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La ContraHistoria

La historia como no te la contaron en la escuela. Presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva.

  1. 2D AGO • SUBSCRIBERS ONLY

    Propaganda: la fábrica de la mentira

    El nazismo no se sostuvo únicamente sobre la Gestapo y los campos de concentración. Lo hizo también sobre una formidable maquinaria de propaganda que convenció a millones de alemanes de que Hitler tenía razón en todo y el tercer Reich era el mejor de los mundos. Los cimientos de esta propaganda los encontramos ya en “Mein Kampf”, donde Hitler, obsesionado con la idea de que Alemania había perdido la Gran Guerra en la retaguardia y no en el frente, esboza un método tan simple como efectivo: dirigirse a las masas y no a las élites, apelar a la emoción y no a la razón, reducir el mundo a amigos y enemigos, y repetir el mensaje hasta la extenuación. Ese método lo pusieron en práctica nada más llegar al poder mediante el ministerio de Ilustración Popular y Propaganda, dirigido por Joseph Goebbels, un filólogo y novelista frustrado que se convirtió en el demiurgo del imaginario del Reich. Tres palabras resumían aquello: emoción, repetición y enemigo. El enemigo por antonomasia era el judío, al que se culpaba de todos los males del país: de la derrota en la guerra, de la inflación, del desempleo, del bolchevismo y del capitalismo financiero. Sobre eso se levantaron mitos como el de la sangre y el suelo, la superioridad aria y el Führerprinzip, que convertía a Hitler en un mesías secular rodeado de una liturgia pagana filmada magistralmente por Leni Riefenstahl en “El triunfo de la voluntad”. La prensa opositora fue absorbida o cerrada y los periodistas obligados a seguir las consignas diarias del ministerio. La radio se convirtió en el mejor arma para llegar a las masas gracias al Volksempfänger, un receptor asequible que sólo retransmitía las emisoras del régimen. Alemania se convirtió, de hecho, en el país del mundo con más receptores de radio por habitante. El cine combinaba entretenimiento de mera evasión con películas puramente ideológicas. La literatura fue purgada de autores y estilos incómodos, lo mismo sucedió con la música, la pintura, la escultura y la arquitectura. El arte era un brazo más del sistema goebbelsiano, uno de los más importantes, La educación fue depurada, se incluyó en el temario la biología racial y se encuadró a los niños y adolescentes en las Juventudes Hitlerianas y la Liga de las Muchachas alemanas. Allí los niños aprendían a marchar, obedecer y, en ocasiones, delatar a sus propios padres. Los grandes rituales colectivos tuvieron su cumbre en los congresos de Núremberg, cuya sede Albert Speer transformó en una catedral de luz de Speer. En 1936, sólo tres años después de la llegada al poder de los nazis y coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Berlín, la máquina ya funcionaba a pleno rendimiento. Hacia el exterior también se proyectaba esa imagen dulcificada del régimen. Pero ahí no fue tan efectiva. Allá donde tenía que competir con la prensa libre se atascaba. Dentro de Alemania funcionaba a la perfección y lo siguió haciendo hasta el final de la guerra. Nos queda una lección incómoda. Los alemanes eran seguramente el pueblo más culto de Europa. La propaganda funcionó no porque fuese tosca, sino por todo lo contrario, era muy sofisticada, vestía el odio de deber patriótico y de sentimiento de pertenencia. Para hablar de este tema nos acompaña hoy Juanjo Ortiz, un divulgador histórico bien conocido entre los aficionados por su web, El cajón de Grisom, y autor de un magnífico libro sobre la propaganda nazi que publicó hace sólo unos meses.

