Un Paso a la Vez

Johanna Caldas-Garcia

Un espacio para mujeres que están atravesando una transición y están aprendiendo a construir una nueva versión de su vida, un día y un paso a la vez. Yo tampoco tengo todas las respuestas. Estoy caminando contigo. johannarenace.substack.com

  1. 2d ago

    El mapa de lo que fuimos y lo que soy

    Lo que esconden las últimas veces  Las fechas que duelen, las señales que nos acompañan y aprender a no olvidarnos de nosotras mismas. Octubre siempre ha sido mi mes favorito. Me encanta el otoño: ver cómo cambian de color las hojas de los árboles, decorar la casa con calabazas, poner el difusor con olor a clavo y canela, y preparar esa sidra de manzana caliente que tomamos con mis hijas. Hay algo en esta época del año que siempre me ha hecho sentir que algo nuevo comienza. Antes nos hacía muchísima ilusión y contábamos los días. En casa mi familia preparaba misiones secretas y planes para mi cumpleaños, y era el mes del viaje de pesca de mi esposo con su papá, sus hermanos y sus amigos —una tradición que mantenía desde los 13 años—. También llegaban el aniversario de mi trabajo en la escuelita que tanto quería y nuestro aniversario de bodas. Pero desde el año pasado, octubre también se ha convertido en uno de los meses más difíciles para nosotras. Está lleno de recuerdos que todavía nos duele traer a la memoria o asimilar. Hoy todas esas fechas tienen otro significado. A ellas se suman el primer aniversario de su partida, el día en que dejamos nuestra casa después de 20 años y la despedida de Akira, nuestra perrita. Y, por supuesto, Halloween. Una fecha que le encantaba. Se la pasaba pensando en los disfraces que nos pondríamos al ir a pedir dulces con nuestras hijas y para recibir a los niños que tocaban a la puerta. Siempre me decía: «Pretzi, ¿cómo vamos a abrir la puerta sin disfraz? ¡Kids are going to think we are not fun!». Le fascinaba preguntarle a cada niño de qué venía disfrazado y reírse con ellos. Hoy miramos estas fechas con gratitud por todo lo vivido y las tradiciones que construimos, pero también con nostalgia por toda la vida que tuvimos que dejar ir. Su ausencia sigue aquí, más aún en los momentos que nos hacen sonreír. Últimamente he pensado mucho en las últimas veces. El último cumpleaños que celebramos juntos sin saber que sería el último. Su último viaje de pesca. El último abrazo, el último beso, el último paseo, el último deseo, la última tarjeta de cumpleaños y de aniversario que me regaló. Nuestro último disfraz juntos. La vida casi nunca nos avisa que estamos haciendo algo por última vez. Seguimos con la rutina, hacemos planes para el mes siguiente y pensamos que habrá otra oportunidad… hasta que un día ya no la hay. No escribo esto para vivir con miedo a que todo se termine. Lo pienso porque hoy miro de otra manera esos momentos que antes parecían tan normales: una conversación en la cocina, una cena cualquiera, un abrazo antes de salir de casa o esa canción que bailábamos en el patio mientras él hacía el BBQ y yo limpiaba la casa. Si pudiera volver un instante atrás —como en las películas, para tener un redo, un one more time— me aseguraría de estar presente al cien por ciento, con la mejor actitud y disfrutando cada segundo para decirle cuánto lo amo y lo afortunada que soy de haberlo tenido en mi vida, dejando atrás todo lo que al final no importaba. ¡Quién iba a pensar que esos instantes cotidianos terminarían convirtiéndose en recuerdos tan valiosos! Mis hijas grabaron aquel baile en el patio. Es un video de apenas unos segundos, pero hoy lo veo una y otra vez, con los ojos llenos de lágrimas y, al mismo tiempo, sonriendo al recordarlo y ver lo felices que fuimos con cosas tan simples. No quiero olvidarme de cómo se sentía nuestra vida, de esas pequeñas costumbres tan nuestras que terminaron construyendo nuestra historia y que hoy nos ayudan a mantener vivo su recuerdo. Si algo me ha enseñado este último año es que quiero estar más presente en mi propia vida. No siempre me resulta fácil; vivo con mil ideas en la cabeza, muchos proyectos , me gusta estar tomando cursos y leyendo libros. y ahora tengo una lista interminable de pendientes como madre cabeza de familia. Intento estar más presente y menos ausente en cada instante: con las personas que amo, las conversaciones que todavía podemos tener, un simple mensaje de texto con un «hola» y esos momentos cotidianos que hoy vivimos sin saber cuánto significarán para nosotros mañana. Recuerdo que me organizo una fiesta sorpresa en el mall donde teníamos nuestro restaurante al cual invitó a todas mis mejores amigas, pensé solo seriamos nosotros 4 ya que él trabajaría hasta cerrar, al llegar vi a un grupo de más de 15 personas allí. Señales y las tarjetas que guardé Esa semana fue de esas en las que parece que todo se junta. Fui a San Diego a llevar a mi hija a Urgencias, tenía varios pendientes por resolver y me hacía mucha ilusión participar en la carrera contra el cáncer de UC Irvine un día antes de mi cumpleaños. Llevaba una semana larga, manejando de un lado a otro. El sábado me levanté con dolor en las piernas y en los brazos, y supe que no iba a aguantar una carrera de 5K. Al día siguiente quería ir a San Diego a celebrar mi cumpleaños con mis hijas y acompañar a mi hija mayor a su competencia de regatas. Así que decidí no ir. No fue una decisión fácil. Llevaba semanas ilusionada, ya que quería hacerla por mi esposo, por mi hermano y por las personas que conozco que han luchado o siguen luchando contra esta enfermedad, y una parte de mí quería cumplir con todo lo que había planeado. Pero a veces, cuidarnos también significa aceptar que no podemos estar en todas partes ni hacerlo todo, y que tenemos que decirnos: “Hoy no se puede”. Entre los pendientes estaba renovar mi licencia de conducir. Tuve que ir a otra ciudad, ya que no había citas cerca de casa antes de que se venciera. El lugar estaba lleno y, cuando llegó mi turno en la ventanilla 12, la persona encargada tuvo que salir a su descanso. Antes de irse, buscó a alguien más para que pudiera ayudarme. Cuando me acerqué a la nueva ventanilla, me di cuenta de que era la número 11. Mi cumpleaños es el día 11. Puede parecer una coincidencia. Quizás lo sea. Pero desde hace un año, el 11, el 111 y el 1111 aparecen tanto en nuestras vidas que no podemos evitar detenernos cuando los vemos y sonreír: es como si él nos dijera “aquí estoy’. Ahora me he dado cuenta de que estos números nos han rodeado siempre; los tenemos en nuestros números de teléfono, identificaciones, en la tarjeta de Costco de hace 24 años y hasta en las cuentas nuevas que he tenido que abrir. No necesitamos explicarlo. Para nosotras, es una manera de sentir que él sigue aquí acompañándonos y recordándonos que nos extraña tanto como nosotras a él. Aunque no entendamos del todo el nuevo lenguaje con el que trata de comunicarse con nosotras, estamos aprendiendo a ver las señales. Sonreí y le dije a la persona de la ventanilla: “You made my day”. Me miró sorprendida; yo simplemente le devolví la sonrisa y seguí con el trámite. Salí de allí pensando en esas pequeñas cosas que, aunque para los demás pueden no significar nada, a nosotras nos alegran el día. Quizás por eso terminé revisando las tarjetas de cumpleaños que me regaló durante tantos años. Las guardamos todas. Hace tiempo preparé una caja para cada uno, porque las tarjetas siempre han sido especiales para nosotros. Hoy son mucho más que recuerdos: para mis hijas y para mí, son una manera de volver a escuchar su voz y recordar cuánto nos amó. Volví a leerlas, desde la primera tarjeta que me regaló cuando yo vivía en Los Ángeles y él en San Francisco. Las he guardado por años, pero no las había leído en mucho tiempo. Volver a leerlas una a una era como recorrer nuestra historia nuevamente, cada año en una etapa diferente, y volver a escuchar su voz diciéndome cuánto me amaba, lo importante que éramos para él, cómo adoraba estar en nuestro hogar y lo afortunado que se sentía de tenerme como su esposa y su mejor amiga. Me reiteraba que, juntos, podíamos contra todo. Me quedé pensando en esa frase. Las cosas más sencillas son ahora nuestros grandes tesoros. Nosotros teníamos tantos planes: viajar, envejecer juntos, vivir cerca de la playa, trabajar en nuestra organización y descubrir cafecitos por el camino. Planes sencillos, de esos que se construyen conversando mientras imaginamos cómo será la vida dentro de unos años. Y aunque muchos de esos planes ya no podrán suceder como los imaginamos, no quiero que se queden guardados en una caja junto con las tarjetas. Todavía quiero conocer lugares, sentarme en cafés nuevos y disfrutar del mar. Quiero hacerlo con mis hijas, con mis amigas y también conmigo misma. Algunas cosas las viviré de una manera distinta a la que imaginamos, pero eso no significa que tenga que dejar de vivirlas... y seguiré sonriendo con lágrimas en los ojos imaginándolo junto a mí. Mi otra yo, hace tres años Si la Johanna de hoy pudiera sentarse a conversar con la de hace tres años, creo que ninguna de las dos podría imaginar todo lo que estaba por suceder. En 2023 celebré mis 50 años en Zihuatanejo, México. Viajamos solos por primera vez en mucho tiempo. Mi esposo decidió no ir a su tradicional viaje de pesca familiar para estar conmigo. Como no teníamos familia cerca, siempre nos turnábamos para viajar y cuidar a nuestras hijas, pero para entonces las dos ya estaban más grandes y en la universidad. La pasamos genial. Reímos, hicimos bromas, caminamos por la ciudad y vimos atardeceres juntos. Hablamos de nuestros próximos años, de viajar, de disfrutar lo que habíamos construido y de todos esos lugares que todavía queríamos conocer. Sentíamos que comenzaba una etapa diferente. No teníamos ni idea de lo que vendría. Al año siguiente, mi esposo pasó mi cumpleaños en San Diego, donde recibió siete semanas de radioterapia. Y el año pasado, ese mismo día, nos estábamos mudando a la casa de la playa. Por la noche, Tia Anita y mis hijas me tenían pastel, nuestros amigos nos ayudaron a conectar todo y de

