Pol&Pop

La Montonera prod.

Un podcast donde damos rienda suelta al triángulo de nuestras cosas favoritas: la política, la cultura pop y la actualidad. @podcastpol Política en serio en tiempos de memes, whatsapp y gifs de gatitos. www.polypop.es Twitter: https://twitter.com/podcastpol Telegram: https://t.me/PolAndPop

  1. hace 3 h

    Lo de ZP es más que lo de ZP

    La imputación de Zapatero&cía —o cómo se llame ahora— representa: 1 ) la posibilidad de que el PSOE sea una estructura profundamente corrupta, o lo que es lo mismo, un partido as usual de la partitocracia canónica; hasta el punto de que —en una suerte de ingreso traumático de lo real en el que el carácter ficcional del modo en el que nos relacionamos operativamente en el mundo se desvela como tal, una mentirijilla que nos facilita la vida— ya no podemos relacionarnos con el PSOE fingiendo que es una cosa diferente a lo que el PSOE realmente es. 2) La constatación definitiva, por si era necesaria alguna prueba más, de que el PSOE —uno de sus aparatos fundadores— ha sido expulsado del R78 y hay una operación puesta en marcha para desalojar al Gobierno vía judicial, mediática, política y diplomática mediante. Es decir, por todas las vías. Esto ha llegado a suceder como si, en una fase terminal de la respuesta autoinmune del R78 a los desafíos del ciclo político 2011-2022, las defensas atacaran finalmente al propio cuerpo. Una dinámica en la que es posible que el PSOE tenga una responsabilidad no pequeña. Para afrontar y superar los desafíos y la impugnación del ciclo 2011-2022, el R78 segregó una serie de anticuerpos en esta forma que Pablo Elorduy ha llamado el Estado feroz. Aquí segregar significa, en una gramática variable, que autorizó, legitimó, confraternizó, toleró o dejó hacer según el caso y la conveniencia a determinados aparatos de estado (incluidos los aparatos de información ) a actuar para expulsar, debilitar o aniquilar esos cuerpos extraños (15M, Municipalismos, Podemos, etc.) o que se han vuelto extraños (Junts, Esquerra) que desafían la estabilidad y legitimidad del régimen. Hasta este punto el PSOE es plenamente responsable de ello. Autorizó, legitimó, dejó hacer y sobre todo, se benefició de ello. ¿Qué sucedió para que haya terminado devorado por esta dinámica, canibalizado por unas dinámicas que él mismo contribuyó a generar y activar? 1) Activada esta dinámica, legitimada en su proceder, a las fuerzas conservadoras y reaccionarias no les ha sido difícil impusarla a una nueva fase, ordenarla e instrumentalizarla. Pero si 1) ha sido tan fácil es porque 2) a estos núcleos movilizados y activistas del Estado feroz nos les ha faltado ímpetu ni iniciativa. Quizás nunca ha sido más importante en nuestra historia reciente (donde importante significa disfuncional) la composición material y humana de los aparatos de estado. La expulsión del PSOE supone una reestructuración fuerte del campo político y uno de los vectores estratégicos más importante del ciclo que se nos está viniendo encima Drama sobre drama, aquí lo importante es que parece dominar en los núcleos de los aparatos duros del Estado a) una concepción patrimonialista del Estado y b) estrecha y preconstitucional de la nación y la patria. Una noción en la que España se identifica con ellos mismos y sus homólogos de clase, anterior y superior a la democracia, con la que tiene una relación accidentalista. De esta manera, en nombre de España (en esta concepción patrimonialista y estrecha) se está en cierto modo habilitado para bordear, extrañar o desreconocer la democracia y sus derechos. En resumen, un esprit de corps reaccionario que activado y tolerado en una primera fase, y movilizado y legitimado en una segunda, ha terminado por comprender al PSOE (una de sus partes componentes y fundadoras) como también él un cuerpo extraño. Con el que se está habilitado a hacer lo que se estaba legitimado a hacer con los cuerpos extraños: al que se esta autorizado y legitimado a expulsar, aniquilar, castigar, destruir y un largo y triste etc. Si esto resuena a lawfare es porque cuando funciona, así funciona el lawfare. Si nos estremece un cierto latigazo de pánico, es porque el cuerpo es sabio e intuye la que se nos viene. Conclusiones. La expulsión del PSOE supone una reestructuración fuerte del campo político y uno de los vectores estratégicos más importante del ciclo que se nos está viniendo encima. El PSOE navega en esto incómodamente, entre la estupefacción y la aceptación estratégica. La extraordinaria resistencia que está mostrando el Gobierno, al menos hasta el momento presente, habla de que hay un área que ya está en lo segundo, pero es lógico intuir que el impulso apparatchik, especialmente conforme público y crítica vaya soltando la mano, a negociar la rendición, entregar los aparatos de estado, pasar la penitencia y pedir el reingreso en el club, es ya también un proyecto en marcha. De momento, por el presente, si el lawfare hace del PSOE uno como nosotros/as, la otras cositas no lo hace, justamente, uno de nosotros/as. Esta distinción, que no ha estado clara precisamente estas semanas, pero distinguir y trabajar ambas cosas —una pulsión que acerca y otra que nos aleja— va ser uno de las elementos claves para sobrevivir y crecer en el ciclo político que se abre. Ciclo político que se anticipa necesariamente feroz.

