrayado doble. Y una estrella. Porque en los once meses que lleva en la empresa ha aprendido que las frases con subrayado doble y estrella son las que aparecen en las siguientes 74 diapositivas en diferentes combinaciones de tipografía. El Director de Growth —que llegó hace seis meses desde una startup de e-commerce donde “escaló usuarios” con un presupuesto de Meta Ads y una hoja de cálculo de cohortes que él mismo llama el modelo, como si hubiera descubierto algo que Black y Scholes no alcanzaron a ver— asiente con el entusiasmo específico de quien lleva semanas buscando el momento de mencionar que en su empresa anterior “hicieron algo parecido con MIPYMES”, aunque en realidad era un cupón de descuento para restaurantes de la Condesa que nadie redimió. Antes de que alguien pueda preguntarle algo concreto, ya escribió “Construir MIPYME funnel 🚀” en el canal de Slack del equipo, agregó una tarea en Notion titulada “explorar oportunidad MIPYME Q3” con fecha de vencimiento en seis semanas, y está a tres clics de poner una métrica de vanidad en el dashboard ejecutivo. El CMO y el CPO lo observan, de reojo, en silencio con esa mirada corporativa tan particular que no necesita subtítulos, que trasciende el lenguaje, que probablemente tiene su propio nombre en sánscrito: ¿este güey qué hace exactamente, y por qué cobra más que yo? La presentación avanza. Diapositiva 12: “Estrategia de crecimiento de cartera — visión 2026.” Aquí conviene detenerse un momento, porque la palabra estrategia está haciendo un trabajo muy, muy pesado en esa diapositiva. Roger Martin —el académico canadiense que ha dedicado su carrera a explicar qué es estrategia real y qué es simplemente un presupuesto con buenas intenciones y tipografía corporativa— definiría lo que está en esa slide como una lista de actividades disfrazada de elección. Rumelt lo llamaría directamente un bad strategy: objetivos grandilocuentes sin diagnóstico, sin lógica de ventaja, sin apuesta real. Pero nadie en esa sala ha leído a Rumelt. O si lo leyeron, fue en el resumen de Blinkist en el avión a Cancún, entre el aperitivo y el aterrizaje, y lo que retuvieron fue básicamente “tener una estrategia es bueno”. El segmento objetivo de la diapositiva 12, naturalmente, es el mismo de siempre: empresas con ventas anuales superiores a MX$250 millones, dos años de declaraciones fiscales impecables, garantía hipotecaria preferentemente en zona metropolitana, y —de ser posible— que ya sean clientes del banco desde hace al menos una década. Es decir: los mismos clientes que tienen todos los demás bancos, disputados con los mismos productos, a las mismas tasas, con el mismo NPS mediocre. El océano más rojo del sistema financiero mexicano, representado en PowerPoint con un gradiente azul. En ese momento, desde el extremo opuesto de la mesa, el Director de Producto de Crédito Empresarial —que sí revisó los datos de la CNBV esa mañana y sabe perfectamente que hay 4.45 millones de MIPYMES sin crédito bancario en México, que hay miles de entidades gubernamentales con necesidades de financiamiento institucional que nadie está atendiendo, y que hay un mercado de tarjeta corporativa para pequeña empresa que prácticamente nadie está diseñando bien— abre la boca. La cierra. La abre nuevamente. Voltea a ver a su jefe, el CPO. Cierra la boca, una vez más. Vuelve a abrirla. Y dice: “Muy alineado con la visión del grupo.” Esto tiene un nombre técnico. En psicología organizacional se llama efecto HiPPO: Highest Paid Person’s Opinion. La opinión que termina dominando cualquier sala no es la mejor fundamentada —es la del que cobra más. Irving Janis lo documentó en 1972 como groupthink: cuando la cohesión del grupo y la jerarquía se vuelven más importantes que el pensamiento crítico, los equipos toman decisiones que individualmente ninguno de sus miembros aprobaría. En la práctica corporativa mexicana, el groupthink tiene una variante local: nadie le dice al CEO que su “estrategia” es un plan de eficiencia operativa con PowerPoint. Se lo dicen al analista junior. En privado. En el elevador. Camino al estacionamiento, a las 7:30 de la noche, cuando