  2. Oct 25

    Un año sin ti, 9,131 días contigo

    Lo que esconden las últimas veces  Las fechas que duelen, las señales que nos acompañan y aprender a no olvidarnos de nosotras mismas. Octubre siempre ha sido mi mes favorito. Me encanta el otoño: ver cómo cambian de color las hojas de los árboles, decorar la casa con calabazas, poner el difusor con olor a clavo y canela, y preparar esa sidra de manzana caliente que tomamos con mis hijas. Hay algo en esta época del año que siempre me ha hecho sentir que algo nuevo comienza. Antes nos hacía muchísima ilusión y contábamos los días. En casa mi familia preparaba misiones secretas y planes para mi cumpleaños, y era el mes del viaje de pesca de mi esposo con su papá, sus hermanos y sus amigos —una tradición que mantenía desde los 13 años—. También llegaban el aniversario de mi trabajo en la escuelita que tanto quería y nuestro aniversario de bodas. Pero desde el año pasado, octubre también se ha convertido en uno de los meses más difíciles para nosotras. Está lleno de recuerdos que todavía nos duele traer a la memoria o asimilar. Hoy todas esas fechas tienen otro significado. A ellas se suman el primer aniversario de su partida, el día en que dejamos nuestra casa después de 20 años y la despedida de Akira, nuestra perrita. Y, por supuesto, Halloween. Una fecha que le encantaba. Se la pasaba pensando en los disfraces que nos pondríamos al ir a pedir dulces con nuestras hijas y para recibir a los niños que tocaban a la puerta. Siempre me decía: «Pretzi, ¿cómo vamos a abrir la puerta sin disfraz? ¡Kids are going to think we are not fun!». Le fascinaba preguntarle a cada niño de qué venía disfrazado y reírse con ellos. Hoy miramos estas fechas con gratitud por todo lo vivido y las tradiciones que construimos, pero también con nostalgia por toda la vida que tuvimos que dejar ir. Su ausencia sigue aquí, más aún en los momentos que nos hacen sonreír. Últimamente he pensado mucho en las últimas veces. El último cumpleaños que celebramos juntos sin saber que sería el último. Su último viaje de pesca. El último abrazo, el último beso, el último paseo, el último deseo, la última tarjeta de cumpleaños y de aniversario que me regaló. Nuestro último disfraz juntos. La vida casi nunca nos avisa que estamos haciendo algo por última vez. Seguimos con la rutina, hacemos planes para el mes siguiente y pensamos que habrá otra oportunidad… hasta que un día ya no la hay. No escribo esto para vivir con miedo a que todo se termine. Lo pienso porque hoy miro de otra manera esos momentos que antes parecían tan normales: una conversación en la cocina, una cena cualquiera, un abrazo antes de salir de casa o esa canción que bailábamos en el patio mientras él hacía el BBQ y yo limpiaba la casa. Si pudiera volver un instante atrás —como en las películas, para tener un redo, un one more time— me aseguraría de estar presente al cien por ciento, con la mejor actitud y disfrutando cada segundo para decirle cuánto lo amo y lo afortunada que soy de haberlo tenido en mi vida, dejando atrás todo lo que al final no importaba. ¡Quién iba a pensar que esos instantes cotidianos terminarían convirtiéndose en recuerdos tan valiosos! Mis hijas grabaron aquel baile en el patio. Es un video de apenas unos segundos, pero hoy lo veo una y otra vez, con los ojos llenos de lágrimas y, al mismo tiempo, sonriendo al recordarlo y ver lo felices que fuimos con cosas tan simples. No quiero olvidarme de cómo se sentía nuestra vida, de esas pequeñas costumbres tan nuestras que terminaron construyendo nuestra historia y que hoy nos ayudan a mantener vivo su recuerdo. Si algo me ha enseñado este último año es que quiero estar más presente en mi propia vida. No siempre me resulta fácil; vivo con mil ideas en la cabeza, muchos proyectos , me gusta estar tomando cursos y leyendo libros. y ahora tengo una lista interminable de pendientes como madre cabeza de familia. Intento estar más presente y menos ausente en cada instante: con las personas que amo, las conversaciones que todavía podemos tener, un simple mensaje de texto con un «hola» y esos momentos cotidianos que hoy vivimos sin saber cuánto significarán para nosotros mañana. Recuerdo que me organizo una fiesta sorpresa en el mall donde teníamos nuestro restaurante al cual invitó a todas mis mejores amigas, pensé solo seriamos nosotros 4 ya que él trabajaría hasta cerrar, al llegar vi a un grupo de más de 15 personas allí. Señales y las tarjetas que guardé Esa semana fue de esas en las que parece que todo se junta. Fui a San Diego a llevar a mi hija a Urgencias, tenía varios pendientes por resolver y me hacía mucha ilusión participar en la carrera contra el cáncer de UC Irvine un día antes de mi cumpleaños. Llevaba una semana larga, manejando de un lado a otro. El sábado me levanté con dolor en las piernas y en los brazos, y supe que no iba a aguantar una carrera de 5K. Al día siguiente quería ir a San Diego a celebrar mi cumpleaños con mis hijas y acompañar a mi hija mayor a su competencia de regatas. Así que decidí no ir. No fue una decisión fácil. Llevaba semanas ilusionada, ya que quería hacerla por mi esposo, por mi hermano y por las personas que conozco que han luchado o siguen luchando contra esta enfermedad, y una parte de mí quería cumplir con todo lo que había planeado. Pero a veces, cuidarnos también significa aceptar que no podemos estar en todas partes ni hacerlo todo, y que tenemos que decirnos: “Hoy no se puede”. Entre los pendientes estaba renovar mi licencia de conducir. Tuve que ir a otra ciudad, ya que no había citas cerca de casa antes de que se venciera. El lugar estaba lleno y, cuando llegó mi turno en la ventanilla 12, la persona encargada tuvo que salir a su descanso. Antes de irse, buscó a alguien más para que pudiera ayudarme. Cuando me acerqué a la nueva ventanilla, me di cuenta de que era la número 11. Mi cumpleaños es el día 11. Puede parecer una coincidencia. Quizás lo sea. Pero desde hace un año, el 11, el 111 y el 1111 aparecen tanto en nuestras vidas que no podemos evitar detenernos cuando los vemos y sonreír: es como si él nos dijera “aquí estoy’. Ahora me he dado cuenta de que estos números nos han rodeado siempre; los tenemos en nuestros números de teléfono, identificaciones, en la tarjeta de Costco de hace 24 años y hasta en las cuentas nuevas que he tenido que abrir. No necesitamos explicarlo. Para nosotras, es una manera de sentir que él sigue aquí acompañándonos y recordándonos que nos extraña tanto como nosotras a él. Aunque no entendamos del todo el nuevo lenguaje con el que trata de comunicarse con nosotras, estamos aprendiendo a ver las señales. Sonreí y le dije a la persona de la ventanilla: “You made my day”. Me miró sorprendida; yo simplemente le devolví la sonrisa y seguí con el trámite. Salí de allí pensando en esas pequeñas cosas que, aunque para los demás pueden no significar nada, a nosotras nos alegran el día. Quizás por eso terminé revisando las tarjetas de cumpleaños que me regaló durante tantos años. Las guardamos todas. Hace tiempo preparé una caja para cada uno, porque las tarjetas siempre han sido especiales para nosotros. Hoy son mucho más que recuerdos: para mis hijas y para mí, son una manera de volver a escuchar su voz y recordar cuánto nos amó. Volví a leerlas, desde la primera tarjeta que me regaló cuando yo vivía en Los Ángeles y él en San Francisco. Las he guardado por años, pero no las había leído en mucho tiempo. Volver a leerlas una a una era como recorrer nuestra historia nuevamente, cada año en una etapa diferente, y volver a escuchar su voz diciéndome cuánto me amaba, lo importante que éramos para él, cómo adoraba estar en nuestro hogar y lo afortunado que se sentía de tenerme como su esposa y su mejor amiga. Me reiteraba que, juntos, podíamos contra todo. Me quedé pensando en esa frase. Las cosas más sencillas son ahora nuestros grandes tesoros. Nosotros teníamos tantos planes: viajar, envejecer juntos, vivir cerca de la playa, trabajar en nuestra organización y descubrir cafecitos por el camino. Planes sencillos, de esos que se construyen conversando mientras imaginamos cómo será la vida dentro de unos años. Y aunque muchos de esos planes ya no podrán suceder como los imaginamos, no quiero que se queden guardados en una caja junto con las tarjetas. Todavía quiero conocer lugares, sentarme en cafés nuevos y disfrutar del mar. Quiero hacerlo con mis hijas, con mis amigas y también conmigo misma. Algunas cosas las viviré de una manera distinta a la que imaginamos, pero eso no significa que tenga que dejar de vivirlas... y seguiré sonriendo con lágrimas en los ojos imaginándolo junto a mí. Mi otra yo, hace tres años Si la Johanna de hoy pudiera sentarse a conversar con la de hace tres años, creo que ninguna de las dos podría imaginar todo lo que estaba por suceder. En 2023 celebré mis 50 años en Zihuatanejo, México. Viajamos solos por primera vez en mucho tiempo. Mi esposo decidió no ir a su tradicional viaje de pesca familiar para estar conmigo. Como no teníamos familia cerca, siempre nos turnábamos para viajar y cuidar a nuestras hijas, pero para entonces las dos ya estaban más grandes y en la universidad. La pasamos genial. Reímos, hicimos bromas, caminamos por la ciudad y vimos atardeceres juntos. Hablamos de nuestros próximos años, de viajar, de disfrutar lo que habíamos construido y de todos esos lugares que todavía queríamos conocer. Sentíamos que comenzaba una etapa diferente. No teníamos ni idea de lo que vendría. Al año siguiente, mi esposo pasó mi cumpleaños en San Diego, donde recibió siete semanas de radioterapia. Y el año pasado, ese mismo día, nos estábamos mudando a la casa de la playa. Por la noche, Tia Anita y mis hijas me tenían pastel, nuestros amigos nos ayudaron a conectar todo y de