    1h 22m
  2. APR 9 • SUBSCRIBERS ONLY

    Franco, Salazar y la OTAN

    Cuando la OTAN nació en abril de 1949 entre sus doce miembros fundadores figuraba Portugal, un país gobernado desde hacía casi dos décadas por el dictador António de Oliveira Salazar. España, en cambio, tuvo que esperar hasta 1982 para poder acceder. El franquismo y el Estado Novo portugués eran dos regímenes ideológicamente hermanos que compartían inspiración católica, corporativismo, partido único y desprecio por la democracia liberal. ¿Por qué admitieron a Portugal, pero no a España? La clave no está en la ideología, sino en lo que cada dictador hizo entre 1939 y 1945. Franco había recibido ayuda directa de Hitler y Mussolini durante la guerra civil, vistió su régimen con los ropajes fascistas de Falange, se reunió con el Führer en Hendaya y, sobre todo, envió la División Azul al frente ruso. Aquel gesto, pensado para saldar deudas pasadas manteniendo la ilusión de la neutralidad, se convirtió para los aliados en la prueba incontestable de que se había alineado con las potencias del Eje. Salazar jugó otra partida muy distinta. Practicó lo que los historiadores portugueses llaman "neutralidad geométrica”. Vendía wolframio a ambos bandos, pero mantuvo intacta la vieja alianza con Inglaterra. Cuando en 1943 Churchill invocó un tratado medieval para poder instalar bases en las Azores, Salazar cedió. Aquellas islas, situadas en mitad del Atlántico, resultaron decisivas para cerrar el agujero en el cazaban los submarinos alemanes. Portugal pasó así a estar, de forma muy discreta, del lado de los aliados. En 1945 se condenó explícitamente a Franco en la conferencia de Potsdam. Un años más tarde la recién fundada ONU recomendó la retirada de embajadores de Madrid y España quedó aislada internacionalmente. Portugal, en cambio, entró en la OTAN porque sin las Azores la alianza atlántica era inconcebible. Franco se conformó con los Pactos de Madrid de 1953 y con unas bases americanas que le permitieron normalizarse. La apariencia, las formas y la geografía marcaron la diferencia de dos dictaduras que, en casi todo lo demás, fueron de la mano. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    52 min
  3. APR 9 • SUBSCRIBERS ONLY

    Tercios, picas y burocracia

    Uno de los grandes debates historiográficos de las últimas décadas es el de la conocida como revolución militar que se produjo en los siglos XVI y XVII. La tesis la expuso el historiador escocés Michael Roberts en una conferencia de 1955. Según él esta revolución supuso el nacimiento del Estado moderno. La tesis de Roberts era realmente provocadora. Aseguraba que el arte moderno de la guerra hizo posible, y al mismo tiempo necesaria, la creación de esa maquinaria burocrática en la que todavía vivimos inmersos. Mantener ejércitos permanentes equipados con armas de fuego exigía recaudar impuestos de manera regular, llevar cuentas, organizar suministros y crear una administración profesional. La guerra, en suma, construyó al Estado, y no al revés. Pero el proceso arrancó antes de lo que Roberts pensaba. En el siglo XV los piqueros suizos acabaron con el monopolio del caballero medieval, y poco después Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, combinó picas y arcabuces en las batallas de Ceriñola y Garellano durante las guerras de Italia. De ahí nacieron los tercios españoles, unidades permanentes, profesionales y disciplinadas que dominaron los campos de batalla europeos durante casi siglo y medio. La escuela holandesa de Mauricio de Nassau introdujo después la disciplina romana, la instrucción sistemática y la contramarcha, codificándolo todo en manuales impresos que tuvieron gran difusión. Su discípulo más brillante fue Gustavo II Adolfo de Suecia, el llamado León del Norte, que aligeró el mosquete, uniformó a sus tropas, modernizó la artillería y adoptó formaciones más finas y móviles. Geoffrey Parker añadió en los años 70 una pieza más, la de la traza italiana, fortificaciones abaluartadas bajas y gruesas que resistían el fuego de cañón y convertían la guerra en una sucesión interminable de asedios. Eso obligaba a los príncipes a mantener ejércitos cada vez más numerosos. A esto se sumó la revolución naval con galeones y navíos de línea fuertemente artillados que permitieron proyectar el poder europeo por los océanos. El debate historiográfico posterior ha matizado mucho la tesis original de Roberts. Unos hablan de varias revoluciones sucesivas en lugar de una sola que se fueron encadenando lentamente. Otros invierten la causalidad, es decir, fue el Estado el que hizo a esos ejércitos, no al revés. Otros han demostrado que las cifras de soldados de la época están infladas. Otros que la caballería nunca murió sino que se transformó, y que la supuesta superioridad militar europea sobre otros continentes fue más un mito retrospectivo que una realidad hasta entrado el siglo XIX. ¿Hubo revolución? Si lo entendemos como un cambio súbito en el curso de una generación, no, no la hubo. Si en cambio pensamos en ello como una transformación estructural que cambió cómo aquellas sociedades se organizaban para guerrear y cómo financiaban sus guerras, sin duda sí que la hubo. De aquellos campos de batalla salieron los censos, los impuestos estables, las líneas de suministro y la burocracia. El Estado moderno, con todas sus virtudes y miserias, tiene parte de sus raíces en la pólvora del siglo XVII. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:29 Tercios, picas y burocracia 1:16:02 La operación Gomorra Bibliografía: “La revolución militar” de Geoffrey Parker - https://amzn.to/4std3ue “The Military Revolution Debate” de Clifford Rogers - https://amzn.to/48yhigD “The Military Revolution in Sixteenth-century Europe” de David Eltis - https://amzn.to/4vC7nkm “A Military Revolution?” De Jeremy Black - https://amzn.to/4c3LIKa