ya nadie graba. Lo que nadie le dice al CEO en la sala —porque el HiPPO llena el espacio cognitivo antes de que cualquier otra idea pueda aterrizar— es que los cuatro segmentos más rentables del siguiente ciclo no están en esa diapositiva. No están porque nunca han estado en el historial de la cartera. Y como nunca han estado en el historial, no tienen representación mental en el modelo de negocio. Y como no tienen representación mental, no existen. Aunque tengan nombre, dirección fiscal, y una necesidad de financiamiento que llevan años resolviendo con prestamistas informales, tarjetas personales mal usadas, o la caja chica familiar. El café sigue caliente. La reunión termina a tiempo. Y los tres segmentos que ese día amanecieron sin una propuesta de valor real —la microempresa, la pequeña y mediana empresa, y el empresario que sigue pagando a sus proveedores en efectivo porque nadie le ha diseñado todavía una tarjeta corporativa que entienda cómo trabaja— siguen sin aparecer en ninguna diapositiva. Ni en la 74. Lo anterior es ficción. Pero si trabajas en banca o fintech en México y leíste esos párrafos pensando en una sala específica, con personas específicas a las que podrías ponerles nombre, apellido y, quizá, hasta apodo y número de extensión telefónica, entonces no es tan ficción. El problema no es que el sistema financiero mexicano desconozca la oportunidad. El problema es que la estructura de incentivos, la psicología de los comités, y la tiranía de lo familiar conspiran para que esa oportunidad siga siendo, año tras año, el punto 4 del orden del día que nunca llega a discutirse de verdad. El mapa que nadie quiere ver. Hay 4.7 millones de MIPYMES en México.¹ Solo 255,114 tienen crédito bancario formal.² Ese número —5.4% de penetración— debería ser la estadística más citada en cualquier sala de consejos de banca en México. No lo es. Y esa omisión tiene nombre: sesgo de disponibilidad aplicado al revés. No es que el sector no vea el dato. Es que lo que sí ve —la cartera existente, los procesos que ya funcionan, los clientes que ya pagan— se vuelve tan presente, tan tangible, que los 4.45 millones de empresas sin crédito quedan fuera del cuadro mental del equipo de producto. El diferencial entre México y Brasil no es tecnológico ni regulatorio en su origen. Es de apetito estratégico. Y en mayo de 2025, ese apetito recibió por primera vez un mandato institucional: el gobierno federal y la ABM firmaron un acu

  7. May 19

    El crédito grupal lleva 30 años salvando pobres — pero los datos dicen otra cosa.

    Doña Esperanza Vázquez lleva quince años siendo la mejor clienta que Banco Compartamos tiene en Iztapalapa. Quince años sin fallar un solo pago. Quince años asistiendo puntual cada lunes a la reunión de su grupo solidario — doce vecinas apretadas en la sala de una casa con piso de cemento, un funcionario de campo que revisa libretas y recoge sobres con la solemnidad del monaguillo que recolecta las limonas en misa de viernes Santo, y la promesa colectiva de que si alguien falla, todas responden. Compartamos llama a esto «inclusión financiera con sentido humano». Las vecinas lo llaman “la junta del lunes” y procuran no faltar aunque llueva. Ha recibido más de veinte créditos sucesivos. Los montos fueron escalando de cinco mil a treinta mil pesos — cada renovación, un reconocimiento tácito de que Doña Esperanza es exactamente el tipo de cliente que el sistema debería recompensar. Y hoy, en mayo de 2026, quince años después del primer crédito, sigue vendiendo elotes en el mismo puesto de Chimalhuacán que tenía en 2011. El puesto está mejor surtido. El modelo de negocio es el mismo. El crédito funcionó. Le ayudó a surtirse antes del invierno. Le permitió pasar el Covid sin vender el refrigerador. Le dio liquidez cuando su hijo necesitó medicamentos. Eso no es poco — es, en rigor, exactamente lo que el microcrédito hace bien y lo que la evidencia confirma que hace: amortigua choques, protege el patrimonio, suaviza la volatilidad de una economía que vive al filo de la quincena. El problema no es que el microcrédito no funcione. El problema es la