  3. Oct 17

    Lo que esconden las últimas veces

    Lo que esconden las últimas veces  Las fechas que duelen, las señales que nos acompañan y aprender a no olvidarnos de nosotras mismas. Octubre siempre ha sido mi mes favorito. Me encanta el otoño: ver cómo cambian de color las hojas de los árboles, decorar la casa con calabazas, poner el difusor con olor a clavo y canela, y preparar esa sidra de manzana caliente que tomamos con mis hijas. Hay algo en esta época del año que siempre me ha hecho sentir que algo nuevo comienza. Antes nos hacía muchísima ilusión y contábamos los días. En casa mi familia preparaba misiones secretas y planes para mi cumpleaños, y era el mes del viaje de pesca de mi esposo con su papá, sus hermanos y sus amigos —una tradición que mantenía desde los 13 años—. También llegaban el aniversario de mi trabajo en la escuelita que tanto quería y nuestro aniversario de bodas. Pero desde el año pasado, octubre también se ha convertido en uno de los meses más difíciles para nosotras. Está lleno de recuerdos que todavía nos duele traer a la memoria o asimilar. Hoy todas esas fechas tienen otro significado. A ellas se suman el primer aniversario de su partida, el día en que dejamos nuestra casa después de 20 años y la despedida de Akira, nuestra perrita. Y, por supuesto, Halloween. Una fecha que le encantaba. Se la pasaba pensando en los disfraces que nos pondríamos al ir a pedir dulces con nuestras hijas y para recibir a los niños que tocaban a la puerta. Siempre me decía: «Pretzi, ¿cómo vamos a abrir la puerta sin disfraz? ¡Kids are going to think we are not fun!». Le fascinaba preguntarle a cada niño de qué venía disfrazado y reírse con ellos. Hoy miramos estas fechas con gratitud por todo lo vivido y las tradiciones que construimos, pero también con nostalgia por toda la vida que tuvimos que dejar ir. Su ausencia sigue aquí, más aún en los momentos que nos hacen sonreír. Últimamente he pensado mucho en las últimas veces. El último cumpleaños que celebramos juntos sin saber que sería el último. Su último viaje de pesca. El último abrazo, el último beso, el último paseo, el último deseo, la última tarjeta de cumpleaños y de aniversario que me regaló. Nuestro último disfraz juntos. La vida casi nunca nos avisa que estamos haciendo algo por última vez. Seguimos con la rutina, hacemos planes para el mes siguiente y pensamos que habrá otra oportunidad… hasta que un día ya no la hay. No escribo esto para vivir con miedo a que todo se termine. Lo pienso porque hoy miro de otra manera esos momentos que antes parecían tan normales: una conversación en la cocina, una cena cualquiera, un abrazo antes de salir de casa o esa canción que bailábamos en el patio mientras él hacía el BBQ y yo limpiaba la casa. Si pudiera volver un instante atrás —como en las películas, para tener un redo, un one more time— me aseguraría de estar presente al cien por ciento, con la mejor actitud y disfrutando cada segundo para decirle cuánto lo amo y lo afortunada que soy de haberlo tenido en mi vida, dejando atrás todo lo que al final no importaba. ¡Quién iba a pensar que esos instantes cotidianos terminarían convirtiéndose en recuerdos tan valiosos! Mis hijas grabaron aquel baile en el patio. Es un video de apenas unos segundos, pero hoy lo veo una y otra vez, con los ojos llenos de lágrimas y, al mismo tiempo, sonriendo al recordarlo y ver lo felices que fuimos con cosas tan simples. No quiero olvidarme de cómo se sentía nuestra vida, de esas pequeñas costumbres tan nuestras que terminaron construyendo nuestra historia y que hoy nos ayudan a mantener vivo su recuerdo. Si algo me ha enseñado este último año es que quiero estar más presente en mi propia vida. No siempre me resulta fácil; vivo con mil ideas en la cabeza, muchos proyectos , me gusta estar tomando cursos y leyendo libros. y ahora tengo una lista interminable de pendientes como madre cabeza de familia. Intento estar más presente y menos ausente en cada instante: con las personas que amo, las conversaciones que todavía podemos tener, un simple mensaje de texto con un «hola» y esos momentos cotidianos que hoy vivimos sin saber cuánto significarán para nosotros mañana. Recuerdo que me organizo una fiesta sorpresa en el mall donde teníamos nuestro restaurante al cual invitó a todas mis mejores amigas, pensé solo seriamos nosotros 4 ya que él trabajaría hasta cerrar, al llegar vi a un grupo de más de 15 personas allí. Señales y las tarjetas que guardé Esa semana fue de esas en las que parece que todo se junta. Fui a San Diego a llevar a mi hija a Urgencias, tenía varios pendientes por resolver y me hacía mucha ilusión participar en la carrera contra el cáncer de UC Irvine un día antes de mi cumpleaños. Llevaba una semana larga, manejando de un lado a otro. El sábado me levanté con dolor en las piernas y en los brazos, y supe que no iba a aguantar una carrera de 5K. Al día siguiente quería ir a San Diego a celebrar mi cumpleaños con mis hijas y acompañar a mi hija mayor a su competencia de regatas. Así que decidí no ir. No fue una decisión fácil. Llevaba semanas ilusionada, ya que quería hacerla por mi esposo, por mi hermano y por las personas que conozco que han luchado o siguen luchando contra esta enfermedad, y una parte de mí quería cumplir con todo lo que había planeado. Pero a veces, cuidarnos también significa aceptar que no podemos estar en todas partes ni hacerlo todo, y que tenemos que decirnos: “Hoy no se puede”. Entre los pendientes estaba renovar mi licencia de conducir. Tuve que ir a otra ciudad, ya que no había citas cerca de casa antes de que se venciera. El lugar estaba lleno y, cuando llegó mi turno en la ventanilla 12, la persona encargada tuvo que salir a su descanso. Antes de irse, buscó a alguien más para que pudiera ayudarme. Cuando me acerqué a la nueva ventanilla, me di cuenta de que era la número 11. Mi cumpleaños es el día 11. Puede parecer una coincidencia. Quizás lo sea. Pero desde hace un año, el 11, el 111 y el 1111 aparecen tanto en nuestras vidas que no podemos evitar detenernos cuando los vemos y sonreír: es como si él nos dijera “aquí estoy’. Ahora me he dado cuenta de que estos números nos han rodeado siempre; los tenemos en nuestros números de teléfono, identificaciones, en la tarjeta de Costco de hace 24 años y hasta en las cuentas nuevas que he tenido que abrir. No necesitamos explicarlo. Para nosotras, es una manera de sentir que él sigue aquí acompañándonos y recordándonos que nos extraña tanto como nosotras a él. Aunque no entendamos del todo el nuevo lenguaje con el que trata de comunicarse con nosotras, estamos aprendiendo a ver las señales. Sonreí y le dije a la persona de la ventanilla: “You made my day”. Me miró sorprendida; yo simplemente le devolví la sonrisa y seguí con el trámite. Salí de allí pensando en esas pequeñas cosas que, aunque para los demás pueden no significar nada, a nosotras nos alegran el día. Quizás por eso terminé revisando las tarjetas de cumpleaños que me regaló durante tantos años. Las guardamos todas. Hace tiempo preparé una caja para cada uno, porque las tarjetas siempre han sido especiales para nosotros. Hoy son mucho más que recuerdos: para mis hijas y para mí, son una manera de volver a escuchar su voz y recordar cuánto nos amó. Volví a leerlas, desde la primera tarjeta que me regaló cuando yo vivía en Los Ángeles y él en San Francisco. Las he guardado por años, pero no las había leído en mucho tiempo. Volver a leerlas una a una era como recorrer nuestra historia nuevamente, cada año en una etapa diferente, y volver a escuchar su voz diciéndome cuánto me amaba, lo importante que éramos para él, cómo adoraba estar en nuestro hogar y lo afortunado que se sentía de tenerme como su esposa y su mejor amiga. Me reiteraba que, juntos, podíamos contra todo. Me quedé pensando en esa frase. Las cosas más sencillas son ahora nuestros grandes tesoros. Nosotros teníamos tantos planes: viajar, envejecer juntos, vivir cerca de la playa, trabajar en nuestra organización y descubrir cafecitos por el camino. Planes sencillos, de esos que se construyen conversando mientras imaginamos cómo será la vida dentro de unos años. Y aunque muchos de esos planes ya no podrán suceder como los imaginamos, no quiero que se queden guardados en una caja junto con las tarjetas. Todavía quiero conocer lugares, sentarme en cafés nuevos y disfrutar del mar. Quiero hacerlo con mis hijas, con mis amigas y también conmigo misma. Algunas cosas las viviré de una manera distinta a la que imaginamos, pero eso no significa que tenga que dejar de vivirlas... y seguiré sonriendo con lágrimas en los ojos imaginándolo junto a mí. Mi otra yo, hace tres años Si la Johanna de hoy pudiera sentarse a conversar con la de hace tres años, creo que ninguna de las dos podría imaginar todo lo que estaba por suceder. En 2023 celebré mis 50 años en Zihuatanejo, México. Viajamos solos por primera vez en mucho tiempo. Mi esposo decidió no ir a su tradicional viaje de pesca familiar para estar conmigo. Como no teníamos familia cerca, siempre nos turnábamos para viajar y cuidar a nuestras hijas, pero para entonces las dos ya estaban más grandes y en la universidad. La pasamos genial. Reímos, hicimos bromas, caminamos por la ciudad y vimos atardeceres juntos. Hablamos de nuestros próximos años, de viajar, de disfrutar lo que habíamos construido y de todos esos lugares que todavía queríamos conocer. Sentíamos que comenzaba una etapa diferente. No teníamos ni idea de lo que vendría. Al año siguiente, mi esposo pasó mi cumpleaños en San Diego, donde recibió siete semanas de radioterapia. Y el año pasado, ese mismo día, nos estábamos mudando a la casa de la playa. Por la noche, Tia Anita y mis hijas me tenían pastel, nuestros amigos nos ayudaron a conectar todo y de

