La Traviata

Radio Popular - Herri Irratia te lleva a casa el apasionante mundo de la ópera, la zarzuela, el teatro musical y mucho más, en La traviata con Margarita Lorenzo de Reizabal. Los martes por la tarde (nuestra maestra) Margarita Lorenzo de Reizabal te conducirá de la mano por los vericuetos de los escenarios líricos para descubrir los secretos de las óperas y zarzuelas, los mejores libretos, las arias más espectaculares y todo lo que debes saber sobre los personajes, las mejores voces del pasado y actuales, los coros de ópera y los compositores. Si te gusta la lírica, La traviata es tu programa de cabecera. Si crees que la ópera no va contigo, descubre la magia del teatro musical con La traviata y contágiate de la pasión por la lírica. Los martes a las 17:00 tienes una cita con el mundo de la ópera y la zarzuela en Radio Popular - Herri Irratia con Margarita Lorenzo de Reizabal en La traviata. ¡Pasión por la lírica!

  1. HACE 3 D

    La viuda alegre opereta de Franz Lehár

    Franz Lehár nació el 30 de abril de 1870 en la ciudad de Komárom, entonces parte del Imperio austrohúngaro y hoy dividida entre Hungría y Eslovaquia. Su padre, también llamado Franz Lehár, era director de banda militar en el ejército imperial, y esa circunstancia marcaría profundamente el destino musical del hijo. El mundo sonoro que rodeó su infancia no fue el de los teatros de ópera ni el de los salones aristocráticos, sino el de las bandas militares que recorrían las ciudades del imperio tocando marchas, valses y arreglos de música popular. Aquella mezcla de disciplina militar y vitalidad popular proporcionó al joven Lehár un contacto directo con una tradición musical muy viva en la Europa central de finales del siglo XIX, donde las fronteras entre música culta y música popular eran mucho más permeables que hoy. El Imperio austrohúngaro era en aquel momento una compleja estructura política y cultural en la que convivían múltiples pueblos, lenguas y tradiciones. Húngaros, austríacos, checos, eslovacos, croatas o italianos compartían un mismo marco político bajo la dinastía de los Habsburgo. En ese mosaico cultural, la música desempeñaba un papel fundamental como espacio de identidad común. Los valses vieneses de Johann Strauss, las danzas húngaras, las polcas bohemias o las marchas militares circulaban constantemente por teatros, cafés y jardines públicos. Lehár crecería, por tanto, en una atmósfera musical extraordinariamente rica, en la que los estilos nacionales se mezclaban con naturalidad. Su formación académica fue seria y rigurosa. A los once años ingresó en el Conservatorio de Praga, uno de los centros musicales más prestigiosos de Europa central. Allí estudió violín y composición, recibiendo una sólida educación en el repertorio clásico germánico. En el conservatorio entró en contacto con la gran tradición sinfónica centroeuropea, desde Beethoven hasta Brahms, y aprendió las técnicas de orquestación que más tarde aplicaría con gran refinamiento en sus partituras teatrales. Aunque en principio parecía destinado a una carrera como violinista, pronto se inclinó hacia la composición. Al terminar sus estudios comenzó, como su padre, una carrera como director de bandas militares. Durante años dirigió formaciones en diversas ciudades del imperio, entre ellas Trieste, Budapest y Viena. Esta etapa, a menudo considerada secundaria, fue en realidad decisiva para su desarrollo como compositor. Dirigir bandas exigía escribir constantemente arreglos, marchas y piezas de carácter popular, lo que obligaba a dominar la claridad melódica, la eficacia rítmica y la brillantez instrumental. Lehár aprendió a escribir música que comunicara de forma inmediata con el público, una habilidad que más tarde sería fundamental en el teatro musical. A finales del siglo XIX Viena seguía siendo uno de los grandes centros musicales de Europa. Sin embargo, el panorama teatral había cambiado mucho respecto a la época dorada de Johann Strauss. La llamada opereta vienesa, que había alcanzado su apogeo en las décadas de 1860 y 1870, parecía haber entrado en un cierto agotamiento. Las obras de Strauss o de Offenbach habían establecido un modelo basado en el ingenio satírico, el ritmo de danza y el espíritu festivo, pero hacia el cambio de siglo ese modelo comenzaba a parecer repetitivo. El público buscaba nuevas emociones, y el teatro musical debía adaptarse a una sensibilidad distinta. Fue en ese contexto cuando Lehár decidió orientarse hacia la escena. Sus primeros intentos operísticos no tuvieron demasiado éxito, pero pronto comprendió que su verdadero terreno estaba en la opereta, un género que permitía combinar la elegancia musical con la ligereza dramática. Sus primeras operetas comenzaron a representarse en Viena a comienzos del siglo XX, y poco a poco su nombre empezó a circular en el mundo teatral. Lo que distingue a Lehár dentro de la historia de la opereta es su capacidad para transformar el género. Mientras