En algún lugar de La C******a, de cuyo nombre no quisiera acordarme, hay un viejito muy triste. ¿Es acaso porque unas agencias gringas malintencionadas andan investigando a uno de sus hijos por huachicol fiscal y delincuencia organizada? No. ¿Entonces será porque ese mismo hijo ya se registró para buscar una diputación federal en un distrito donde no ha vivido para que el recuerdo del papá le haga el trabajo de campaña y él sólo deba imitar su acento para ganar? Tampoco. ¿Entonces será porque su esposa prefirió quedarse en la grilla académica de la CDMX que seguirlo al recóndito rancho donde está escondido… digo, retirado? Menos. Andrés Manuel López Obrador está triste porque nos dejó una sola encomienda y le estamos fallando: nos encargó que construyéramos una Dinamarca y le estamos entregando una Guajaca. El Licenciado se cansó de prometernos que México tendría un sistema de salud como el de Dinamarca. Luego, en uno de esos arrebatos que sólo tenemos los soñadores, dijo que no, que no como Dinamarca, que mejor que Dinamarca. Hospitales equipados, médicos suficientes, especialistas, enfermeras güeras, atención gratuita y medicamentos para todos. Puso especial énfasis en esto último: si Sabritas puede llegar hasta el pueblo más alejado, se preguntó alguna vez, ¿cómo chingados no va a poder llegar una caja de metformina? Lo que nunca entendimos fue que Dinamarca era un concepto, un sueño, y que él sólo nos iba a facilitar los componentes, pero la realidad la teníamos que construir nosotros. Nos dio el capital semilla: dos mil quinientos cincuenta pesos cada dos meses a cada uno en forma de apoyo directo. Ahí estaba Dinamarca, pero desarmada. Si juntabas los suficientes apoyitos de 2,550 pesos, podías juntar para la resonancia magnética, para el sueldo del anestesiólogo, para un servicio de ambulancia aérea y para pagarle a una enfermera que cubriera el turno de las tres de la mañana. Lo único que nosotros teníamos que hacer era ensamblarla. Pero somos mexicanos. Vimos llegar depósito tras depósito los chequecitos del Bienestar y, en lugar de ir comprando hospitales por partes, nos los gastamos que en unas caguamitas, que en una ropita para que ande pipo el muñeco, que en una cariñosa para sacar algo de este veneno que me está matando. El error fue razonable porque el depósito, a diferencia de la institución, se ve, se siente, está presente. Una institución, así en abstracto, es impersonalísima. Nadie sube una historia a Instagram diciendo: “qué bendición que mi clínica tenga hoy tres anestesiólogos de guardia 🙏”. Nadie organiza una carnita asada porque el tomógrafo recibió mantenimiento preventivo. Nadie besa una foto del director de compras porque la farmacia tiene suficiente material para los próximos tres o cuatro meses. Pero si me depositan dos mil quinientos del águila en mi tarjetita del Bienestar, ahí sí que viva el Estado, que viva Morena y que viva la doctora Claudia Sheinbaum Pardo, aunque no sea de esas doctoras, sino de las otras. Porque además, el dinero resuelve problemas inmediatos. Comida, luz, renta, los quinientos varos que tu compadre te prestó anoche para un privado. Lo malo es que sólo resuelve cosas que pueden comprarse individualmente. Una transferencia te ayuda a pagar una consulta, pero no puede producir al especialista que te la va a dar. Puede ayudarte a comprar una medicina, pero no puede mantener abastecida una red de farmacias. Puede pagarte el privado de una noche de locura, pero no puede contratar al doctor que te atenderá en urgencias cuando se te reviente el apéndice un 25 de diciembre. Fortalecer el ingreso de una persona y fortalecer el hospital al que esa persona llegará algún día son dos trabajos distintos. Y esta semana los trabajadores del IMSS que salieron a protestar en varios estados nos recordaron cuál hemos postergado. Reclaman por salarios, jubilaciones, plazas vacantes, sobrecarga laboral y falta de medicamentos e insumos. Personal médico ha contado que a veces faltan hasta vendas y gasas; trabajadores de mantenimiento dicen que llevan sus propias herramientas a las clínicas; en Campeche denunciaron que compran material médico con su dinero. Y encima les gritamos a ellos. Porque uno como derechohabiente llega al consultorio del IMSS después de tres horas de espera y se encabrona con la enfermera porque no hay médicos. Le reclama porque no está su medicamento. Le reclama porque lleva meses esperando una cirugía y la enfermera, después de escuchar todo eso, termina su turno, se quita la bata y sale a protestar porque también ella está hasta la madre de que no haya médicos, medicamentos ni manos suficientes para operar. Es un círculo perfecto. Paciente y trabajador están enojados con exactamente la misma entidad, pero como una institución no tiene cara, terminan reclamándose mutuamente. Mientras tanto, el Instituto Mexicano del Seguro Social permanece en algún plano superior de existencia, como Dios, el mercado o Recursos Humanos. Y quizá “Dinamarca” ya estaba ahí. Dinamarca era llegar a atenderte y que hubiera un médico, que hubiera material de curación, que tuvieran en almacén el paracetamol que te iban a recetar. En fin, cosas invisibles como que alguien hubiera contratado al anestesiólogo cinco años antes de que tú supieras que ibas a necesitarlo. Lo malo de las instituciones cuando funcionan es que parece que no hacen nada. Hasta que un día dejan de funcionar y entonces descubrimos que aquellos pinches escritorios, almacenes, plazas, compras, mantenimientos, turnos y burócratas que parecían un desperdicio eran lo más cerca que íbamos a estar de Dinamarca en este barco semihundido llamado México. Quizá esa fue la parte que le entendimos chueco al Licenciado. No nos tocaba construir Dinamarca desde cero con dos mil quinientos pesos: nos tocaba levantar el muro sobre los cimientos que ya estaban firmes. El médico contratado, el almacén surtido, el equipo con mantenimiento, la plaza cubierta, la enfermera —no güera, como las de allá, pero presente— lista en urgencias para cuando fuera menester. Esas cosas aburridísimas que se acumulan durante décadas y que ningún depósito puede invocar de la nada. Allá en La C******a el viejito sigue triste. Confió en nosotros y nos dio todo lo que estaba en sus manos para que termináramos de armarle la Dinamarca de sus sueños y, de nuevo, los que no estuvimos a la altura fuimos nosotros. Get full access to Jesús Solís at shuysolis.substack.com/subscribe