  4. Oct 8

    Hablemos de lo que callamos

    Hoy quiero hablarte de algo que creo que nos pasa a todos los padres. Sé que con mi esposo teníamos estas conversaciones casi a diario, y también las he tenido a través de los años con mi hermana, con amigas y mamás de amigos de mis hijas, pero normalmente es algo que rara vez discutimos en público. El miedo. Ese miedo que aparece desde el mismo día en que nos dicen que estamos embarazadas y que, de alguna manera, ya nunca desaparece. Solo cambia de forma. Cuando son bebés, nos levantamos en la madrugada para comprobar que están respirando, y cada llanto a medianoche nos deja sentadas en la cama. Es ese mismo miedo que nos sigue a través de sus vidas, en cada una de las etapas que empiezan a vivir y en las que tú ya no eres protagonista, ni el superhéroe que siempre llega al rescate, ahora eres solo un testigo. Después llega el momento de iniciar el colegio, y nos angustia pensar si llorarán cuando les digas adiós y debas irte, porque tú ya estás aguantando las lágrimas: * Si harán amigos. * Si tendrán a alguien con quien comer el snack. * Si alguien los trató mal. * Si se cayeron o alguien se burló de ellos. Te preocupas hasta que los recoges y vuelves a abrazarlos. Luego vienen las pijamadas. Y ahí empieza otro tipo de miedo: * ¿Quién más estará en esa casa? * ¿Quién llegará cuando tú ya te hayas ido? * ¿Hay hermanos mayores? ¿Hay piscina? ¿Hay armas? * ¿Realmente conocemos a los papás? Durante años, nosotros dijimos que no a muchas pijamadas. No porque quisiéramos criar a nuestras hijas dentro de una burbuja, sino porque sabíamos que no podíamos dejar la seguridad de nuestros hijos al azar solamente porque socialmente se espera que digas que sí. Muchas veces, la solución era hacer la pijamada en nuestra propia casa. Llegan los paseos del colegio, las idas al centro comercial para buscar ropa o ir al cine, las fiestas a las que ya no eres invitada —solo los dejas y te vas, o sus amigos vienen a recogerlos y dices adiós—, además el drama de los amigos que ya no quieren serlo y los dejan fuera del grupo. Después aprenden a manejar. Y aunque intentes disimularlo, cada vez que nuestros hijos salen en el carro les echas la bendición mil veces, pones velita y esperas ese mensaje: “Ya llegué. Estoy bien.” Luego los viajes con amigos, la universidad, las primeras decisiones importantes tomadas sin nosotros, las fiestas, los amigos, las relaciones, el alcohol, las drogas. Y de repente nos damos cuenta de algo que nadie nos enseña a manejar y para lo que no hay ningún tip que nos ayude a sentirnos mejor: ya no podemos estar ahí como mamá gallina. * Ya no podemos protegerlos físicamente. * Ya no podemos ser los primeros en llegar si algo sucede. * Ya no podemos controlar quién entra a una fiesta, cuánto beben, quién maneja o quién toma una decisión equivocada. Tenemos que confiar en lo que les hemos enseñado, en su intuición, en sus decisiones y en la relación que construimos con ellos durante todos estos años.. Quizás esa sea una de las partes más difíciles de ser padres: entender que proteger también significa aprender a soltar. Porque es precisamente ahí cuando quisiéramos que fueran pequeños de nuevo, cuando solo los arropamos y los ponemos a dormir para sentir que todo está bien. Pero ya no son pequeños, y nosotros ya no podemos ser los superhéroes que siempre llegan al rescate. Ahora somos testigos. Observamos desde lejos, cruzamos los dedos, rezamos, esperamos el mensaje de “ya llegué” y confiamos en aquellas cosas que hemos enseñado. Quizás por eso nos cuesta tanto dejarlos ir. El cubo de hielo y el tiempo que no se detiene Hace poco escuché a Mel Robbins hablar precisamente de esto en uno de sus podcasts. Utilizaba una imagen muy sencilla: un cubo de hielo que dejamos sobre el mesón en la cocina. El hielo se está derritiendo, y aunque queramos detenerlo, no podemos. Así pasa con el tiempo. El tiempo se nos escurre entre las manos sin darnos cuenta. Cuando son pequeños queremos que sean grandes, y cuando son grandes, que vuelvan a ser pequeños. Ella comparte una manera de mirar los años que pasamos físicamente con nuestros hijos, que me hizo pensar mucho: cuando tienen alrededor de 12 años el cubo de hielo se ha derretido un 75%, gran parte del tiempo que tendremos físicamente con ellos ya ha pasado. Cuando llegan a la universidad, queda todavía menos de un 10% de convivencia diaria con ellos. ¿Te imaginas? No podemos volver a congelar los cubitos ni el tiempo, así que aprovéchalos si aún puedes hacerlo. No podemos acompañarlos a todas partes. No podemos controlar a las personas que conocerán. Ni evitarles todas las decepciones, las lágrimas, los errores o los corazones rotos. Y definitivamente no podemos construirles un mundo donde nunca exista el peligro. Ojalá pudiéramos. Pero no podemos. Lo que sí podemos hacer es prepararlos para vivir en este mundo: * Cuando son pequeños, los protegemos. * Después enseñamos. * Más adelante escuchamos. Y finalmente solo nos queda confiar en lo que hemos compartido con ellos y en lo que hemos sembrado a través de los años. Una conversación que no podemos seguir evitando Hace poco mis hijas estaban hablando de unas noticias que habían visto en redes sociales. Y mientras las escuchaba, pensé en algo que me cuesta incluso escribir, porque esto no empezó esta semana, ni en una universidad, ni con las redes sociales, ni con #MeToo. Las mujeres llevamos décadas hablando —muchas veces en voz baja— de situaciones de acoso, abuso, agresión y violencia sexual. Si nos sentáramos alrededor de una mesa entre mujeres y comenzáramos a hablar de verdad, probablemente descubriríamos que conocemos a más Janes Doe de las que imaginamos: una amiga, una hermana, una compañera de trabajo, una conocida, una familiar y posiblemente nosotras mismas. Alguien que nunca contó lo que le pasó, a quien no le creyeron, o que sintió vergüenza y miedo de que el mundo se volviera en su contra. Y muchas veces, antes de preguntar “¿Qué te hicieron?”, el mundo pregunta: * ¿Qué tenías puesto? * ¿Cuánto habías tomado? * ¿Por qué estabas ahí? * ¿Por qué no dijiste que no? Preguntas que terminan colocando sobre la persona agredida la responsabilidad de lo que otra persona decidió hacer. El movimiento #MeToo hizo visible en una escala enorme algo que llevaba décadas ocurriendo en silencio; lo que cambió fue que muchas mujeres finalmente comenzaron a sentirse acompañadas para hablar. Y todavía tenemos mucho camino por recorrer y cosas que aprender. ¿Cómo los protegemos sin cortarles las alas? Esta pregunta se volvió todavía más personal para mi cuando nuestras hijas comenzaron a crecer. Porque una parte de mi quería envolverlas en plástico de burbujas, pero otra sabía que no quería enseñarles a vivir aterradas del mundo. Nosotros queríamos que conocieran el mundo, que viajaran, que estudiaran donde quisieran, que bailaran, que se enamoraran, que se equivocaran y que vivieran la vida a su manera. Queríamos enseñarles a cuidarse, pero también a confiar en su intuición. Y eso empieza mucho antes de la universidad. Empieza en casa: * Desde pequeñas les enseñamos que su cuerpo les pertenece. * Que no tenían que dar un beso o un abrazo solo por “buena educación” si algo las hacía sentir incómodas. * Que podían decir que no, irse y contárnoslo todo. Y cuando llegaron a la universidad, especialmente estando lejos de casa, ya no podíamos estar físicamente ahí. Nos tocó confiar en las conversaciones de la cocina, en el carro, en los valores que tenemos como familia y en algo muy importante: que supieran que nuestra casa siempre sería un lugar seguro para volver. El pacto de las 3:00 de la mañana Antes de soltarlas al mundo real, nosotros hicimos un pacto claro y sin condiciones, y les dijimos: “Si alguna vez estás en un lugar donde no te sientes segura, me llamas. Si bebiste demasiado, me llamas. Si tus amigos están en problemas, me llamas. Si te dejan sola, me llamas. Si alguien cruzó un límite, me llamas. Si cometiste un error, me llamas. Si tienes miedo, me llamas. Si son las 3:00 de la mañana, me llamas.” (O a la hora que fuera). Ellas sabían que si estábamos cerca iríamos a buscarlas, y si no, encontraríamos la manera de solucionar la situación. Y dejamos algo muy claro: no pediríamos explicaciones en ese momento. Primero estarían a salvo; después hablaríamos. Porque si nuestros hijos tienen miedo de llamarnos porque temen que los juzguemos antes de ayudarlos, terminarán llamando a alguien más... o a nadie. Y nosotros preferimos mil veces recibir una llamada a las 3:00 de la mañana que descubrir al día siguiente que necesitaban ayuda y tuvieron miedo de llamarnos, cómo veían que sucedía con otros amigos. El código de las chicas También aprendimos que cuando están lejos de casa, sus amigos y amigas se convierten en una red vital de seguridad. Mis hijas nos contaban que entre ellas se cuidaban (no one gets left behind). Además pueden llamar al campus patrol de la Universidad, si necesitan ayuda. Por eso debemos recordarles que: * Lleguen juntas y estén pendientes unas de otras. * Presten atención a sus bebidas todo el tiempo. * No dejen sola a una amiga que no se siente bien. * Tengan una palabra, un código, un mensaje o un emoji que signifique: “Necesito que vengas por mí, que me ayudes.” * Si una amiga está en peligro, buscar ayuda no es traicionarla; guardar silencio ante una situación peligrosa nunca es lealtad. Lo que nos toca enseñar: consentimiento y límites claros Enseñarles a cuidarse también implica hablar con absoluta claridad sobre el consentimiento, tanto con nuestras hijas como con nuestros hijos: * Un “NO” es suficiente y no necesita explicación. * Un “SI” puede cambiar; una persona puede cambiar de opinión. * El silencio no es consentimiento. * Una persona

