unaVidaReformada

samuel hernández clemente

mirando la vida desde la perspectiva de Dios

  1. Culpable soy yo

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    Culpable soy yo

    Hay una frase que el hombre moderno detesta más que el dolor, más que la pobreza y más que la muerte: “yo soy culpable”. Preferimos decir: me equivoqué, así soy, nadie es perfecto, no fue para tanto, Dios entiende, todos lo hacen. Hemos domesticado el pecado hasta convertirlo en un defecto simpático de personalidad. Le cambiamos el nombre, lo vestimos con eufemismos, lo maquillamos con psicología, y lo absolvemos con comparaciones: al menos no soy como aquel. Pero la Escritura no coopera con esta farsa. La Biblia no habla de “errores”. Habla de transgresión (Sal 51:1). No habla de “fallas humanas”. Habla de rebelión (Is 1:2). No habla de “debilidades”. Habla de culpa (Ro 3:19). Y esa palabra —culpa— es incómoda, pero necesaria. “Contra ti, contra ti solo he pecado” (Sal 51:4). David no dice: tuve un desliz. Dice: pequé. No dice: me dejé llevar. Dice: soy culpable. Porque el pecado no es un tropiezo contra normas sociales; es un golpe directo contra la santidad de Dios. Desde Génesis 3, el hombre se especializa en tres artes sutiles: Disimular — “me escondí”, Culpar — “la mujer que me diste”, y ormalizar — “no es para tanto”. Nada ha cambiado. Solo el vocabulario. Hoy, lo que Dios llama pecado, el hombre lo llama identidad. Lo que Dios llama maldad, el hombre lo llama autenticidad. Lo que Dios llama culpa, el hombre lo llama autoestima. Jeremías lo dijo sin anestesia: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jer 17:9). El problema no es que pequemos. El problema es que no creemos que sea tan grave. Y por eso no entendemos la cruz.

    51 Min.
  2. Gloria, reino y poder

    5. FEB.

    Gloria, reino y poder

    Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.” — Daniel 7:13–14 Daniel no vio una metáfora. Vio un trono. No vio una alegoría política. Vio una entronización celestial. En medio de bestias que representaban imperios feroces —Babilonia, Persia, Grecia, Roma— el profeta contempla algo que rompe el patrón: no sube otra bestia al escenario, sino “uno como Hijo de Hombre” que viene en las nubes del cielo. No emerge de la tierra como los reinos humanos; desciende del cielo con autoridad divina. Cristo es aquí claramente señalado como el verdadero Rey, cuya autoridad no depende de la voluntad de los hombres, sino del decreto eterno de Dios. Daniel ve lo que los imperios jamás pudieron ver: el gobierno definitivo de la historia no está en manos de las bestias, sino en manos del Hijo. Y siglos después, Jesús toma este título para sí mismo sin titubeos. Ante el Sanedrín declara: “Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Marcos 14:62). No estaba citando poesía. Estaba reclamando el trono de Daniel 7. La resurrección y ascensión de Cristo no fueron eventos devocionales; fueron eventos políticos cósmicos. Allí el Padre cumplió la visión de Daniel: le fue dado dominio, gloria y reino. Mientras hoy las naciones se agrupan en bloques, los gobiernos disputan hegemonías y los líderes reclaman soberanía, el cielo no está en crisis. Las cancillerías se alteran; el trono no tiembla. Los mapas cambian; el Reino no. Los imperios que parecían eternos hoy son capítulos en libros de historia. Sus banderas están en museos. Sus himnos, olvidados. Sus monedas, piezas de colección. Pero el Reino del Hijo del Hombre sigue avanzando silencioso, invencible, inconmovible. Porque los reinos de los hombres pasan; el Reino de Dios permanece. Aquí está la pregunta que Daniel nos deja, que el evangelio nos confronta y que la historia nos obliga a responder: ¿Qué haremos con el Rey Jesús? Podemos reconocer su gloria, rendirnos a su dominio y servirle con gozo… o podemos imitar a Herodes. Herodes aceptó la gloria que no era suya: “Voz de dios, y no de hombre.” “Al instante un ángel del Señor le hirió… y expiró” (Hechos 12:22–23). Quiso un reino sin recibirlo de Dios. Quiso gloria sin someterse al Rey. Quiso autoridad sin obediencia. Quiso ser bestia en lugar de siervo. Y pereció. Daniel nos muestra que toda gloria usurpada termina en polvo, pero toda rodilla que se dobla ante el Hijo encuentra vida. Porque el final de la historia ya fue revelado: “El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Ap. 11:15). Los noticieros hablan de geopolítica. Daniel habla de teopolítica. Los hombres discuten soberanía nacional. El cielo declara soberanía mesiánica. Al final, cada nación, cada imperio, cada sistema y cada bandera no será sino una nota al pie en la gran historia de Dios. El único trono que permanecerá por siempre es el de Jesucristo.