    58 min
  2. 9 may

    Si la orden es jugar, la respuesta es hacer trampas. Con Javier Pérez Barricarte

    Por culpa de pensarlo, se cae en la cuenta de que una de las actividades más divertidas que existe no es sino completar otra de las más aburridas: seguir normas. En el último Pol&Pop hablamos sobre jugar con Javier Pérez Barricarte, sobre su libro, “El placer de la domesticación. De la gimnasia al videojuego” (Renacimiento, 2026). Parte del interés por esta actividad es que se ha situado del lado de lo banal, de lo que no es serio ni profesional -las excusas más habituales para instarnos a hacer lo insoportable-, lo que incrementa la importancia de estas formas humanas de repetir con pequeñas variaciones bajo distintos conjuntos de normas. Una actividad clave en la socialización de los nuevos sujetos y en la subjetivación de los adultos. O ¿acaso no es un reclamo de la cultura del gimnasio que éste forja tanto más un carácter que un cuerpo? El juego moldea las etapas de una vida: los niños a los muñecos, los adolescentes al Tiktok, quienes se resisten a la vida adulta al Instagram y sus mayores al Facebook. El juego moldea la realidad: el Kriegsspiel prusiano convirtió la guerra en un tablero en el que no tenían cabida el cansancio, el hambre o las vísceras, sino que se podía aprender como un espacio racional de planificación, igual que el shooter en primera persona anticipó el dron de combate. El juego -los nuevos, las variaciones y gustos de los viejos- repasan las líneas de la jerarquía social cuando el empuje de los de abajo amenaza con borrarlas. Toda apelación al fair play y al espíritu olímpico han sido expresiones de políticas del tono con pantalones cortos por oleadas contra obreros, personas no blancas, mujeres y transexuales. En el mundo digital, el neoliberalismo ha querido introducir dentro del videojuego una variación del no hay alternativa. La interactividad ha escondido a menudo una acción aún más encerrada por el software que el juego de mesa o al aire libre y ha incorporado hasta tal punto la idea de trabajo después del trabajo, que cuando el diablo nos ha querido instarnos a hacer cosas indeseables, lo ha plagado de píxeles y lo ha llamado ludificación. Y sin embargo seguimos jugando. Lo que constituye el juego es un deseo que quiere tocar tierra en ese campo normativizado, pero al mismo tiempo no puede dejar de tensar sus costuras, desafiar lo instituido, buscarle los límites, hacerle trampas, migrar y fundar nuevos juegos cuando todo estaba decidido. Suponemos que les suena esa actitud.

