Durante el siglo XVIII jóvenes aristócratas del norte de Europa, especialmente británicos, protagonizaron un fenómeno cultural conocido como el Grand Tour. Se trataba de un viaje iniciático por el continente que duraba entre uno y tres años, y que culminaba siempre en Italia. Muchachos de entre 16 y 22 años abandonaban la campiña inglesa para recorrer una ruta previamente establecida que pasaba por París, Ginebra, los Alpes, Turín, Milán, Venecia, Bolonia, Florencia, Roma y Nápoles. Regresaban con libros, grabados, colecciones de medallas, bustos romanos, lienzos y, sobre todo, con una idea nueva del mundo que les transformaba en auténticos gentlemen. El Tratado de Utrecht de 1713 hizo posible este viaje al crear unas condiciones de paz relativa en Europa. Gran Bretaña había emergido como potencia naval, las rutas se volvieron transitables y los puertos estaban abiertos. La nobleza británica, enriquecida por el comercio colonial y la incipiente revolución industrial, disponía del dinero y del tiempo necesarios para financiar semejante viaje. La logística implicaba cierta complejidad. Cada joven viajaba acompañado de un bear-leader, normalmente un cura anglicano culto que oficiaba de tutor. En Italia contrataban cicerones locales de habla inglesa, algunos llegaron a hacerse muy famosos como el alemán Johann Joachim Winckelmann. Las letras de cambio les permitían disponer de efectivo en la moneda local en cada escala, pero era un viaje lento. Cruzar los Alpes exigía desmontar el carruaje y subir el puerto a lomos de mula. Ya en Italia tenían que atravesar aduanas, alojarse en posadas no muy recomendables y pasar cuarentenas que podían retener al viajero durante semanas. El viaje era también muy costoso, de unas 800 libras al año, es decir, unos 200.000 euros actuales. París era la antesala, allí el joven aprendía modales, esgrima, baile y lengua francesa. Visitaba el palacio de Versalles y se codeaba con la nobleza local. Pero Italia era el destino final del viaje. Venecia les deslumbraba. Allí los ingleses descubrieron a Canaletto, cuyas vistas de la ciudad compraban con avidez. Florencia era la patria del Renacimiento y el laboratorio del gusto clásico, pero todo eran simples escalas antes de llegar a Roma. Los viajeros se alojaban junto a la plaza de España en un barrio que los romanos bautizaron como gueto de los ingleses. En Roma adquirían antigüedades y se hacían retratar con ruinas de fondo. La última parada era Nápoles, donde se acababan de descubrir las ruinas de Pompeya y Herculano. En Nápoles no tenían que evocar la antigua Roma, la veían con sus propios ojos. El mercado del arte floreció gracias a estos viajeros que iban con los bolsillos llenos. Marchantes como Thomas Jenkins enviaban a Inglaterra esculturas, mármoles y antigüedades, muchas de las cuales acabarían en el Museo Británico. Al regresar, estos lords reformaban sus mansiones siguiendo el estilo palladiano. Esa misma estética saltaría el Atlántico para convertirse en la arquitectura de prestigio de las trece colonias de Norteamérica. El declive llegó a finales de siglo con la revolución francesa y las guerras napoleónicas, que afectaron directamente a Italia y cerraron el continente para los británicos durante años. Décadas después llegó el ferrocarril, que dejó obsoletos los viajes a la antigua. El Grand Tour, reservado a los aristócratas, dio paso a los viajeros románticos y al turismo burgués. A mediados del siglo XIX era ya cosa del pasado, pero dejó una impronta imborrable en Italia y, sobre todo, en el Reino Unido. En El ContraSello: 0:00 Introducción 4:02 El Grand Tour 1:23:24 Los gulags soviéticos