que la opereta clásica de Offenbach o Strauss se basaba sobre todo en la sátira y el humor, Lehár introdujo una dimensión sentimental mucho más marcada. Sus obras conservan el brillo de la danza y el ingenio teatral, pero incorporan también una vena lírica cercana a la ópera. Las melodías se vuelven más amplias, más cantables, y los personajes adquieren una profundidad emocional que antes no era habitual en la opereta. Esta transformación responde en parte a un cambio general en el gusto del público europeo. A comienzos del siglo XX la cultura urbana experimentaba una cierta nostalgia por el romanticismo. El mundo elegante de los salones y de los bailes seguía fascinando, pero ya estaba teñido de una melancolía que reflejaba las tensiones de la época. Lehár supo captar perfectamente esa sensibilidad. Sus operetas presentan un universo refinado, lleno de uniformes, embajadas y aristócratas, pero siempre atravesado por una emoción sentimental que conecta con el público de forma inmediata. Desde el punto de vista musical, su estilo se caracteriza por una extraordinaria fluidez melódica. Lehár poseía un instinto casi infalible para crear melodías memorables, capaces de instalarse en la memoria del oyente desde la primera audición. A diferencia de muchos compositores de opereta anteriores, cuidó además con especial atención la orquestación. Sus partituras muestran una riqueza instrumental que las acerca a la tradición sinfónica centroeuropea. Los valses, elemento esencial del género, adquieren en sus manos una elegancia y una amplitud casi sinfónicas. Otro rasgo fundamental de su estilo es la integración de influencias culturales diversas. Procedente de una región fronteriza del imperio y formado en un ambiente multicultural, Lehár incorporó a su música elementos húngaros, eslavos y vieneses. En sus partituras aparecen con frecuencia ritmos y giros melódicos asociados a la música centroeuropea, lo que confiere a sus obras un color particular y reconocible. Todo ese proceso culminaría en 1905 con el estreno de la obra que cambiaría la historia de la opereta: La viuda alegre. Cuando Lehár recibió el libreto, basado en una comedia francesa de Henri Meilhac, nadie podía prever que aquella obra se convertiría en uno de los mayores éxitos del teatro musical europeo. La trama gira en torno a la rica viuda Hanna Glawari y a los esfuerzos de la embajada de un pequeño estado balcánico por lograr que se case con un compatriota para evitar que su fortuna salga del país. Bajo esa premisa ligera se desarrolla una historia de amor llena de elegancia, humor y nostalgia. El contexto en el que nace La viuda alegre resulta especialmente significativo. El Imperio austrohúngaro vivía entonces sus últimos años de estabilidad aparente. Bajo la superficie brillante de Viena se acumulaban tensiones políticas y nacionales que acabarían estallando pocos años después con la Primera Guerra Mundial. La opereta de Lehár refleja, en cierto modo, el deseo de prolongar un mundo elegante que empezaba a percibirse como frágil. Los bailes, las embajadas, los uniformes y los valses evocan una sociedad refinada que aún se considera eterna, aunque en realidad esté a punto de desaparecer. También en el plano personal Lehár se encontraba en un momento decisivo. Tras años de trabajo relativamente discreto en el teatro musical, buscaba una obra que consolidara definitivamente su carrera. Con La viuda alegre logró algo más que eso: redefinió el género. La opereta dejó de ser simplemente una comedia ligera para convertirse en un espectáculo musical capaz de combinar humor, romanticismo y una sofisticación musical notable. El estreno tuvo lugar en el Theater an der Wien en diciembre de 1905. El éxito fue inmediato y extraordinario. En pocos años la obra se representaba en toda Europa y en América, traducida a numerosos idiomas. Sus valses y canciones se hicieron populares en cafés, salones y teatros, y el nombre de Lehár se convirtió en sinónimo de la nueva opereta vienesa. Lo que Lehár aportó a la escena lírica fue precisamente esa renovación del género. Supo conservar la tradición de la opereta clásica —su elegancia, su sentido del ritmo, su espíritu festivo— pero añadió una profundidad melódica y emocional que la acercaba a la gran tradición operística. De ese modo creó un puente entre la ligereza del teatro musical y la riqueza expresiva de la ópera. Por esa razón, La viuda alegre no es solo una opereta de éxito, sino un verdadero símbolo cultural de la Viena de comienzos del siglo XX. En sus melodías se escucha el eco de un imperio multicultural, de una sociedad fascinada por el baile y la elegancia, y también la nostalgia de un mundo que estaba a punto de desaparecer. Y en el centro de todo ello aparece la figura de Franz Lehár, un compositor formado en la tradición centroeuropea que supo transformar la opereta en un arte refinado y profundamente comunicativo, capaz de conquistar al público de todo el mundo.