    1 h
  3. 18 abr

    Miserias y disfrutes del true crime, con Berta Comas Casas

    Quizá no se encuentre en su punto álgido, pero el true crime es un género ya consolidado en nuestro menú cultural y, como tal, una mediación influyente en la manera de vernos y de ver el mundo. En el núcleo de su ascenso, habita una tensión entre el deseo de acercarse a, de discutir, de compartir o incluso de entretenerse con algunas de las conductas humanas más sórdidas y, por otro lado, las implicaciones éticas de todo esto cuando, tras la pantalla, ha existido un sufrimiento real que quizá se atice en cada replay o un estado injusto del mundo que se consolidará con cada visionado. Esta es parte de la discusión que Berta Comas Casas tiene consigo misma en el libro True crime. Una mirada al dolor de las demás (Lengua de Trapo, 2026) y a la que nos incorporamos, junto a ella, en este Pol&Pop. El éxito del true crime es el de sus premisas más reduccionistas y escondidas. Ni tan true ni tan crime. Aunque, en sus inicios, el interés del género provenía de su veracidad y aprovechaba la legitimidad de otros géneros, poco comerciales pero pintones, como el documental, la mano se ha ido abriendo a introducir más elementos del thriller o de la industria audiovisual en general y admitir mayores cuotas de ficcionalización de lo real. Como habrán notado alguna vez, esa cosa aburrida de la realidad no se organiza en capítulos ni mucho menos éstos cliffhanguean para que tengas ganas de enchufarte el siguiente. Tampoco los asesinos suelen ser atractivos ni la vida viene envuelta en una locución perfecta. Si hay mucha más creación de la que parece y ésta es artística o expresiva puede tener un pasar porque toda sociedad necesita contarse y componer sus duelos, pero si toda artificiosidad es comercial y vuelve a encajar “lo que ha sucedido” en el canon del male gaze, el dolor de las demás es dinero para los de arriba y patriarcado por doquier. Tampoco el crime en cuestión es todo el crime, sino más bien la porción minoritaria de delitos interindividuales de sangre y sexuales graves que sostienen nuestra idea de la utilidad del sistema penal. Con tal monstruosidad sobre la mesa, cómo imaginar otra forma de lidiar con los conflictos sociales o incluso con la pura maldad. La idea de copaganda (https://www.elsaltodiario.com/metropolice/copaganda-vision-policial-se-convierte-sentido-comun), en la traducción que Sergio García e Ignacio Mendiola hacen de la noción de Alyssa Rosemberg, permite pensar cómo nuestro sentido común del mundo se alinea de forma creciente con el policial. Ya comentábamos en el episodio anterior (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/criptoprofetas-hipermasculinidad-nueva-derecha-paula-c-chang-andrea-g-galarreta) la capacidad occidental de reforzar instituciones -allí era la masculinidad, aquí el propio sistema penal- afirmando su completa decadencia y documentando todos sus fallos. Mucho más extraño sería encontrar una exploración del proceso de salvaje centrada al capitalismo financiero global de los bancos finlandeses a finales de los 1980s, como hace Rosvopankki (Los invencibles) o una mirada sobre los mundos de Celeste, Succession o Industry que no hubiera pasado por los filtros de The Office o de Euphoria. Todo ello justifica pensar que el true crime tiene un efecto justificativo del status quo. Entonces ¿por qué seguimos con el tema?, como ya hicimos con Mar García Puig (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/true-crime-placer-ver-culpables). Este es el centro de la preocupación de Berta Comas, que le permite situar el true crime en el proceso de backlash frente a la expansión de las vidas que ha empujado el feminismo. Como mostró Nerea Barjola (https://dialnet.unirioja.es/servlet/libro?codigo=725382), se trata de un disciplinamiento de la libertad femenina generación tras generación de productos de entretenimiento basados en el terror sexual. Para nosotros la cuestión es si detrás de acercarse a ese entretenimiento no hay también una exploración de la reactividad social ante las nuevas posibilidades de vida, una especie de preparacionismo que interpone un artefacto cultural, una mediación entre el propio deseo y el castigo patriarcal por haber ido demasiado lejos. Y por eso se sigue mirando y en esta tensión lo seguimos discutiendo.

    58 min
  4. 28 mar

    Criptoprofetas. Hipermasculinidad y nueva derecha, con Paula C. Chang y Andrea G. Galarreta

