La ContraHistoria

La historia como no te la contaron en la escuela. Presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva.

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Historias exclusivas de misterio, true crime y más

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  1. hace 1 día • Sólo para personas con suscripción

    Los mamelucos

    Ninguna élite se ha jactado nunca de provenir de la esclavitud. Solo hay una excepción, la de los mamelucos de Egipto. Entre 1250 y 1517, durante 267 años, Egipto estuvo gobernado por hombres nacidos libres en las estepas del norte del Mar Negro y en las montañas del Cáucaso, que eran capturados cuando eran niños por tratantes de esclavos y luego vendidos a comerciantes italianos que los llevaban hasta Alejandría. Se les adiestraba en el oficio de las armas dentro de la ciudadela de El Cairo. Pasaban varios años aprendiendo árabe, estudiaban el Corán y la “furusiyya”, un entrenamiento ecuestre muy intenso que hizo de ellos los mejores arqueros a caballo del Mediterráneo. Al terminar la instrucción eran liberados y se les entregaba caballo y armas. Haber sido esclavos no era una vergüenza que trataban de ocultar sino un título del que presumían. El sistema no era hereditario. Los hijos de los mamelucos nacían libres y musulmanes, es decir, nacían ya descalificados, de modo que la casta se renovaba con cada generación. La institución como tal había sido creada en Bagdad, pero solo fue en Egipto donde se emancipó del todo. El último sultán ayubí compró miles de mamelucos para ponerlos a su servicio y los acuarteló en una isla del Nilo llamada Rawda. A aquellos soldados se les conocía como bahríes y fueron quienes derrotaron a Luis IX de Francia en 1250, luego asesinaron al heredero ayubí y se quedaron con el sultanato. Unos años más tarde, en la batalla de Ayn Yalut, detuvieron a los mongoles que habían arrasado toda Eurasia sin conocer la derrota. Uno de ellos, Baybars, que había participado en el magnicidio y mató después a su propio sultán, gobernó durante dos décadas un imperio con un gran ejército, una temible flota, fortalezas y hasta un correo que unía Damasco y El Cairo en solo cuatro días. Instaló en su corte a un superviviente abasí y le proclamó califa, una jugada magistral que le dio la legitimidad que le faltaba de origen. Sus sucesores tomaron Antioquía, Trípoli y por fin Acre en 1291, poniendo fin así a dos siglos de presencia cruzada en Tierra Santa. El poder no se heredaba, se ganaba por prestigio militar. Cada emir mantenía su casa financiada con rentas de unas tierras que el sultán podía retirar cuando quisiera. La historia interna del sultanato mameluco es la lucha entre esas casas. Fue un imperio muy rico. La proverbial fertilidad del valle del Nilo estaba a su servicio, controlaban los puertos del levante y el comercio del mar Rojo, por el que entraban valiosos productos como la pimienta, el clavo o la seda. El Cairo creció y se transformó en una metrópolis muy poblada en la que floreció el arte, la literatura y el comercio. A mediados del siglo XIV llegó la peste negra y, con ella, la crisis. Los nuevos mamelucos empezaron a llegar del Cáucaso, pero lo esencial no cambió. Lo que no supieron hacer fue modernizar su ejército. Despreciaban las armas de fuego portátiles porque las consideraban indignas de un caballero. Los otomanos de Selim I aprovecharon esa ventaja y derrotaron al sultanato en 1517. El último sultán fue ahorcado por órdenes de la Sublime Puerta, pero los mamelucos se las apañaron para seguir mandando en Egipto como gobernadores otomanos hasta que Mehmet Ali mando que les fusilasen ya entrado el siglo XIX. Para hablar de los mamelucos y de cómo unos simples esclavos se hicieron dueños de un gran imperio nos acompaña hoy en La ContraHistoria José Soto Chica quien, naturalmente, en este programa no necesita presentación. Bibliografía: “Muerte en Toledo” de José Soto Chica - https://amzn.to/4cnmaHI “Mamluks: Legacy of an empire” de Carine Juvin - https://amzn.to/466HcXm “The Mamluks” de John Brunton - https://amzn.to/4cWzJOk “The knights of islam” de James Waterson - https://amzn.to/4gAT6ir