    57 min
  2. 24 FEB

    Eugene Onegin de Pyotr Ilyich Tchaikovsky

    Compositor: Piotr Ilich Chaikovski Libretista: Konstantin Shilovski y el propio Chaikovski Estreno: 29 de marzo de 1879 (Teatro del Conservatorio de Moscú) Idioma original: Ruso Basada en: “Eugene Onegin” de Aleksandr Pushkin Hoy vamos a situarnos en la Rusia del siglo XIX para entender mejor quién era Piotr Ilich Chaikovski y qué lugar ocupa en la historia de la ópera. Nació en 1840, en Vótkinsk, en el seno de una familia acomodada. Su padre era ingeniero de minas y su formación inicial no fue musical, sino jurídica. De hecho, trabajó como funcionario del Ministerio de Justicia antes de ingresar en el recién creado Conservatorio de San Petersburgo, donde estudió con Anton Rubinstein. Es importante recordar este dato: Chaikovski pertenece a la primera generación de compositores rusos formados académicamente en un conservatorio al estilo europeo. No fue un autodidacta ni un nacionalista radical. En aquella época convivían en Rusia dos tendencias musicales. Por un lado, el llamado “Grupo de los Cinco” —Balákirev, Cui, Músorgski, Borodín y Rimski-Kórsakov— defendía una música fuertemente nacional, inspirada en el folclore y relativamente ajena a las formas occidentales tradicionales. Chaikovski, en cambio, aunque profundamente ruso en sensibilidad, asumió con naturalidad la herencia europea, especialmente la tradición alemana y francesa. Admiraba a Mozart, conocía bien a Beethoven y estaba atento a la ópera italiana. Esa posición intermedia le generó críticas desde ambos lados: para algunos rusos era demasiado occidental; para ciertos europeos, demasiado eslavo. Su carrera fue intensa y breve. Murió en 1893, con apenas 53 años, en circunstancias todavía discutidas —oficialmente por cólera— pocos días después de estrenar su Sexta Sinfonía, la “Patética”. En poco más de veinte años dejó un catálogo amplísimo: seis sinfonías numeradas, conciertos, música de cámara, ballets como El lago de los cisnes o El cascanueces, y diez óperas. En el terreno operístico, Chaikovski no buscó el espectáculo monumental al estilo de la gran ópera francesa, ni el realismo crudo que más tarde caracterizaría al verismo italiano. Tampoco adoptó el sistema de leitmotivs continuos propio de Wagner. Su estilo operístico se caracteriza por la atención al detalle psicológico y por una escritura vocal que privilegia la expresión lírica antes que el virtuosismo brillante. Otra característica fundamental es su interés por la literatura. Varias de sus óperas están basadas en textos de autores rusos de prestigio, especialmente Pushkin. No buscaba argumentos exóticos ni espectaculares, sino historias donde pudiera explorar conflictos interiores: culpa, deseo, frustración, nostalgia. En lugar de centrarse en grandes acontecimientos históricos, prefería retratar individuos enfrentados a decisiones íntimas que cambian su destino. Además, Chaikovski poseía un talento especial para integrar elementos de la vida social rusa —danzas, escenas corales, ambientes campesinos o aristocráticos— dentro de la estructura dramática. Valses, polonesas y canciones populares aparecen con naturalidad, pero no como simple decoración, sino como parte del contexto en el que viven los personajes. En resumen, su escritura operística combina formación académica sólida, sensibilidad melódica muy desarrollada y una atención constante al mundo emocional de sus protagonistas. No es una ópera de grandes efectos externos, sino de conflictos internos expresados con claridad musical. Esa combinación explica por qué sus obras, y especialmente Eugene Onegin, siguen ocupando un lugar central