Álex Fodalgo me bloqueó tanto de su perfil personal de Instagram como del perfil de su podcast, LQTD, después de que expresara públicamente mi opinión crítica sobre el testimonio de un supuesto experto en biología al que decidió dar voz en su plataforma.
En dicha entrevista, este señor realizó, a mi juicio, afirmaciones profundamente alarmistas sobre la fecundación in vitro y las técnicas de reproducción asistida. Aunque algunas de sus observaciones eran acertadas, muchas otras contenían información que era falsa, descontextualizada o carente del rigor científico necesario para abordar un tema tan delicado.
Lo más preocupante fue la manera en que se utilizó el miedo y la vulnerabilidad de los pacientes para construir un discurso sensacionalista sobre la reproducción asistida, mientras se promocionaba un libro del entrevistado.
Durante la conversación se transmitió una imagen de las clínicas de fertilidad y de los profesionales que trabajamos en ellas como si comerciáramos indiscriminadamente con los cuerpos y los gametos de mujeres y hombres, convirtiendo la creación de vida en un negocio puramente especulativo al servicio de grandes fondos de inversión.
Como embrióloga clínica, considero especialmente grave que se difunda esta visión sin ofrecer el contexto científico, clínico y ético que merece una cuestión de semejante trascendencia.
Por ese motivo, decidí intervenir en un reel de Instagram con tres comentarios en los que cuestionaba varias de las afirmaciones del entrevistado, aportando argumentos científicos y contraponiendo información que considero verificable y rigurosa. No insulté ni pretendí desacreditar gratuitamente a nadie. Simplemente ejercí mi derecho a expresar una opinión crítica desde mi formación académica y mi experiencia profesional.
Aproximadamente 24 horas después, descubrí que tanto Álex, desde su cuenta personal, como la cuenta de su podcast me habían bloqueado.
Y esto es precisamente lo que más me decepciona.
Resulta paradójico ofrecer una plataforma para difundir afirmaciones tan controvertidas sobre un ámbito científico y sanitario y, al mismo tiempo, cerrar la puerta a quienes intentamos cuestionarlas con argumentos y conocimiento profesional.
La libertad de expresión también implica aceptar que otras personas puedan rebatir públicamente aquello que decides difundir.
La divulgación científica exige responsabilidad. Y cuando hablamos de pacientes, infertilidad y reproducción asistida, el rigor no debería ser opcional.
Decepcionante se queda corto.