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La ContraHistoria

La historia como no te la contaron en la escuela. Presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva.

  1. HACE 18 H • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    De las perlas al petróleo

    Todos sabemos dónde está el golfo Pérsico, un mar semicerrado en Oriente Medio entre Irán al norte y una serie de emiratos árabes al sur. Su rasgo más distintivo es el estrecho de Ormuz, un paso de apenas 50 kilómetros que constituye la única salida al océano. Por su ubicación geográfica y, más recientemente, por sus recursos naturales siempre ha sido una zona de gran importancia estratégica. Sus aguas son poco profundas, extremadamente cálidas y muy saladas, condiciones que favorecieron la pesca de perlas, principal fuente de riqueza de sus comunidades costeras durante siglos. Desde la antigüedad, el golfo fue ruta esencial del comercio entre Mesopotamia, la India y África. Los portugueses llegaron a principios del siglo XVI buscando controlar ese mismo tráfico. Alfonso de Albuquerque conquistó Ormuz en 1515 y estableció una red de fortalezas costeras, algunas importantes como las de Mascate y Baréin. Pero Portugal era un pequeño reino que no podía mantener un imperio tan disperso. En 1622 una alianza entre el sha persa Abbás I y la Compañía Inglesa de las Indias Orientales expulsó a los portugueses de Ormuz. A a mediados del siglo XVII habían perdido ya todas sus factorías en el golfo. Los otomanos también intentaron proyectar su poder desde Basora, pero nunca lograron contar con presencia naval ya que su centro de gravedad era el Mediterráneo, no el Índico. El verdadero rival de los otomanos fue siempre la Persia safávida, con quien se disputaron fronteras e influencia durante más de dos siglos. A lo largo del siglo XVII ingleses y holandeses compitieron por los mercados del Pérsico, aunque los holandeses se retiraron pronto ya que sus posesiones en el sudeste asiático eran mucho más rentables. En el siglo XIX el Reino Unido se convirtió en la potencia hegemónica indiscutible. Mediante tratados de protección con los jeques locales, la Royal Navy transformó el golfo Pérsico en un lago británico: Kuwait, Baréin, Catar y los Estados de la Tregua (lo que hoy son los Emiratos Árabes Unidos) quedaron bajo su tutela. Estos acuerdos, que congelaron fronteras y legitimaron ciertas dinastías, sentaron las bases de los Estados que hoy conocemos. El verdadero punto de inflexión llegó con el petróleo. Tras el primer gran descubrimiento en Persia en 1908, los hallazgos se sucedieron por todos los territorios ribereños: Irak, Baréin, Arabia Saudita, Kuwait, Catar y los Emiratos. Pequeñas comunidades que vivían de las perlas y los dátiles se convirtieron en las más ricas del mundo. La fundación de la OPEP en 1960 y las nacionalizaciones de los años 70 trasladaron el control del crudo a los Estados productores. El embargo de 1973 reveló al mundo entero el enorme poder que esa riqueza les confería. Cuando los británicos se retiraron en 1971, Estados Unidos asumió el papel de garante de la seguridad local, algo que no ha abandonado desde entonces. Las últimas décadas han traído guerras y una gran transformación económica. Ciudades como Dubái o Doha son hoy prósperas metrópolis. La población de sus costas ha pasado de unos 700.000 habitantes a principios del siglo pasado a los 40 millones de la actualidad. El golfo Pérsico sigue siendo una zona en tensión permanente. El estrecho de Ormuz es su talón de Aquiles y el petróleo su razón de ser. Eso sí, todos los Estados que comparten sus costas saben que esa fuente de riqueza tiene fecha de caducidad. En El ContraSello: 0:00 Introducción 4:00 De las perlas al petróleo 20:39 O2 - o2online.es 1:21:37 José Rizal 1:28:40 La Real Expedición de la vacuna

    1 h y 31 min
  2. 4 MAR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    La revolución iraní