  2. 28 ago • Sólo para personas con suscripción

    Las costa no es eterna: una historia del nivel del mar

    El nivel del mar nunca ha estado quieto. La línea de costa que separa la tierra del mar y que aparece dibujada con precisión en los mapas no es una frontera estable, sino la posición que ocupa el océano en este momento concreto dentro de una oscilación que lleva millones de años actuando. Ha estado 100 metros más arriba y 100 más abajo dependiendo de las época. Tres factores determinan el nivel del mar. El primero es el hielo. Cuando el frío se prolonga durante milenios, la nieve se acumula sobre los continentes y forma casquetes de muy espesos. Cada metro cúbico atrapado allí es un metro cúbico que no está en el mar. El segundo es el calor, el agua templada ocupa más volumen que la fría, luego los océanos ocupan más espacio sin haber ganado una sola gota de agua. El tercero es la forma misma de las cuencas oceánicas, que cambian de forma en función de la actividad de las dorsales submarinas. A todo ello se suma que el propio suelo sube y baja después de cada glaciación. Durante la mayor parte de la historia geológica el mar estuvo mucho más alto que hoy. En el Cretácico se encontraba unos 200 metros por encima del actual. Norteamérica partida en dos por un brazo de mar y Europa era un rosario de islas cálidas. En el Plioceno, hace entre 3 y 5 millones de años más de temperatura, el nivel del mar estaba unos 20 metros más arriba que en el momento presente. El péndulo de las glaciaciones trajo muchos cambios a la linea de costa. Hace 125.000 años el mar estaba de 6 a 9 metros por encima del de hoy, pero hace 20.000 años, entre 120 y 130 metros por debajo. Gran Bretaña no era una isla, sino una península, Siberia y Alaska formaban un solo territorio. Las plataformas continentales emergidas sumaban una superficie del tamaño de Europa. Esas plataformas estaban habitadas por seres humanos cuyos campamentos yacen ahora bajo el agua. El deshielo posterior los fue anegando. En tiempos del imperio romano aún el nivel del mar era ligeramente inferior al actual. Desde entonces sube muy lentamente. Desde el siglo XIX el mar ha subido de 20 a 25 centímetros y el ritmo parece que se acelera. Las costas que damos por eternas son solo un fotograma. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  3. 27 ago • Sólo para personas con suscripción