historia que la industria construyó alrededor de lo que hace. Durante tres décadas, el sector microfinanciero perfeccionó un arte que cualquier consultor de comunicación corporativa envidiaría: decir una cosa, insinuar otra, y cobrar por ambas. El crédito grupal no era un producto financiero — era una palanca de movilidad económica. El puesto de elotes no era un puesto de elotes — era el embrión de una PyME. La PyME contrataría empleados. Los empleados pagarían impuestos. Y un crédito de treinta mil pesos con tasa de interés de 90% anual, pagadero en cuotas semanales bajo presión de grupo, era el eslabón civilizador que separaba a Doña Esperanza de llegar a ser ponente en el Foro Económico Mundial. Solo faltaba tiempo. Y renovaciones. Lo dijeron en Davos con corbata. Lo dijeron en el Premio Nobel de 2006 con lágrimas genuinas. Lo dijeron en cada conferencia de inclusión financiera que ha existido entre Monterrey y Mumbai, ante públicos que aplaudieron de pie porque la historia era hermosa y nadie había traído los datos. Lo dijeron con powerpoints de alta producción, con fotos de clientas sonrientes sosteniendo sus primeros billetes, con métricas de alcance que medían cuánta gente recibió el crédito — nunca qué le pasó después. Lo dijeron tan seguido, con tanta convicción y tanto presupuesto de comunicación, que en algún punto dejó de importar si era verdad. La narrativa tenía mejor IMOR que la cartera. Es la misma táctica, aplicada con distintos logotipos, de todos los que llevan años diciéndonos: “Nosotros no somos iguales.” Frase que, en el sector financiero mexicano, funciona como señal de que probablemente sí lo son — solo que con mejor diseño de diapositivas. Los datos, mientras tanto, esperaban en una revista académica que nadie en Davos había leído. Los datos — no los de Compartamos, sino los de los economistas que midieron el impacto con experimentos controlados — dicen que esa cadena no lleva a donde la narrativa prometió. La pregunta para el CPO, el CEO o el director de crédito que gestiona un portafolio de microcrédito en México no es si el modelo es rentable — claramente lo es. La pregunta es más incómoda: ¿qué producto estamos vendiendo realmente, y a quién le hemos estado contando que es otro? El modelo más rentable de México — y el más estudiado Gentera, la controladora de Banco Compartamos, cerró 2025 con números que cualquier institución financiera enmarcaría en la sala de juntas. Cartera consolidada de 93,599 millones de pesos, un crecimiento de 13.1% respecto al año anterior. Utilidad neta de 8,520 millones de pesos, un incremento de 36.8%. ROE de 26% en el período. IMOR de 3.8%, un nivel que la mayoría de la banca de consumo tradicional envidiaría. Y un récord de 6.5 millones de personas atendidas entre México y Perú — la mayoría mujeres, la mayoría en la base de la pirámide económica. Banco Compartamos México operó con un portafolio de 61,887 millones de pesos a cierre de año, con un crecimiento de 15.9%. El margen de interés neto alcanzó 42.2% en el tercer trimestre de 2025 — una cifra que refleja la enorme distancia entre el costo de fondeo de la institución (9.1% en 2025) y la tasa activa que cobra al cliente final, que el mercado estima entre 70% y 110% anual. La concentración del mercado es igualmente ilustrativa. Según los Indicadores Básicos de Microcrédito de Banxico (publicación febrero de 2024, datos a junio de 2023), el Índice Herfindahl-Hirschman del mercado de microcrédito regulado en México es de 9,304 — el más alto de todos los segmentos de crédito al consumo — con un CR2 de 98.8%. En la práctica: dos instituciones controlan casi todo el mercado regulado de microcrédito en México, y Compartamos es, por mucho, la más grande. Estos números no son accidentales. Son el resultado de décadas de construcción de infraestructura de campo que ningún competidor ha podido replicar a escala: una red de promotoras que visitan comunidades, construyen confianza relacional, y ejecutan la disciplina de grupo solidario con una operación que tiene más en común con la logística de campo que con la tecnología financiera. Como señala Porter en