La ContraHistoria

La historia como no te la contaron en la escuela. Presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva.

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Historias exclusivas de misterio, true crime y más

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  1. hace 4 días • Sólo para personas con suscripción

    El pánico del año mil

    Todos hemos oído hablar algún vez del pánico del año mil, pero nunca ocurrió. La imagen que nos transmitió la literatura romántica de una Europa arrodillada en las iglesias en la noche del 31 de diciembre del 999 esperando el fin del mundo, con los campos sin sembrar y los penitentes flagelándose por las calles, es una invención posterior. Ninguna crónica contemporánea da cuenta de ello y ese silencio de los anales monásticos, siempre atentos a cometas, eclipses y muertes de obispos, habla por sí solo. El artífice de la leyenda fue Jules Michelet, que en 1833 dedicó unas páginas a este pánico medieval, unas páginas magníficas como obra literaria, pero muy flojas como tratado histórico. No era el primero en mirar a esos años con condescendencia. Antes de él la época del cambio de milenio ya había sido pintada de negro durante la reforma protestante y por parte de los ilustrados, que necesitaban una edad media oscura y supersticiosa para exhibirse ellos como los heraldos de un renacimiento cultural y espiritual. El romanticismo decimonónico, que miraba a la edad media con fascinación, se limitó a rematar la faena. La realidad del año mil fue muy distinta a como unos y otros la imaginarían siglos después. La inmensa mayoría de los europeos ignoraba en qué año vivía. En aquel entonces los eruditos, que eran muy pocos, empleaban distintos sistemas para el cómputo de los años, el de la era cristiana era sólo uno de ellos. Pero ninguno de ellos alcanzaba a la mayor parte de la población, que se regía por el curso de las estaciones, las cosechas, la coronación de los reyes y las festividades religiosas. La idea de que el mundo iba a acabar a los mil años procedía de mucho antes, del capítulo 20 del Apocalipsis. Durante el primer cristianismo tuvo cierto predicamento, pero San Agustín y otros padres de la Iglesia zanjaron el asunto interpretando ese número como símbolo del tiempo de la Iglesia, una doctrina que funcionó durante siglos como cortafuegos frente a las fiebres apocalípticas. Eso no fue obstáculo para que los profetas del fin del mundo siguiesen apareciendo, pero siempre fueron episodios locales y de pequeño alcance. Las fuentes que alimentaron el mito son escasas y sospechosas. Rodulfus Glaber, de quien se nutrió Michelet siglos más tarde, escribió sus “Cinco libros de historias" unos treinta años después de los hechos, pero Glaber tenía una propensión natural a los prodigios sobrenaturales que le convierte en un cronista poco fiable. Ninguno de sus coetáneos hicieron la más mínima mención al pánico del cambio de milenio. Nada de esto significa que aquella fuera una época tranquila. Ninguna lo fue, menos aún en un continente tan pobre y fragmentado como la Europa de hace mil años. Aquellas gentes tenían una mentalidad muy diferente a la nuestra, casi cualquier cosa que se salía de lo normal, desde una sequía al paso de un cometa, les parecía una señal divina. Los europeos del siglo X eran supersticiosos y en ocasiones milenaristas. El hecho es que fue precisamente en esa época cuando el oeste de Europa empezó a sacudirse el letargo económico y cultural que la había castigado desde la desaparición del imperio romano de occidente. De forma muy gradual la economía y la población despegaron y fueron dando forma a la Europa medieval que ha llegado hasta nosotros. Lo que no ha desaparecido es el milenarismo, ese sobrevive intacto y revive de tanto en tanto con la misma fuerza que lo hizo en el pasado. Sígueme en: · Web... https://diazvillanueva.com · Twitter... https://twitter.com/diazvillanueva · Facebook... https://www.facebook.com/fernandodiazvillanueva1/ · Instagram... https://www.instagram.com/diazvillanueva · Linkedin… https://www.linkedin.com/in/fernando-d%C3%ADaz-villanueva-7303865/ · Flickr... https://www.flickr.com/photos/147276463@N05/?/ · Pinterest... https://www.pinterest.com/fernandodiazvillanueva ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  2. hace 4 días • Sólo para personas con suscripción