    1h 24m
  4. APR 3 • SUBSCRIBERS ONLY

    Guardianes de la moral

    A lo largo de la historia contemporánea se repite un mismo patrón, el de individuos o grupos se erigen en guardianes de la moral ajena, detectan una amenaza (real o imaginaria), la amplifican y desatan persecuciones que dejan tras de sí carreras destruidas y vidas arruinadas. El arquetipo del censor moderno es Anthony Comstock, un puritano de Connecticut que, tras la Guerra Civil, emprendió desde Nueva York una cruzada contra la obscenidad. En 1873 logró que el Congreso aprobara una ley que llevaba su nombre y que prohibía el envío por correo de material considerado indecente. Armado con esa legislación deliberadamente vaga y respaldado por algunos magnates, fundó la Sociedad Neoyorquina para la Supresión del Vicio, que persiguió a médicos, editores, galeristas y dramaturgos. Presumió de haber provocado quince suicidios y arruinado casi 3.700 vidas. Incluso obras de autores clásicos como Aristófanes, Bocaccio o Chaucer sucumbieron, las de los autores contemporáneos sufrieron hostigamiento y censura. El espíritu censor de Comstock tuvo su eco años más tarde en Hollywood con el Código Hays, un sistema de autocensura que durante más de treinta años dictó lo que podía mostrarse en pantalla. Quedaron desterradas la homosexualidad, las relaciones interraciales y cualquier transgresión de lo que se consideraba la moralidad adecuada. Las cláusulas de moralidad en los contratos controlaban también la vida privada de los artistas. El macartismo reprodujo luego el mismo esquema: una amenaza difusa, un aparato institucional complaciente y el señalamiento de los “inmorales". Lo más inquietante es que el fenómeno no ha desaparecido, de hecho se ha amplificado y afecta ahora a ambos lados del espectro político. Las redes sociales han creado un ecosistema donde la indignación moral es moneda de cambio. Derecha e izquierda despliegan sus propias cruzadas moralistas. Unos retiran libros de bibliotecas, otros imponen criterios de género y raciales con cláusulas contractuales más severas que las de 1914. El mecanismo es idéntico al de los censores de la época de Comstock. A ello se debe responder con coraje, sentido común y humor frente al fanatismo de quienes pretenden silenciar la libertad de expresión. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    38 min
  5. APR 2 • SUBSCRIBERS ONLY

