Reflexiones Cristianas

E.A. Podcast

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  1. Cuando ser bueno duele / Reflexiones cristianas

    FEB 11

    Cuando ser bueno duele / Reflexiones cristianas

    Cuando ser bueno duele / Reflexiones cristianas ¿Alguna vez pensaste algo como esto? “Yo intento ser bueno… pero la gente siempre me falla.” Esa frase, aunque no siempre la digamos en voz alta, vive en muchos corazones. Porque la desilusión es una de las experiencias más dolorosas que atravesamos como seres humanos. No llega de golpe como una tragedia inesperada. Llega cuando algo se rompe por dentro. Cuando confiamos. Cuando esperamos. Cuando creemos en alguien… y esa confianza no es correspondida. La desilusión casi siempre nace de una traición. Y no hablo solamente de grandes traiciones dramáticas. A veces es algo más silencioso: una promesa implícita que no se cumplió, una lealtad que esperábamos y no llegó, un apoyo que creíamos seguro y simplemente no estuvo. Cada vez que nos relacionamos con alguien, aunque no lo digamos explícitamente, construimos ideales. De un amigo esperamos compañía cuando nos vaya mal. De una pareja esperamos cuidado y respeto. De un trabajo esperamos reconocimiento y estabilidad. Es natural. El problema no es esperar. El problema aparece cuando esos ideales se rompen. Nos llegó el testimonio de una mujer —la llamaremos María Paula— que decía algo muy fuerte. Contaba que creció con el mandato de “honrarás a tus padres o Dios te castigará”. Pero esos mismos padres la abusaron, la maltrataron, la explotaron emocionalmente. Hoy mantiene un trato correcto con ellos. Es una buena persona. Pero el dolor de esa infancia sigue ahí. Porque cuando quienes debían proteger son quienes dañan, la desilusión no es superficial. Es profunda. Marca la identidad. La mayoría de las personas atraviesan un ciclo bastante repetido: ilusión, desilusión, nueva ilusión. Nos entusiasmamos con alguien, confiamos, nos abrimos. Luego llega la decepción… y con el tiempo volvemos a intentarlo, quizás con otra persona. Pero hay quienes, después de una herida muy grande, toman otra decisión: “Nunca más.” Nunca más confiar. Nunca más depender. Nunca más ilusionarse. Y así, para no volver a sufrir, levantan un muro. El problema es que ese muro no solo detiene el dolor. También detiene el amor. Y poco a poco la persona deja de vincularse. No porque no quiera amar, sino porque tiene miedo de volver a ser lastimada. Ahora bien, la desilusión no siempre es un enemigo. A veces es una señal de crecimiento. Cuando te desilusionas con alguien, con un trabajo o con una situación, puede estar ocurriendo algo más profundo: estás madurando. Estás comprendiendo que pusiste tu esperanza en el lugar equivocado. El problema no es ilusionarse. El problema es con quién, cómo y desde dónde nos ilusionamos. Muchas veces depositamos nuestra expectativa en personas que, simplemente, no pueden darnos lo que esperamos. Y no porque sean malvadas necesariamente, sino porque nadie puede dar lo que no tiene. Cuando entendemos eso, dejamos de personalizar todo. Dejamos de interpretar cada falla como un ataque directo. Y empezamos a elegir mejor dónde ponemos el corazón. Aquí es donde entra algo muy importante: una fe sana. No una fe ingenua. No una fe que niega la realidad. Una fe sana mueve la ilusión de la gente hacia la visión. Es decir, deja de depender de la aprobación o del comportamiento de otros y comienza a apoyarse en un propósito más profundo. Tu esperanza no puede depender de lo que otros vean de vos o de lo que opinen sobre tus circunstancias. “Te fue mal.” “Te echaron.” “Estás enfermo.” Eso es lo visible. Pero la visión es otra cosa. La visión es la capacidad de ver más allá del momento actual. Es entender que tu valor no cambia porque alguien te haya fallado. Ser buena persona no garantiza reciprocidad. Y aceptar eso no te vuelve frío; te vuelve realista. No todos actuarán como tú actuarías. No todos responderán como tú responderías. Pero eso no significa que tengas que dejar de ser quien eres. Significa que necesitas límites. Y los límites no son dureza; son sabiduría. Una fe madura te permite amar sin perderte. Dar sin vaciarte. Confiar sin entregarte ciegamente. Cuando dejas de buscar desesperadamente la aprobación de la gente, algo cambia dentro de ti. Ya no estás mendigando reconocimiento. Ya no necesitas que todos validen tu bondad. Y cuando eso ocurre, la gente pierde el poder de herirte con la misma intensidad. Tal vez la desilusión no vino a destruirte, sino a enseñarte dónde no poner tu identidad. Tal vez vino a mostrarte que tu valor no depende de la respuesta de los demás. Y tal vez, cuando comprendes eso, tu fe deja de ser frágil y se vuelve firme. Porque al final, crecer no es dejar de confiar. Es aprender a confiar con sabiduría.