    La Revolución Iraní de 1979 fue algo realmente rápido, pero lo que la provocó fue gestándose a lo largo de todo el siglo XX. Fue, de hecho, el resultado final de siete décadas de tensiones acumuladas entre tres fuerzas fundamentales: la soberanía nacional frente a la injerencia extranjera, el autoritarismo frente a las aspiraciones democráticas, y el islam político frente a la modernización impuesta desde arriba. Todo arranca a principios del siglo XX, cuando Persia era un país débil, endeudado y sometido a los caprichos de las potencias coloniales. La revolución constitucional de 1906 fue el primer intento de crear un sistema parlamentario moderno, pero fracasó aplastado entre la presión rusa, la británica y sus propias debilidades internas. Aun así, dejó sembradas las semillas de todos los debates políticos del siglo: soberanía, representación popular y papel del islam en la vida pública. En 1921 Reza Khan tomó el poder mediante un golpe de Estado y fundó la dinastía Pahlaví. En su reinado se modernizó el país, se construyeron ferrocarriles, universidades, se formó un ejército moderno y se decretó la secularización forzada. Pero todo eso se hizo destruyendo cualquier forma de libertad política. Veinte años más tarde, con motivo de la segunda guerra mundial, británicos y soviéticos invadieron Irán y le obligaron a abdicar, lo que demostraba que Irán seguía siendo un peón de las grandes potencia. Su hijo Mohamed Reza Shah, heredó el trono en condiciones un tanto precarias. El episodio más decisivo de su reinado fue el golpe de 1953, orquestado conjuntamente por la CIA y el MI6 británico, que derrocó al primer ministro Mohamed Mosaddegh, que poco antes había nacionalizado la industria petrolera. Esa intervención dejó una herida en la psicología colectiva del país y consolidó la imagen del sha como un títere al servicio de los intereses occidentales. En los años setenta Irán era sobre el papel una potencia regional en auge, enriquecida por el boom del petróleo. Pero bajo esa fachada de modernidad había una dictadura con su policía secreta, la temida SAVAK. Unos iraníes querían más libertades políticas, otros acabar con la revolución blanca patrocinada por el sha que estaba occidentalizando el país de forma acelerada. La chispa revolucionaria prendió en enero de 1978 con un artículo que atacaba al ayatolá Jomeini, exiliado en Irak desde 1964. Las protestas que siguieron se propagaron según un ritmo muy particular: cada vez que las fuerzas del orden mataban manifestantes, los rituales chiitas del luto a los cuarenta días convertían los funerales en nuevas manifestaciones, provocando de este modo un ciclo imparable. El punto de no retorno llegó en septiembre con la masacre de la plaza Jaleh, el llamado Viernes Negro, que cerró definitivamente la puerta a cualquier salida negociada. El otoño de 1978 trajo huelgas generalizadas que paralizaron el sector petrolero y, con ello, la principal fuente de ingresos del Estado. Jomeini, que se había instalado en un pueblo a las afueras de París, se convirtió en el portavoz de la revolución gracias al acceso que tenía a la prensa internacional. En enero de 1979, el sha abandonó el país. El 1 de febrero regresó Jomeini. Once días más tarde el ejército se declaró neutral y la monarquía se derrumbó sin apenas resistencia. La Revolución Iraní demostró que ni el petróleo ni la modernización compra la legitimidad que solo da el respeto a la voluntad popular. Pero la herencia de esta revolución es muy ambigua. Prometió libertad, pero terminó instaurando otra forma de dictadura, esta vez con turbante. En el ContraSello 0:00 Introducción 4:12 La revolución iraní 36: 47 “Contra el pesimismo”… https://amzn.to/4m1RX2R 1:44:40 La escuela de Salamanca - https://diazvillanueva.com/atenas-en-salamanca/

    1 h y 47 min
  3. 27 FEB • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    El toisón de oro

