¿Recuerdas qué estabas haciendo hace un año? En estos días me he puesto a pensar y a recordar qué estaba sucediendo en nuestra vida hace un año. De hecho, desde que falleció mi esposo es una pregunta que constantemente pasa por mi mente. A veces miro fotos de aquellos días, busco las tarjetas, sus correos y los mensajes que nos enviamos, intentando conectar con lo que era y pasaba en esos momentos de nuestras vidas. Porque el tiempo pasa y pasa; a veces pensamos que va muy lento y otras, demasiado rápido. Algunas cosas se quedan grabadas en nuestra mente, mientras que otras simplemente se desvanecen hasta que un detalle o una foto las trae de vuelta. Como en la película Inside Out —la que vimos cuando mis hijas eran pequeñas—, a veces queremos aferrarnos a cada memoria a esos core memories para que nunca desaparezcan ni sean reemplazadas. Pensamos que el tiempo es indefinido, que tenemos la vida entera por delante y, por eso, dejamos tantas cosas para después. Pero la realidad, esa que a veces evitamos mirar, es que en cuestión de segundos todo puede dar un giro completo. En un instante, lo que creías que era tu realidad, lo que planeábamos y queríamos el año pasado, nuestros sueños y proyectos se desmoronaron en un abrir y cerrar de ojos. Sin llegar a imaginarnos que lo que empacamos para llevar a nuestro próximo destino, aquel lugar que estábamos mirando en la playa, en un instante dejó de ser relevante e importante, ya que esa vida que pensábamos ya no se daría. El último escalón y la decisión de volver a casa Hace un año, por este mes, ya habíamos estado en el hospital por 12 días. Llevamos con mi hija a mi esposo a emergencias en San Francisco, ya que no lo veíamos muy bien. Llegamos a UCSF pasada la medianoche; mi hija debía regresar a trabajar al día siguiente y yo me quedé en el hospital con él. Tuvimos un equipo de casi 30 personas que entraban y salían de todas partes, y exámenes de todo tipo en las siguientes 24 horas. Finalmente nos dijeron que debía quedarse hospitalizado. Así fue como durante dos semanas, después de ir a trabajar todo el día con mi hija, en las noches íbamos a San Francisco a visitarlo, llevando sorpresas y avisos que dejábamos en las paredes de su habitación, y pasábamos los fines de semana con él. Queríamos que supiera cuánto lo extrañábamos y darle ánimo, ya que nunca le gustaron los hospitales. Durante ese tiempo vimos televisión juntos, hablamos de todo; desde su habitación en la esquina se podía ver un tris del Golden Gate Bridge en los días que no estaban nublados. Recuerdo cómo tía Anita iba a visitarlo, le llevaba regalos y nos dejaba sopa de pollo para no tener que cocinar al llegar a casa. Estábamos muy ilusionados porque ya estábamos listos para empezar su siguiente tratamiento, los open house de nuestra casa ya habían terminado por fin, y ya teníamos varias ofertas en la venta de la casa para revisar, con la idea de mudarnos a vivir a Carlsbad, cerca de la playa y de nuestras hijas, como lo estábamos planeando desde el último año. Lo que no sabíamos era que a la semana después de salir del hospital, en la cita con su doctor, él nos diría que desafortunadamente ya no se haría el siguiente tratamiento, que no había más que él pudiera hacer y que nos enviaba a hospicio. Recuerdo que mi esposo le preguntó cuánto tiempo le quedaba; el doctor no le contestó eso, solo le dijo: “Desde que eres mi paciente siempre has mencionado el ir a vivir a la playa, y creo que este es el momento de hacerlo, pronto y sin pensarlo”. No dejamos una piedra sin voltear Recuerdo que al salir corriendo por mi carro al parqueadero para ir a recogerlo, con los ojos llenos de lágrimas, pensaba a quién podría llamar a contarle. Llamé a mi amiga E, quien había sido parte de nuestro día a día desde hacía tiempo. En el camino a casa no creo que habláramos mucho más allá de a quiénes quería que les compartiera las noticias; me dio los nombres de las 5 personas que estuvieron a nuestro lado durante este tiempo. Pensábamos en cómo se lo diríamos a nuestras hijas y