Rentabilizar - Crecer - Trascender

Guillermo Reyes · bpst.me

La mayoría de las empresas no fracasa por falta de ideas, sino por exceso de ruido. Aquí te ayudo a bajarle el volumen, en episodios de pocos minutos, para que tu empresa rentabilice, crezca y trascienda. Tres décadas de consultoría, cientos de empresas y veintisiete países, en conversaciones breves sobre estrategia, escucha y las decisiones difíciles que separan a una buena empresa de un verdadero legado. bpsinsights.substack.com

  1. 20h ago

    La organización que decide y aprende

    Hola, soy Guillermo Reyes. Déjame empezar con una idea que, cuando la entiendes, reordena todo lo demás. En el fondo, una empresa no es un edificio, ni un producto, ni un organigrama. Una empresa es, sobre todo, una máquina de tomar decisiones. Miles de decisiones, todos los días, en todos los niveles. Y la calidad de esas decisiones, sumadas, es la calidad de tu empresa. Si decide bien, prospera. Si decide mal, o si no decide, se apaga poco a poco. Y aquí está el problema, porque decidir nos cuesta muchísimo más de lo que creemos. La firma McKinsey encuestó a más de mil doscientos líderes en todo el mundo, y encontró algo alarmante. En promedio, un directivo pasa cerca del treinta y siete por ciento de su tiempo tomando decisiones, y más de la mitad de ese tiempo lo considera mal usado. Y solo una de cada cinco empresas se considera buena tomando decisiones. Una de cada cinco. Es como si aceptáramos que la función más importante de la empresa la hacemos mal casi siempre. Y no es un problema barato. En mi libro La Organización que Decide documento cómo una sola decisión estratégica equivocada puede costar entre el quince y el veinticinco por ciento de los ingresos anuales de una empresa. Una decisión. Una cuarta parte del año, esfumada. ¿Y por qué decidimos tan mal? Con los años descubrí que casi nunca es por falta de inteligencia. Es por falta de claridad sobre quién decide qué. Déjame contarte un caso real. Trabajé con un grupo de distribución automotriz, al que en mi libro llamo Veracruz Motors. Tenían gente muy capaz, pero vivían trabados. Cada vez que dos áreas no se ponían de acuerdo, y eso pasaba todo el tiempo, el conflicto subía, y subía, hasta aterrizar en el escritorio del director general. Todo. Absolutamente todo terminaba en sus manos. No porque él quisiera controlarlo, sino porque nadie más abajo sabía si tenía el derecho de decidir. A eso yo le llamo la difusión de la responsabilidad. Cuando la decisión es de todos, en la práctica no es de nadie. La herramienta con la que resolvemos esto se llama RAPID, y sirve para una sola cosa, poner en claro, para cada decisión importante, quién recomienda, quién aporta información, quién tiene que estar de acuerdo, quién decide, y quién ejecuta. Suena básico. Y es lo que le faltaba a la mayoría de las empresas trabadas que he visto. No les faltaba talento. Les faltaba saber, sin ambigüedad, de quién era cada decisión. Ahora, un matiz clave, porque no todas las decisiones son iguales. Jeff Bezos, el fundador de Amazon, lo explicó de una forma que me encanta. Dijo que hay dos tipos de decisiones. Están las puertas de ida y vuelta, las reversibles. Si te equivocas, abres la puerta, regresas, y ya. Esas hay que tomarlas rápido, y hay que delegarlas, sin miedo. Y están las puertas de una sola vía, las irreversibles. Una vez que las cruzas, no hay regreso. Esas, y solo esas, merecen lentitud, análisis y cuidado. El error clásico de las empresas es al revés. Se tardan una eternidad en las decisiones reversibles, que no importan tanto, y toman a la ligera, o por consenso tibio, las irreversibles. Cerrar una red de tiendas, salir de un mercado, vender una división. Esas decisiones de una sola vía no se pueden tomar por consenso, porque el consenso diluye la responsabilidad justo cuando más hace falta que alguien la cargue. Y llegamos a la segunda mitad del título de hoy, la organización que aprende. Porque tomar decisiones implica, por fuerza, equivocarse a veces. La pregunta no es si vas a fallar. Es qué haces cuando fallas. Las empresas mediocres buscan un culpable. Las empresas que aprenden hacen otra cosa. En mi práctica usamos lo que llamo la autopsia sin culpa. Cuando algo sale mal, se reúne al equipo con una sola regla de oro, está prohibido usar nombres de personas. No se trata de quién falló, sino de qué falló en el proceso. Y el líder abre la sesión asumiendo él mismo la responsabilidad del sistema. Cuando haces eso, la gente por fin se atreve a decir la verdad, y el error se convierte en tu mejor maestro. Toyota lleva décadas haciendo algo parecido con su famoso cordón andon. Cualquier operario, el que sea, puede detener toda la línea de producción si ve un problema. Y en lugar de castigarlo por parar la planta, lo reconocen. Porque prefieren mil paros honestos, a un solo defecto escondido. Entonces, el mensaje de hoy es este, y quiero que te pique. Es muy posible que el verdadero cuello de botella de tu empresa no sea tu estrategia, ni tu mercado. Sea que nadie tiene claro quién decide, así que todo termina en tu escritorio, y que cuando algo sale mal, tu gente esconde el error en lugar de estudiarlo. Y las dos cosas, escucha bien, no son problemas de tu gente. Son problemas de diseño. Y el diseño es responsabilidad tuya. Por eso tu reto de esta semana tiene dos movimientos. El primero, piensa en las últimas tres decisiones importantes que se trabaron o que rebotaron de un lado a otro en tu empresa. Y para cada una, trata de escribir un solo nombre, el de la persona dueña de esa decisión. Si no puedes, o si el nombre que aparece siempre es el tuyo, ya encontraste tu cuello de botella. El segundo, la próxima vez que algo salga mal, en lugar de buscar culpable, convoca treinta minutos con una sola palabra prohibida, cualquier nombre propio. Ataca el proceso, no a la persona. Vas a descubrir el doble, en la mitad del tiempo. En el próximo episodio dejamos el terreno de las decisiones y entramos al de los resultados, al corazón mismo de la promesa de esta serie. Vamos a hablar de rentabilizar y de crecer. Y de una verdad que a muchos empresarios les cuesta aceptar, que crecer sin rentabilidad no es crecer. Es solo hacerse grande de camino a un problema. Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    La organización que decide y aprende
  2. 6d ago