en el repertorio internacional. Entramos ahora directamente en la génesis de Eugene Oneguin. La ópera fue compuesta por Piotr Ilich Chaikovski entre mayo de 1877 y enero de 1878, en un periodo especialmente turbulento de su vida. Ese mismo año contrajo matrimonio con Antonina Miliukova, una antigua alumna que le había declarado su admiración de forma insistente. El matrimonio fue un fracaso casi inmediato y desembocó en una profunda crisis emocional que obligó al compositor a abandonar Moscú y viajar al extranjero durante una temporada para recuperarse. En medio de esa situación personal tan inestable, Chaikovski encontró en la historia de Oneguin un material que conectaba directamente con su propio estado anímico: sentimientos no correspondidos, incomunicación, decisiones equivocadas y arrepentimiento. La idea de convertir la novela en verso de Aleksandr Pushkin en una ópera no partió inicialmente de él, sino de la cantante Yelizaveta Lavróvskaya, que le sugirió el tema. Chaikovski, en un primer momento, consideró que no era un argumento adecuado para la escena lírica, precisamente porque carecía de grandes episodios espectaculares. Sin embargo, esa aparente falta de acción externa terminó por convencerlo. Lo que le interesaba no era la intriga, sino el mundo interior de los personajes. El libreto fue elaborado por el propio compositor junto a Konstantín Shilovski. En lugar de construir una adaptación completa y lineal de la novela, seleccionaron escenas concretas, respetando en muchos casos los versos originales de Pushkin. De ahí que Chaikovski definiera la obra como “escenas líricas” y no como ópera en el sentido tradicional. No hay una continuidad narrativa cerrada, sino episodios que muestran momentos decisivos en la vida de los personajes. La partitura revela varias características que la distinguen dentro del repertorio operístico del siglo XIX. En primer lugar, la estructura dramática evita el esquema rígido de aria-recitado-cabaletta propio de la tradición italiana. Los números musicales surgen de manera orgánica dentro del desarrollo escénico. Existen momentos claramente delimitados —como la escena de la carta de Tatiana o el aria de Lenski antes del duelo—, pero no están concebidos como piezas de lucimiento aisladas, sino como culminaciones emocionales dentro de un flujo continuo. El estreno tuvo lugar el 29 de marzo de 1879 en Moscú, en el Teatro Maly del Conservatorio, con estudiantes del Conservatorio de Moscú dirigidos por Nikolái Rubinstein. Chaikovski prefirió este entorno más íntimo antes que un gran teatro imperial, convencido de que la frescura interpretativa era esencial para la obra. La recepción inicial fue respetuosa, aunque no entusiasta. Algunos sectores consideraron que el argumento carecía de la espectacularidad que el público esperaba de una ópera. La consolidación llegó algunos años después. En 1881 se representó en el Teatro Bolshói de Moscú y más tarde en San Petersburgo. A medida que el público fue comprendiendo que no se trataba de una ópera de efectos externos, sino de un drama íntimo, la obra ganó prestigio y terminó convirtiéndose en uno de los pilares del repertorio ruso. En el siglo XX pasó a formar parte estable de los grandes teatros internacionales. En definitiva, Eugene Oneguin nace de una crisis personal, se construye a partir de una de las obras literarias fundamentales de Rusia y se define por su enfoque psicológico y su sobriedad teatral. No busca impresionar por la acción, sino por la verdad emocional. Esa combinación explica que, más de un siglo después de su estreno, siga siendo una de las óperas más representadas del repertorio eslavo.