su análisis de barreras de entrada: las ventajas de escala no siempre provienen del capital — a veces provienen del tiempo y de la presencia territorial acumulada. Compartamos tiene ambas. La rentabilidad de Compartamos no está en disputa. Lo que sí está en disputa es si ese modelo resuelve el problema que la narrativa sectorial dice que resuelve. Lo que encontraron los economistas que midieron con rigor ¿Qué es la narrative fallacy y por qué importa en finanzas de impacto? Imaginemos que le preguntan a un gerente bancario si el microcrédito genera movilidad económica. Con alta probabilidad, responderá con una historia: la señora que abrió su tienda, el bordado que se convirtió en taller, el kiosco que creció hasta tener empleados. Las historias son reales. El problema es el método para llegar a una conclusión. La narrative fallacy —término acuñado por Nassim Taleb y desarrollado por Daniel Kahneman en el marco del Sistema 1— describe nuestra tendencia a construir explicaciones causales coherentes a partir de información fragmentada. El cerebro humano no tolera bien el ruido: prefiere una historia limpia con protagonista, causa y efecto a una distribución estadística con intervalos de confianza. En el contexto del microcrédito, esto significa que los casos visibles y memorables — las clientas exitosas que la institución documenta en sus reportes de impacto — se convierten en la «evidencia» que sostiene el modelo, mientras que la distribución completa de resultados queda fuera del marco. Para evaluar el impacto real de un programa financiero, la narrativa individual es el método menos confiable disponible. El método correcto es el experimento controlado aleatorio (RCT): asignar acceso al crédito de forma aleatoria entre comunidades similares y medir lo que ocurre en ambos grupos. Eso es exactamente lo que un grupo de economistas hizo con Compartamos Banco entre 2009 y 2012. En 2015, el American Economic Journal: Applied Economics publicó seis estudios simultáneos que evaluaban el impacto del microcrédito usando experimentos controlados en seis países: India, México, Marruecos, Bosnia y Herzegovina, Mongolia y Etiopía. El metanálisis coordinado por Banerjee, Karlan y Zinman estableció el resultado agregado con una frase que debería estar enmarcada en cada sala de juntas de institución microfinanciera: los efectos del microcrédito son «consistentemente modestos, pero no transformativos». Uno de esos seis estudios usó precisamente a Compartamos Banco como institución. Angelucci, Karlan y Zinman (2015) realizaron un ensayo aleatorizado con más de 16,000 encuestas de hogares en comunidades del norte-centro de Sonora donde Compartamos expandía su operación entre 2009 y 2012. La pregunta era directa: ¿qué pasa con el bienestar de una comunidad cuando llega el microcrédito grupal al 110% de tasa anual? La respuesta fue igualmente directa: no hay evidencia de impactos transformativos en 37 variables medidas, a lo largo de 27 meses promedio, en seis dominios: microempresarialidad, ingresos, oferta laboral, gasto, estatus social y bienestar subjetivo. No hubo efecto estadísticamente significativo en ingresos de negocios, ingresos laborales ni remesas. Lo que sí encontraron — y esto es importante para entender la propuesta de valor real del producto — es que el crédito ayudó a las clientas a evitar vender activos para cubrir gastos imprevistos. Es decir: el microcrédito funcionó como mecanismo de suavizamiento del consumo. Redujo la volatilidad financiera. Protegió el patrimonio doméstico en momentos de choque. Eso es valioso. Eso es real. Pero no es movilidad económica. El sesgo de supervivencia: el cementerio de las IMF que nadie visita ¿Por qué parece evidente que el microcrédito grupal funciona como palanca de desarrollo? En parte porque las instituciones que sobrevivieron para contarlo son exactamente las que más éxito tuvieron. Compartamos, BancoSol en Bolivia, Grameen Bank en Bangladesh: todas son historias de escala exitosa. El «cementerio» — las decenas de instituciones micro

  8. May 12

    Crédito Automotriz: No compraste un auto. Compraste una mensualidad.