    6 min
  2. La batalla de nuestra mente contra la envidia / Reflexiones cristianas

    FEB 3

    La batalla de nuestra mente contra la envidia / Reflexiones cristianas

    La batalla de nuestra mente contra la envidia / Reflexiones cristianas Déjame empezar con algunas preguntas sencillas. ¿Alguna vez sentiste envidia? ¿Alguna vez notaste que alguien te envidiaba? ¿Alguna vez alguien te lastimó… o fuiste vos quien lastimó a otro? La envidia es uno de esos sentimientos de los que casi nadie habla con honestidad. Porque rara vez se confiesa. Casi nadie dice: “Te envidio.” Lo que suele decir es otra cosa: “Estoy triste.” “Estoy enojado.” “Estoy molesto.” “O simplemente… te rechazo.”   La envidia suele esconderse. Cuando la nombramos, muchas veces lo hacemos en tono de broma: “¡Ay, cómo te envidio!” Pero eso, en realidad, es admiración. La verdadera envidia es otra cosa. Es un dolor interno que se transforma en enojo. Y ese enojo, en deseo de destruir lo que el otro tiene o lo que el otro es. Por eso la envidia no busca crecer. Busca rebajar.   La envidia tiene algo infantil. Lo vemos claramente en los niños: le damos un juguete a cada uno y aun así quieren el del otro. Pero lo inquietante es que muchos adultos nunca superan esa etapa. La envidia aparece entre pares, entre colegas, entre contemporáneos. Un periodista envidia a otro periodista. Un escritor a otro escritor. Un compañero de trabajo al que le va un poco mejor. Rara vez se envidia a alguien de otro tiempo. Se envidia a quien está cerca. A quien sentimos comparable.   Se puede envidiar casi todo. El dinero. El estudio. La familia. El carácter. Incluso la esperanza. Hay personas que no soportan ver a alguien relajado, con fe en el mañana, disfrutando un momento de paz. Y desean —consciente o inconscientemente— arruinarlo. A veces la pregunta “¿Cuánto ganás?” no es curiosidad. Es comparación. Es herida.   Hay algo que conviene aceptar temprano: Cuando a una persona le va bien, cuando logra algo, cuando avanza… aparecen dos tipos de personas. Los que se alegran. Y los que envidian. Y no siempre la envidia aparece por grandes éxitos. A veces surge por pequeños logros. Tal vez nadie envidia tu dinero, pero alguien envidia tu familia. O tu manera de hablar. O tu actitud frente a la vida. Si sos empático, si trabajás bien, si sos constante, si transmitís esperanza… es probable que alguien te envidie. No porque hagas algo mal, sino porque estás haciendo algo bien. El mecanismo es sencillo. Primero me comparo. Después siento que yo también podría tener eso. Y al no tenerlo, aparece la tristeza. La tristeza se vuelve enojo. Y el enojo se transforma en descalificación. No ataco lo que admiro. Ataco lo que me duele. Hay algunas ideas simples que pueden ayudarnos a no vivir atrapados en la envidia. La primera: compartir, no competir. Enseñemos —y aprendamos a competir solo con nosotros mismos. A superarnos. Pero con los demás, compartir. La segunda: preguntar cómo lo hizo. Cuando veas que a alguien le va bien, no lo envidies. Preguntá. Poné el foco en el proceso, no solo en el resultado. El éxito casi nunca es magia. Suele encontrarnos trabajando. La tercera: no perturbarse. Si alguien te envidia, seguí adelante. No detengas tu camino para convencer a quien decidió no alegrarse. La envidia ajena no es señal de que debas frenar, sino de que estás avanzando.  La envidia enferma. La admiración expande. Cuando admiramos, aprendemos. Cuando envidiamos, nos achicamos. Por eso es tan importante abrir caminos, compartir lo aprendido, enseñar a otros cómo avanzar. No guardarlo por miedo. No esconderlo por inseguridad.  Quizá nadie se vuelve fuerte en aguas tranquilas. Las críticas, las miradas incómodas, la incomprensión… también entrenan. Si sentís que te golpean de todos lados, tal vez no sea castigo, sino preparación. No envidies. Admira. Y rodeate de quienes no solo lloran con vos, sino de quienes saben alegrarse cuando te va bien. Porque ese — ese sí — es el verdadero amigo.

