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La ContraHistoria

La historia como no te la contaron en la escuela. Presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva.

  1. HACE 6 DÍAS • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Guardianes de la moral

    A lo largo de la historia contemporánea se repite un mismo patrón, el de individuos o grupos se erigen en guardianes de la moral ajena, detectan una amenaza (real o imaginaria), la amplifican y desatan persecuciones que dejan tras de sí carreras destruidas y vidas arruinadas. El arquetipo del censor moderno es Anthony Comstock, un puritano de Connecticut que, tras la Guerra Civil, emprendió desde Nueva York una cruzada contra la obscenidad. En 1873 logró que el Congreso aprobara una ley que llevaba su nombre y que prohibía el envío por correo de material considerado indecente. Armado con esa legislación deliberadamente vaga y respaldado por algunos magnates, fundó la Sociedad Neoyorquina para la Supresión del Vicio, que persiguió a médicos, editores, galeristas y dramaturgos. Presumió de haber provocado quince suicidios y arruinado casi 3.700 vidas. Incluso obras de autores clásicos como Aristófanes, Bocaccio o Chaucer sucumbieron, las de los autores contemporáneos sufrieron hostigamiento y censura. El espíritu censor de Comstock tuvo su eco años más tarde en Hollywood con el Código Hays, un sistema de autocensura que durante más de treinta años dictó lo que podía mostrarse en pantalla. Quedaron desterradas la homosexualidad, las relaciones interraciales y cualquier transgresión de lo que se consideraba la moralidad adecuada. Las cláusulas de moralidad en los contratos controlaban también la vida privada de los artistas. El macartismo reprodujo luego el mismo esquema: una amenaza difusa, un aparato institucional complaciente y el señalamiento de los “inmorales". Lo más inquietante es que el fenómeno no ha desaparecido, de hecho se ha amplificado y afecta ahora a ambos lados del espectro político. Las redes sociales han creado un ecosistema donde la indignación moral es moneda de cambio. Derecha e izquierda despliegan sus propias cruzadas moralistas. Unos retiran libros de bibliotecas, otros imponen criterios de género y raciales con cláusulas contractuales más severas que las de 1914. El mecanismo es idéntico al de los censores de la época de Comstock. A ello se debe responder con coraje, sentido común y humor frente al fanatismo de quienes pretenden silenciar la libertad de expresión. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    38 min
  2. 2 ABR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Apolo, el gran salto

    La Luna siempre ha estado ahí, aparentemente a tiro de piedra. Se encuentra a una media de 384.000 kilómetros, lo que la convierte en el único cuerpo celeste que nuestros antepasados podían contemplar con detalle a simple vista. Eso hizo de ella territorio de sacerdotes, poetas y astrólogos durante miles de años. Sus fases regulares, ese ciclo de 29 días y medio, sirvieron para medir el tiempo mucho antes de que nadie entendiese la mecánica orbital. Calendarios lunares los hay por todas partes, desde el chino hasta el musulmán, pasando por el modo en el que los cristianos fijan la fecha de la Semana Santa. Llegar a pisarla ya era otra historia. La odisea empezó con la Segunda Guerra Mundial y los cohetes V-2 que Wernher von Braun desarrolló para el Tercer Reich. Acabada la contienda, estadounidenses y soviéticos se llevaron a los ingenieros alemanes. Von Braun acabó en Alabama trabajando para el ejército de Estados Unidos. Durante años su trabajo avanzó lentamente hasta que el 4 de octubre de 1957 la Unión Soviética puso en órbita el Sputnik. Aquella esfera que pitaba desde el espacio provocó la estupefacción de los estadounidenses. Los soviéticos repitieron con la perra Laika y luego con Yuri Gagarin, el primer ser humano en orbitar la Tierra. Estados Unidos iba siempre un paso por detrás. Entonces apareció Kennedy. Joven y ambicioso, vio en la Luna un proyecto casi de ciencia ficción en el que todos estaban de acuerdo. En mayo de 1961 anunció ante el Congreso que un estadounidense pisaría la Luna antes de que terminase la década. Era una promesa temeraria porque en aquel momento la experiencia tripulada de la NASA se reducía al vuelo suborbital de quince minutos de Alan Shepard. Nadie sabía cómo llegar a la Luna. Nadie tenía el cohete. Nadie estaba seguro de que fuera posible. Los programas Mercury y Gemini fueron la escuela. Con el Mercury aprendieron que un ser humano podía sobrevivir en el espacio. Con el Gemini ensayaron todo lo necesario para la misión lunar: acoplamientos, paseos espaciales, maniobras orbitales. El programa para llegara a la Luna la NASA lo bautizó Apolo. Adoptaron el perfil de misión propuesto por el ingeniero John Houbolt y Von Braun construyó el Saturno V, un monstruo de 110 metros de altura capaz de poner 45 toneladas camino de la Luna. Hubo tragedias. El incendio del Apolo 1 mató a tres astronautas en enero de 1967 y obligó a rediseñar la cápsula entera. Hubo también momentos gloriosos. El Apolo 8 llevó a tres hombres a orbitar la Luna en la Navidad de 1968. Y el 20 de julio de 1969, Neil Armstrong y Buzz Aldrin descendieron con el módulo Eagle hasta el mar de la Tranquilidad. Seiscientos millones de personas lo vieron en directo por televisión. Le siguieron seis misiones más, hasta el Apolo 17 en diciembre de 1972. Trajeron 382 kilos de rocas, desplegaron instrumentos, algunos incluso siguen funcionando hoy y cambiaron para siempre nuestra comprensión del sistema solar. Las huellas de aquellos doce hombres permanecen intactas en el regolito lunar ya que en la Luna no hay viento ni lluvia que las borre. Esperemos que quienes lleguen después las respeten. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:49 Apolo, el gran salto 1:25:38 El origen de las cofradías de Semana Santa Bibliografía: “El programa Apolo” de Peter Duke - https://amzn.to/4mditYO “La carrera espacial” de Ricardo Artola - https://amzn.to/4bKYmNW “Apolo 11” de Eduardo García Llama - https://amzn.to/4scvjaX “Los otros vuelos a la Luna” de Rafael Clemente - https://amzn.to/4sQJrI8