  5. Sep 28

    El otoño, las hojas que caen y los recuerdos que se quedan

    ¿Recuerdas qué estabas haciendo hace un año? En estos días me he puesto a pensar y a recordar qué estaba sucediendo en nuestra vida hace un año. De hecho, desde que falleció mi esposo es una pregunta que constantemente pasa por mi mente. A veces miro fotos de aquellos días, busco las tarjetas, sus correos y los mensajes que nos enviamos, intentando conectar con lo que era y pasaba en esos momentos de nuestras vidas. Porque el tiempo pasa y pasa; a veces pensamos que va muy lento y otras, demasiado rápido. Algunas cosas se quedan grabadas en nuestra mente, mientras que otras simplemente se desvanecen hasta que un detalle o una foto las trae de vuelta. Como en la película Inside Out —la que vimos cuando mis hijas eran pequeñas—, a veces queremos aferrarnos a cada memoria a esos core memories para que nunca desaparezcan ni sean reemplazadas. Pensamos que el tiempo es indefinido, que tenemos la vida entera por delante y, por eso, dejamos tantas cosas para después. Pero la realidad, esa que a veces evitamos mirar, es que en cuestión de segundos todo puede dar un giro completo. En un instante, lo que creías que era tu realidad, lo que planeábamos y queríamos el año pasado, nuestros sueños y proyectos se desmoronaron en un abrir y cerrar de ojos. Sin llegar a imaginarnos que lo que empacamos para llevar a nuestro próximo destino, aquel lugar que estábamos mirando en la playa, en un instante dejó de ser relevante e importante, ya que esa vida que pensábamos ya no se daría. El último escalón y la decisión de volver a casa Hace un año, por este mes, ya habíamos estado en el hospital por 12 días. Llevamos con mi hija a mi esposo a emergencias en San Francisco, ya que no lo veíamos muy bien. Llegamos a UCSF pasada la medianoche; mi hija debía regresar a trabajar al día siguiente y yo me quedé en el hospital con él. Tuvimos un equipo de casi 30 personas que entraban y salían de todas partes, y exámenes de todo tipo en las siguientes 24 horas. Finalmente nos dijeron que debía quedarse hospitalizado. Así fue como durante dos semanas, después de ir a trabajar todo el día con mi hija, en las noches íbamos a San Francisco a visitarlo, llevando sorpresas y avisos que dejábamos en las paredes de su habitación, y pasábamos los fines de semana con él. Queríamos que supiera cuánto lo extrañábamos y darle ánimo, ya que nunca le gustaron los hospitales. Durante ese tiempo vimos televisión juntos, hablamos de todo; desde su habitación en la esquina se podía ver un tris del Golden Gate Bridge en los días que no estaban nublados. Recuerdo cómo tía Anita iba a visitarlo, le llevaba regalos y nos dejaba sopa de pollo para no tener que cocinar al llegar a casa. Estábamos muy ilusionados porque ya estábamos listos para empezar su siguiente tratamiento, los open house de nuestra casa ya habían terminado por fin, y ya teníamos varias ofertas en la venta de la casa para revisar, con la idea de mudarnos a vivir a Carlsbad, cerca de la playa y de nuestras hijas, como lo estábamos planeando desde el último año. Lo que no sabíamos era que a la semana después de salir del hospital, en la cita con su doctor, él nos diría que desafortunadamente ya no se haría el siguiente tratamiento, que no había más que él pudiera hacer y que nos enviaba a hospicio. Recuerdo que mi esposo le preguntó cuánto tiempo le quedaba; el doctor no le contestó eso, solo le dijo: “Desde que eres mi paciente siempre has mencionado el ir a vivir a la playa, y creo que este es el momento de hacerlo, pronto y sin pensarlo”. No dejamos una piedra sin voltear Recuerdo que al salir corriendo por mi carro al parqueadero para ir a recogerlo, con los ojos llenos de lágrimas, pensaba a quién podría llamar a contarle. Llamé a mi amiga E, quien había sido parte de nuestro día a día desde hacía tiempo. En el camino a casa no creo que habláramos mucho más allá de a quiénes quería que les compartiera las noticias; me dio los nombres de las 5 personas que estuvieron a nuestro lado durante este tiempo. Pensábamos en cómo se lo diríamos a nuestras hijas y todo lo que debíamos dejar listo. Estábamos en shock, no esperábamos esta noticia, no ahora, estábamos tratando de procesarlo y aún con la idea de que podíamos hacer algo, como lo habíamos hecho desde que todo esto empezó 20 meses antes. Ahora pienso en todas las opiniones y cosas que probamos, en todos los correos y mensajes a medianoche, o a cualquier hora del día que nos enviabamos, con cosas que leíamos, aprendíamos, encontrábamos, nos habían dicho, etc.; todos los libros que leímos, los suplementos, ejercicios, terapias, las citas con doctores en Colombia, México y Francia, además de todas las opiniones médicas en el área de la Bahía y en el sur de California, a donde viajamos constantemente. Como diría él: «No dejamos una piedra sin voltear». Nos prometimos no darnos por vencidos y hacer lo que estuviera en nuestras manos. Él y yo sabemos todo lo que hicimos e intentamos, y por eso sabíamos en el corazón que ya no teníamos más que hacer y que esta batalla la habíamos perdido. Al siguiente día firmamos la oferta de la casa y la vendimos; sabíamos que ya no debíamos posponer cosas y empezamos a preparar toda la parte legal y financiera. Recuerdo que me dijo: «Pretzi, lo siento...», porque él sabía lo que se venía y me veía corriendo con la venta de la casa, mi trabajo, los trámites, papeles, nuestras hijas y el hospicio. Un día, mientras amarraba sus zapatos, me dijo que lo llevara al hospital, así cuidarían de él. Lo miré a los ojos y le dije: ¿No estarías haciendo tú esto por mí? Me miró y me dijo: —Sí. Le dije: —Entonces olvídalo; si no necesitas ir al hospital, nosotras nos encargaremos de cuidarte. El aprendizaje a fuerza de amor y el adiós a la casa En los siguientes días, solicité licencia en mi trabajo para quedarme en casa y ser su cuidadora (caregiver) 24/7. Los doctores y enfermeras empezaron a llegar; recibí la silla de ruedas, el tanque de oxígeno y las medicinas que me explicaban cómo usar «en caso de...». Al parecer, para esta etapa de la vida no necesitas ningún entrenamiento médico; simplemente te toca aprender a mantenerlos cómodos, como me decían. Dos días antes de la cita con el doctor había sido el cumpleaños de nuestra hija menor. Sabíamos que debíamos traerla ese fin de semana para darle la noticia, tal como nos había pedido. Así que, después de cantar su cumpleaños, su dada le dijo lo que el médico nos había dicho: de inmediato se acabó la celebración y las dos solo querían pasar tiempo a su lado. Como ella me decía hace unas semanas, eso es lo que más recuerda de aquel cumpleaños número 20: cómo su dada le dijo que ya no quedaba mucho tiempo y que sería su último cumpleaños juntos. A pesar de todo, ella decidió regresar a la universidad, motivada por llamarlo por FaceTime para contarle que estaba estudiando mucho y sacando A’s. Ver la sonrisa de él escuchándola hablar era el momento más feliz del día. Viajaba de regreso a casa cada fin de semana, trayendo un nuevo peluche para dejar a su lado; los tres se quedaban dormidos en el sofá viendo películas juntos como antes, sin imaginar que solo serían dos viajes más antes de que él falleciera, tres semanas después de ingresar a hospicio. Al mismo tiempo, preparaba nuestra casa para entregarla tras venderla, con solo 30 días para desocupar. Esa misma casa que vio celebrar casi 20 años de cumpleaños con fiestas temáticas —desde Toy Story hasta la fiesta disco, la favorita de mi esposo, para la que hice un disco ball que él me decía que era otra extravaganza súper feliz, reviviendo sus años 70, prestándoles sus casetes, juegos y discos en vinilo, además de hacer el playlist de la fiesta para ella—. Recordamos todas las ocasiones especiales: ir a cortar el árbol de Navidad en Los Gatos, cuando les enseñó a montar en bicicleta, patines, scooters y a manejar; el vecindario donde practicábamos para correr los 5K, las barbacoas, los cambios de uniforme y de colegio. Aquella donde hi… This is a public episode. If you would like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit johannarenace.substack.com