    Sancho el mayor

    Sancho Garcés III de Pamplona heredó siendo un niño un reino pequeño, apenas unos valles pirenaicos, la cuenca de Pamplona y una Rioja recién incorporada con Nájera como segunda capital. Su padre, García el Temblón, murió hacia el año 1004 y la regencia quedó en manos de su madre, Jimena Fernández, y de su abuela Urraca, dos mujeres de considerable peso político. Cuando el joven empezó a gobernar por sí mismo el califato de Córdoba estaba en plena guerra civil, de modo que pudo dedicar buena parte de sus energías a intervenir en los reinos y condados vecinos. Su instrumento favorito no fue la espada, sino el lecho nupcial. En el año 1010 se casó con Muniadona, hija de Sancho García, conde de Castilla. Cuando en el año 1029 el heredero de Castilla fue asesinado en León por los Vela, los derechos del condado recayeron en la casa de Pamplona. Sancho ocupó el condado, castigó a los culpables y colocó al frente a su hijo Fernando, que era todavía un adolescente. En 1032 remató la jugada con una doble boda que emparejaba a dos hijos suyos con dos hermanos leoneses. Entre 1033 y 1034 sus tropas entraron en Astorga y en la propia León, y Bermudo III tuvo que replegarse a Galicia. Al este absorbió Ribagorza y Sobrarbe aprovechando varias crisis dinásticas, arbitró entre los condes catalanes y ejerció una hegemonía un tanto difusa sobre Gascuña. En 1034 controlaba, directa o indirectamente, media España cristiana sin haber conquistado prácticamente nada a los musulmanes. Era tan poderoso que algunos cronistas se referían a él como rey de las Españas. Entretanto envió al monje Paterno a Cluny, implantó los usos benedictinos en San Juan de la Peña y Leyre, refundó el monasterio de Oña, restauró la sede episcopal de Palencia y consolidó el Camino de Santiago como arteria de comunicación con el resto de Europa. Murió poco después, en 1035, pero repartió sus dominios entre sus cuatro hijos bajo la jefatura del mayor, que se quedó el de Pamplona. El plan no duró mucho. Fernando venció a Bermudo III en la batalla de Tamarón y se hizo proclamar rey de León. A la vuelta de unos años Pamplona se la repartirían entre la emergente Castilla y el emergente Aragón. Esa fue su verdadera herencia, la de diseñar el mapa de la España cristiana que continuaría hacia el sur en la reconquista.

  3. 17 jul • Sólo para personas con suscripción

    Las armas de la venganza

    En el verano de 1944, con el frente occidental derrumbándose tras el desembarco de Normandía, la Alemania nazi presentó al mundo sus llamadas Armas de Venganza, las Vergeltungswaffen. Se trataba de dos ingenios revolucionarios, la V1 y la V2, concebidos para castigar a las ciudades británicas y devolver al Reich una iniciativa que ya había perdido en los campos de batalla. Más allá de su valor militar, Hitler y su ministro de propaganda Joseph Goebbels vieron en ellas un instrumento formidable para sostener la moral interna y alimentar la ilusión de un arma capaz de cambiar el curso de la guerra. La V1, denominada oficialmente Fieseler Fi 103, fue la primera bomba volante operativa de la historia. La impulsaba un motor pulsorreactor Argus cuyo característico zumbido intermitente le valió el apodo londinense de buzz bomb. Alcanzaba unos 640 kilómetros por hora, tenía un radio de acción cercano a los 250 kilómetros y transportaba una carga explosiva de unos 850 kilogramos. Su sistema de guía era rudimentario, un piloto automático giroscópico combinado con una pequeña hélice que medía la distancia recorrida y ordenaba el picado final sobre el objetivo. Desarrollada en el complejo de Peenemünde, en la costa báltica, la V1 empezó a lanzarse contra Londres el 13 de junio de 1944, apenas una semana después del Día D. Más adelante, los alemanes dirigieron miles de proyectiles contra Amberes, puerto vital para el abastecimiento aliado. Se lanzaron alrededor de 10.000 unidades contra Inglaterra, de las que poco más de 2.400 alcanzaron la capital y causaron unos 6.000 muertos. La respuesta aliada fue rápida y eficaz. Cazas como el Hawker Tempest, la artillería antiaérea dotada de espoletas de proximidad y los globos de barrera llegaron a derribar la mayoría de las bombas en las últimas semanas de la ofensiva. Muy distinta era la V2, conocida técnicamente como Aggregat 4 o A4, el primer misil balístico de largo alcance de la historia. Su desarrollo estuvo dirigido por el joven ingeniero Wernher von Braun, que encabezaba el equipo de cohetes de Peenemünde con el respaldo del ejército alemán. A diferencia de la V1, la V2 era un cohete propulsado por combustible líquido, una mezcla de alcohol etílico y oxígeno líquido que le proporcionaba un empuje extraordinario. Tras un breve ascenso vertical, el misil describía una trayectoria balística que lo elevaba hasta unos 80 kilómetros de altura antes de precipitarse sobre el objetivo a velocidad supersónica, superando los 5.000 kilómetros por hora. Esa velocidad lo volvía imposible de interceptar, pues impactaba antes de que se oyera su llegada. Transportaba una ojiva de aproximadamente una tonelada de explosivos. La producción en serie se concentró en la fábrica subterránea de Mittelwerk, cerca de Nordhausen, donde miles de prisioneros del campo de concentración de Mittelbau-Dora trabajaron en condiciones atroces. Se calcula que murieron más trabajadores forzados fabricando el arma que víctimas causó su empleo. Las primeras V2 cayeron sobre París y Londres el 8 de septiembre de 1944. Hasta el final de la contienda se dispararon más de 3.000 unidades contra objetivos británicos y belgas, con un balance cercano a los 9.000 muertos. Comparadas entre sí, la V1 y la V2 respondían a filosofías opuestas, la primera barata y sencilla pero vulnerable, la segunda sofisticada, cara e imparable. Ninguna de las dos alteró el rumbo del conflicto. Su impacto material resultó modesto frente a los bombardeos aliados, y su verdadera fuerza fue psicológica, el terror de un ataque imposible de prever. El legado técnico, en cambio, fue inmenso. La V2 se convirtió en la antepasada directa de los misiles balísticos modernos y de los cohetes espaciales, y el propio Von Braun terminaría diseñando el Saturno V que llevó al hombre a la Luna.