    Apolo, el gran salto

    La Luna siempre ha estado ahí, aparentemente a tiro de piedra. Se encuentra a una media de 384.000 kilómetros, lo que la convierte en el único cuerpo celeste que nuestros antepasados podían contemplar con detalle a simple vista. Eso hizo de ella territorio de sacerdotes, poetas y astrólogos durante miles de años. Sus fases regulares, ese ciclo de 29 días y medio, sirvieron para medir el tiempo mucho antes de que nadie entendiese la mecánica orbital. Calendarios lunares los hay por todas partes, desde el chino hasta el musulmán, pasando por el modo en el que los cristianos fijan la fecha de la Semana Santa. Llegar a pisarla ya era otra historia. La odisea empezó con la Segunda Guerra Mundial y los cohetes V-2 que Wernher von Braun desarrolló para el Tercer Reich. Acabada la contienda, estadounidenses y soviéticos se llevaron a los ingenieros alemanes. Von Braun acabó en Alabama trabajando para el ejército de Estados Unidos. Durante años su trabajo avanzó lentamente hasta que el 4 de octubre de 1957 la Unión Soviética puso en órbita el Sputnik. Aquella esfera que pitaba desde el espacio provocó la estupefacción de los estadounidenses. Los soviéticos repitieron con la perra Laika y luego con Yuri Gagarin, el primer ser humano en orbitar la Tierra. Estados Unidos iba siempre un paso por detrás. Entonces apareció Kennedy. Joven y ambicioso, vio en la Luna un proyecto casi de ciencia ficción en el que todos estaban de acuerdo. En mayo de 1961 anunció ante el Congreso que un estadounidense pisaría la Luna antes de que terminase la década. Era una promesa temeraria porque en aquel momento la experiencia tripulada de la NASA se reducía al vuelo suborbital de quince minutos de Alan Shepard. Nadie sabía cómo llegar a la Luna. Nadie tenía el cohete. Nadie estaba seguro de que fuera posible. Los programas Mercury y Gemini fueron la escuela. Con el Mercury aprendieron que un ser humano podía sobrevivir en el espacio. Con el Gemini ensayaron todo lo necesario para la misión lunar: acoplamientos, paseos espaciales, maniobras orbitales. El programa para llegara a la Luna la NASA lo bautizó Apolo. Adoptaron el perfil de misión propuesto por el ingeniero John Houbolt y Von Braun construyó el Saturno V, un monstruo de 110 metros de altura capaz de poner 45 toneladas camino de la Luna. Hubo tragedias. El incendio del Apolo 1 mató a tres astronautas en enero de 1967 y obligó a rediseñar la cápsula entera. Hubo también momentos gloriosos. El Apolo 8 llevó a tres hombres a orbitar la Luna en la Navidad de 1968. Y el 20 de julio de 1969, Neil Armstrong y Buzz Aldrin descendieron con el módulo Eagle hasta el mar de la Tranquilidad. Seiscientos millones de personas lo vieron en directo por televisión. Le siguieron seis misiones más, hasta el Apolo 17 en diciembre de 1972. Trajeron 382 kilos de rocas, desplegaron instrumentos, algunos incluso siguen funcionando hoy y cambiaron para siempre nuestra comprensión del sistema solar. Las huellas de aquellos doce hombres permanecen intactas en el regolito lunar ya que en la Luna no hay viento ni lluvia que las borre. Esperemos que quienes lleguen después las respeten. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:49 Apolo, el gran salto 1:25:38 El origen de las cofradías de Semana Santa Bibliografía: “El programa Apolo” de Peter Duke - https://amzn.to/4mditYO “La carrera espacial” de Ricardo Artola - https://amzn.to/4bKYmNW “Apolo 11” de Eduardo García Llama - https://amzn.to/4scvjaX “Los otros vuelos a la Luna” de Rafael Clemente - https://amzn.to/4sQJrI8

    1h 36m
  6. MAR 27 • SUBSCRIBERS ONLY

    El New Deal

    El New Deal nació en lo peor de la gran depresión. En 1933 Estados Unidos llevaba tres años y medio hundiéndose en la peor crisis económica de su historia. Bancos cerrados, fábricas paradas, desempleo del 25% y colas del pan que daban la vuelta a la manzana. En ese escenario llegó Franklin Delano Roosevelt con algo que no era exactamente un plan, sino más bien una actitud: había que hacer algo. Lo que fuera. Ya. Y ese algo fue el New Deal. No se trataba de un programa coherente salido de un laboratorio de ideas, sino de una avalancha de leyes, agencias y experimentos, muchos de ellos improvisados y aprobados a toda velocidad. Eso hizo que algunos se contradijesen entre sí tanto en su planteamiento como en sus consecuencias. Se sustanció en una sopa de letras de organismos, programas y administraciones que ni sus propios creadores entendían del todo pero que algunos han durado hasta el momento presente. El primer New Deal, entre 1933 y 1935, fue de emergencia. Se estabilizó el sistema financiero, se abandonó el patrón oro (se prohibió incluso la tenencia privada de oro), se crearon programas de empleo y se intentó poner de acuerdo a empresarios y trabajadores con la intermediación del Estado federal. Algo parecido al corporativismo fascista, aunque a Roosevelt esa comparación no le gustaba nada. El segundo New Deal llegó 1935 y se concentró en la reforma social. La Seguridad Social, la Wagner Act (que consagró el derecho de los trabajadores a sindicarse), la WPA que empleó a millones de personas para construir todo tipo de infraestructura. Algunas de las leyes que acompañaron a todo el proceso fueron incluso declaradas inconstitucionales por el Tribunal Supremo que Roosevelt quiso poner de su lado con una polémica reforma que el Congreso rechazó. ¿Funcionó? A medias. Alivió algunos efectos de la gran depresión, modernizó la infraestructura del país, quizá salvó a la estadounidense de de algo peor. Pero no acabó con la crisis. Eso lo hizo la segunda guerra mundial, que proporcionó el nivel de gasto que Roosevelt nunca se atrevió a alcanzar en tiempos de paz. Lo que si consiguió fue cambiar para siempre la relación entre el ciudadano y el Estado. Los americanos de 1930 no esperaban nada del gobierno. Los de 1940 esperaban pensiones, regulaciones y empleo público. Ese cambio fue más duradero que cualquier de sus leyes, tanto que se mantiene casi un siglo después. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    49 min
  7. MAR 26 • SUBSCRIBERS ONLY