    Dinero, deuda y confianza

    En mayo de 1734 se produjo un incendio en una casa del barrio londinense de Mayfair. Entre los escombros apareció un cuerpo calcinado hasta tal punto que era irreconocible. La justicia concluyó que era el dueño de la casa, un banquero irlandés retirado llamado Richard Cantillon, pero el caso no cuadraba. El fuego se había declarado en la habitación en la que guardaba sus papeles, los criados sobrevivieron todos y meses después desembarcó en Surinam un tal señor Savigni con documentos personales del difunto. La sospecha de que Cantillon fingiese su propia muerte para librarse de pleitos y acreedores no ha sido demostrada, pero tampoco descartada. Cuarenta años antes otro cadáver dio origen a la carrera del segundo protagonista. En 1694 el escocés John Law mató en duelo a Edward Wilson en Londres, fue condenado a muerte por asesinato, se fugó de prisión y se estableció en el continente. Law, hijo de un orfebre de Edimburgo, creció viendo cómo los recibos de depósito de su padre circulaban como si fueran oro, a partir de ahí dedujo que el dinero no vale por sí mismo, sino por la confianza que inspira. Durante veinte años vivió del cálculo de probabilidades apostando en timbas de naipes por toda Europa mientras estudiaba el funcionamiento del Wisselbank de Ámsterdam y del recién nacido Banco de Inglaterra. En 1705 propuso que se crease un gran banco nacional emisor de papel moneda. En Escocia e Italia rechazaron la idea, pero no en Francia, donde encontró un terreno fértil. Cantillon pertenecía a la nobleza católica irlandesa arruinada por las confiscaciones. Aprendió la lección contraria, solo es seguro el patrimonio que se puede mover rápido. Pasó por varias ciudades comerciales como Burdeos, Nantes y Cádiz y fue el primero en dar naturaleza económica al término empresario. Un empresario era para Cantillon todo aquel que compra a precios ciertos para vender a precios inciertos, luego, soportando esa incertidumbre, ajusta la producción a la demanda sin que nadie lo dirija. Esta es la primera descripción funcional del mercado medio siglo antes de Adam Smith. Francia puso el escenario a ambos. Luis XIV murió en 1715 dejando una deuda gigantesca que ahogaba al Tesoro. El regente, Felipe de Orleans, dio vía libre a Law, a quien conocía de las partidas de cartas. En 1716 fundó la Banque Générale, que compraba deuda incobrable del Tesoro y emitía dinero contra ella. Durante dos años funcionó realmente bien. En 1717 creó la Compañía de Occidente sobre el monopolio de la colonia de Luisiana. Más tarde fue absorbiendo el comercio exterior, la recaudación de impuestos, ciertos monopolios como el del tabaco y la Casa de la Moneda. El circuito se terminó cerrando en un bucle diabólico. El banco imprimía billetes, los billetes compraban acciones y las acciones sostenían la deuda. El precio de las acciones se disparó convirtiendo a muchos parisinos en millonarios de la noche a la mañana. El regente le premio nombrándole controlador general de Finanzas. Cantillon también estaba en París en esa misma época y participaba del esquema de Law, pero desde dentro. Prestaba a nobles para comprar acciones y se quedaba los títulos en prenda hasta que, llegado un momento, los vendió cerca del máximo y exigió el cobro en metálico. Salió de Francia con más de 20 millones de libras y apostó contra los mismos billetes que le habían hecho rico. Años más tarde explicó por qué lo hizo. Sabía que el dinero nuevo no sube todos los precios a la vez, beneficia a quien lo recibe primero y perjudica a todos los demás. A eso en economía se le conoce como efecto Cantillon. El sistema saltó por los aires en 1720 dejando la ruina tras de sí. Law consiguió huir, trató de convencer a otros soberanos para que hiciesen lo mismo, pero nadie confiaba en él. Murió pobre en Venecia en 1729 solo cinco años antes de que Cantillon desapareciese en Londres. El primero tuvo un humilde entierro en una iglesia veneciana, del segundo nunca más se supo.