    ¿Cómo puedes ayudar a mi empresa?

    Hoy quiero contarte uno de los momentos más cruciales en la vida de un consultor, y es ese segundo donde puedes ganar o perder la atención de un empresario. Soy Guillermo Reyes, guio y acompaño a los dueños y directivos de empresas en sus procesos de transformación. Hace unos días participé como sinodal en una universidad altamente reconocida en el país, y ahí conocí a una persona muy influyente en la región, a quien también habían invitado como sinodal. Alguien a quien muchos conocen y pocos tienen enfrente. Un amigo en común nos presentó, intercambiamos algunas palabras de cortesía, hablamos de la ciudad, de los tiempos que corren, y justo cuando pensé que la conversación se quedaría en lo amable, me miró fijo y me soltó la pregunta a la yugular: “A ver, Guillermo, ¿tú cómo me puedes ayudar en mi empresa?” Confieso que hubo un segundo de silencio incómodo. Podría haber sacado la tarjeta, recitado mis años en Bain y London Consulting, o mis experiencias como cliente con McKinsey, IZO o Boston Consulting, pude haber mencionado los cientos de casos en decenas de países y listo, pero esa no era la respuesta honesta. Así que le dije lo que de verdad pensaba: “En este momento no lo sé. Necesito conocer tu empresa un poco más, y cualquier cosa que te dijera hoy sería un discurso muy propagandista, y no la respuesta que estás buscando, mucho menos un diagnóstico. Lo que sí puedo contarte es por qué un empresario como tú me contrata.” Y ahí, parado en medio de aquella reunión, me puse a ordenar en voz alta algo que llevo años viendo en las empresas, sobre todo en las familiares, mientras algunos catedráticos y estudiantes se acercaban para escuchar esa conversación. Un empresario me contrata cuando empieza a perder clientes y no sabe bien por qué. Los números del año todavía no lo gritan, pero él lo siente: ese cliente de toda la vida que ya no compra igual, el que se fue con la competencia sin hacer ruido. Me contrata también cuando la gente se le va, cuando la rotación de personal se volvió parte del paisaje y cada salida se lleva consigo conocimiento, tiempo invertido y un pedazo de la cultura que tanto costó construir, y que se disfraza como gasto de personal en un estado de resultados. Me contrata cuando mira hacia atrás, hace cuentas con honestidad y descubre algo que duele: la empresa creció en operaciones, tiene más gente, más sucursales, más volumen, más trabajo, pero no creció en rentabilidad. Se trabaja el doble para ganar lo mismo o menos, y esa frase, dicha en voz baja por un dueño cansado, es una de las que más escucho. Me contrata cuando siente que ya es momento de crecer pero no tiene claro qué va primero. ¿Abro otro mercado, lanzo otro producto, absorbo a otra empresa, ordeno la casa antes de expandirme, fortalezco al equipo directivo? Todas las opciones suenan razonables y por eso mismo paralizan; quien decide mal el orden puede gastar años y capital en la secuencia equivocada. Me contrata cuando decide desarrollar y gestionar su estrategia de una manera simple, concreta pero rigurosa, porque quizá ya se dio cuenta de que los planes y estrategias ya elaborados pesan más por el tiempo y la oportunidad perdida que por el costo de esos intentos fallidos. O posiblemente, cuando siente que necesita una estrategia de emergencia porque su organización ya está en crisis y urge resolver sin el factor de prueba y error. Y me contrata, quizá la razón que más se parece a la pregunta que me hicieron aquel día, cuando necesita saber sin reservas dónde está parada su empresa frente a su competencia o frente a otros jugadores similares. Sin los filtros de un equipo que no se atreve a contradecir al jefe, sin la complacencia de los amigos, sin esa narrativa que uno mismo construye para sentirse tranquilo. Una mirada externa, con datos, con método y con la experiencia de haber visto cómo se comportan cientos de empresas parecidas. Después están las razones que llegan con el tiempo: la sucesión que se pospone, el protocolo familiar que nadie quiere abrir porque hablar de eso es hablar de poder, de dinero y de cariño al mismo tiempo. Y la más reciente, la inteligencia artificial, donde lo que se necesita antes que una herramienta es saber en qué nivel de madurez está la empresa y qué palancas mover primero. Cuando terminé de hablar, mi interlocutor se quedó pensativo. No me dijo “quiero contratarte”, ni yo se lo pedí, pero dijo algo que me encantó: “Ya sé por dónde empezar a mirar mi empresa, y seguro platicaremos en un futuro cercano.” Y creo que ahí está la clave de todo lo que hago aquí en “Rentabilizar, Crecer, Trascender”: a veces la mejor ayuda no es tener la respuesta, sino ayudarte a hacer la pregunta correcta. Así que te lo dejo a ti, que me escuchas: de todo lo que mencioné, ¿cuál te suena más cercano? Tal vez ahí esté tu punto de partida. Nos vemos en el siguiente episodio, gracias por escucharme y te invito a suscribirte para que recibas semanalmente mis artículos y casos directamente en tu buzón. Muy pronto te invito a leer mi siguiente artículo: “El fin de la consultoría”, aqui en substack. ¡Hasta pronto! Guillermo Reyes · bpst.me BP&S Strategy Consulting Autor de Estrategia sin Ruido, El Permiso de Escuchar, La Organización que Decide y La IA no decide, tú sí Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    ¿Cómo puedes ayudar a mi empresa?
  3. Sep 30