    “Los criptos se convirtieron en la imagen de un nuevo tipo de sujeto político y económico, un nodo donde convergen la especulación financiera, el individualismo exacerbado y una masculinidad inquieta y ansiosa de validación”. Esto dejan caer Paula C. Chang y Andrea G. Galarreta entre los términos de su glosario, al inicio de Criptoprofetas. Hipermasculinidad y nueva derecha (Bauplan, 2026). Pero los criptos son un sujeto particular. Uno del tipo mancha de aceite que copa la infoesfera entre sus subespecies de unos poco propietarios, unos muchos bros, una escalera de mentores para convertir a estos en aquellos y un selecto grupo de profetas que anuncian el mundo por venir. Si se fían de los criptoprofetas, sepan que ese mundo viene pocho. Se comparte ahí esa inclinación de época por el fin del mundo, que es tema recurrente del podcast (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/fiesta-del-apocalipsis-natalia-castro-picon; https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/ciencia-ficcion-capitalista) pero el abismo al que se asoman, les parecerá curioso, no es la guerra, la extinción de formas de vida en el planeta o el abandono de sociedades al límite de sus fuerzas. El abismo es la pluralidad, que se te lleva subiendo a la chepa desde que alguien empezó a tontear con la tolerancia y acabó por incluirla en la sala de máquinas de una gobernabilidad democrática. Y, por su parte, el mundo que emerge no es el propio de un apocalipsis bonito de primavera. No hay en él ninguna oportunidad de invertir las jerarquías, sino que se anuncia como el último golpe sobre la mesa para plegarlas todas en la mano de la minoría de señores que se han mantenido infranqueables y puros. Mundo aplanado en su punto de colapso, sin presas para el depredador, sin vida para la muerte, sin fuel para el lambo. Una propuesta política de este tipo solo puede calificarse como reactiva. Se cierra a cal y canto frente a la vulnerabilidad e incluso frente a la propia idea de construir una intimidad. Frente a una sensación de impotencia que es ubicua para cualquier cuerpo contemporéno, primero reacciona esde el asco, luego desde el odio y finalmente desde la violencia. Todo pop, por supuesto. Fascismo pop. Si de esta máquina de inmunización masiva se sigue algún producto, debe buscarse en el campo de la hipermasculinidad, donde se dobla la apuesta. El problema es que, si la masculinidad de toda la vida ya era una performance -y nos estaba quedando bastante meh-, la hipermasculinidad es una pirotecnica de género unidireccional y potencialmente autolítica que no produce más que la reducción del mundo a uno mismo, sea a escala personal o geopolítica. La cuestión es que, fuera de una minoría de criptofamosos y de sus principales acólitos, no debería darse por sentado que la reacción hipermasculina responda a la buena salud de la masculinidad previa, sino más bien al contrario, que sea la ineficacia de los dispositivos masculinistas estándar para lidiar con la incertidumbre y la impotencia contemporáneas la que promueva este salto de calidad. Si de algo sabemos en occidente es, de hecho, de reformar instituciones fallidas redoblando sus lógicas. En todo caso, si esto es así, el sentido de este libro o de estas discusiones no residiría tanto en identificar la contradicción o la fragilidad de las bases de todo este girio a la derecha de lo masculino, sino partir de esa incomodidad ante el presente, abrazar la herida y tomarla como principio -siempre que se tengan fuerzas y cierta seguridad- para una conversación distinta. Animarse.

    1 h 5 min
  5. 7 mar

    Organizar el poder sindical, de Jane McAlevey. Un manual para ganar la vida en el trabajo

    Tenemos hoy nuevo Pol&Pop de servicio público. En este caso, de servicio sindical. Cualquiera que se adentrara en la vida política entrado ya el Régimen del 78, como es nuestro caso, lleva incorporada de serie la idea de que no se hace política desde los sindicatos. Se hace política para ampliar y roturar el campo desde los movimientos sociales o se hace política para cosecharlo desde el plano institucional. Lo que traemos hoy, a partir del libro de Jane McAlevey, «No hay atajos. Organizar el poder sindical» (Verso, 2024), es una memoria reciente que desmiente eso: en el sindicalismo radical contemporáneo de Estados Unidos, la acción sindical ha constituido un foco de politización principal en contextos diversos marcados por la afinidad de clase, al tiempo que distintos procesos de politización han desembocado en la sindicalización como una vía imprescindible para avanzar. Lo hacemos de la mano de Jaime Caro, traductor e introductor al libro, y de Alejandra Ríos, abogada laboralista de Autonomía Sur coop. Si es un mal hábito reducir el sindicalismo a una gran estructura de prestación de servicios jurídicos y certificados de formación, también lo es despreciar la experiencia sindical estadounidense. Es cierto que el marco regulativo resulta antisindical de una forma marcada, pero también que ha sido un fructífero espacio de innovación. La trayectoria de McAlevey como organizadora de sindicatos en las últimas décadas comprende desde la derrota infligida por el neoliberalismo, que arrinconó a esas organizaciones en el levantamiento de burocracias, la recaudación de cuotas, el lobbismo y la elitización, hasta las victorias de la última década, impulsada por una nueva generación de prácticas radicales, basadas en la organización, una democracia interna masiva y la producción de comunidad sindical. El libro de McAlevey recoge algunas de las premisas estratégicas para este giro victorioso, desde la concepción extendida de quien trabaja como un miembro de la comunidad -y, por lo tanto, de esa retaguardia como clave del conflicto-, hasta la incorporación de los destinatarios de los servicios laborales -las personas atendidas en la residencia, las familias en los colegios- como parte principal del sujeto político. Con esta orientación, desarrolla una visión empírica del proceso de organización y pelea sindicales que da buenas pistas de lo que funciona, tanto a quien pretenda fortalecer su pequeño sindicato, como a quien aspire a desburocratizar alguna federación de las grandes centrales. Como decíamos, programa de servicio, de agitar estereotipos y de primeros auxilios en la tarea de ganar terreno a la vida en el campo de juego del capital. Que lo practiquen a gusto.