  4. 20 ago • Sólo para personas con suscripción

    Grandes impostores

    La impostura acompaña a la humanidad desde sus orígenes. Su secreto no reside tanto en el farsante como en la gran cantidad de gente que necesita creerle. Todo gran engaño se sostiene sobre un público que quiere ver a un rey resucitado, a un príncipe perdido o a un superviviente heroico, un público que prefiere la ilusión antes que admitir su propia ingenuidad. El caso más antiguo documentado se remonta al 522 a.C., cuando el mago Gaumata se hizo pasar por Esmerdis, el hermano asesinado de Cambises II. Gaumata llegó a gobernar el imperio aqueménida hasta que Darío le derrocó. Se encargó además de que la posteridad supiese que había acabado con un impostor grabando la historia en piedra. En la Inglaterra de los Tudor, el flamenco Perkin Warbeck dijo ser Ricardo de York, uno de los príncipes ejecutados en la Torre de Londres. Durante varios años recorrió las cortes europeas antes de acabar ahorcado en 1499. Años más tarde, tras la muerte de Sebastián I de Portugal en la batalla de Alcazarquivir sin que se encontrase su cadáver, surgiría el sebastianismo. Aparecieron varios falsos Sebastianes uno de ellos un pastelero castellano, Gabriel de Espinosa, y el otro un calabrés errante, Marco Túlio Catizzone, que ni hablaba portugués ni se parecía al monarca pero aún así encontró adeptos que le creían. El siglo de las luces no hizo honor a su nombre rindiéndose a los charlatanes más audaces. Un aventurero francés llamado George Psalmanazar engañó a todos en Inglaterra asegurando que provenía de una tribu exótica de la isla de Formosa. El conde de Saint-Germain insinuaba ser inmortal y Giuseppe Balsamo, convertido en conde de Cagliostro, se dedicó a vender elixires y extraños cultos masónicos que tenían mucho público. Aquella élite ilustrada era precisamente la que más deseaba ser embaucada. El siglo XIX trajo fraudes a otra escala. El escocés Gregor MacGregor se inventó un país entero en Centroamérica, Poyais, para el que emitió moneda y títulos de deuda en la City londinense. Mary Baker se transformó en la princesa Caraboo de una isla inexistente. Todos anhelaban exotismo y eso mismo fue lo que obtuvieron. Ya en el siglo XX, un zapatero prusiano llamado Wilhelm Voigt demostró que con un simple uniforme de capitán se podía dar un gran golpe. El austriaco Victor Lustig llegó a vender dos veces la torre Eiffel a unos chatarreros y a timar al mismísimo Al Capone. La ejecución de los miembros de la familia imperial rusa dio a Franziska Schanzkowska, una joven polaca de extracción humilde, la oportunidad de hacerse pasar por la gran duquesa Anastasia. En la posguerra el español Enric Marco se hizo pasar por un superviviente de los campos de concentración y gracias a ello ganó mucha celebridad. En la misma época Ferdinand Waldo Demara fue encadenando oficios, algunos muy delicados como el de cirujano, sin tener un solo título. Lo que une todas estas historias no es tanto el descaro de los farsantes como el deseo colectivo que supieron encarnar. El impostor no inventa esos deseos, se limita a representarlos y luego cada cual proyecta sobre ellos lo que ya lleva dentro. Por eso los recordamos más con simpatía que con rencor porque nos revelan hasta qué punto nos atraen las mentiras reconfortantes. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:44 Grandes impostores 1:18:18 Los diádocos Bibliografía: “El impostor” de Javier Cercas - https://amzn.to/4wPnTgk “Cagliostro, el último alquimista” de Iain McCalman - https://amzn.to/4694Dzg “The great impostor” de Robert Crichton - https://amzn.to/45HVqhd “Memoirs” de George Psalmanazar - https://amzn.to/4g6Tzsm “The man who sold the Eiffel Tower” de Stéphane Marchetti - https://amzn.to/4hG3YMP

  5. 20 ago • Sólo para personas con suscripción

    ¿Y si hubiera sobrevivido el imperio otomano?

    El 1 de noviembre de 1922, tras seis siglos de existencia, el Imperio otomano desapareció tras su derrota en la Primera Guerra Mundial. Aquella caída se ha interpretado como el desenlace lógico del llamado hombre enfermo de Europa, pero quizá haya que volver sobre esa idea. La segunda década del siglo fue mala para todos los imperios, se hundieron también el austrohúngaro, el alemán, el zarista ruso y la dinastía Qing en China. El otomano, por tanto, no fue un caso único, y su desaparición tardó cuatro años más que la del resto, lo que es señal de que la idea imperial tenía cierta fortaleza. En vísperas de 1914 el imperio no era un moribundo condenado por sus tensiones internas, sino un Estado más o menos viable destruido por las pésimas decisiones de sus gobernantes, las invasiones extranjeras y el desgaste bélico. Habían hecho incluso algunas reformas tras la revuelta de los Jóvenes Turcos en 1908, reformas que no tuvieron continuidad en aquel momento, pero que bien podrían haberse recuperado en la posguerra. Antes de la guerra esos mismos Jóvenes Turcos hablaban del llamado otomanismo, es decir, una monarquía parlamentaria multiétnica y multirreligioso que diese cabida tanto a la población musulmana como a la cristiana y a la judía en igualdad de condiciones. De haber sobrevivido, el imperio seguramente habría podido funcionar más como sociedad multiétnica que como multirreligiosa. Turcos, árabes y kurdos podrían haber convivido, pero buena parte de los cristianos habrían sido expulsados. La religión era lo definía las lealtades, como demuestran las matanzas de armenios en Adana en 1909 o el boicot a los negocios cristianos de 1913. El nacionalismo árabe, en cambio, buscaba al principio reconocimiento cultural y cierta autonomía antes que independencia plena. De los imperios de antes de la guerra solo sobrevivió en cierta manera el ruso, pero reconstituido como una unión de repúblicas soviéticas. El otomano podría haber seguido un camino parecido con el islam como argamasa en lugar del comunismo. ¿Hubiera podido subsistir ese imperio turco-árabe de religión musulmana? En el corto plazo seguramente, en el largo plazo es más difícil ya que las presiones internas y externas hubiesen sido muchas, especialmente a partir de los años 40. Pero no lo sabemos, la historia contrafactual no da respuestas, tan solo una colección de males menores entre los que elegir. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  6. 14 ago • Sólo para personas con suscripción