    Claus

    Hola, soy Guillermo Reyes. El de hoy es un episodio distinto. Más corto, quizá, y mucho más personal. Hoy no vengo a hablarte de una empresa, ni de un caso, ni de un número. Vengo a hablarte de una persona. Se llamaba Claus. Fue mi socio, y fue mi amigo. Claus era, sencillamente, una de las mentes más brillantes que he conocido. Era un experto en automatización, en digitalización, en tecnología. Y tenía un don muy particular. Donde muchos de nosotros veíamos personas y procesos, él veía sistemas, veía posibilidades, veía cómo la tecnología podía hacer cosas que a los demás ni siquiera se nos ocurría pedirle. Y aquí es donde su huella se cruza con todo lo que te he venido contando en estos episodios. ¿Te acuerdas que te he hablado de escuchar a escala? De medir la voz de miles de colaboradores, de tomarle el pulso a una organización entera. Pues esa idea, en buena parte, nació de Claus. Durante mucho tiempo, escuchar a una empresa significaba hacer entrevistas, unos cuantos talleres, una muestra pequeña, y con eso tratabas de adivinar el sentir de miles. Claus no se conformaba con eso. Él insistía, con esa terquedad tan propia de los visionarios, en que la tecnología nos permitía escuchar a todos. A cada persona. De forma anónima, honesta, masiva. Que no teníamos por qué elegir entre la profundidad y la escala, que podíamos tener las dos. Esa convicción suya se convirtió, con el tiempo, en el corazón de nuestra forma de diagnosticar. En esos diagnósticos digitales que hoy le dan voz a organizaciones completas. Cada vez que una empresa por fin escucha a alguien que llevaba años siendo ignorado, ahí, aunque nadie lo sepa, está la huella de Claus. Él tenía una frase que se me quedó grabada para siempre, y que hoy es casi un lema para mí. Decía que el mayor error que puedes cometer, no es equivocarte. El mayor error es no intentarlo. Y él vivía así. Con una valentía para probar, para construir, para lanzarse a lo nuevo, que era contagiosa. Y por eso lo que pasó todavía me duele de una forma difícil de explicar. Claus falleció durante la pandemia, a causa del COVID. Y no fue en cualquier momento. Fue justo a la mitad de un hackathon, una de esas maratones intensas de innovación, que estábamos organizando juntos, en colaboración con el MIT, con el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Se fue en pleno vuelo. A la mitad de una idea. A la mitad de algo que estábamos construyendo con toda la ilusión del mundo. Y así, de golpe, la conversación se quedó a medias. ¿Qué me dejó Claus? Me dejó dos cosas que quiero compartir contigo. La primera es que la mejor forma de honrar a alguien que se adelantó es seguir construyendo lo que él soñó. Por eso sigo aquí, insistiendo en la escucha, en la tecnología al servicio de las personas, en darle voz a los que no la tienen. La segunda es su lema, ese que hoy te heredo a ti. En tu empresa, y en tu vida, muy probablemente hay una idea que llevas tiempo posponiendo por miedo. Miedo a que no salga, a hacer el ridículo, a fallar. Claus te diría, con toda claridad, que el único error de verdad imperdonable es dejar que ese miedo decida por ti. Que no lo intentes. Así que hoy no te dejo un reto de negocio. Te dejo uno humano. Piensa en esa persona que cambió tu manera de ver tu trabajo o tu vida. Y si todavía puedes, díselo. No esperes. Porque las conversaciones importantes casi nunca tienen una segunda cita garantizada. Gracias, Claus. Esto también es tuyo. En el próximo episodio retomamos el camino, y lo hacemos con una idea que a Claus le encantaba, la de una empresa que aprende. Vamos a hablar de la organización que decide y que aprende, de cómo se construye una compañía capaz de tomar buenas decisiones, y de convertir hasta sus errores en su mayor fuente de ventaja. Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    Claus
  4. Sep 23