    En una agencia automotriz mexicana ocurre una escena que debería estudiarse con la misma seriedad con la que uno se revisa un bultito raro que apareció en la tiroides. Nadie quiere hacer drama, pero todos sabemos que eso no se deja “para luego”. Entra una persona diciendo la frase más mentirosa del comercio moderno: “Vengo nada más a ver”. Es la misma categoría moral que “solo me voy a tomar una”, “ahorita regreso, no me tardo” o “no te preocupes, no le voy a contar a nadie”. Cinco minutos después ya está sentado frente al volante, respirando ese olor a auto nuevo que claramente fue diseñado por un químico con doctorado en manipulación emocional, y preguntando si “también lo tienen en gris rata ejecutiva, pero bonito”. No porque el color sea tan importante, sino porque en su cabeza ya se vio bajándose de ese coche con cara de Director de Banco, Fintech o, por lo menos, de alguien que ya no llega a la oficina suplicando que le validen el boleto del estacionamiento. Diez minutos más tarde aparece el vendedor con una hoja impresa, una sonrisa de quien ya vio la comisión esperándolo con matracas en la salida de la agencia, y una frase que debería enseñarse en todos los diplomados de estrategia comercial: “Convencí al Jefe de Ventas para que le autorizara un descuento extra, aunque me pega directo en mi comisión. Le quedaría en tan solo $8,500 al mes”. Maravilloso. El vendedor acaba de realizar el acto más generoso desde la Madre Teresa de Calcuta, pero con enganche, seguro financiado y comisión por apertura. Ahí el potencial comprador despierta de su fantasía aspiracional godín. Baja la mirada. Ve la mensualidad. Frunce el ceño con cara de Clint Eastwood entrando a un duelo financiero a 60 meses. Hace como que calcula, aunque en realidad solo está dividiendo ansiedad entre quincenas y metiendo aguinaldo donde todavía no existe. Y entonces ocurre el milagro conductual. Primero piensa: “sí me alcanza”. Luego llega el pensamiento verdaderamente peligroso, el que ya no tiene retorno: “Ya me vi”. Ese es el momento exacto en que la racionalidad entrega las tepalcuanas. La persona que “solo iba a ver” acaba de cruzar una frontera invisible. Quizá no salga ese día con auto nuevo, porque todavía quiere “pensarlo bien”, frase que en la agencia todos traducen como “voy a fingir prudencia durante 24 horas para no verme tan fácil”. Pero de perdida saldrá habiendo dado un anticipo, apartado la unidad o prometido volver “con su INE y comprobante de domicilio”. Y en el idioma universal de las agencias automotrices, eso significa una sola cosa: ya cayó. Ahí se acaba la teoría. El cliente no llegó a comparar el costo de fondeo del banco, ni a hacer una matriz de CAT, ni a calcular la TIR emocional de manejar un SUV con pantalla gigante para ir por el súper. Llegó a ver un auto. La agencia convirtió ese deseo en mensualidad. Y en esa conversión, las financieras de marca le están ganando a la banca una batalla que no se decide en Excel, sino en el escritorio del vendedor, junto al aromatizante, la cafetera de cápsulas y el globo metálico que dice “estrena hoy”. La tesis es incómoda, pero bastante clara: las financieras de marca dominan el crédito automotriz nuevo en México no porque siempre ofrezcan mejores tasas, sino porque están ubicadas en el momento exacto en el que el cliente ya decidió comprar. La banca puede tener mejor costo de fondeo, mejor historial con el cliente y hasta una app más bonita, pero si no aparece en la agencia cuando se firma la decisión, llega tarde. Llega elegante, regulada, solvente y tardísimo. El dato que no cabe en el brochure En 2025 se financiaron 1,105,326 vehículos ligeros nuevos y seminuevos en México, un avance anual de 6.3%. De ese total, 952,317 fueron vehículos nuevos. Y en el crédito exclusivamente para autos nuevos, las financieras de marca colocaron 753,208 créditos, equivalentes a 79.1% del mercado. La banca colocó 188,013, apenas 19.7%. El autofinanciamiento quedó en 1.2%. El número no es una anécdota. Es una fotografía del canal real donde se decide el crédito automotriz en México. AMDA reporta esas cifras para enero a diciembre de 2025, con información basada en JATO Dynamics. 79.1% no es una participación de mercado. Es una ubicación privilegiada en la mente del cliente. La lectura superficial sería decir que las financieras de marca ganan porque tienen mejores condiciones. La lectura más útil es otra: ganan porque están integradas al ritual de compra. El comprador no separa mentalmente tres decisiones, auto, crédito y seguro. Las vive como una sola experiencia. Primero se enamora del objeto. Luego negocia el enganche. Después pregunta la mensualidad. Y al final, cuando la tasa aparece, ya llega tarde a la fiesta. Como ese invitado que pregunta si puede poner reguetón cuando la boda ya va en el vals. Banxico ayuda a desarmar el mito de que todo se explica por precio. En su reporte más reciente de Indicadores Básicos de Crédito Automotriz, con datos a octubre de 2025, la cartera comparable sumaba 1.8 millones de créditos automotrices y un saldo de 373.9 mil