  4. 16 jul • Sólo para personas con suscripción

    La guerra que cambió España

    El 17 de julio de 1936 el ejército de África se sublevó contra el gobierno en el protectorado español de Marruecos. Un día más tarde la rebelión militar se extendió a las comandancias de la península, pero no triunfó en todas ellas, en las principales ciudades y en la propia capital fracasó. Esta circunstancia transformó lo que un grupo de generales habían planeado como un golpe rápido e indoloro en una guerra civil que duraría casi tres años. Las dos Españas se reorganizaron. La republicana en torno a un gobierno debilitado y con muchas divisiones internas que iría improvisando y se mantendría a la defensiva. La sublevada, que pasó a denominarse nacional, en torno a la figura de Francisco Franco, un general africanista que en octubre fue nombrado comandante supremo por sus compañeros de armas. La guerra tuvo varias varias fases. En el otoño de 1936 las columnas sublevadas avanzaron sobre Madrid, pero no consiguieron tomar la ciudad, lo que prolongó el conflicto. En 1937 el frente principal se desplazó al norte. Los sublevados se hicieron con el País Vasco, Cantabria y Asturias desde las zonas que ya controlaban en Navarra y Galicia. En 1938 la ofensiva de Aragón partió la zona republicana en dos. La batalla del Ebro, entre julio y noviembre de 1938, fue la más larga y sangrienta de todas. La derrota republicana permitió a los sublevados hacerse con Cataluña dejando al bando republicano herido de muerte y sin posibilidad ya de recuperarse. Unos meses más tarde se rindió Madrid y, con él, lo que quedaba de la zona controlada por la república. La guerra terminó el 1 de abril de 1939. La guerra pronto adquirió dimensión internacional. Alemania e Italia enviaron al bando sublevado material y unidades militares como la Legión Cóndor y el Cuerpo de Tropas Voluntarias. La Unión Soviética suministró aviación, carros de combate y asesores al Gobierno republicano, pagados en buena parte con las reservas de oro del Banco de España trasladadas a Moscú en 1936. Junto a eso unos 35.000 voluntarios extranjeros se integraron en las Brigadas Internacionales, que se retiraron en 1938 cuando la guerra estaba ya prácticamente perdida. El Comité de No Intervención, creado en septiembre de 1936 a instancias de Francia y el Reino Unido, no consiguió impedir que la guerra se internacionalizase. Ambas potencias se mantuvieron al margen. La guerra fue muy costosa en términos humanos y materiales, una auténtica tragedia para un país que ya arrastraba problemas económicos antes de su estallido. El balance fue de aproximadamente medio millón de muertos por todas las causas, de los cuales entre 150.000 y 200.000 correspondieron a operaciones militares y el resto a la represión en ambas zonas, el hambre y las enfermedades. España quedó devastada y tardó mucho en reconstruirse porque, apenas unos meses después de concluir la contienda, comenzó la segunda guerra mundial. Para hablar de este tema tenemos hoy en La ContraHistoria a Miguel Ángel Santamarina, escritor, periodista y divulgador histórico que este mismo año ha publicado un libro magnífico sobre la guerra civil: “La guerra que cambió España”, una aproximación muy original ya que lo ha estructurado en torno a episodios concretos que, juntos, nos cuentan la guerra tanto desde el punto de vista militar como el político y el humano. Bibliografía: - “La guerra que cambió España” de Miguel Ángel Santamarina - https://amzn.to/4vJ1mkM - “La guerra que cambió el mundo” de Miguel Ángel Santamarina - https://amzn.to/4wJTHmX - “La guerra civil” de Manuel Chaves Nogales - https://amzn.to/3RzYlVI - “La guerra civil española” de Burnett Bolloten - https://amzn.to/4pk45ze - “Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie” de Juan Eslava Galán - https://amzn.to/4fF8NUY

