Arrancamos hoy con el motor del Seat 131 Supermirafiori rugiendo como un león, nunca mejor dicho, porque seguimos en tierras leonesas. Dejamos atrás Molinaseca y el dolor de rodillas de los peregrinos para adentrarnos en lo más profundo, verde y misterioso de la comarca del Bierzo. Gonzalo, agárrate que vienen curvas, porque nos vamos a meter por carreteras donde el GPS te pide por favor que des la vuelta. Tras recorrer unos 35 kilómetros hacia el oeste, rozando ya con la punta de los dedos la frontera con Galicia, llegamos a nuestro destino de hoy: Balboa. Y que nadie se espere encontrar aquí a Rocky entrenando con cuartos de vaca colgando, aunque os digo una cosa, con las cuestas que hay en este pueblo, se te ponen unos gemelos que ni Sylvester Stallone en sus mejores tiempos. Este municipio cuenta, según el último recuento oficial, con 286 habitantes, y su gentilicio es balboano o balboana. Es un sitio que parece sacado de un cuento de hadas, pero de los antiguos, de los que daban un poco de miedo. Balboa es, sin lugar a dudas, la capital espiritual del "rollo celta" en la zona. Si os gusta El Señor de los Anillos o Braveheart, este es vuestro sitio, porque el pueblo está salpicado de las famosas Pallozas. Para el urbanita que nos escuche y piense que una palloza es un tipo de pizza o una enfermedad tropical: no. Una palloza es una construcción de origen prerromano, circular, hecha de piedra y con un techo cónico de paja de centeno (llamado teito) que llega casi hasta el suelo. Antiguamente, y cuando digo antiguamente hablo de hace no tanto, aquí vivían las familias junto con el ganado. Todo junto. La vaca, el abuelo, las gallinas y los niños. Era el sistema de calefacción central más ecológico y aromático de la historia. Hoy día, por suerte o por desgracia, ya no se usan para vivir, pero en Balboa las han conservado de maravilla y muchas se han reconvertido en bares o museos. Tomarse una cerveza dentro de una palloza, con ese olor a humo y madera vieja, es una experiencia religiosa. La historia de Balboa es la típica de esta zona fronteriza: castros prerromanos por un tubo, romanos que pasaron por aquí buscando oro como locos (que se llevaron hasta los empastes de los castreños) y señores feudales dándose de tortas por un trozo de monte. Testigo de esas peleas es el Castillo de Balboa, situado en lo alto de una colina que domina el valle. Es una fortaleza del siglo XIV que, durante mucho tiempo, estuvo que se caía a trozos, en lo que los expertos llaman "estado de ruina consolidada", que significa "está roto pero no lo tocamos para que no se caiga más". Recientemente lo han adecentado un poco, y subir hasta allí es obligatorio, aunque solo sea para recuperar el aliento y pensar en lo duro que debía ser subir el agua hasta ahí arriba en la Edad Media. Pero si hay algo que hace famoso a Balboa hoy en día, más allá de las piedras, es su ambiente. Tienen un rollo cultural y musical impresionante para ser un pueblo de menos de 300 vecinos. Aquí se celebra la famosa Noche Mágica de San Juan, una fiesta que atrae a gente de todas partes. Hacen hogueras gigantescas, hay conciertos de música folk y celta hasta que sale el sol, y la gente salta el fuego con una fe que ya quisiera yo para mi declaración de la renta. Es una mezcla entre una rave moderna y un ritual druídico ancestral. Otro punto fuerte del patrimonio local es la Casa de las Gentes. Es un edificio público, construido en madera por artistas locales, que sirve de museo y centro de exposiciones. Pero no es un edificio normal, está lleno de tallas de madera, relieves y detalles artísticos por todas partes. Es el ejemplo perfecto de que en la España Barbaciada no solo hay ruinas, hay gente creando cosas nuevas y chulas. Y por supuesto, no nos podemos ir sin mencionar la gastronomía. Estamos en el Bierzo, amigos. Aquí el botillo es el rey, y las castañas son la reina. Si te comes un botillo en una palloza y luego subes al castillo, has convalidado tres meses de gimnasio.