Hay un señor enterrado en Nueva York que en 1907 se pegó un tiro con dos millones y medio de dólares en el banco, lo cual ya nos dice algo bastante incómodo sobre cómo funcionan los mercados de verdad. Y lo que de verdad me obsesiona de esta historia no es cómo murió él, sino lo que les pasó después a los que creyeron haberse salvado. El hombre se llamaba Charles Barney, presidía el tercer mayor banco fiduciario de Estados Unidos, cenaba habitualmente con los Rockefeller y tenía ese tipo de respetabilidad que en aquella época solo se construía después de tres décadas comportándose como si uno fuese a vivir trescientos años. Y aun así, un buen día empezó a circular el rumor, ni siquiera del todo falso pero tampoco del todo cierto, de que el Knickerbocker Trust estaba expuesto a una operación fallida en el mercado del cobre, y eso, que en cualquier otro mes del año habría sido motivo de una conversación discreta en algún club de Manhattan, en aquellas semanas concretas, con la confianza pública ya algo erosionada, se convirtió en un detonante. Bastó con que aparecieran las primeras colas frente a las oficinas para que el rumor dejara de ser rumor y empezara a comportarse como una profecía cumpliéndose en tiempo real, porque, como bien sabe cualquiera que haya pisado un mercado lo suficiente, ningún banco del mundo, en ninguna época, ha estado nunca diseñado para devolverle el dinero a todos sus clientes a la vez, y eso vale tanto para 1907 como para mañana por la mañana. En tres horas, los depositantes retiraron ocho millones de dólares, una cifra que en términos de la época equivale a abrirle una arteria a una institución que llevaba décadas pareciendo inmortal, y el Knickerbocker, que era perfectamente solvente y tenía los activos para demostrarlo, tuvo que suspender pagos al día siguiente, no porque le faltase capital, sino porque le faltó lo único que un banco no puede permitirse perder ni un solo viernes por la tarde, que es el beneficio de la duda. Aquella misma noche, un J.P. Morgan ya mayor, ya bastante cansado y, sospecho, bastante harto de salvar al país de sí mismo por enésima vez, encerró a los banqueros más poderosos de Wall Street en su biblioteca privada y, según cuentan los testigos, guardó la llave en el bolsillo para asegurarse de que nadie saliera de allí hasta haber puesto dinero propio sobre la mesa, lo cual probablemente sea la última vez en la historia moderna en que el sistema financiero se salvó gracias a la pura testarudez de un solo hombre con suficiente fortuna y suficiente mala leche como para imponer su criterio a todos los demás. Pero a Barney, claro, todo eso ya le daba igual, porque para entonces llevaba demasiadas horas convencido, equivocadamente, de que estaba arruinado, lo cual es probablemente la mejor definición de tragedia financiera que se ha escrito jamás: morir creyéndose pobre sin haberlo sido. Y aquí viene la parte que casi nadie cuenta, que es la que me lleva años dando vueltas en la cabeza, y la única razón por la que vuelvo una y otra vez a esta historia cuando hablo con gente que invierte. Muchos de los depositantes que sí lograron sacar su dinero a tiempo del Knickerbocker, en su prisa absolutamente comprensible por ponerse a salvo, lo trasladaron en cuestión de días a entidades que, en aquellas mismas semanas, eran objetivamente peores que el banco del que estaban huyendo, y terminaron perdiéndolo igual, o peor, semanas y meses después, en quiebras menos célebres, menos novelables y mucho más definitivas. Es decir, huyeron del riesgo imaginario y corrieron, sin saberlo, directamente hacia el riesgo real, que es probablemente el resumen más honesto, más cruel y más exacto que se ha escrito nunca sobre el comportamiento del inversor medio en cualquier momento de tensión, sea 1907, sea 2008, sea esta misma semana. Y todo esto, que parece una historia vieja, una de esas anécdotas victorianas que se cuentan en clase de historia económica para amenizar la tarde antes del café, es exactamente lo mismo que sigue ocurriendo todas las semanas en los mercados modernos, solo que ahora va vestido con mejor ropa, con mejores presentaciones, con tipografía más limpia y con una cantidad ligeramente obscena de gente diciendo en redes sociales que esta vez sí, que esta vez lo tienen claro, que esta vez la dirección correcta es evidente. Y sigue pasando cuando una empresa se desploma porque alguien interpretó mal una guía. Y sigue pasando cuando un sector entero se dispara porque media industria descubre, con tres años de retraso, lo que ya era razonablemente obvio. Y sigue pasando, sobre todo, cuando aparece un banco central nuevo decidiendo, con esa naturalidad casi inocente que dan los primeros meses en el cargo, que ciertos datos incómodos no merecen tanta atención como les estábamos prestando. Esta semana ha vuelto a pasar. Y ha pasado, además, con un estilo francamente notable, en varios frentes a la vez, con personajes muy reconocibles, con cifras lo bastante grandes como para hacer dudar a cualquiera y con un par de movimientos en bolsa que merecen, como mínimo, un minuto de reflexión a solas antes de tomar cualquier decisión la semana que viene. No voy a adelantar aquí ni las empresas ni el desenlace de cada cosa, entre otras razones porque la mitad de la gracia está justamente en escuchar cómo encajan unas historias con otras y descubrir, por el camino, cuál de los protagonistas de esta semana es, en realidad, el Charles Barney moderno sin saberlo todavía. Lo cuento todo, con nombres, apellidos, números y un poco de mala leche bien medida, en el nuevo episodio de Actualidad Semanal +D, que para mí es la única forma honesta que he encontrado de hablar de mercados sin caer ni en el sermón ni en el panfleto. Y dejo una única idea, por si sirve de algo cuando llegue la próxima semana y, como siempre, todos empiecen a correr en la misma dirección al mismo tiempo: antes de moverse, acordaos de Barney, y preguntaos, con la mayor sinceridad de la que seáis capaz, si estáis huyendo del peligro real o simplemente del peligro que alguien acaba de contaros.