  5. 16 jul • Sólo para personas con suscripción

    Lecciones de la Odisea

    Nadie sabe quién fue Homero, ni siquiera se sabe si existió. Los griegos lo imaginaron ciego y errante y hasta siete ciudades griegas se disputaron ser su cuna, pero desde finales del siglo XVIII, la filología sospecha que detrás de ese nombre no hay un hombre, sino un oficio, el de los aedos que improvisaban con fórmulas prefabricadas ante un público que no sabía leer. Homero, más que un autor, fue una técnica narrativa. La Odisea que conocemos cristalizó por escrito a finales del siglo VIII a.C. en la Jonia, justo cuando Grecia salía de 400 años de penumbra y acababa de tomar prestado el alfabeto fenicio. Sus 24 cantos y 12.110 versos narran los últimos 41 días de un regreso de 10 años, y no empiezan por el principio. Ulises lleva siete años retenido por Calipso mientras los pretendientes de Penélope, su esposa, devoran su hacienda en Ítaca. Ella, entretanto y para ganar tiempo, teje de día el sudario que desteje de noche. Los cuatro primeros cantos siguen a Telémaco, los centrales recogen las aventuras del héroe narra ante, y la segunda mitad transcurre ya en tierra contando su regreso a Ítaca. El epíteto que mejor cuadra a Ulises no es el de astuto, sino el de sufrido, el que resiste a pesar de que todo lo tiene en contra. El heroísmo en Aquiles es morir joven y hermoso, a cambio de la gloria eterna, en Ulises es la resistencia. La metis (astucia) se sobrepone a la bía (la fuerza bruta), pero eso se cobra su precio. El armazón moral de la Odisea es la xenia, la hospitalidad sagrada que unos cumplen y otros violan. La matanza de los pretendientes del canto 22 no es una venganza, es la restitución de un orden roto, quizá por eso Homero lo remata con una amnistía. Los dioses intervienen en el curso de los acontecimientos, empujan a los hombres y les condicionan, pero no les eximen de la responsabilidad. De la Odisea ha bebido toda la literatura occidental desde la antigua Grecia. Virgilio, Ovidio, el Ulises que Dante lanzó más allá de las columnas de Hércules y ya no regresa, Kavafis, Primo Levi recitándolo en Auschwitz y el Leopold Bloom de Joyce, que comprime diez años en un día de Dublín, todos se nutren del relato homérico. La Odisea inventó la épica y también la novela. No promete que el viaje tenga sentido, solo que un hombre, si se lo propone, puede aguantar. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  6. 9 jul • Sólo para personas con suscripción