    1 h
  6. 21 feb

    La pócima Rufián y el ingrediente secreto

    Acto en teatro, colas, chistes, fotos y futuras giras. En el último tramo del ciclo político, la presentación de iniciativas electorales ha encontrado su confluencia con los podcast en directo. Hay podcasts de nicho, podcasts de famosos y podcasts que hablan pueblo. La rufianeta ha echado a andar con una hoja de ruta. Si lo hemos entendido bien, en su plan A, ésta incluye un programa de mínimos y una sola lista electoral por cada provincia “a la izquierda del PSOE”, de manera que no se “tire” ningún voto y se pueda disputar el tercer puesto a la ultraderecha, maximizando la tasa de conversión de votos en escaños. El plan A está difícil, sobre todo por lo segundo, aunque lo primero, como veremos, tiene su miga también. Una opción intermedia sería alcanzar unas listas únicas, al menos a ojos de la gente, en aquellas provincias donde no haya partidos nacionalistas (no españoles, se entiende) o donde su peso sea desigualmente superior al de los partidos no nacionalistas a la izquierda del PSOE. Es decir, eso no ocurriría en Cataluña, País Vasco o Galicia, pero sí en Aragón, Madrid o el País Valenciano, así como en otros territorios de las Castillas y de Murcia, Extremadura o Andalucía. En cualquiera de los dos supuestos de éxito, la hoja de ruta incluye aparcar la rufianeta delante de Televisión Española para que el noi de Santa Coloma sea quien reparta en los debates electorales, lo que equivale, en nuestro mundo post-partidos y por completo mediatizado, a liderar el espacio. Si esto va a pasar o qué hace falta para que esto pase es ahora el principal foco de discusión. Tanto la prensa de las cortes madrilonesas como las voces políticas autorizadas están en general de acuerdo en que es imposible porque tiene a los partidos en contra, solo que, como decía Lola García, nadie quiere aparecer como quien mata el experimento. Sin embargo, hay una intersección de debilidades en el PSOE y en los grupos a su izquierda que abren esa oportunidad. Nuestro interés aquí no es adivinar el futuro, sino leer las tendencias que subyacen a este movimiento y pensar qué ingrediente le falta a la pócima. En primer lugar, es evidente el salto desde un enfoque caliente o flipado de unidad a uno prudencialista, de mínimos o de fusión fría. Siendo esto un buen desplazamiento del problema de la unidad, ya intransitable, tampoco responde a la pregunta principal relativa a cómo se puede gobernar la pluralidad política implícita en estas visiones del país o de la izquierda o de cualquier cosa que se pretenden aglutinar. No lo hace el día uno tras las elecciones, pero tampoco los meses anteriores. Sin ese ingrediente, que no puede ser que todo el mundo deje de hacer política para ponerse detrás del señor de cada feudo, el movimiento tiene velocidad, pero no tendría la masa suficiente para constituir un proceso de politización que movilice o pueda torcerle el brazo a las direcciones de los partidos que ahora, simplemente, esto no lo ven. Rufián enunciaba esta oposición partidos – pueblo con un titular brillante a la pregunta de qué apoyos tienes: ningún apoyo político, solo apoyo popular. Este es un nuevo tiempo que requiere mucha innovación para integrar la pluralidad preexistente y sobre todo alojar a los nómadas de todas las razas convocados al campamento flipy del frentepopulismo. En segundo lugar, resulta claro que se ha abierto un periodo en el que la oscilación entre las fuerzas del populismo y la tecnocracia ha cambiado. Un momento donde las pasiones no se mueven en torno a debates profundos o a logros institucionales concretos, sino a cuestiones más simples pero entonadas con mayores dosis de dramatismo. Un momento contra la extraña máquina que componen las direcciones y Bluesky. Este momento populista es un momento paradójicamente cínico, donde se enuncia que el enfoque no es ilusión o gobernar, sino “ciencia, método y orden” para que el país “se gobierne bien” (https://www.elsaltodiario.com/partidos-politicos/rufian-detalla-plan-pide-metodo-izquierdas-no-compitan). En este contexto, se expone de forma franca que no se vota a los o las mejores, sino que se vota a lo suficiente en un marco antifascista de puertas anchas y compromisos laxos. Esta política enteramente útil y postvirtuosa debe resolver en todo caso la incógnita de qué es eso de los mínimos en la idea de “programa de mínimos”, que no son tanto principios programáticos como una lingua franca con la que podamos reconocernos y entendernos tribus muy distintas, no solo para el día después, sino para que haya un día 0 propiamente dicho.