    La Insigne Orden del Toisón de Oro se es seguramente como la orden de caballería más prestigiosa de Europa, un testimonio vivo de la mística medieval que ha sabido adaptarse a seis siglos de cambios políticos. Fue fundada e 1430 en Brujas por Felipe III, duque de Borgoña, más conocido como Felipe el bueno, con el fin de ganarse la lealtad personal de una nobleza que se encontraba dispersa por sus dominios y rivalizar en esplendor con la Jarretera inglesa. Pero lo que nació como una confraternidad de príncipes borgoñones pronto se convirtió en una orden muy codiciada por los aristócratas de todo el continente europeo. Para eso hizo falta que se extinguiese la dinastía borgoñona y pasase la orden pasó a la casa de Habsburgo. Esa dinastía empezaría reinar en España con Carlos I y pasó a ser la máxima distinción que concedían sus monarcas. Con la guerra de sucesión española la orden se partió en dos ramas: una española que mantuvo la familia Borbón y otra austriaca que retuvieron los Habsburgo. Los dos toisones de oro tuvieron una evolución distinta, especialmente a partir del siglo XIX. La española es una orden dinástica vinculada a la Corona que se ha ido modernizando y adaptando a los tiempos. Empezó a admitir caballeros no católicos hace 200 años y mujeres desde hace 40. La austriaca, por el contrario, es simplemente una asociación privada dependiente de los Habsburgo que mantiene los estatutos fundacionales: solo admite hombres, católicos y de nobleza probada. La española es más prestigiosa y deseada ya que la concede un monarca reinante, mientras que el emperador de Austria se encuentra exiliado desde hace más de un siglo. El simbolismo de la orden es riquísimo, une el mito griego de Jasón con la exégesis bíblica de Gedeón e incluso tiene algunos elementos que la relacionan con la alquimia. Su pieza central es un collar de oro macizo compuesto por eslabones en forma de "B" y pedernales que desprenden llamas. Del collar cuelga el vellocino, es decir, el toisón. Un rasgo distintivo es que el collar no es hereditario; debe devolverse tras la muerte de la dama o el caballero. Hoy buena parte de los monarcas europeos son caballeros o damas y también algunos ex mandatarios. En ese aspecto no ha traicionado a sus orígenes borgoñones. Felipe el bueno la concibió como un instrumento diplomático y sigue siéndolo. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    48 min
  4. 26 FEB • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    La Odisea de Ulises

    La Odisea es, junto a la Ilíada, el gran poema épico de la antigüedad clásica. Pero va mucho más allá, es la base de todos los relatos que versan sobre el viaje, la pérdida y el anhelo de volver a casa. La Ilíada, cuyos mitos veíamos en una ContraHistoria hace solo unas semanas, se centra en la furia de Aquiles y el estruendo de la guerra de Troya. La Odisea, también atribuida a Homero, nos sumerge en las consecuencias de esa guerra a través de los ojos de Ulises u Odiseo, el héroe que prefiere el ingenio a la espada. La historia comienza diez años después de la caída de Troya. Nos presenta a un hombre que ha perdido todo excepto su deseo de recuperar su identidad como rey, marido y padre en la pequeña isla de Ítaca. Lo que hace que este relato siga siendo fascinante miles de años después es su estructura fragmentada y muy moderna. La narración no es lineal. Comienza en el mismo nudo de la trama, con el hijo de Ulises, Telémaco, buscando desesperadamente noticias de su padre mientras los pretendientes de su madre devoran su herencia. Esta primera parte nos muestra el vacío que deja la ausencia del héroe. Es entonces cuando el propio Ulises toma la palabra en la corte de los feacios para relatar su propia historia, una historia que se cuenta por desgracias. Aquí el poema se transforma en un viaje prodigioso, una sucesión de encuentros fantásticos que funcionan como metáforas de las debilidades humanas: el olvido provocado por los lotófagos, la fuerza bruta sin inteligencia del cíclope Polifemo, la elección entre dos males que representan Escila y Caribdis o la tentación carnal y mágica de Circe y Calipso. A diferencia de los héroes tradicionales que persiguen la gloria eterna en el campo de batalla, lo que mueve a Ulises es el “nostos", el regreso al hogar. Su viaje por el Mediterráneo es una lucha constante contra el olvido y contra su propia deshumanización. Cada monstruo que enfrenta es un obstáculo que intenta apartarlo de sí mismo. Poseidón, el dios del mar, actúa como la fuerza implacable del destino que castiga su orgullo, mientras que Atenea representa la sabiduría que lo guía. El viaje es físico si, pero sobre todo psicológico. El guerrero asistido por su astucia debe debe aprender que la paciencia y el disfraz son a menudo mucho más efectivos que la espada. El clímax de la obra ocurre cuando el héroe llega finalmente a su patria, la pequeña isla de Ítaca. No regresa al son de las trompetas, sino como un mendigo andrajoso, una prueba final de humildad y la muestra definitiva de su que Ulises, antes que cualquier otra cosa, es el primer gran estratega. La famosa matanza de los pretendientes y el posterior reconocimiento con su esposa, Penélope, cierran un círculo que no enaltece a la venganza. Ulises simplemente consigue, tras muchos años de sacrificio, restablecer el orden natural de las cosas. Penélope, que ha resistido valiéndose de una astucia igual a la de su marido, se convierte en el pilar que da sentido a todo el sufrimiento previo. La Odisea es un pozo de enseñanzas, pero la principal es que el verdadero heroísmo no reside en conquistar una ciudad, sino en tener la fortaleza necesaria para volver el lugar al que pertenecemos. Para hablar de la Odisea, del viaje de Odiseo, de la época en la que fue escrito y del significado de esta obra tan importante nos acompaña hoy en La ContraHistoria un buen amigo de este programa, Yeyo Balbás.