    El Santo Grial

    Ningún objeto ha inspirado tanta literatura como el santo grial, una copa cuya existencia nunca se ha podido documentar. La imprecisión acerca de qué es, dónde está y si alguna vez existió es seguramente su mayor fortaleza, porque una reliquia bien localizada se convierte en pieza de museo. El grial, en cambio, permanece siempre a un día de camino. Su historia es en realidad la de quienes lo buscaron. Monjes cistercienses, cruzados, ocultistas, arqueólogos de Himmler, guionistas y novelistas proyectaron sobre él lo que cada época necesitaba encontrar, y por eso sigue vivo cuando otras reliquias medievales duermen en polvorientas vitrinas. El objeto en sí aparece en el evangelio de forma muy fugaz. Los evangelios sinópticos cuentan que Jesús tomó el cáliz en la última cena, lo bendijo y lo repartió entre sus discípulos, luego desaparece de la historia. El punto de partida de los buscadores del grial es José de Arimatea, el hombre que pidió a Pilato el cuerpo de Cristo y le enterró en una tumba de su propiedad. Los evangelios apócrifos dieron mucha más importancia a José de Arimatea, que luego se convirtió en un viajero cargado de reliquias. La asociación entre José de Arimatea y un recipiente donde se habría recogido la sangre de Cristo en la cruz no cuaja hasta finales del siglo XII, cuando el borgoñón Robert de Boron cristianiza el objeto. Antes de él el grial existía, pero todavía no era santo. El primero en ponerle nombre fue Chrétien de Troyes en 1180 en su inacabado “Perceval o el Cuento del Grial”. Un joven galés llega al castillo de un rey herido y presencia una procesión en la que una doncella lleva un grial, palabra que en francés antiguo designaba una fuente honda para servir alimentos. Perceval calla, no pregunta a quién sirve aquello, y esa cortesía mal entendida condena al rey y a su tierra. Chrétien murió sin resolver el enigma. Robert de Boron lo identificó más tarde con el cáliz eucarístico, luego sustituyeron a Perceval por Galahad y la aventura original se transformó en alegoría mística. No mucho más tarde un alemán, Wolfram von Eschenbach, hizo del Grial una piedra con propiedades mágicas, el “lapsit exillis”, que custodian unos caballeros, los “Templeisen” en un castillo. Es aquí donde entran los templarios en la leyenda. El hecho es que, a finales del siglo XIII, había ya cuatro griales, pero eran muy diferentes. De esa multiplicidad nacen las lecturas posteriores. La eucarística traduce la misa al lenguaje de la caballería. La sanguínea convierte la vajilla en relicario. La dinástica, que imagina una descendencia carnal de Jesús protegida por sociedades secretas, no aparece hasta el siglo pasado. La lectura interior entiende la búsqueda del grial como un itinerario individual del alma. Lo que si tenemos son santos griales físicos en distintas partes de Europa. El más famoso de todos es el Santo Cáliz que se conserva en la catedral de Valencia, hay otro más en la basílica de San Isidoro de León, otro en Galicia, otro en Gales, otro en Viena y otro más en la catedral de Génova, estos dos últimos son platos, no copas. Hoy son piezas de museo muy valoradas, pero eso no es inconveniente para que los modernos buscadores del grial sigan apostando por unas o por otras. Para hablar de este tema vuelve a La ContraHistoria Carlos Pérez Simancas que, como bien saben los contraescuchas, es experto en este tipo de relatos que habitan entre la historia y la leyenda. Bibliografía: - “Mitomancia” de Carlos Pérez Simancas - https://amzn.to/4y4L9IO - “La búsqueda del Santo Grial” de Carlos Alvar - https://amzn.to/4f2ELsP - “El Santo Grial: una historia diferente” de Roberto C. Chuliá - https://amzn.to/4h1NxtJ - “El Santo Grial” de Ana Mafé García - https://amzn.to/4f8ugo8 - “El Santo Grial” de Carlos Javier Taranilla - https://amzn.to/4wEKrRb #FernandoDiazVillanueva #santogrial #santocaliz ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  7. 9 jul • Sólo para personas con suscripción