    6 min
  3. La lección de una niña de cinco años /  Reflexiones cristianas

    JAN 24

    La lección de una niña de cinco años / Reflexiones cristianas

    La lección de una niña de cinco años /  Reflexiones cristianas A veces creemos que las grandes lecciones de la vida vienen de personas con experiencia, con estudios, con años encima. Pensamos que para enseñarnos algo importante hay que haber vivido mucho, haber sufrido mucho, haber entendido mucho. Pero de vez en cuando, la vida nos descoloca. Y nos recuerda que la sabiduría también puede venir de quien apenas está empezando a vivir. Hoy, la lección no viene de un adulto. Viene de una niña de cinco años.   Ella se llama Sunshine Asiste a una escuela en los Estados Unidos. En su colegio, los alumnos pagan una pequeña cuota mensual para poder tomar leche durante el día. Los padres de Sunshine cumplían con ese pago. Ella nunca había tenido problema. Pero un día, Sunshine se dio cuenta de algo. Una de sus amigas nunca tomaba leche. Al principio pensó que era casualidad. Luego entendió la razón. Los padres de su amiga no habían podido pagar. Y poco a poco, Sunshine descubrió algo todavía más duro: Su amiga no era la única. Había varios niños que pasaban hambre en su escuela.   Cada vez que podía, Sunshine compartía su vaso de leche. Un sorbo para ella. Un sorbo para su amiga. Pero había un problema. Eso no alcanzaba. Y Sunshine, con solo cinco años, entendió algo que muchos adultos no quieren ver: Si el problema es más grande, el gesto también tiene que crecer.   Entonces decidió hacer algo. Cada vez que recibía monedas — de sus padres, de su abuela — no las gastaba. No pedía juguetes. No pedía dulces. Iba directo a su alcancía y las guardaba. Pasaron los meses. Y un día, Sunshine le pidió a su abuela que la ayudara a romper la alcancía. Su abuela le preguntó, con una sonrisa: “¿Qué juguete te vas a comprar con tus ahorros?” Sunshine la miró y respondió con total naturalidad: “Es para la leche de la escuela.” La abuela, confundida, le dijo: “Pero si ya pagaron tu leche…” Y entonces llegó la frase que lo cambió todo: “Es para los niños que no tienen dinero para comer.” religion, iglesia_cristiana_cerca_de_mi, iglesia_cristiana, iglesia_evangelica_cerca_de_mi, iglesia_evangelica, iglesia_de_cristo iglesia_pentecostal_cerca_de_mi, iglesia_hispana_cerca_de_mi, estudios_biblicos_online, paginas_cristianas, devocionales_cristianos_para _mujeres, iglesia_evangelica_cristiana_espiritual, iglesia_alianza_cristiana_misionera, roca_project_podcast, podcast_entrevistas, podcast_cristianos

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  4. Cuando darlo todo no depende de cuánto tienes / Reflexiones cristianas

    JAN 17

    Cuando darlo todo no depende de cuánto tienes / Reflexiones cristianas

    Cuando darlo todo no depende de cuánto tienes / Reflexiones cristianas Muchas veces pensamos que ayudar es un privilegio. Que hace falta tener dinero, tiempo, fuerza, influencia. Creemos que para marcar la diferencia hay que estar en el lugar correcto, tener los recursos correctos, ser la persona correcta. Y sin darnos cuenta, esa idea se convierte en una excusa silenciosa. “Yo no puedo.” “No es el momento.” “No está en mis manos.” Pero hoy vamos a conocer a una mujer que nos recuerda algo muy simple y muy incómodo: Cuando el corazón quiere ayudar, siempre encuentra el modo.   LA HISTORIA   Ella se llama Plaxedes Dillon. Tiene 71 años y vive en una comunidad llamada Icogo Magombo, en Mozambique. Su vida es humilde. Cada día se despierta a las cuatro de la mañana y recorre largas distancias vendiendo ropa para poder pagar su alquiler. No sobra nada. No hay margen. No hay comodidades. Hace algunos días, Mozambique fue golpeado por el ciclón Idai. Un desastre devastador. Más de 800 personas murieron. Miles resultaron heridas. Casi dos millones de personas quedaron afectadas. Faltaba agua. Comida. Refugio. El país entero estaba sumido en el dolor.   EL MOMENTO DE DECIDIR  Un día, Plaxedes regresaba a casa después de una jornada agotadora. Encendió la radio. Y escuchó la noticia. El desastre. Las víctimas. La urgencia. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Y en ese momento, pudo haber hecho lo que muchos hacemos: Suspirar. Apagar la radio. Seguir adelante. Pero no lo hizo. Plaxedes decidió no quedarse de brazos cruzados. religion, iglesia_cristiana_cerca_de_mi, iglesia_cristiana, iglesia_evangelica_cerca_de_mi, iglesia_evangelica, iglesia_de_cristo iglesia_pentecostal_cerca_de_mi, iglesia_hispana_cerca_de_mi, estudios_biblicos_online, paginas_cristianas, devocionales_cristianos_para _mujeres, iglesia_evangelica_cristiana_espiritual, iglesia_alianza_cristiana_misionera, roca project podcast, podcast entrevistas, podcast cristianos