    La voz del colaborador como ventaja

    Hola, soy Guillermo Reyes. En el episodio pasado te dije que la experiencia del cliente es el final de la película. Hoy quiero llevarte al principio, a esa escena que casi nadie filma, y que sin embargo lo determina todo. La experiencia de tu propia gente. Déjame plantearte la idea central, porque es una de las más importantes de todo mi trabajo. Existe una cadena, y siempre corre en el mismo orden. Primero está la satisfacción de tu colaborador. Esa satisfacción determina la experiencia que ese colaborador le da a tu cliente. Y esa experiencia del cliente determina, al final, tus ingresos. Colaborador, cliente, resultados. En ese orden. Por eso digo que la insatisfacción de tu gente es tu sistema de alerta más temprano. Aparece antes que la molestia del cliente, y mucho antes que la caída en tus ventas. Si aprendes a leerla, puedes corregir el rumbo cuando todavía estás a tiempo. Y esto no es intuición, está medido. En una corporación con centros de servicio en varios países encontramos algo que todavía me impresiona. La correlación entre el eNPS, que es el índice de recomendación de los propios empleados, y el NPS de los clientes, era del noventa y dos por ciento. Noventa y dos por ciento. Es decir, dime qué tan bien tratas a tu gente, y te digo con enorme precisión qué tan bien va a ser tratado tu cliente. No fallan por separado. Se hunden juntos, o se levantan juntos. Ahora déjame hablarte del costo que casi nadie mide bien. La rotación de personal. Cuando un colaborador se va, la mayoría de las empresas solo ve el costo obvio, el de reclutar al que sigue. Pero el costo real es mucho mayor. La firma Gallup lo cuantificó. Reemplazar a una sola persona cuesta entre la mitad y el doble de su salario anual. Entre la mitad y el doble. Y eso incluye lo que casi nunca sumamos, el tiempo que tardas en encontrarla, la capacitación, la productividad que pierdes mientras el nuevo aprende, y el conocimiento que se fue caminando por la puerta. Gallup también encontró que los equipos con gente comprometida tienen entre dieciocho y cuarenta y tres por ciento menos rotación, y hasta un veintitrés por ciento más de rentabilidad, que los equipos desconectados. Escuchar a tu gente no es un tema del área de recursos humanos. Es un tema de margen. Déjame bajarlo a un caso real, uno de mis favoritos. Trabajé con una planta de manufactura de dispositivos médicos en Ciudad Juárez. Tenían una rotación altísima, la gente entraba y salía sin parar. Y cuando revisamos sus números, encontramos un dato que lo decía todo. Más del noventa por ciento de su presupuesto de capacitación se estaba yendo en entrenar a gente nueva. Léelo otra vez. Casi todo el dinero de desarrollo se gastaba en reemplazar, no en crecer. Estaban llenando una cubeta agujerada. En lugar de comprar más agua, nos dedicamos a tapar los agujeros. Escuchamos a la gente con el eNPS, y encontramos que casi todo el descontento venía de apenas tres dolores muy concretos. Los atacamos. ¿El resultado? El eNPS se disparó, más de doscientos cincuenta por ciento. Y la rotación cayó ochenta por ciento. Y aquí está lo mejor para el negocio. Al dejar de sangrar gente, ese presupuesto de capacitación por fin pudo dedicarse a lo que debía, a desarrollar a quienes se quedaban, en lugar de a reemplazar a quienes se iban. La escucha no fue un gasto. Bajó el costo de personal de forma estructural. Y ese es el punto que quiero que se te quede clavado. Un viaje del colaborador bien diseñado, lo que en inglés se llama employee journey, desde que alguien entra a tu empresa hasta que crece en ella, no es un lujo de empresa grande. Es una palanca de rentabilidad. Cada persona que se queda, contenta y desarrollada, es dinero que no gastas reemplazándola, y es un cliente mejor atendido río abajo. Entonces, el mensaje de hoy es directo, y quiero que te incomode. Tú seguramente vigilas la fuga de clientes con lupa, mides tu abandono mes con mes. Mi pregunta es, ¿vigilas la fuga de tu gente con el mismo rigor? Porque esa rotación que toleras como si fuera normal es una de las líneas más caras de tu estado de resultados. Está escondida, repartida en mil pedazos, y por eso no la ves. Pero está ahí. Y casi siempre es el síntoma de una voz que no estás escuchando. Por eso tu reto de esta semana tiene dos partes. Primero, saca la cuenta real. Toma un puesto clave, y estima cuánto te cuesta de verdad que esa persona se vaya, usando la regla de Gallup, entre la mitad y el doble de su salario anual. Multiplícalo por cuánta gente se te fue el año pasado. Ese número es, literalmente, lo que te cuesta no escuchar. Y segundo, pregúntale a tu gente una sola cosa, del cero al diez, qué tan probable es que recomiende tu empresa como un buen lugar para trabajar. Y cuando tengas la respuesta, haz algo con ella. Porque un colaborador que no recomienda su propio trabajo jamás va a lograr que un cliente recomiende tu producto. En el próximo episodio quiero hacer una pausa muy especial, y muy personal. Porque todo esto que te he contado sobre escuchar a escala, sobre medir la voz de miles de personas, no nació en un libro de texto. Nació de una conversación, con una persona. Se llamaba Claus. Y el próximo episodio es para él. Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    La voz del colaborador como ventaja
  5. Sep 16