    Las guerras de Italia

    Las guerras de Italia fueron el gran conflicto que marcó a Europa en la primera mitad del siglo XVI. Entre 1494 y 1559 Francia y España combatieron sin cuartel por el control de una península que lo tenía todo: riqueza, posición estratégica idónea en el centro del Mediterráneo, prestigio, cultura y al Papa. La Italia de la época era muy próspera y, sobre todo, estaba fragmentada en un mosaico de pequeños principados enfrentados entre sí. Una presa irresistible para las grandes monarquías que se estaban consolidando en Europa occidental. La chispa la encendió Ludovico Sforza, el regente de Milán, que tuvo la brillante idea de invitar a Carlos VIII de Francia a intervenir en los asuntos italianos. Fue como abrir la caja de Pandora. El monarca francés cruzó los Alpes en 1494 con 30.000 hombres y una artillería que pulverizaba las murallas medievales en cuestión de horas. Conquistó Nápoles casi sin oposición, pero no pudo retenerlo. Se formó una coalición en su contra y tuvo que marcharse. El propio Sforza, que había llamado al lobo, terminó devorado por él. Los franceses le derrocaron y murió preso en Francia. A partir de ahí se sucedieron las guerras con una endiablada cadencia. Años más tarde Luis XII se hizo con Milán pero perdió Nápoles frente al Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, que en batallas como Ceriñola y Garellano demostró que las armas de fuego portátiles como los arcabuces habían cambiado las reglas de la guerra para siempre. El Papa Julio II montó y desmontó alianzas con una facilidad pasmosa: primero contra Venecia, luego contra Francia. Francisco I recuperó Milán en Marignano, pero Carlos V se lo arrebató en Pavía, donde el propio rey francés fue capturado. Se lo llevaron preso a Madrid y le obligaron a firmar un tratado que repudió en cuanto regresó a Francia. La cosa fue a más. En 1527, las tropas imperiales saquearon Roma, un episodio que escandalizó a la cristiandad y que tuvo consecuencias inesperadas. El Papa, sometido a Carlos V, no se atrevió a anular el matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón, lo que provocó el cisma anglicano. Francisco I, desesperado, llegó a aliarse con el sultán otomano. Las guerras terminaron con la Paz de Cateau-Cambrésis en 1559. Los reyes de Francia renunciaron a Italia dejando a los de España como amos de la península. Pero estos 65 años de guerras habían transformado mucho más que el mapa de Italia. Aquello fue toda una revolución militar. La caballería medieval fue sustituida por los tercios de arcabuceros y piqueros, la artillería obligó a reinventar las fortificaciones y los ejércitos se profesionalizaron. Esas mismas técnicas viajaron a América, donde los conquistadores españoles emplearon los arcabuces y las tácticas aprendidas en Italia. La plata americana financiaba a su vez las guerras italianas. La monarquía española salió convertida en el árbitro europeo y en esa condición se mantendría durante un siglo. Toda Italia pasó a la órbita española, pero la península había perdido ya su peso específico porque las grandes rutas comerciales se habían desplazado a los océanos. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:35 Las guerras de Italia 26:07 “Contra el pesimismo”… https://amzn.to/4m1RX2R 1:16:09 Portugueses y holandeses Bibliografía: “Carlos V, el césar y el hombre” de Manuel Fernández Álvarez - https://amzn.to/4c7aWXL “La revolución militar” de Geoffrey Parker - https://amzn.to/4bJKORy “Del arte de la guerra” de Nicolás Maquiavelo - https://amzn.to/4t62de7 “Los Tercios” de René Quatrefages - https://amzn.to/4bKYprF

    1h 22m

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