Un juglar de Dios

Freider Florián Lagares

Una breve reflexión franciscana de la liturgia de la Palabra de cada día. ¡Paz y bien!

  1. Oct 6

    Dejarse alimentar por Él

    Cuando san Agustín leía aquel pasaje del Evangelio en el que Marta acoge a Jesús como huésped en su casa (Lc 10, 38 42), afanándose por atenderlo y darle de comer, hacía notar que lo verdaderamente importante no era alimentar al Señor, sino dejarse alimentar por Él. Y esta fue la elección de María, su hermana, que permanecía a sus pies. Este pasaje recuerda aquel diálogo de Jesús con la mujer samaritana, que no lograba entender la esencia de aquella «agua de vida» de la que Jesús hablaba porque estaba pensando únicamente en saciar su sed corporal con el agua del pozo de Jacob (Jn 4, 11). Algo semejante ocurre en el diálogo posterior con sus discípulos, que procuraban dar alimento material a su Maestro, mientras Él les respondía: «El alimento que debo comer, ustedes no lo conocen (...) mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 32.34).Del llamado que el Señor nos hace y de la decisión que tomamos de seguirlo se desprenden muchas cosas, pero conviene ordenarlas para no descuidar aquello que es esencial, lo que verdaderamente importa. Es como si el Señor quisiera prevenirnos para que no descuidemos a Dios por estar ocupados «en las cosas de Dios». Esto lo entendió Pablo cuando se sintió llamado por Cristo y emprendió inmediatamente su misión, en lugar de distraerse con consultas o aprobaciones humanas (Ga 1, 16 17), por más importantes que fueran, porque «el amor de Cristo nos urge» (2 Co 5, 14). Amar a Dios no es solo el mandamiento más importante, sino aquello que da sentido a todo lo demás en nuestra vida. ¡Paz y bien!

    Dejarse alimentar por Él
  2. Oct 2

    Hombre hecho oración

    Es erróneo imaginar a San Francisco de Asís como un hombre a la intemperie de la sociedad, siempre expuesto, atareado o siendo el centro de atención. Este hombre tan humilde, desde el principio de su caminar evangélico, huye de todo afán de protagonismo y de apariencias. Más aún, siguiendo siempre las huellas del Maestro, buscaba lugares solitarios para orar, dedicando muchas horas del día a la soledad en los eremitorios y acudiendo a los hermanos únicamente para socorrerlos espiritualmente en todo lo que tenía que ver con su salvación.En todo lo que hacía, Francisco se consideraba a sí mismo como «siervo de todos», obligado a servir a todos, especialmente para proporcionarles «las fragantes palabras del Señor». Y esto solo es posible como fruto de una vida de oración cuidada, intensa, devota y tranquila en la humildad.Lejos de la espiritualidad del hermano Francisco está una vida repleta de actividades, por muy útiles que estas parezcan, o una manera de entender la oración como una «pausa» o un momento para «recargar baterías» en medio de un río de actividades. La oración, para el Pobrecillo, es una forma de vida, de modo que él «no era un hombre que oraba, sino un hombre hecho oración». Tener la mente, el corazón y todo el ser fijos en Dios no es una cosa más en una lista de tareas: es una forma de vivir, fundada en Dios, guiada por Él y encaminada hacia Él.Y el secreto de una oración profunda es la humildad: no ver a Dios como una herramienta que me «recarga» para así emprender mis propios proyectos egoístas, sino reconocerse necesitado de Dios como de una fuente que sacia y da sentido a toda nuestra vida cuando se cumple su voluntad.¡Paz y bien!

    Hombre hecho oración

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