    1 h 23 min
  7. 7 feb

    La fiesta del apocalipsis, con Natalia Castro Picón

    Conviene reconocer que, en 2026, la idea del fin del mundo no tiene el sex-appeal que guardaba para el paleocristianismo romano o para el pueblo milenarista de Müntzer. Hoy, el fin del mundo puede ser mañana y eso no acaba de tener buena prensa. Por una parte, es lógico. Para vivir en un mundo insostenible, nuestra forma de estar en él descuenta una continuidad esencial de los días que hace posibles los cálculos, las proyecciones y, por supuesto, las resignaciones que dan impulso a la rueda del hámster. Además, se ha convertido en sentido común la idea de que el exceso de distopías y relatos apocalípticos constituye una expresión de nuestros temores que, a la postre, reduce la imaginación y las capacidades políticas (Pol&Pop 2x20: https://www.ivoox.com/2x20-utopia-no-es-isla-audios-mp3_rf_64618456_1.html#comments). Frente a esa tesis, hablamos con Natalia Castro Picón, viaje amiga del programa y ganadora del premio Anagrama de ensayo 2025 con La fiesta del fin del mundo. Apocalipsis cultural en el periodo entre crisis (España, 2008-2023). Castro parte de la noción de De Martino sobre la situación de apocalipsis cultural: una crisis tal que impide que los códigos culturales antes compartidos resulten ya operativos. En este contexto, los imaginarios apocalípticos devienen ubicuos porque solo podemos proyectar hacia el futuro nuestro presente desde el marco del abismo. La manera en que esto se concreta en la práctica cultural comporta asimismo dos problemas políticos. En primer lugar, esos imaginarios, aunque colapsistas en cuanto a las condiciones de vida, son por completo continuistas en lo referido a las instituciones básicas del capitalismo -mercado y razón de Estado-, a pesar de que ya es evidente que tales son más bien las causas del colapso que aquello cuya supervivencia tenga sentido mantener. Ello naturaliza, además, las principales estructuras de desigualdad del presente y entronca con el segundo problema político de esta situación: si, ocurra lo que ocurra, los núcleos de injusticia de nuestras sociedades son inmutables, todo cambio -reformista, colapsista o revolucionario- solo puede ser peligroso y a peor. De este modo, la política contemporánea se ciñe a una elección entre el abismo y lo que hay, al tiempo que el primero se presenta como indefectible. Vamos, un planazo. Sin embargo, el ensayo de Castro Picón está tejido con otros hilos. Parte de los topoi del fin del mundo que pueblan la cultura popular: el desierto, la guerra total, los virus, los zombies y los tsunamis, entre otros, pero identifica, dentro de ellos, lo que podríamos llamar prácticas apocalípticas transformadoras. Es decir, prácticas que utilizan las gramáticas del game over para producir otros mundos. No se trata, entonces, de una banalización de nuestra crisis o de la crueldad con la que se muestra en el presente o en sus proyecciones, sino una constatación de que el fin y la distopía han sido y son una realidad decretada normal en muchos lugares y para muchos grupos sociales ded forma creciente. Si como decíamos, con Juan Francisco Soto al analizar las distopías desde el Sur (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/ciencia-ficcion-latina-tecnica-reverso), las utopías de unos son las distopías de muchos, es urgente explorar esos espacios del apocalipsis como espacios creativos de otra vida frente al chantaje de fascismo o lo que hay. Llegados a este punto, queda recuperar esa vieja idea del cambio de siglo: otro fin del mundo es posible