    ContraViajes de invierno

    Desde 2022 los ContraViajes culturales se organizan una vez al año en primavera, pero abril y mayo resultan demasiado fríos y lluviosos para destinos septentrionales como Viena, Budapest o las islas británicas, y demasiado calurosos para lugares meridionales como Egipto, Petra o el norte de África. De ahí nace la propuesta de desdoblar el viaje en dos, uno invernal a destinos por debajo del paralelo 40, entre noviembre y marzo, y otro estival a destinos septentrionales, de mayo a julio. La ventaja añadida es que quienes no encajan las fechas del viaje único podrían acudir al menos a uno de los dos. Como primera prueba invernal se plantean las islas Canarias, un destino que va mucho más allá del sol y la playa. El archipiélago desempeñó un papel decisivo en el descubrimiento y la conquista de América, sirvió de escala a Colón y ensayó soluciones urbanísticas luego trasladadas al continente. La Laguna, con su trazado en damero declarado patrimonio en 1999, y Las Palmas, con Vegueta, la Casa de Colón y sus castillos, concentran un patrimonio singular, junto a La Orotava o la Candelaria. Su clima benigno, buenos vuelos desde Madrid, amplia planta hotelera y un guía como Carlos Pérez Simancas completan el atractivo. Necesito la opinión de los patronos, fans y miembros del canal, porque de esa opinión saldrá lo que se haga finalmente. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  7. 13 ago • Sólo para personas con suscripción