    38 Min.
  3. Hemos visto su luz

    3. FEB.

    Hemos visto su luz

    Los libros de historia de hace décadas, usaban las abreviaciones A.C. y A.D para ubicar los eventos que relataban, ya sea antes de Cristo o después de Cristo, pero A.D. no coincide con las palabras “después de Cristo” porque proviene de la expresión en latín “anno Domini”, que significa “en el año del Señor” – Así que cada amanecer en este mundo cae bajo el reinado de Aquel que nació en un pesebre y resucitó desde una tumba. No vivimos meramente “después” de Cristo. Vivimos bajo Cristo. Somos súbditos, no cronistas. Y este día —como todos los días— es el año del Señor. Simeón representa la tensión santa de los fieles del Antiguo Pacto: vivía aún bajo la sombra del A.C., pero con el rostro vuelto hacia el amanecer. Su corazón no latía al ritmo de la cultura romana ni al cansancio del judaísmo farisaico; su corazón latía con esperanza mesiánica. Él esperaba “la consolación de Israel”, como se espera un amanecer en medio de la larga noche. Y entonces, el alba llegó en forma de un infante. Aquel niño frágil era la Luz del mundo, y Simeón, como un centinela agotado, pudo finalmente rendir su puesto: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz...” Su turno terminó. La Guardia había concluido. El Rey había llegado. Nosotros no vivimos en la era de Simeón. Vivimos en el cumplimiento. La promesa se ha encarnado, la redención ha sido lograda, el Cordero ha sido inmolado y exaltado. Vivimos en la era A.D., “en el año del Señor”. El sol de justicia ha salido, como dijo el profeta Malaquías (4:2), y sus rayos traen sanidad. Antes de Cristo, los creyentes esperaban la luz. Hoy vivimos por la luz que ha aparecido. Pero también estamos esperando el regreso del Señor. Pero ¡ay!, cuán fácil es vivir como si aún estuviéramos en la penumbra. Muchos cristianos se comportan como si todavía esperaran la luz, como si Cristo no hubiese vencido, como si aún estuviéramos en el sábado del sepulcro y no en el domingo de resurrección. ¿Esperar al Señor significa que debemos quedarnos quietos? Por supuesto que no. Estaremos obedientemente ocupados cuando él aparezca. En su venida, veremos lo que hemos creído, y otros verán lo que jamás pudieron creer. La muerte dejará de existir. El dolor desaparecerá. Todas las lágrimas serán enjugadas. La espera cristiana no es pasividad, es fidelidad. No es resignación, es preparación. No es fuga del mundo, es consagración en el mundo, en espera del retorno del Rey. Hasta entonces, no dormimos ni desertamos. Somos soldados del Rey. Lloramos con los que lloran, cargamos con los que no pueden andar, reprendemos a los falsos heraldos que predican otro evangelio, y anunciamos el Reino que ya vino y que ha de venir. Cada día en el calendario —lunes o domingo, enero o agosto— pertenece a Cristo. Y hasta que Jesús venga, seremos leales a él, consolando a los que lloran y aliviando algo del sufrimiento de este mundo.

    33 Min.

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