    1 h 6 min
  8. 17 ene

    Yoga y otras artes oscuras del capitalismo

    Quedan aún doscientos años para que nuestro calendario empiece a contar los años hacia delante. En el territorio de la actual India, redes de iniciados budistas y jainistas perfeccionan un complejo conjunto de técnicas para liberarse del sufrimiento y de una condición miserable bajo la hegemonía de la religión védica de las élites. Su problema no es menor, ni en el terreno político ni metafísico. Se trata de sustraerse del encarcelamiento en el samsara, un ciclo de reencarnaciones al que se entienden sujetos en tanto no sean capaces de librarse de su yo, en favor de un Sí abstracto y cumplir, de este modo, su verdadero propósito en el mundo. Se trata de abandonar la falsedad del reflejo fenomenológico de lo mundano y dominar los sentidos en una dirección muy distinta. En 2026, redes de practicantes de unas técnicas que hunden su linaje en aquéllas no quieren sustraerse de ninguna vuelta al mundo sin final. Lidian, más bien, con la ansiedad, un laberinto de complejos, la abulia o la pérdida de sentido. Si quieren dominar su cuerpo y sus sentidos es para, primero, conocerse y, con ello, perfeccionarse. Quizá también con ciertos indicadores de productividad y los cuerpos que ven en Instagram. Quieren evolucionar para imponerse a esas condiciones mundanas o al menos para adaptarse a ellas, para aceptarlas o, mejor, ser resilientes. Si nada de esto es finalmente posible, el esfuerzo les rentará como un rato de desconexión, mejor coordinación y un vientre -ojalá- un poco más plano. Nadie tiene en mente retirarse del mundo, más allá de 10 días en Semana Santa, pero sería deseable defender algo de paz interna en mitad de todo este ruido. En nuestra serie de episodios sobre subjetividades contemporáneas, ponemos otra baldosa a partir del libro de la filósofa y maestra de yoga Zineb Fahsi, Zineb (2025), El yoga, nuevo espíritu del capitalismo, publicado por La Cebra y traducido por Elina Kohen. Respecto a esta gran reformulación del yoga, lo primero que deja claro Fashi es que no tiene sentido analizar dichos desplazamientos en términos de (pérdida de) autenticidad. El yoga auténtico, si por ello se entiende el producido en el contexto indio, ha vivido también numerosas transformaciones que lo han aproximado a cuestiones tan poco espirituales como el control postural, el autogobierno, la virilidad o el nacionalismo. Tampoco el objetivo es desvelar algo así como la gran conspiración del yoga. Es decir, denunciar por fin que esas personas cercanas que hacen todo lo posible por rebajar los dolores de espalda y del espíritu son en realidad agentes infiltrados del neoliberalismo y del desprecio por la justicia social. Al contrario, Fashi cita estudios sociológicos en el contexto norteamericano y francés que muestran una fuerte afinidad cultural, axiológica y política de esas poblaciones con las nuestras. La cuestión es entender, más bien, de qué manera esas prácticas de liberación han trabado afinidad con otras espiritualidades y éticas afines al neoliberalismo, como el nuevo pensamiento, la teosofía o la biomoral y han llegado a conformar una masa de sentido en la que prima la psicologización del bienestar, la autorresponsabilización por las condiciones de vida y las emociones asociadas o un optimismo desaforado en la capacidad del yo para influir sobre el despliegue de la realidad. En un mundo en el que no es posible concebir la vida social sin su catálogo de prácticas de sí, la preocupación de Fashi, a la que sumamos la nuestra a lo largo de esta serie de episodios, se refiere no a cuánto de esas prácticas de sí sustraen fuerzas de una acción más explícitamente política, sino a cómo esas prácticas se pueden vivir y orientar de otro modo: a la construcción de comunidad y no de la fantasía de un yo todopoderoso, al discernimiento de lo real para su transformación y no solo a métodos para adaptarnos o para prevalecer sobre otros. Namasté.

    53 min

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