    57 min
  3. 17 FEB

    Johann Strauss II. Die Fledermaus ( El murciélago )

    Si uno quiere entender El murciélago, lo primero que tiene que hacer es cerrar los ojos y viajar a la Viena del siglo XIX.Una ciudad que por fuera parece un salón de baile interminable:carruajes, cafés, teatros, uniformes, damas con abanico, caballeros con frac…y, por encima de todo, música. Porque Viena no solo era una capital política: era una capital emocional. Allí se bailaba para olvidar, se brindaba para celebrar, y se cantaba —literalmente— para sobrevivir a la vida cotidiana. Y en ese mundo aparece Johann Strauss hijo, el gran mago del vals. Strauss era un fenómeno social. No era “un compositor famoso”: era casi una celebridad moderna. La gente tarareaba sus melodías como hoy se tararean canciones pop. Y cuando estrenaba un vals nuevo, Viena entera parecía enterarse. Pero Strauss quería algo más: quería teatro, quería personajes, quería una historia donde sus melodías no fueran solo para bailar, sino para reír, enamorarse, mentir, seducir… y meter la pata. Ahí entra la opereta vienesa: una mezcla de música elegante y comedia descarada. El murciélago  es una historia que parece una tontería —una noche de fiesta, unos disfraces, un marido que se escaquea de la cárcel— pero que en realidad es una sátira finísima sobre una sociedad obsesionada con las apariencias. Porque en esta obra todo el mundo finge: el marido finge ser un marqués, la criada finge ser una actriz, el director de la prisión finge ser un noble, la esposa finge ser una extranjera exótica, y el que lo organiza todo finge que solo quiere divertirse. Strauss escribió El murciélago en plena madurez, cuando ya dominaba el arte de la melodía como nadie. Y aquí hizo algo magistral: transformó el vals en teatro. Por eso esta música tiene un brillo especial: parece que está sonriendo todo el tiempo… pero por debajo hay una inteligencia enorme y un sentido teatral perfecto. Y quizá por eso El murciélago es una de esas obras que nunca pasan de moda: porque todos, alguna vez, hemos querido ponernos una máscara para ser más libres… y hemos terminado haciendo el ridículo.

