Mientras la Unión Europea debate cómo ganar competitividad en un mundo cada vez más hostil, reaparece un viejo dilema que amenaza su cohesión interna: la Europa a dos velocidades. Paralelamente, al sur del Mediterráneo, el Magreb entra en una fase de militarización acelerada marcada por el liderazgo estratégico de Argelia y la respuesta armamentística de Marruecos. Dos dinámicas distintas, pero conectadas por un mismo trasfondo: la tensión entre eficacia, poder y estabilidad regional. La iniciativa impulsada por Alemania y Francia para crear un formato reducido de cooperación entre las principales economías europeas busca sortear la parálisis decisoria de los Veintisiete. El objetivo declarado es claro: acelerar reformas clave, reforzar la competitividad industrial y posicionar a la UE frente a Estados Unidos y China. Sin embargo, esta arquitectura flexible revive el fantasma de una integración asimétrica, donde un “núcleo duro” avanza mientras otros Estados quedan relegados a un papel secundario. El riesgo no es solo institucional, sino político. Una Europa que se mueve a distintas velocidades puede profundizar las brechas entre norte y sur, este y oeste, alimentando la percepción de exclusión y debilitando el principio de solidaridad que ha sostenido el proyecto europeo desde sus orígenes. La pregunta de fondo es si la eficiencia puede lograrse sin erosionar la legitimidad y unidad del bloque. De no resolverse este equilibrio, la solución pragmática podría transformarse en una fractura estructural. Al mismo tiempo, el sur del Mediterráneo ofrece una imagen distinta pero igualmente inquietante. Argelia se consolida como la principal potencia militar del Magreb, respaldada por un elevado gasto en defensa, un numeroso ejército y una doctrina estratégica centrada en la disuasión regional. Esta superioridad ha tenido un efecto directo: Marruecos ha intensificado su propio rearme, apostando por la modernización tecnológica, la cooperación militar con socios occidentales y una mayor proyección estratégica. Esta carrera armamentística no puede entenderse sin el trasfondo del conflicto del Sáhara Occidental y la rivalidad histórica entre ambos países. Argelia busca preservar su influencia regional y su rol de actor central en el norte de África, mientras Marruecos aspira a consolidarse como potencia emergente y socio estratégico de Europa y Estados Unidos. El resultado es un equilibrio cada vez más frágil, donde el aumento de capacidades militares eleva los costes de cualquier error de cálculo. Las implicaciones trascienden el ámbito regional. Una mayor militarización del Magreb afecta directamente a la seguridad del Mediterráneo occidental, al Sahel y, por extensión, a Europa. En ambos casos —la UE y el Magreb— emerge una constante: el dilema entre avanzar más rápido o avanzar juntos. Europa se arriesga a fragmentarse en nombre de la eficacia; el Magreb, a desestabilizarse en nombre de la disuasión. En un contexto internacional marcado por la competencia estratégica y la erosión del multilateralismo, estas decisiones definirán no solo el equilibrio de poder regional, sino también la capacidad de Europa y sus vecinos para gestionar conflictos sin sacrificar cohesión ni estabilidad.