todo lo que debíamos dejar listo. Estábamos en shock, no esperábamos esta noticia, no ahora, estábamos tratando de procesarlo y aún con la idea de que podíamos hacer algo, como lo habíamos hecho desde que todo esto empezó 20 meses antes. Ahora pienso en todas las opiniones y cosas que probamos, en todos los correos y mensajes a medianoche, o a cualquier hora del día que nos enviabamos, con cosas que leíamos, aprendíamos, encontrábamos, nos habían dicho, etc.; todos los libros que leímos, los suplementos, ejercicios, terapias, las citas con doctores en Colombia, México y Francia, además de todas las opiniones médicas en el área de la Bahía y en el sur de California, a donde viajamos constantemente. Como diría él: «No dejamos una piedra sin voltear». Nos prometimos no darnos por vencidos y hacer lo que estuviera en nuestras manos. Él y yo sabemos todo lo que hicimos e intentamos, y por eso sabíamos en el corazón que ya no teníamos más que hacer y que esta batalla la habíamos perdido. Al siguiente día firmamos la oferta de la casa y la vendimos; sabíamos que ya no debíamos posponer cosas y empezamos a preparar toda la parte legal y financiera. Recuerdo que me dijo: «Pretzi, lo siento...», porque él sabía lo que se venía y me veía corriendo con la venta de la casa, mi trabajo, los trámites, papeles, nuestras hijas y el hospicio. Un día, mientras amarraba sus zapatos, me dijo que lo llevara al hospital, así cuidarían de él. Lo miré a los ojos y le dije: ¿No estarías haciendo tú esto por mí? Me miró y me dijo: —Sí. Le dije: —Entonces olvídalo; si no necesitas ir al hospital, nosotras nos encargaremos de cuidarte. El aprendizaje a fuerza de amor y el adiós a la casa En los siguientes días, solicité licencia en mi trabajo para quedarme en casa y ser su cuidadora (caregiver) 24/7. Los doctores y enfermeras empezaron a llegar; recibí la silla de ruedas, el tanque de oxígeno y las medicinas que me explicaban cómo usar «en caso de...». Al parecer, para esta etapa de la vida no necesitas ningún entrenamiento médico; simplemente te toca aprender a mantenerlos cómodos, como me decían. Dos días antes de la cita con el doctor había sido el cumpleaños de nuestra hija menor. Sabíamos que debíamos traerla ese fin de semana para darle la noticia, tal como nos había pedido. Así que, después de cantar su cumpleaños, su dada le dijo lo que el médico nos había dicho: de inmediato se acabó la celebración y las dos solo querían pasar tiempo a su lado. Como ella me decía hace unas semanas, eso es lo que más recuerda de aquel cumpleaños número 20: cómo su dada le dijo que ya no quedaba mucho tiempo y que sería su último cumpleaños juntos. A pesar de todo, ella decidió regresar a la universidad, motivada por llamarlo por FaceTime para contarle que estaba estudiando mucho y sacando A’s. Ver la sonrisa de él escuchándola hablar era el momento más feliz del día. Viajaba de regreso a casa cada fin de semana, trayendo un nuevo peluche para dejar a su lado; los tres se quedaban dormidos en el sofá viendo películas juntos como antes, sin imaginar que solo serían dos viajes más antes de que él falleciera, tres semanas después de ingresar a hospicio. Al mismo tiempo, preparaba nuestra casa para entregarla tras venderla, con solo 30 días para desocupar. Esa misma casa que vio celebrar casi 20 años de cumpleaños con fiestas temáticas —desde Toy Story hasta la fiesta disco, la favorita de mi esposo, para la que hice un disco ball que él me decía que era otra extravaganza súper feliz, reviviendo sus años 70, prestándoles sus casetes, juegos y discos en vinilo, además de hacer el playlist de la fiesta para ella—. Recordamos todas las ocasiones especiales: ir a cortar el árbol de Navidad en Los Gatos, cuando les enseñó a montar en bicicleta, patines, scooters y a manejar; el vecindario donde practicábamos para correr los 5K, las barbacoas, los cambios de uniforme y de colegio. Aquella donde hi… This is a public episode. If you would like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit johannarenace.substack.com