    57 min
  4. 10 FEB

    El gato montés de Manuel Penella

    Manuel Penella Moreno nació en Valencia en 1880, en un entorno musical muy activo. Fue compositor, director de orquesta y hombre de teatro en el sentido más práctico del término: alguien que no escribía música “para el papel”, sino para funcionar en escena, con público real delante. Se formó en el ámbito del conservatorio, pero su auténtica escuela fue el teatro: la compañía, el foso, los ensayos, los cantantes, los tiempos dramáticos. Esa experiencia explica una de sus grandes virtudes: Penella tiene un instinto teatral muy directo, casi cinematográfico, y eso se nota especialmente en El gato montés. A lo largo de su carrera trabajó también como director, lo que le dio un control muy sólido de la orquesta: no escribe como un autor “de salón”, sino como alguien que sabe cómo suena una orquesta en un teatro y cómo debe acompañar la palabra cantada. En los años 10 y 20, Penella se mueve en una España donde la zarzuela vive una tensión: por un lado, el público sigue pidiendo títulos populares; por otro, algunos compositores intentan empujar hacia un teatro lírico más ambicioso. Penella pertenece claramente a este segundo grupo: le interesa el drama, la pasión y la acción. Su vida terminó en 1939, ya en un contexto histórico devastado, y su nombre quedó, durante décadas, un poco reducido a un solo título: El gato montés, que sin embargo es una obra con vida propia y con una trayectoria internacional que muy pocas zarzuelas han tenido. El gato montés se estrena en 1916, en una España donde el teatro musical es todavía el gran entretenimiento popular, pero donde la zarzuela está en un momento delicado: el público sigue llenando, sí, pero el género empieza a vivir una especie de división interna. Por un lado, están las obras más ligeras, más costumbristas, con comedia y tipos reconocibles. Por otro, una línea de autores que buscan un teatro lírico con más peso dramático, con conflictos más oscuros y con una música que no se limite a “acompañar el chiste”, sino que sostenga una historia. Penella estrena El gato montés en ese punto exacto: zarzuela, sí, pero con un espíritu que mira hacia algo más ambicioso, más cercano a la tragedia. Y aquí hay un detalle clave: El gato montés es una obra que, desde muy pronto, demuestra que puede vivir fuera del circuito típico de la zarzuela. Se interpreta en escenarios donde normalmente se hace ópera, y su fama llega incluso fuera de España. Eso no es habitual.

    57 min
  5. 3 FEB

    El médico. Musical de Iván Macías

    Contexto de la obra El médico se estrenó en Madrid en 2018 y supuso una apuesta clara por un musical de gran formato, con música original y una narrativa continua, alejada del modelo de jukebox o del musical puramente comercial. No se trata de una adaptación ligera ni de un espectáculo construido a partir de canciones populares, sino de una obra pensada desde la dramaturgia musical, con desarrollo temático, leitmotivs y una orquesta con un papel estructural en el discurso. Autoría: música y texto La música de El médico es de Iván Macías, compositor con formación clásica, trayectoria en música sinfónica y una clara voluntad de integrar el lenguaje del musical contemporáneo con recursos de la tradición orquestal europea. El libreto y las letras son de Félix Amador, que plantea una adaptación directa, clara y funcional, evitando el exceso retórico y priorizando la comprensión del relato y la progresión dramática. Es importante subrayar que aquí música y texto avanzan juntos: no hay números “insertados”, sino escenas musicales que cumplen una función narrativa concreta. Fuente literaria El musical está basado en la novela El médico, de Noah Gordon, publicada en 1986 y convertida en un fenómeno editorial internacional. La historia sigue el recorrido vital de Rob J. Cole, desde la Inglaterra medieval hasta el mundo islámico de Persia, en su búsqueda del conocimiento médico en una época en la que la ciencia, la religión y el poder estaban estrechamente entrelazados. La adaptación teatral reduce y selecciona el material narrativo de la novela para centrarse en el viaje formativo del protagonista, más que en la mera acumulación de episodios. Ideas y valores que articula la obra Desde el punto de vista conceptual, El médico desarrolla varias ideas centrales: La búsqueda del conocimiento como motor vital El conflicto entre fe, ciencia y superstición El viaje como proceso de transformación personal La tolerancia cultural y religiosa frente al dogmatismo El aprendizaje no solo técnico, sino ético Estos temas no se presentan de forma abstracta, sino encarnados en situaciones dramáticas concretas, apoyadas por la música como elemento estructurador del relato.