    La rebelión de las máquinas

    El miedo a que nuestras creaciones se rebelen contra nosotros no nació con la inteligencia artificial ni con la revolución industrial, sino en el momento en que el ser humano comprendió que podía fabricar algo más fuerte, más rápido y quizá más listo que él mismo. Toda herramienta prolonga el cuerpo y amplía sus capacidades, pero mientras se limita a la fuerza bruta permanece bajo control. El problema surge cuando alguien imagina una criatura fabricada dotada de algo parecido a la voluntad, porque entonces deja de ser herramienta y se convierte en rival. Esa genealogía del temor tiene raíces muy antiguas. Los griegos imaginaron a Talos, un gigante de bronce que custodiaba las costas Creta, pero no sabía distinguir al invasor del náufrago. Talos solo podía ser desactivado mediante un clavo en su tobillo al que al final tuvieron que recurrir. La tradición judía dio forma al golem, un hombre de barro que se volvía inestable porque carecía de alma. Entre ambos median 2000 años pero ninguna distancia real, porque ambos obedecen la letra de las órdenes e ignoran su espíritu. Después llegaron los autómatas renacentistas y dieciochescos, los relojes con figuras, el pato de Vaucanson y el falso turco ajedrecista, hasta que el telar de Jacquard y la furia de los luditas trasladaron el miedo al terreno económico. En 1818 apareció Frankenstein, una fábula sobre la paternidad irresponsable más que sobre la tecnología, porque la criatura no nace perversa, se rebela contra su creador cuando éste le abandona. Samuel Butler en 1863 imaginó la amenaza se en términos evolutivos, predijo que las máquinas nos domesticarían como si fuésemos animales ya que evolucionaban más rápido que los seres vivos. El paso final llegó en 1920, cuando se acuñó la palabra robot, que significa esclavo. Lo hizo un autor checo llamado Karel Čapek que escribió una obra de teatro en la que los robots se rebelaban contra sus dueños. Luego llegaron Fritz Lang, Asimov y sus tres leyes de la robótica, HAL 9000 de Stanley Kubrick, Skynet, Terminator y Matrix que han ido reelaborando la historia hasta el momento presente en el que nuestro temor está en la inteligencia artificial. Pero los miedos de nuestro tiempo no los han traído los microchips ni los modelos de IA. Los hemos traído nosotros. Cambia el material y el vocabulario, pero la pregunta permanece intacta desde hace miles de años, sabemos crear cosas que nos superan y tememos que un día nos sustituyan y ocupen nuestro lugar.

  8. 6 jul • Sólo para personas con suscripción

    Celsius vs Fahrenheit

    Estados Unidos es prácticamente una isla en la forma de medir la temperatura. Mientras casi todo el mundo emplea la escala Celsius, los estadounidenses siguen empleando la escala Fahrenheit, un sistema que resulta incomprensible para todos aquellos que miden la temperatura en Celsius. Que nos digan que hace 32 grados de frío o 100 de calor solo tiene sentido cuando entendemos que hablan de otra escala muy diferente. La necesidad de medir el calor y el frío es tan antigua como la civilización ya que permite anticipar las estaciones y proteger las cosechas. Pero durante siglos lo que no había era una medida común. Los primeros termoscopios mostraban las variaciones térmicas, pero luego cada artesano marcaba sus propias divisiones, lo que impedía reproducir experimentos y hacerse entender. El siglo XVIII trajo la estandarización. En 1724, el físico alemán Daniel Gabriel Fahrenheit inventó el termómetro de mercurio de precisión y una escala basada en tres puntos. El 0 estaba en una mezcla de hielo, agua y sal de cloruro amónico, la fusión del hielo en 32 grados y la temperatura corporal humana en 96 grados. En 1742 el astrónomo sueco Anders Celsius propuso una alternativa vinculada a las propiedades del agua pura. El punto de congelación serían 0 grados y el de ebullición 100 grados. Su escala original estaba invertida y fue Carl Linneo quien le dio la forma actual. La diferencia entre ambos está en la granularidad. Celsius dividió ese recorrido en 100 partes y Fahrenheit en 180, de modo que su grado es más pequeño. Ambas escalas coinciden en un único punto, los 40 grados bajo cero. La conversión entre ellas exige un ajuste aritmético complicado. La ventaja de Fahrenheit reside en su precisión para la vida cotidiana, ya que una franja de 0 a 100 describe bien las temperaturas habitables sin necesidad de usar decimales. La de Celsius es más natural y encaja con el sistema decimal, razones que explican que casi todos los países del mundo la adoptasen entre los siglos XIX y XX. Los científicos tienen su propia escala de temperatura, la de Kelvin, que es arranca en el cero absoluto y, por lo tanto, carece de números negativos. En Estados Unidos intentaron hace medio siglo metrificar el país con una ley y una agencia, pero el rechazo popular impidió que avanzase. Hoy son prácticamente los únicos que siguen utilizando sus propias medidas, para la temperatura y para todo lo demás. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

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