millones de pesos. Para créditos otorgados entre noviembre de 2024 y octubre de 2025, la tasa promedio ponderada por saldo fue de 14.1%. La banca tradicional promedió 13.9% y las instituciones asociadas a financieras de marca, 15.0%. En otras palabras, el ganador del punto de venta no necesariamente es el más barato. A veces es simplemente el que está ahí cuando el cliente ya dejó de comprar con la calculadora y empezó a comprar con la imaginación. Este cuadro no dice que la banca esté condenada. Dice algo más molesto: la banca está compitiendo como si el cliente estuviera decidiendo en una sucursal, cuando en realidad está decidiendo frente a una pantalla de 12 pulgadas, con el asiento ajustado, el vendedor sonriendo y la familia diciendo “sí se ve más seguro”. Nadie en ese momento quiere abrir otra app para ver si el banco le mejora 80 puntos base. En la experiencia emocional de compra, 80 puntos base pesan menos que la frase “se lo entregamos hoy”. El canal no acompaña. El canal decide Michael Porter diría que aquí hay una barrera de entrada menos glamorosa que la tecnología, pero más efectiva: control del punto de venta. No es una patente. No es una app. No es inteligencia artificial. Es estar sentado en el lugar donde el cliente convierte una aspiración en compromiso financiero. La financiera de marca no necesita perseguir al cliente después. Ya está adentro de la escena. Richard Rumelt lo formularía de forma todavía más seca: el diagnóstico correcto no es “la banca tiene una tasa poco competitiva”. El diagnóstico correcto es “la banca no está presente en el momento en que la decisión se vuelve irreversible”. Si el diagnóstico está mal, la política rectora también estará mal. Entonces el banco baja tasa, mejora simuladores, lanza campañas y rediseña banners. Todo muy digno. Todo muy medible. Todo, quizá, en el lugar equivocado. La industria bancaria suele sentirse cómoda cuando el riesgo se comporta bien. Y el crédito automotriz, frente a otros productos de consumo, suele tener una lógica de riesgo más noble. Hay garantía, hay bien financiado, hay una motivación clara de pago y hay menor fricción para entender el uso del dinero. Por eso el producto puede parecer suficientemente sano como para no tocarlo demasiado. Pero esa tranquilidad tiene veneno estratégico. Cuando un negocio no duele, nadie lo rediseña. Y cuando nadie lo rediseña, otro jugador se sienta en el escritorio del vendedor y empieza a capturar la relación. Desde Jobs to Be Done, la pregunta no es “¿qué crédito quiere el cliente?”. La pregunta real es “¿qué progreso quiere lograr cuando entra a la agencia?”. Y la respuesta rara vez es “optimizar el CAT”. El job es salir con el auto, resolver movilidad, estrenar algo que simboliza avance, seguridad o estatus, y hacerlo sin sentir que la decisión financiera arruina la emoción. La financiera de marca entiende eso de forma brutalmente práctica. La banca, muchas veces, sigue contestando una pregunta que el cliente no hizo en ese momento. El precio ancla, la mensualidad anestesia Aquí entra la parte conductual. El efecto de contraste ocurre cuando evaluamos una opción no de manera absoluta, sino en relación con otra referencia cercana. Un auto de 430 mil pesos establece un ancla alta. Frente a ese número, una mensualidad de 8,500 pesos puede sentirse manejable, casi razonable, incluso cuando el costo total del crédito sea relevante. No porque el cliente sea tonto. Porque así decidimos los humanos cuando una cantidad grande convierte a la cantidad mensual en algo emocionalmente más digerible. El problema es que el contraste no opera solo. En muchas agencias, la conversación se presenta como una arquitectura de opciones: un plan básico, uno recomendado y uno “premium”. El cliente no siente que está comparando contra el banco. Siente que está eligiendo entre tres formas de llevarse el mismo auto. Ahí aparece el efecto señuelo. La opción más cara hace que la intermedia parezca sensata. La básica parece insuficiente. La intermedia se vuelve “la responsable”, aunque también sea la que mejor acomoda el margen del vendedor, de la financiera o del ecosistema comercial. La escena es casi teatral. El cliente dice que quiere cuidar su presupuesto. El vendedor asiente con solemnidad de notario. Luego aparece una versión de la mensualidad con seguro, otra sin seguro, otra con mantenimiento, otra con comisión, otra con un bono que “solo está vigente este mes”, aunque ese mes tenga la elasticidad temporal de una telenovela turca de 480 capítulos. El cliente no está tomando una decisión puramente financiera. Está navegando una coreografía de comparación. Y en esa coreografía, quien

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Un podcast sobre estrategia de productos financieros y cómo los sesgos cognitivos de clientes, líderes y equipos influyen en las decisiones, el diseño del producto y los resultados del negocio. El único podcast en español que une estrategia y economía conductual para entender, de verdad, por qué un producto financiero triunfa o fracasa. estrategiaenjuego.substack.com