    La voz del cliente como brújula

    Hola, soy Guillermo Reyes. Hoy no te voy a dar una opinión. Te voy a dar números. Porque hay una idea que defiendo con datos, no con corazonadas, y quiero que hoy se te quede grabada. Las empresas que de verdad deciden escuchar a sus clientes, y a su gente, crecen más rápido y valen más que las que no lo hacen. No es filosofía. Está medido. Déjame empezar por el dato que a mí más me impresiona. La firma Watermark Consulting siguió durante casi dos décadas a las empresas líderes en experiencia del cliente, y las comparó con las rezagadas, las que ignoraban esa voz. ¿El resultado en la bolsa de valores? Las líderes generaron un rendimiento para sus accionistas cerca de ocho veces mayor que el de las rezagadas. Ocho veces. Y esto no fue un buen trimestre con suerte. Fueron casi veinte años, cruzando crisis y recuperaciones. En paralelo, otro estudio, el de Forrester, encontró que las líderes en experiencia crecían en ventas alrededor del diecisiete por ciento al año, mientras las rezagadas apenas el tres por ciento. Escuchar al cliente no es un gasto de mercadotecnia. Es una de las mejores inversiones que existen. ¿Y por qué pasa esto? La respuesta la dio Fred Reichheld, un investigador de la firma Bain, que descubrió algo demoledor. Aumentar apenas un cinco por ciento la retención de tus clientes puede elevar tus utilidades entre un veinticinco y un noventa y cinco por ciento. Un cliente que se queda, que regresa, y que además te recomienda, es la máquina de rentabilidad más poderosa que tiene tu empresa. Y para medir eso, Reichheld creó una herramienta que uso todos los días, el NPS, el índice de recomendación neta. Se basa en una sola pregunta, ¿qué tan probable es que nos recomiendes a un amigo? Y aquí va la frase que quiero que te lleves. El NPS no mide la felicidad del cliente. Mide la salud de tu negocio. Porque un cliente que te recomienda es un cliente que va a volver, y que te va a traer a otros gratis. Pero cuidado, porque aquí está la trampa donde caen casi todos. No basta con medir. La mayoría de las empresas aplican la encuesta, sacan el número, hacen una gráfica bonita, y la archivan. Eso no es escuchar. Eso es teatro. Escuchar de verdad es cerrar el círculo, y eso se hace en dos niveles. Está el bucle interno, que es contactar al cliente específico que te dio la mala calificación, y resolverle. Y está el bucle externo, que es arreglar la causa de raíz, la que está en el sistema, para que ese problema no le vuelva a pasar a nadie más. Déjame bajarlo a un caso real. Hace unos años trabajé con una firma de servicios financieros en Ciudad de México. Tenían un proceso de crédito impecable, aprobaban en minutos. Y aun así, sus clientes estaban molestos, y ellos no entendían por qué. Cuando escuchamos de verdad, con el NPS, apareció la fuga. Aprobaban el crédito en minutos, pero la tarjeta física tardaba catorce días en llegar. Catorce días de silencio total, en los que el cliente pasaba de la emoción a la desconfianza. La solución fue simple, una vez que la escuchamos. Una tarjeta digital para usar de inmediato, y avisos por WhatsApp en cada paso. En seis meses, su NPS subió veinticinco puntos. El dato les señaló la fuga exacta. Y un caso todavía más contundente. Una empresa de telecomunicaciones que operaba en tres países de Centroamérica, con la operación coordinada desde San Salvador. Su NPS estaba en números negativos, los clientes hablaban mal de ellos. Se pusieron a escuchar en serio, y a cerrar los dos bucles. ¿El resultado en ocho meses? El NPS pasó de negativo a más de cincuenta y nueve puntos. Las suscripciones crecieron setenta y dos por ciento. Y las renovaciones, escucha bien este número, aumentaron ciento veintinueve por ciento. Escuchar al cliente movió el estado de resultados completo. Y aquí quiero dejarte un puente hacia lo que viene, porque es la parte que casi todos los líderes se saltan. La experiencia del cliente es el final de la película. Río arriba está la experiencia de tu gente. Es imposible tener un cliente que te recomiende, si lo atiende un colaborador que ya se rindió por dentro. Pero de eso hablamos en el siguiente episodio. Por ahora, el mensaje de hoy es incómodo a propósito. Lo más probable es que tú ya midas la satisfacción de tus clientes. La pregunta difícil no es si la mides. Es si haces algo con lo que te dice. Una encuesta que no dispara una acción no es escuchar. Es teatro. Y el teatro no hace crecer las ventas. Así que tu reto de esta semana conecta con la disciplina de ejecución de la que ya hablamos. Busca tu última encuesta de clientes, o tu bitácora de quejas. Encuentra la queja que más se repite, la número uno. Y ahora rastrea una sola cosa, ¿quién es el dueño, con nombre y apellido, de arreglar la causa de raíz de esa queja? Si la respuesta es nadie, acabas de descubrir por qué tu NPS no se mueve. Asígnale un dueño esta misma semana. Ahí empieza a escuchar de verdad. En el próximo episodio subimos río arriba, a la voz que casi nadie mide y que lo determina todo. La voz de tu propia gente. Te voy a mostrar por qué la insatisfacción de tus colaboradores aparece siempre antes que la de tus clientes, y esa, antes que la caída de tus ingresos. El eNPS, como el sistema de alerta más temprano que tienes. Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    La voz del cliente como brújula
  6. Sep 9