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  5. 12/29/2025

    El hombre que el mundo dio por perdido / Reflexiones cristianas

    El hombre que el mundo dio por perdido / Reflexiones cristianas Hay guerras que terminan en los libros de historia. Y hay guerras que nunca terminan en el interior de quienes las vivieron. Algunas las recordamos a través de películas, de nombres grabados en monumentos, de cifras que ya no duelen porque se volvieron abstractas. Pero detrás de cada nombre… hubo una vida. Una familia. Una historia que no siempre tuvo un final claro. Hoy vamos a recordar una de esas historias. No por la guerra en sí, sino por lo que ocurre cuando una persona desaparece… y el mundo sigue adelante sin ella.   El protagonista de esta historia se llamaba John Robertson. Era soldado. Pertenecía a los Green Berets, las fuerzas especiales del ejército de Estados Unidos, durante la guerra de Vietnam. Estaba casado. Tenía dos hijas. El 20 de mayo de 1968, su helicóptero fue derribado durante una misión secreta sobre Laos. El ejército estadounidense, que intentaba cortar las líneas de suministro del Vietcong, no pudo organizar una misión de rescate. John Robertson fue declarado desaparecido en acción. Años después, en 1976, fue oficialmente dado por muerto en combate. Su nombre pasó a formar parte de una lista. Una más entre más de 60.000 nombres grabados en el monumento de Washington en honor a los soldados caídos en Vietnam. Para el mundo… John Robertson había dejado de existir.   Pero John nunca se fue de este mundo. Había sobrevivido al ataque. Fue capturado por guerrilleros vietnamitas, acusado de ser espía de la CIA y sometido a años de tortura física y psicológica. Cuatro años. Cuatro años de cautiverio, miedo y deshumanización. Hasta que logró escapar. Pero escapar no significó volver a casa. Se internó en la selva. Se escondió. Desapareció del mapa humano. Hasta que fue encontrado por una mujer vietnamita: la viuda de un soldado del sur, leal al gobierno que apoyaba a Estados Unidos. Era enfermera. Ella no lo denunció. No lo entregó. Lo cuidó.   Para sobrevivir, John hizo algo extremo: Asumió la identidad del marido fallecido de esa mujer, Dan Tak-Ngoc. Se declaró vietnamita de origen francés. Y poco a poco… empezó otra vida. Se casó. Tuvo cuatro hijos. Trabajó la tierra. Durante décadas, John Robertson vivió como un campesino vietnamita. Lejos de su idioma. Lejos de su nombre. Lejos de su país. Hasta que, en 2008, alguien lo encontró.   Un veterano estadounidense llamado Tom Fausen dedicaba su vida a buscar soldados desaparecidos en Vietnam. Cuando encontró a aquel campesino anciano, algo no encajaba. Robertson ya mostraba los primeros signos de demencia. Había olvidado incluso su inglés. Un psicólogo explicaría después que había perdido su idioma original porque ya no tenía sentido en el mundo que lo rodeaba. El lenguaje que no se usa… se apaga. Pero Fausen estaba convencido. Ese hombre olvidado era el soldado que el mundo había dado por muerto.   Fausen convenció a un cineasta, Michael Jorgensen, y juntos comenzaron a investigar. Un antiguo compañero de armas viajó a Vietnam y lo reconoció de inmediato. Le extrajeron una muela para probar que había crecido en Estados Unidos. En 2010, John acudió a la embajada estadounidense en Vietnam para identificarse mediante huellas dactilares. La respuesta fue devastadora: “No hay pruebas suficientes.” La última opción era una prueba de ADN. Pero sus dos hijas estadounidenses se negaron a realizarla. Tal vez por miedo. Tal vez por incredulidad. Tal vez porque aceptar la verdad era demasiado doloroso.   La última alternativa fue su hermana, Jen Robertson Holly, de 80 años. En 2012, la reunieron con John en Canadá. Ella no dudó. Lo miró… y supo. Ese campesino vietnamita era su hermano. El director del documental dijo una frase escalofriante: “No es que los vietnamitas no lo dejen ir… es que nuestro propio gobierno no lo quiere.”   John Robertson había recuperado su nombre. Había encontrado a su familia. Había vuelto, en teoría, a casa. Pero tomó una decisión inesperada. Regresó a Vietnam. No tenía intención de abandonar ese país. Tal vez porque su vida ya estaba allí. Tal vez porque su identidad se había dividido para siempre. Tal vez porque, después de tanto tiempo, ya no se pertenece por completo a ningún lugar.   Hay personas que desaparecen del mundo… pero no del todo. Viven entre nombres, entre lenguas olvidadas, entre recuerdos que se borran. Esta historia no habla solo de una guerra. Habla de identidad. De pertenencia. De lo que ocurre cuando el mundo decide que ya no existes. Y también de algo más silencioso: De cómo el ser humano puede reconstruir su vida incluso después de haberlo perdido todo. Tal vez no siempre volvemos al lugar del que salimos. Pero seguimos caminando. Y a veces, eso también es una forma de sobrevivir.