    Los asedios de Malta

    Malta es un archipiélago diminuto compuesto por tres islas principales de apenas 320 kilómetros cuadrados de superficie. No tiene ríos, hay muy poca tierra fértil y escasea el agua. Por lógica, un lugar así no debería ser muy deseable y su papel en la historia tendría que haber ido parejo a su tamaño. Pero ocurrió lo contrario. Su posición en el centro exacto del Mediterráneo, a la entrada del canal de Sicilia, donde el mar se estrecha y se parte en dos cuencas, convirtió a Malta desde tiempos lejanos en una de las islas más codiciadas. Quien dominaba Malta dominaba ese brazo de mar y podía asfixiar el comercio. Llegó a ser tan importante que en la segunda guerra mundial se ganó el apodo de portaviones insumergible. A ese valor se sumaba el de contar uno de los mejores puertos naturales del Mediterráneo, situado en la costa norte, donde los caballeros de San Juan levantaron la ciudad fortificada de La Valeta. Cinco grandes asedios han definido su historia. El primero fue en el año 870, cuando los aglabíes de Ifriqiya arrasaron la ciudad bizantina de Melita tras un sitio dirigido por el ingeniero Halaf al Hadim. La plaza fue saqueada, sus murallas demolidas y su población esclavizada o pasada a cuchillo. Los conquistadores no querían quedarse, solo neutralizar la isla. Décadas después la repoblaron colonos musulmanes llegados desde Sicilia que dejaron una herencia permanente, el maltés, único idioma semítico escrito en alfabeto latino de la Unión Europea. El segundo asedio fue el de Mdina en 1429. Una flota hafsí proveniente de Túnez desembarcó unos 18.000 hombres como represalia por una incursión aragonesa realizada poco antes en las costas africanas. La vieja capital resistió tres días encaramada en su cerro, pero el enemigo saqueó el resto de la isla y se llevó miles de cautivos. Malta tardó décadas en recuperarse de aquel golpe demográfico. El tercero, el Gran Sitio de 1565, es el más conocido. Solimán el Magnífico envió entre 40.000 y 50.000 hombres contra los 6.000 u 8.000 defensores de la Orden de San Juan capitaneados por su gran maestre, el anciano Jean Parisot de la Valette. El sacrificio del fuerte de San Telmo, que aguantó un mes y costó miles de bajas otomanas y la vida del corsario Dragut, dio tiempo a que llegara el socorro español desde Sicilia. Los turcos se retiraron en septiembre tras cuatro meses de sitio. El cuarto fue distinto. En 1798 Napoleón tomó la isla sin necesidad de disparar aprovechando la decadencia de la Orden. Pero su ofensiva anticlerical provocó una insurrección de los malteses. Los británicos declararon un bloqueo naval que obligó a rendirse a los franceses, pero solo después de dos años resistiendo tras los inexpugnables muros de La Valeta. Tras ello los británicos se apoderarían del archipiélago durante siglo y medio. El quinto sitio llegó en 1940, pero esta vez no llegó ni por tierra, ni por mar, sino desde el aire. Los aliados habían transformado Malta en una base clave para interceptar los convoyes del Eje rumbo a África. Los alemanes la bombardearon durante años de forma inclemente, pero la isla no se rindió. Gracias a eso su contribución a la victoria aliada en el norte de África fue fundamental. Para reconocérselo el rey Jorge VI concedió la Cruz de San Jorge a toda la población de las islas, la misma cruz que hoy la república de Malta luce orgullosa en su bandera. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:56 Los asedios de Malta 1:14:34 La guerra civil 1:20:01 La corona de Aragón

  8. 13 ago • Sólo para personas con suscripción

    Snow y el misterio del cólera

    El padre de la epidemiología fue un médico británico llamado John Snow. Nació en York en 1813, en el seno de una familia humilde, y tras aprender el oficio a la manera tradicional en Newcastle, viajo a Londres a pie en 1836 para formarse como médico. Antes de pasar a la historia por el cólera, se ganó un nombre como anestesista. Estudió con rigor matemático el éter y el cloroformo, diseñó inhaladores bien calibrados y llegó a administrar cloroformo a la reina Victoria en el parto del príncipe Leopoldo en 1853, lo que legitimó de golpe la anestesia obstétrica frente a los escrúpulos religiosos que eran muy comunes en la época. Pero su gran obra fue otra. En una época dominada por la teoría del miasma, según la cual las epidemias se transmitían por el aire corrompido, Snow estaba convencido de que el cólera viajaba en el agua contaminada por las heces de los enfermos. Hizo primero un razonamiento clínico constatando que la enfermedad afectaba primero al intestino y no a los pulmones. La prueba sobre el terreno la obtuvo en 1854, cuando un brote fulminante mató a más de 600 personas en el Soho londinense. Snow recorrió las calles casa por casa, anotó las muertes y trazó un mapa que las concentraba alrededor de una fuente de agua en Broad Street. Convenció a las autoridades para retirar la manija del surtidor, algo que se ha convertido en todo un símbolo de la medicina. Reforzó la investigación en Broad street con un experimento a gran escala al sur del Támesis, donde comparó la mortalidad según la compañía que suministraba el agua. Murió en 1858, a los 45 años, fue enterrado de forma muy discreta, casi sin honores, y hasta ridiculizado por defender que el mal olor no mataba. Décadas después, Pasteur y Koch le dieron la razón. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

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