    El momento bisagra

    Hola, soy Guillermo Reyes. Hoy quiero hablarte de esas personas incómodas que, muchas veces sin proponérselo, terminan salvando a una empresa. Y del instante exacto en que una organización cambia de rumbo para siempre. Déjame empezar por algo que he comprobado en cada transformación real que he acompañado. Detrás de todas, sin excepción, hubo una conversación. Una conversación que alguien se atrevió a tener, justo cuando todos los demás habían decidido no tenerla. Alguien que dijo en voz alta lo que nadie quería escuchar. Y en ese instante suele ocurrir algo que yo llamo el momento bisagra. El punto en el que el líder deja de defender el pasado, y por primera vez voltea a ver lo que es posible. Algo viejo se rompe, y algo nuevo empieza. Y aquí va un detalle que me parece fascinante. La persona que dice la verdad casi nunca es la que uno esperaría. Rara vez es el segundo de a bordo, o el director de finanzas, porque esas personas suelen estar demasiado comprometidas con que todo siga igual. La verdad casi siempre llega de tres lugares. Del disidente técnico, alguien dos o tres niveles hacia abajo que está tan cerca de la realidad que le quema en las manos. Del heredero, en las empresas familiares, que puede hablarle al fundador desde el amor y no desde la jerarquía. Y del consultor externo, que llega con el mandato de ser honesto. Y en ese instante, el único trabajo del líder es no dispararle al mensajero. Déjame contarte un caso real que me costó caro. Hace unos años trabajé con un grupo empresarial familiar en Santiago. El líder estaba empeñado en una adquisición muy grande, en el extranjero. Y con el tiempo entendí que esa compra no respondía a la estrategia. Respondía a su ego. Iba a ser su gran monumento personal. Toda la sala se había alineado detrás de la idea, nadie contradecía al jefe. Pero durante el análisis de la operación apareció un número. Un solo dato que hacía que esa compra fuera, sencillamente, indefendible. Y alguien tuvo que decirlo en la reunión. Ese alguien fui yo. Se hizo un silencio espeso. Esa misma noche me llamó. Estuvo varios días dándole vueltas. Y tres semanas después, canceló la adquisición. Ese fue su momento bisagra. ¿El precio que yo pagué? No renovaron mi contrato. Y aun así, lo volvería a hacer, porque para eso me habían contratado. No para aplaudir, sino para decir la verdad. Ahora déjame llevarte al momento bisagra más famoso del mundo de los negocios, y es uno donde el líder se dijo la verdad a sí mismo. Intel, mil novecientos ochenta y cinco. La empresa llevaba años perdiendo dinero en el negocio que la había fundado, las memorias, aplastada por la competencia japonesa. Sus ganancias se habían desplomado, de ciento noventa y ocho millones de dólares, a menos de dos millones en un solo año. Y sus dos líderes, Andy Grove y Gordon Moore, llevaban casi un año paralizados, sin atreverse a decidir. Hasta que un día, Grove le hizo a Moore una pregunta genial. Le dijo, si a nosotros nos corrieran, y el consejo trajera a un nuevo director general, ¿qué crees que haría? Moore respondió sin dudar, nos sacaría del negocio de las memorias. Grove lo miró, y le dijo, ¿y por qué tú y yo no salimos por esa puerta, volvemos a entrar, y lo hacemos nosotros mismos? Y eso hicieron. Abandonaron las memorias, cerraron plantas, recortaron cerca de una tercera parte de la empresa, y apostaron todo a los microprocesadores. Esa apuesta convirtió a Intel en un gigante. Y todo empezó con una pregunta que les permitió verse con los ojos de un extraño. Entonces, el mensaje de hoy es este. El momento bisagra casi nunca llega como una iluminación estratégica brillante. Llega como una verdad incómoda que alguien por fin se atreve a decir, o que tú por fin te permites escuchar. La transformación no empieza cuando encuentras la respuesta. Empieza en el instante en que dejas de defenderte de la pregunta. Y por eso tu reto de esta semana es justamente esa pregunta, la de Intel. Imagina que hoy el consejo te destituye, y trae a un sucesor que no tiene ningún cariño ni ningún compromiso con las decisiones que tú tomaste en el pasado. Alguien totalmente nuevo, que mira tu empresa con ojos fríos. Pregúntate, con toda honestidad, ¿qué es lo primero que esa persona haría el lunes por la mañana? Y cuando tengas la respuesta, hazte la pregunta que de verdad importa. ¿Por qué no lo estás haciendo tú? Con esto cerramos el bloque del permiso, el del camino hacia adentro. En el próximo episodio cruzamos al otro lado del umbral, para ver qué pasa cuando una empresa por fin se da el permiso de escuchar. Y vamos a empezar por la voz más importante de todas, esa que muchas veces medimos mal, o de plano no medimos. La voz del cliente, como brújula de toda la estrategia. Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    El momento bisagra
  7. Sep 2