    56 min
  6. 27 ENE

    La llama de José Mª Usandizaga

    José María Usandizaga nació en San Sebastián en 1887 y murió prematuramente en 1915, con apenas 28 años. Esa cifra —tan brutal como elocuente— planea siempre sobre su figura: estamos ante uno de los grandes talentos truncados de la música española del siglo XX. Formado inicialmente en su ciudad natal, amplió estudios en la Schola Cantorum de París, un centro clave para entender su estética. Allí entró en contacto con: el rigor técnico del contrapunto, la herencia de César Franck, y un ideal de música dramática orgánica, continua, muy alejada del número cerrado convencional. A su regreso a España, Usandizaga se encuentra con un panorama lírico dominado por: la zarzuela costumbrista, el predominio del chotis, la jota o el pasacalle, y una clara división entre “teatro musical popular” y “ópera seria”. Usandizaga no se siente cómodo en esa frontera. Su ambición es otra: crear un teatro lírico español moderno, técnicamente sólido y dramáticamente intenso, sin renunciar a la lengua ni a los referentes culturales propios. Usandizaga es una figura central en la construcción de una lírica vasca moderna, aunque conviene matizar bien esto. No es un compositor “folclorista” en sentido estricto. Su aportación no consiste en encadenar melodías populares, sino en algo más profundo: integrar giros modales y rítmicos vascos dentro de un lenguaje armónico europeo, crear una atmósfera identitaria sin necesidad de citas literales, y demostrar que lo vasco podía dialogar de tú a tú con Wagner, Franck o Debussy. En La llama, esta identidad no es decorativa: se manifiesta en la sobriedad expresiva, en la contención emocional y en cierta austeridad trágica que impregna toda la obra. Gracias a Usandizaga, la música escénica vasca deja de ser una curiosidad regional y pasa a formar parte del debate estético nacional.   La llama representa, en definitiva, una de las cimas más ambiciosas del teatro lírico español del primer tercio del siglo XX. Una obra que plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿y si la zarzuela también pudo ser un camino hacia una ópera española moderna? Con Usandizaga, la respuesta estuvo muy cerca del “sí”.

    58 min
  7. 13 ENE

    Julio César en Egipto de Haendel

    Hoy nos adentramos en el corazón de la ópera barroca italiana, tal como se vivía en el Londres del primer tercio del siglo XVIII. Es la época del dominio absoluto del aria da capo, del lucimiento vocal extremo y de una clara separación entre recitativo —donde avanza la acción— y aria —donde el tiempo parece detenerse para explorar un sentimiento. El público londinense adoraba el exotismo, las intrigas históricas y las grandes estrellas vocales, especialmente los castrati, auténticos ídolos de masas. En este contexto, Georg Friedrich Händel, compositor alemán afincado en Inglaterra, se convierte en el gran arquitecto de la ópera italiana fuera de Italia. Estrenada en 1724, Giulio Cesare in Egitto es probablemente la ópera más perfecta de Händel. Combina: Rigor dramático Riqueza psicológica de los personajes Una sucesión inagotable de arias memorables El libreto se inspira en hechos históricos: la llegada de Julio César a Egipto tras la derrota de Pompeyo y su encuentro con Cleopatra, una mujer joven, inteligente y extraordinariamente astuta. Estamos ante una ópera de pasiones humanas: ambición, seducción, venganza, dolor y amor verdadero. PERSONAJES Y VOCES Giulio Cesare – contralto o mezzosoprano (originalmente castrato): noble, reflexivo, heroico Cleopatra – soprano: seductora, inteligente, emocionalmente compleja Cornelia – contralto: dignidad, dolor y firmeza moral Sesto – mezzosoprano: juventud, evolución psicológica Tolomeo – contratenor: crueldad, cinismo, poder sin escrúpulos Händel utiliza las voces para dibujar el carácter: cuanto más virtuosa y brillante es el aria, más complejo es el personaje.

    57 min

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