  6. Sep 23

    El arte de enfrentar los miedos y volver a empezar

    ¿Cuántas cosas cotidianas de nuestra vida pasan desapercibidas? Esas que dejamos pendientes por miedo, o las que posponemos porque nos aterra enfrentarnos a lo desconocido, a tomar riesgos, a conocer gente o lugares nuevos, o preguntarnos qué vamos a comenzar a construir otra vez cuando nos toca reinventarnos, pensando que el tiempo es infinito. A veces la vida te empuja a lo que podría llamarse el miedo a la aventura. Tener la página en blanco para lo que será nuestra nueva vida y esta nueva etapa da muchísimo miedo; aun así, por dentro algo grita: no quiero, no puedo, no sabes por lo qué estoy pasando. Te rehúsas a querer salir a un nuevo mundo, a ese lugar que ya no se parece en nada a cómo pensabas que era la vida, tu vida. Lo más extraño es ver que todo a tu alrededor sigue exactamente igual; todos seguimos en lo nuestro cuando nuestras realidades no se ven directamente afectadas por la ausencia de esas personas que hacen parte de nuestro círculo 24/7. Las vidas y rutinas continúan, hacemos check-ins y seguimos adelante. Es la naturaleza y la realidad de la vida: cada quien en su propio mundo. Y de pronto, te encuentras ahí, con la página en blanco, iniciando un camino sin saber exactamente a dónde vas. Como decía el personaje de Sócrates en el libro El guerrero pacífico de Dan Millman, ese es un buen camino, porque aun sin saber cómo, tenemos la capacidad de volver a empezar. Afrontar esto remueve todo. Durante muchos años decía “sí” cuando en realidad quería decir “no”, estirándome más de lo que necesitaba y buscando siempre estar disponible. Hoy reconozco que muchas veces me imponía tareas, pensando que alguien haría lo mismo por mí. Pero la vida me sacudió mi zona de confort de una forma tan profunda que hoy, al mirar atrás, sigo intentando recoger lo que quedó y asimilar la magnitud de nuestra pérdida. El reto de enfrentar los miedos y aprender a saltar Hace unos años conocí el proyecto de Michelle Poler “100 Days Without Fear” (100 días sin miedo). En su TED Talk (ver aquí), ella habla de cómo durante 100 días enfrentó cada uno de sus miedos, lo cual resonó tanto conmigo que ordené su libro Hello Fears para mí y para mis hijas. Al leerlo me preguntaba cuántos miedos he atravesado y cuántos me faltan, viendo cómo sigo acá de pie, preguntándome: ¿qué es lo peor que puede pasar si no lo hago? Y como ella dice en su libro: ¿Cuál es la mejor parte de lo que puede pasar? Cuando la vida sacudió mi seguridad, mi identidad y mi hogar, ella misma decidió cuál era mi nuevo camino, obligándome a empezar de nuevo. Me quedé en shock, confundida, congelada y con miedo a todo: a tomar decisiones o a no tomarlas, a decir sí o no, a mirar hacia un futuro que ya no reconoces. Ser valiente no es no tener miedo, sino tener el coraje de actuar a pesar de él. A lo largo de mi vida he tomado saltos de fe increíbles, cruzando los dedos y esperando el mejor resultado, y me he dado cuenta de que a veces las cosas que más queremos, soñamos y deseamos están solo a un acto y a un salto de valor de distancia. Creo que esto es lo que nos motivaba con mi esposo a seguir saltando y decir: ¿por qué no? Si no funciona, regresamos al lugar donde empezamos. Aunque no he hecho un reto de cien días, estos son algunos de los miedos que he tenido a lo largo de mi vida: * Renuncié al trabajo y a la carrera profesional que pensé haría por el resto de mi vida en publicidad. * Viajé a un nuevo país sola, sin conocer a nadie ni hablar el idioma, cargando solo con mis maletas y mis ahorros. * Sobrevivimos al miedo cuando nuestra primera hija nació por cesárea de emergencia y no respiró durante siete minutos. * Afronté el diagnóstico de artritis reumática a los 32 años, y en aquellos días en que despertaba sin poder moverme, mi esposo me ayudaba a rodar de la cama, a vestirme y a cuidar de lo que necesitábamos. * Superamos el miedo a una cirugía cerebral cuando le diagnosticaron un tumor, reinventándonos una y otra vez. * Tuvimos miedo cuando nuestras hijas decidieron ir a la universidad en otra ciudad, sabiendo que era tiempo de dejarlas volar. * Nos tomamos de la mano con fuerza ante su diagnóstico de cáncer, intentando todo lo que pudimos, por encima y por debajo de la mesa. * Tuvimos miedo cuando nos enviaron a hospicio y debimos decirle a nuestras hijas que esta batalla la habíamos perdido. * Tuve miedo de preguntarle, en nuestra última cita con el doctor, a quiénes quería ver y cuáles eran sus deseos finales. * Mi esposo y yo tuvimos miedo de despedirnos presentes y conscientes, hasta que ya no pudo decirlo sin palabras. * Tuve miedo de preguntarle qué harían nuestras hijas sin él, sin su guía, sin su amor... y tuve miedo de decirle que tenía miedo a vivir por el resto de mi vida sin él. El eco de la ausencia: Hoy, once meses después Y ahora, a 11 meses de su partida, he vivido con miedo todos los días: a tomar decisiones financieras, a ser una viuda, a no tener su validación o su primera llamada para todo. He llorado y sigo llorando mucho. Todavía cuento “5, 4, 3, 2, 1” para obligarme a salir de la cama, y me duermo diciéndole buenas noches a una respuesta que ya no llega. Me da miedo la soledad. Recuerdo que después de ver la película The Notebook nos imaginábamos envejeciendo juntos y disfrutando de nuestro retiro, viajando a esa lista de lugares que teníamos. Aún duele recordar lo que él le decía a nuestra hija mayor con un nudo en la garganta: “Lo siento por no estar con ustedes”, pensando en lo duro que habría sido para él perder a sus padres a los 20 y lo que significaria para ellas. Duele también recordar el miedo a tener que soltar su mano para siempre, su cremación, su entierro y el temor a olvidar su sonrisa, su voz, a él. Supongo que mi cortisol está por las nubes por todos los cambios tan radicales, mudanzas y el estrés acumulado. Solo pido que mi cuerpo sane físicamente, recupere la fuerza para caminar sin dolor y dejar atrás lo que pesa. Esto es temporal, y sé que mi cuerpo se pondrá fuerte otra vez. Lo que éramos y el amor que nos sostiene No éramos la familia perfecta; tuvimos nuestros desacuerdos, nuestros “sís” y nuestros “nos”, las fricciones del día a día como cualquier hogar. Pero al mirar con más detenimiento los detalles que mi esposo tenía con nosotras, su amor incondicional y nuestros rituales, nos damos cuenta de lo valioso y único que fue lo que construimos. Estábamos profundamente enamorados los unos de los otros. Como dice María José Flaqué en Regreso al hogar, necesitamos limpiar nuestro canal y abrir el corazón para estar conectadas con nuestra verdad. Pero a los 11 meses de su ausencia sé que hay dolores que no se superan del todo, vacíos que no se reemplazan o se llenan; solo aprendemos a llevarlos con nosotras. El duelo vive en la llamada que ya no podemos hacer, en los abrazos que quisiéramos darle y que nos diera cuando estamos felices, tristes o just because, y en las bromas que aún nos hacen reir y sus dichos que guardamos en nuestra lista para no olvidarlos. El camino del héroe tras la pérdida Escuchaba hace poco a Gaby Vargas hablar sobre el “camino del héroe” tras la pérdida de su esposo. Pensar en nuestra travesía así nos cambia la perspectiva: la vida nos empujó a cruzar el umbral hacia lo desconocido. Obligándonos a descubrir una resiliencia que ni nosotras sabíamos que teníamos. El héroe no es el que no tiene miedo, sino el que atraviesa el abismo un paso a la vez, cargando el amor como armadura. El tamaño del duelo es exactamente el tamaño del amor que nos tuvimos. El amor que no se va El amor no se acaba. Aunque ya no podamos abrazarlo, tenerlo en casa nos da paz. Sigo soltando, confío, y escojo dar el primer paso antes de preguntarme cómo hubiera sido si no lo intentaba. Pienso que esto es como cruzar un puente: aunque mi esposo no está sosteniendo mi mano como antes, tengo la certeza de que él ya saltó primero y está esperándome al otro lado con la mano extendida. En medio de todo este proceso, la vida también nos ha enseñado a mirar con otros ojos y con otra perspectiva cada día. Lo … This is a public episode. If you would like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit johannarenace.substack.com