    La grieta

    Hola, soy Guillermo Reyes. Hoy quiero contarte cuál es, en mi experiencia, el momento más peligroso en la vida de una empresa. Y te va a sorprender, porque no es cuando todo va mal. Es cuando todo va bien. Te lo digo por algo que descubrí con los años. Las empresas que más me ha costado transformar no eran las que estaban en crisis. Al contrario. Eran las que estaban convencidas de que no la necesitaban. Cuando los números vienen bien, cuando el mercado te sonríe, se instala una sordera muy peculiar. Dejas de escuchar, porque escuchar se vuelve incómodo para la historia de éxito que ya te contaste. Y ahí es donde aparece lo que yo llamo la grieta. La grieta es esa primera fisura, esa señal pequeña que aparece siempre antes de un cambio importante. A veces la grieta es un número que se empieza a mover en la dirección equivocada. Pero muchas veces, y esto es lo interesante, la grieta ni siquiera está en un reporte. Es una sensación. Es esa incomodidad persistente de que algo no está del todo bien, aunque todos los indicadores digan lo contrario. Yo la llamo el insomnio existencial del líder. Déjame contarte un caso real. Hace unos años recibí una llamada, ya entrada la noche, de un empresario en Buenos Aires. No me buscaba por una crisis financiera. No tenía un problema de mercado. Su grupo iba bien, de verdad, todo en verde sobre el papel. Me buscaba porque no podía dormir. Tenía la sensación, que no lograba explicar, de que su empresa estaba a punto de dejar pasar algo importante. Muchos en su lugar habrían ignorado esa molestia, la habrían tapado con los buenos resultados del trimestre. Él no. Se atrevió a escucharla. Y esa incomodidad, esa grieta, fue justamente la puerta de entrada a una de las transformaciones más profundas que he acompañado. Porque decidió mirar la fisura, en lugar de pintarla del color de la pared. Ahora déjame llevarte al caso contrario, al más doloroso de todos, y es público. Kodak. En mil novecientos setenta y cinco, un joven ingeniero de la propia Kodak, Steven Sasson, construyó algo asombroso. La primera cámara digital del mundo. Pesaba trece kilos, guardaba la imagen en una cinta, era torpe y lenta. Pero funcionaba. Ese muchacho le llevó a la dirección de Kodak, literalmente, el futuro de la fotografía en las manos. ¿Y sabes cómo reaccionaron los directivos? Con un entusiasmo tibio. Lo vieron como un juguete curioso, y le dijeron, en esencia, qué bonito, pero no se lo cuentes a nadie. Y aquí viene el detalle que me pone la piel de gallina. En mil novecientos setenta y nueve, un reporte interno de la propia Kodak predijo que lo digital podría reemplazar al rollo fotográfico alrededor del año dos mil diez. Lo vieron venir con más de treinta años de anticipación. Tenían la tecnología, tenían el talento, y tenían hasta la fecha aproximada. La grieta no podía ser más clara. Pero proteger el negocio del rollo se sentía razonable cada trimestre. Y trimestre a trimestre, año con año, eligieron tapar la grieta en lugar de cruzarla. En dos mil doce, después de más de ciento treinta años de historia, Kodak se declaró en bancarrota. La empresa que inventó la cámara digital, murió a manos de la cámara digital. Entonces, el mensaje que quiero dejarte hoy es este. La grieta no es una amenaza. Es una invitación. No es la señal de que algo está mal contigo o con tu empresa. Es la señal de que algo nuevo quiere nacer, y de que tienes la oportunidad de reinventarte a tiempo, mientras todavía tienes fuerza para hacerlo. El problema nunca es la grieta. El problema es fingir que no la ves. Y por eso tu reto de esta semana es un acto de honestidad contigo mismo. Piensa en esa cosa de tu negocio que, en el fondo, sabes que no está del todo bien, pero que sigues justificando porque los números todavía aguantan. Esa que evitas pensar los domingos por la noche. No te pido que la resuelvas hoy. Te pido algo más difícil. Te pido que dejes de fingir que no la ves. Escríbela en una hoja. Ponle nombre. Porque nombrar la grieta es el primer acto de valentía, y sin ese paso, ninguno de los demás es posible. En el próximo episodio vamos a hablar de lo que pasa justo después de que aparece la grieta. Porque para cruzarla, casi siempre hace falta que alguien se atreva a decir en voz alta lo que nadie quería escuchar. Ese instante, en el que se rompe algo viejo y empieza algo nuevo, es uno de los más poderosos que he presenciado. Yo lo llamo el momento bisagra. Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    La grieta
  8. Aug 26