    1 h y 24 min
  5. 21 FEB • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    ¿Por qué la verdad ha dejado de importar?

    La naturaleza de la verdad está sufriendo una transformación radical. Ha pasado de ser un anclaje basado en hechos objetivos a convertirse en una sustancia maleable que se adapta a nuestros sesgos. Durante siglos, la civilización se asentó sobre un suelo firme de realidad compartida arbitrada por científicos e instituciones. Ese consenso se está desintegrando para dar paso a un vacío donde la verdad no se descubre, se elige según la conveniencia personal o ideológica. Este cambio es el resultado de la convergencia entre el diseño de las redes sociales, nuestros profundos sesgos cognitivos y la crisis de confianza en las instituciones. La eliminación de los intermediarios y los editores, que antes filtraban la información bajo criterios de veracidad, ha permitido que cualquier teoría de la conspiración compita en igualdad de condiciones co un informe científico revisado por pares. En esta "economía de la atención", lo indignante prevalece sobre lo cierto lo que ha terminado transformando la sociedad de la información en la sociedad de la afirmación. En esta sociedad el usuario solo busca confirmar sus propios prejuicios. Las plataformas digitales se sirven de algoritmos que crean burbujas que refuerzan nuestra visión del mundo y convierten la verdad en una insignia de identidad de grupo. En este ambiente, la duda se percibe como traición y el "fact-checking" como un ataque personal. A esto se suma el auge de la posverdad y un cinismo epistemológico donde la verdad se ve simplemente como una cuestión de poder, es decir, un terreno bien abonado para el autoritarismo. La inteligencia artificial y los "deepfakes" han destruido la evidencia empírica, lo que ha provocado que aparezca el llamado "dividendo del mentiroso": la posibilidad de descartar hechos reales como falsificaciones. Las preguntas son muchas. ¿Estamos presenciando el colapso del proyecto ilustrado?, ¿Volveremos a la era de las mentiras reconfortantes tomadas por verdad? ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    10 min
  6. 20 FEB • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Dos Alemanias: 1914-1939

    ¿Qué diferencia había entre la Alemania de 1914 y la de 1939? En ambos casos Alemania buscó y provocó la guerra, pero eran dos países muy distintos a pesar de estar separados por tan solo 25 años. En ese tiempo Alemania pasó de ser una monarquía parlamentaria de tipo autoritario, algo muy propio del siglo XIX, a una tiranía totalitaria moderna. En 1914 el segundo imperio era una federación de 25 estados autónomos en el que el Káiser coexistía con un Reichstag elegido por sufragio universal. En 1939 esos equilibrios habían desaparecido engullidos por el “Führerprinzip”, el principio del líder que estipulaba que la voluntad de Hitler era la ley suprema. No había nada, ni instituciones, ni contrapesos, más allá de sus deseos. La Alemania de 1914 funcionaba dentro de los marcos de la civilización occidental, mientras que la de 1939 era un régimen totalitario en el que la ideología racial había sustituido al estado de derecho. Económicamente la Alemania imperial era una gran potencia industrial plenamente integrada en el mercado mundial. En 1939, tras los traumas de la hiperinflación y la gran represión, el régimen impuso un modelo de autarquía y economía de guerra. El gasto público se destinó al rearme de forma prioritaria, algo que supo ocultar hábilmente tras la ingeniería financiera de los bonos Mefo. La industria alemana pasó a convertirse en una industria de guerra con el objetivo de conseguir la máxima autosuficiencia para una guerra que los nazis preveían larga. El tejido social sufrió la transformación más profunda. En 1914 la comunidad judía alemana estaba completamente asimilada y era indistinguible del resto de la población. En 1939 imperaba la “volksgemeinschaft”, una comunidad definida por la pureza racial que excluía a judíos, a cualquier otra raza distinta de la aria, a disidentes y a discapacitados. Un Estado étnico cuyo control se extendía a la esfera privada mediante un adoctrinamiento implacable de la juventud y el uso de la radio y el cine como herramientas de propaganda. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    50 min

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