    6 min
  6. 2 x 02 15 versículos sobre el amor al prójimo / Reflexiones Cristianas

    09/10/2025

    2 x 02 15 versículos sobre el amor al prójimo / Reflexiones Cristianas

    15 versículos sobre el amor al prójimo / Reflexiones Cristianas Hola amigos, bienvenidos a este nuevo episodio. Hoy quiero hablarte del mandamiento más grande que Jesús nos dejó: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Y ama a tu prójimo como a ti mismo”. Amar a los demás no siempre es fácil, pero es el reflejo más claro de que Dios vive en nosotros. Por eso, quiero compartir contigo 15 versículos sobre el amor al prójimo que nos muestran cómo vivir este mandamiento en lo cotidiano. 📖 Versículos y reflexión Narrador: El apóstol Juan nos recuerda de dónde viene el amor:“Queridos hermanos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios.” (1 Juan 4:7)El amor verdadero no nace de nuestro esfuerzo, sino de Dios mismo. Narrador: El sabio en Eclesiastés nos enseña el valor de caminar juntos:“Dos son mejor que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si uno de ellos cae, el otro lo levanta. ¡Pobre del que cae y no tiene quien lo levante! … Un cordón de tres hilos no se rompe fácilmente.” (Eclesiastés 4:9-12)Amar es acompañar, sostener y dar calor en medio del frío de la vida. Narrador: Pablo también lo afirma:“En cuanto al amor fraternal, no necesitan que les escriba, porque Dios mismo les ha enseñado a amarse los unos a los otros.” (1 Tesalonicenses 4:9)El amor es una enseñanza directa del corazón de Dios. Narrador: En el libro de Rut vemos un amor que se mantiene firme:“No me ruegues que te deje… A donde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios, mi Dios. Donde tú mueras, allí moriré, y allí seré sepultada.” (Rut 1:16-17)El verdadero amor no abandona, permanece. Narrador: Jesús mismo nos dejó un mandamiento claro:“Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que dar la vida por sus amigos.” (Juan 15:12-13)Amar bien es estar dispuesto a sacrificar. Narrador: Pablo lo explica así:“Dios los ama y los ha escogido… Revístanse de compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia. Sopórtense unos a otros y perdónense… Y sobre todo, revístanse de amor, que es el vínculo perfecto.” (Colosenses 3:12-14)El amor no es teoría, es vestirse de paciencia y perdón cada día. Narrador: Y sin amor, todo se queda vacío:“Si doy todo lo que tengo para ayudar a los pobres, y hasta entrego mi cuerpo, pero no tengo amor, de nada me sirve.” (1 Corintios 13:3)Las obras sin amor carecen de eternidad. Narrador: El amor verdadero nace en la cruz:“Así manifestó Dios su amor entre nosotros: en que envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros.” (1 Juan 4:9-11)Amamos porque Él nos amó primero. noticias_cristianas_actuales, noticias_cristianas, la_biblia, biblia_reina_valera, biblia_reina_valera_1960, biblia_catolica, santa_biblia, reina_valera, libros_de_autoayuda, biblia_latinoamericana, libros_de_superacion_personal, proverbios, nuevo_testamento, isaias_41_10, antiguo_testamento, mundo_cristiano_noticias, noticias_en_el mundo_cristiano, reflexiones_positivas, estudios_biblicos_profundos, estudios_biblicos_cortos, estudios_biblicos_para_mujeres

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