    El ruido que viene de adentro

    Hola, soy Guillermo Reyes. Hoy quiero empezar con una frase incómoda, una que he comprobado tantas veces que ya no me atrevo a suavizarla. El mayor obstáculo de tu empresa, muy probablemente, tiene tu cara. Déjame explicarte por qué lo digo. Después de tantos años haciendo esto, aprendí a detectar el problema de una empresa antes de ver un solo número. Porque el ego del líder no espera a que llegues a la sala de juntas. Llega antes. Se asoma en cómo se arma la reunión, en quién la convoca, en si te reciben solo o rodeado de todo el equipo, en si el director llega puntual o te hace esperar veinte minutos, para recordarte, sin decirlo, quién manda ahí. Y con una frecuencia que ya no me sorprende, el problema más grande de esa empresa no está en sus procesos, ni en su mercado. Está en la persona que me va a recibir. Y ojo, porque yo también tuve que mirarme en ese espejo. Este no es un sermón que doy desde afuera. Para entender esto hay que empezar por una distinción que parece obvia, pero que lo cambia todo. La diferencia entre oír y escuchar. Oír es un acto físico, es recibir el sonido. Escuchar es otra cosa. Es comprender, procesar, y dejar que lo que recibes tenga el poder de cambiar tu opinión, o incluso tu decisión. El problema es que casi todos los líderes que solo oyen están convencidos de que escuchan. Tienen un filtro invisible que deja pasar solo lo que confirma lo que ya creen. El resto, simplemente, rebota. En mi libro El Permiso de Escuchar describo las cinco máscaras que usa ese ego para disfrazarse, porque el ego rara vez se presenta con su nombre. Se disfraza de virtud. Está el dictador silencioso, que centraliza todo, y enseña al equipo a ejecutar sin pensar. Está el paternalista, que resuelve los problemas de su gente en lugar de desarrollarla, y así los vuelve dependientes para siempre. Está el que oye sin escuchar, que asiente en la junta, y no hace nada después. Está el protector de territorio, que se queda callado en la reunión, y luego bloquea todo en la implementación. Y está el buscador de consenso, que convoca a todos, nunca decide, y diluye la responsabilidad hasta que la iniciativa muere. Déjame llevarte a un caso real, el del dictador silencioso, que es quizá el más costoso. Hace unos años trabajé con una empresa de servicios en Lima. El fundador era brillante, de verdad, de los más capaces que he conocido. Pero centralizaba absolutamente todo. Y con los años, sin darse cuenta, había entrenado a su gente para no traerle problemas. La consecuencia fue silenciosa y peligrosa. El sistema de alerta temprana de la empresa se había apagado. La gente de abajo veía venir las cosas, pero había aprendido que avisar no servía de nada, o que hasta salía caro. Así que un problema que muchos vieron llegar de lejos golpeó a la empresa como si hubiera sido una sorpresa. Y no fue una sorpresa. Fue un silencio. Eso mismo, pero a escala mundial, es la historia de Nokia. Poca gente lo recuerda, pero Nokia tenía, dentro de casa, tecnología táctil años antes de que apareciera el iPhone. Sus ingenieros sabían lo que se venía. Tenían la evidencia en las manos. Lo que también tenían era una cultura donde las malas noticias no subían, y donde contradecir la versión oficial te costaba caro en lo personal. El talento estaba ahí. Lo que se había roto era el puente para que ese talento llegara a quien decidía. Para dos mil trece, Nokia vendió su división de teléfonos a Microsoft, por una fracción de lo que alguna vez valió. Y como no todo es tragedia, déjame contarte la otra cara. Cuando Satya Nadella llegó a dirigir Microsoft, en dos mil catorce, encontró justo estos patrones, gente protegiendo territorio, consenso usado para frenar. ¿Y sabes qué hizo? No llegó con una tecnología mágica. Cambió su propio comportamiento. Empezó a hacer preguntas en lugar de dar respuestas. Empezó a reconocer en público sus propios errores. En esos diez años, el valor de Microsoft pasó de unos trescientos mil millones de dólares a más de tres millones de millones. No porque Nadella fuera más listo que todos. Sino porque le abrió la puerta a la inteligencia que ya vivía dentro de la empresa, y que antes no se atrevía a hablar. Entonces, el mensaje de hoy es este, y quiero que se te quede clavado. El ruido más caro de tu empresa casi nunca viene del mercado. Viene de adentro. Y muchas veces, viene del espejo. Lo más probable es que tu organización ya sepa las respuestas a las preguntas que más te importan. Lo que pasa es que ha aprendido que no es seguro decírtelas. Y por eso tu reto de esta semana es de una valentía muy silenciosa. En tu próxima reunión, haz una pregunta de verdad, y después quédate callado. Aguanta el silencio. Cuenta hasta diez en tu cabeza antes de volver a hablar, y deja que alguien más llene ese espacio. Y mientras escuchas, hazte una sola pregunta honesta. ¿La gente me está diciendo lo que de verdad pasa, o me está diciendo lo que cree que quiero oír? Si es lo segundo, entonces ya sabes dónde empieza el trabajo. Y no empieza en ellos. En el próximo episodio vamos a hablar de lo que aparece justo antes de todo cambio verdadero. Una señal incómoda, casi siempre silenciosa, que la mayoría prefiere tapar en lugar de mirar. Yo la llamo la grieta. Y aprender a reconocerla, en lugar de taparla, puede ser la diferencia entre reinventarte a tiempo, o enterarte demasiado tarde. Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    El ruido que viene de adentro

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La mayoría de las empresas no fracasa por falta de ideas, sino por exceso de ruido. Aquí te ayudo a bajarle el volumen, en episodios de pocos minutos, para que tu empresa rentabilice, crezca y trascienda. Tres décadas de consultoría, cientos de empresas y veintisiete países, en conversaciones breves sobre estrategia, escucha y las decisiones difíciles que separan a una buena empresa de un verdadero legado. bpsinsights.substack.com

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