  7. Sep 16

    On the road again: Cuando una persona puede cambiarlo todo

    “Small things really count; the simple things deliver the simple needs.” Los pequeños detalles cuentan de verdad; lo sencillo cubre lo esencial. ¡Wow, qué semana! Sin duda ha sido de esas en las que te preguntas si podemos simplemente brincárnosla y pasar a la siguiente. Con el calendario a tope y varios imprevistos que no dejaban otra alternativa más que navegar sobre la marcha, los días se llenaron al punto de hacerme pensar cuántos cafés —o cuántas tazas de paciencia— necesitaría para llegar al domingo. Sabía que debíamos viajar a San José para citas de seguimiento que no se pueden mover, así que traté de acomodar todo lo demás alrededor de eso para poder chulear varias cosas de mi lista de pendientes, incluyendo ir por fin a recoger las bicicletas que nos regaló mi esposo y que aún estaban allá. El plan inicial era salir en la madrugada del viernes para estar a las 10 a.m. en San José. Mi hija tomaría el tren desde su universidad y llegaría a casa para salir, pero con las alertas de fuertes vientos y oleaje en el sur de California, muchos trayectos fueron cerrados o desviados en autobuses. Pensar en ella lidiando sola de noche con rutas que no conocía, después de un día de trabajo y clases, me dio más estrés y, como toda mamá gallina, decidí ir por ella. Siguiendo mi instinto como lo he hecho desde que este nuevo camino empezó, dejé todo lo que estaba haciendo y, en la noche, manejé la hora y media de ida, y ella la de regreso a casa. El resto del horario ya se acomodaría; como dicen, primero lo primero. Abrazos en el camino que recargan el alma Aprovechando un par de breaks que tenía entre las citas de mi hija, decidí enviar un mensajito a un par de amigas que estaban en mi ruta. Tenía la firme intención de ir recogiendo por el camino esos abrazos que tanto he extrañado desde que nos mudamos. Me dio mucha emoción saber que nos veríamos, así fuera unos minutos. En mi primera parada me encontré con dos personas muy especiales que conocí en la escuelita donde trabajé y que han sido incondicionales desde el primer día: llenándome de detalles, cariño y ayudándonos incluso con la mudanza y todo lo que necesitábamos. Hemos seguido en contacto, y sabía que tenía que hacer un espacio para vernos. Hablamos como en los viejos tiempos, nos actualizamos en nuestras vidas y, al despedirme, una de ellas me entregó una bolsa con aguas frías —¡cómo si hubiera leído mi mente de que sería mi siguiente parada!— y una deliciosa ensalada que había preparado pensando en mi largo camino. Al mirar la bolsa en el carro con las aguas y la ensalada súper variada, hecha con tanto detalle y con todo lo que podríamos necesitar en nuestro road trip (¡hasta el Tajín!), se me aguaron los ojos y agradecí por mis real ones, aquellas personas que nos leen la mente, van más allá sin la necesidad de pedirlo ni esperarlo; solo les nace hacerlo por el cariño que te tienen. Aquella ensalada fue nuestro snack perfecto entre parada y parada. Gracias M. Seguí hacia uno de mis lugares favoritos para ver a mi amiga Y. Nos conocemos desde que mi hija mayor estaba en sexto grado y desde el primer momento hicimos clic. Aunque después hayamos pasado por otros colegios y diferentes universidades, seguimos en contacto. Ella tiene un canal de YouTube súper exitoso y somos accountable partners de nuestros negocios en línea. Al encontrarnos, me compartió que una de sus mejores amigas de la secundaria había fallecido recientemente y que acababa de regresar de su país de origen tras despedirla. Hablamos como en los viejos tiempos, pero con una mentalidad distinta, ahora apreciando aún más el valor real del tiempo, de las verdaderas amistades y de nosotras mismas como mujeres. Ver cómo la vida nos ha llevado por caminos diferentes nos hizo darnos cuenta de lo importante que es vivir presentes y rodeadas de lo que llene nuestros tanques de amor, las clases de Zumba y los cafecitos de un par de horas cuando voy de visita; nos propusimos empezar la tradición de hacer un viaje juntas al menos una vez al año. Nos abrazamos como mil veces, nos dijimos hasta pronto y seguí mi ruta recogiendo abrazos. Nostalgia en la playa y señales que abrazan Luego fui a recoger a mi hija para nuestra siguiente cita y, bueno, el mood estaba un poco down. A veces las cosas simplemente no salen como planeábamos, y es difícil procesarlo, más aún cuando tienes 20 años. Ya el día estaba súper largo y debíamos manejar a la playa donde nos quedaríamos esa noche, pero aún me faltaba una parada más. Le escribí a mi amiga I. y le comenté que pararía a poner gasolina; de inmediato, me contestó: “¿Quieres un abrazo en la estación?”. Por supuesto que SI, le dijé. Vernos unos minutos, reírnos y hablar sin filtros recordando a nuestros soulmates en el cielo hizo que el viaje cobrará otro brillo. ¡Hasta hicimos pinky promise para ser pen pals de ahora en adelante y enviarnos cartas escritas a mano como en los viejos tiempos! Luego, manejar hacia la playa fue recorrer la misma ruta que durante las semanas de hospicio y las navidades manejamos una y otra vez. Cada esquina y cada curva guarda memorias de cómo nuestra vida dio un giro total sin saber lo que venía ni a dónde nos llevaría. Amistades que trascienden en el tiempo Llegamos a la casa de una de las mejores amigas de mi hija de la secundaria. Con mis hijas hablamos mucho de las amistades: las de su dada, las mías a través de la distancia y el tiempo, y las que ellas están formando y conociendo. Mis hijas decían cómo les gustaba regresar a casa después de un tiempo en la Universidad, porque era como recargarse de good vibes, viendo a los amigos de siempre que se reencuentran, sin importar las distancias universitarias. En su casa cenamos; entre risas y postre estuvimos recordando fiestas de cumpleaños, anécdotas de los deportes y las actividades que hicieron juntas en el high school. Al ver cómo han crecido —con su cariño por la otra y esa esencia intactas, aprendiendo el verdadero significado de la amistad mientras descubren el mundo y fortalecen un vínculo como de hermanas—, sentí muchísima felicidad y entendí cuando mi hija habla de sus real ones. Manejaríamos de regreso a casa pasando a recoger las bicicletas, así que después de tantos kilómetros recorridos, no podía esperar a leer un rato y escuchar mis meditaciones antes de dormir. En mi habitación me esperaban cobijas calientes y súper suaves que me había dejado mi amiga M., lo que me recordó mi bata muy fluffy que mi esposo me regaló para una Navidad, sabiendo lo friolenta que soy; desde que él falleció duermo abrazada a ella. Sonreí y pensé: “Tú sabías que necesitaba algo fluffy”. Las abracé, le conté sobre nuestro día y le agradecí por las señales que él puso en el camino para llenar nuestro tanque de amor. Al día siguiente le cantamos el cumpleaños adelantado a mi hija, y con mi amiga M. nos despedimos compartiendo series y libros que nos gustan. Cuando me iba de la playa, la última vez ella me había regalado un libro que le encantó, y esta vez hice lo mismo: le llevé The Five-Star Weekend. Creo que los libros serán nuestro nuevo lenguaje en este book club de dos. Me voy con el alma llena de abrazos, planeando más road trips con paradas a recoger abrazos de ahora en adelante, y con la certeza de que somos bendecidas al rodearnos de raíces profundas, listas para seguir creando la vida que merecemos vivir, un día y un abrazo a la vez. Soltar el control y dejarlo en manos del cielo Antes de irnos de Capitola, decidí que pasaríamos a nuestro lugar en la playa a dejarle flores a mi esposo. Al parquear exactamente donde lo hacíamos, vimos que el reloj marcaba las 11:11. Sabíamos que él estaba ahí con nosotras. Nos sentamos en la banca cercana a la que fue nuestra casita temporal, conversamos con él, mi hija le contó sus planes para celebrar su cumpleaños 21 en unos días, miramos el mar que lo acompañó en sus días fina… This is a public episode. If you would like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit johannarenace.substack.com

  8. Sep 7

    ¿Quién te sostiene cuando la tormenta llega?

    A lo largo de la vida, enfrentamos circunstancias que nos sacan de nuestra zona de confort, pero hay mudanzas que no sólo cambian tu código postal: sacuden los cimientos enteros de tu realidad. Para mí, dejar atrás la ciudad que fue nuestro hogar durante casi dos décadas —en uno de los momentos de transición más fuertes de nuestra vida— significó decir adiós a aquellos rincónes seguros donde no necesitaba mapa o direcciones porque todas las rutas siempre nos llevaban a casa y a lo que era nuestro mundo. Significó dejar ir a los médicos y los servicios de confianza, las paradas conocidas, nuestros lugares favoritos, el trabajo estable, una casa donde ya sabía qué había en cada cajón, nuestra red de amigos que nos acompañó durante tantos momentos y, lo más doloroso, la estructura familiar que había sido nuestro pilar y nos había sostenido contra viento y marea. En ese punto, todas las alarmas de mi cerebro estaban encendidas. Estaba en shock; en tres semanas todo desapareció. Asumí con mano firme, enfocada y fuerte cada una de las decisiones y los siguientes pasos: la venta de la casa, la mudanza a la playa, los servicios de hospicio, los temas legales de lo que se venía, mi licencia del trabajo, mis hijas en sus universidades, además de ser el caregiver de mi esposo 24/7 y sostenerlo mientras asimilábamos lo que esto significaba para nuestra familia, ponerme al día con todos los pagos y organizar el funeral. Ahora que lo pienso y veo los papeles, todo lo que gestioné, hice y manejé, me doy cuenta de que nada nos puede quedar grande. Entiendes que, así no tengamos ni idea de cómo hacerlo, es más fuerte nuestra necesidad de supervivencia; hacemos lo que hay que hacer y los miedos y las excusas simplemente se hacen a un lado. Fue como perder nuestra identidad. Pero lo único que podía hacer era seguir moviéndome: por mí, por mi esposo, por mis hijas. Empezar de nuevo en un lugar desconocido siempre viene acompañado de ese miedo profundo a lo incierto, a perder tu polo a tierra y aquello que te da la seguridad para aferrarte mientras esta tormenta pasa, como decíamos con mi esposo: the Perfect Storm. Todo esto nos pone a reconsiderar cómo manejamos —o qué haríamos— cuando ocurren cosas como terremotos o noticias que borran nuestra realidad de golpe y nos tiran al vacío sin chaleco salvavidas, cuando ya solo queda soltar pues hemos perdido el control. Sin manual ni pupitres: el arte de construir comunidad (y decir NEXT) Pero a través de los años y de esta nueva etapa he empezado a ver las cosas desde una perspectiva distinta. Durante este tiempo he notado aquellas personas que se han aferrado a nosotros para sostenernos y otras que nos han dejado ir, y lo entiendo: no es personal, como me lo decía mi esposo. Cada quien transita su propio mundo, sus prioridades y sus realidades. Muchas veces, al llegar a una ciudad nueva, cargamos con el miedo invisible de no encajar. Me preguntaba si mi inglés era suficiente, si el grupo que se conoce desde Kinder funciona en una frecuencia diferente a la mía, o permitía que el miedo al juicio de los demás me aislara. A veces el miedo a ser juzgados es lo que nos mantiene solitarios, atrapados en la trampa de creer que las amistades adultas deben darse por arte de magia, como en la escuela o los deportes, sin requerir esfuerzo. Sin embargo, la realidad es otra: de adultos ya no nos asignan pupitres ni proyectos de grupo. Construir comunidad requiere intención, superar el miedo a ser rechazados y entender que no necesitamos caerle bien a todo el mundo ni practicar el people pleasing perpetuo. Si no funciona o no se da, NEXT. Cuando el mundo se reduce a los que se quedan En los momentos más duros, como cuando mi esposo enfrentó su diagnóstico final y su paso por el hospicio, comprobamos el valor real de los vínculos cercanos. Mientras muchos conocidos no sabían lo que estábamos viviendo, su círculo de amigos-hermanos del alma, y mis amigas más cercanas, se mantuvo firme, acompañándonos con un amor y una dedicación incondicionales hasta el final. Recuerdo que, en medio de esas semanas tan abrumadoras, él prefirió mantener nuestro círculo muy pequeño y reservado. Las hojas, las ramas y las raíces: ¿de qué tipo son tus amistades? Hace un tiempo leí sobre esto, y es que a lo largo de la vida, miles y miles de personas forman parte de este camino. Algunas son como hojas en un árbol: frágiles, ocupando el espacio verde de los buenos momentos, pero cuando llega el invierno o sopla el viento, se marchitan y se van. Solo cumplen su ciclo de dar color y sombra por un tiempo. Otras personas llegan a ser como ramas: te dan soporte cuando necesitas apoyarte, parecen fuertes, pero cuando te enfrentas a tormentas más grandes —o cuando todas llegan de golpe— te das cuenta de que solo pueden sostenerte hasta cierto punto, pues continúan con su propia agenda. Algunas se quiebran o se distancian porque el peso es demasiado. Pero muy, muy pocas personas son como las raíces. Están por debajo de la tierra, un poco ocultas, sin la necesidad de hacer ruido ni llamar la atención. Son las que realmente te sostienen cuando todo lo demás empieza a desvanecerse. No importa si pasa el tiempo, si cambia la distancia, si no contestas una llamada o si los planes de la vida cambian, saldrán de su camino sin pensarlo para correr a encontrarte en el tuyo: son las raíces las que siguen conectadas en lo más profundo como un hilo invisible, dándote estabilidad, estando presentes y recordándote que están ahí contigo, sin importar qué tan alto llegue el agua. Limpiar la pantalla, aligerar la maleta Revisando el teléfono de mi esposo y su correo, vi listas y listas de contactos de personas que acumulamos durante años. La gran mayoría no hacía parte de nuestra órbita desde hace muchísimo tiempo, al igual que la clásica lista de las tarjetas de Navidad. Y te das cuenta de algo inevitable: en esos momentos de reflexión o tristeza, cuando haces scroll y scroll, la gran mayoría de esos nombres solo ocupan espacio. Un espacio vacío, porque ya no hacen parte de tu vida, ya no hay razón para reconectar; están transitando nuevos caminos al igual que tú, ya no hay nada en común y es tiempo de limpiar y borrar. A veces nos conformamos con estar rodeados de gente por miedo a la soledad, a dar explicaciones innecesarias o a mantener relaciones que no nos aportan y, en lugar de recargar nuestra energía, la drenan. Pero la vida te enseña que la verdadera tribu no se mide en la cantidad de contactos que tienes en el teléfono o en tu correo, sino en quiénes tienen la capacidad de quedarse, de sostenerte cuando te estás tambaleando y de acompañarte cuando la tormenta empieza a sacudir todos los cimientos. Y está bien. Cerrar ciclos, soltar apegos y dejar ir lo que ya no es, es la única forma de caminar con la maleta más liviana. Al final, se trata de ser fiel a ti misma y rodearte de quienes están siempre listos —como los scouts— para dejarlo todo y correr a tu lado si lo necesitas, sabiendo que tú harías exactamente lo mismo por ellos. Los real ones, como los llama mi hija. Del Checklist agotador a mi propio Five-Star Weekend Cumplir 50 años vino acompañado de una claridad increíble. Me di cuenta de cuánta energía he gastado durante años en el people pleasing: me gustaba ser la que se acordaba de todos los cumpleaños, la que hacía algo en fechas especiales para los demás, la que cargaba detalles cuando viajaba, o la que llenaba sus viajes de un maratón de cafés agotadores solo para cumplir con un checklist y asegurarme de ver a todos los que “consideraba mis amigos” en ese entonces. Con el tiempo empecé a darme cuenta de que muchos de esos cafés eran más por cumplir que por un genuino interés de retomar donde habíamos quedado, y se volvieron tediosos. Así que poco a poco empecé a dejarlos desaparecer, ya que eran relaciones que solo iban de un lado: el mío, y no aportaban a mi nueva realidad. Tomé la decisión de abrir espacio para lo nuevo, de hacer This is a public episode. If you would like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit johannarenace.substack.com

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Un espacio para mujeres que están atravesando una transición y están aprendiendo a construir una nueva versión de su vida, un día y un paso a la vez. Yo tampoco tengo todas las respuestas. Estoy caminando contigo. johannarenace.substack.com