    1 h 36 min
  3. 27 MAR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    El New Deal

    El New Deal nació en lo peor de la gran depresión. En 1933 Estados Unidos llevaba tres años y medio hundiéndose en la peor crisis económica de su historia. Bancos cerrados, fábricas paradas, desempleo del 25% y colas del pan que daban la vuelta a la manzana. En ese escenario llegó Franklin Delano Roosevelt con algo que no era exactamente un plan, sino más bien una actitud: había que hacer algo. Lo que fuera. Ya. Y ese algo fue el New Deal. No se trataba de un programa coherente salido de un laboratorio de ideas, sino de una avalancha de leyes, agencias y experimentos, muchos de ellos improvisados y aprobados a toda velocidad. Eso hizo que algunos se contradijesen entre sí tanto en su planteamiento como en sus consecuencias. Se sustanció en una sopa de letras de organismos, programas y administraciones que ni sus propios creadores entendían del todo pero que algunos han durado hasta el momento presente. El primer New Deal, entre 1933 y 1935, fue de emergencia. Se estabilizó el sistema financiero, se abandonó el patrón oro (se prohibió incluso la tenencia privada de oro), se crearon programas de empleo y se intentó poner de acuerdo a empresarios y trabajadores con la intermediación del Estado federal. Algo parecido al corporativismo fascista, aunque a Roosevelt esa comparación no le gustaba nada. El segundo New Deal llegó 1935 y se concentró en la reforma social. La Seguridad Social, la Wagner Act (que consagró el derecho de los trabajadores a sindicarse), la WPA que empleó a millones de personas para construir todo tipo de infraestructura. Algunas de las leyes que acompañaron a todo el proceso fueron incluso declaradas inconstitucionales por el Tribunal Supremo que Roosevelt quiso poner de su lado con una polémica reforma que el Congreso rechazó. ¿Funcionó? A medias. Alivió algunos efectos de la gran depresión, modernizó la infraestructura del país, quizá salvó a la estadounidense de de algo peor. Pero no acabó con la crisis. Eso lo hizo la segunda guerra mundial, que proporcionó el nivel de gasto que Roosevelt nunca se atrevió a alcanzar en tiempos de paz. Lo que si consiguió fue cambiar para siempre la relación entre el ciudadano y el Estado. Los americanos de 1930 no esperaban nada del gobierno. Los de 1940 esperaban pensiones, regulaciones y empleo público. Ese cambio fue más duradero que cualquier de sus leyes, tanto que se mantiene casi un siglo después. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    49 min
  4. 26 MAR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Las guerras de Italia

    Las guerras de Italia fueron el gran conflicto que marcó a Europa en la primera mitad del siglo XVI. Entre 1494 y 1559 Francia y España combatieron sin cuartel por el control de una península que lo tenía todo: riqueza, posición estratégica idónea en el centro del Mediterráneo, prestigio, cultura y al Papa. La Italia de la época era muy próspera y, sobre todo, estaba fragmentada en un mosaico de pequeños principados enfrentados entre sí. Una presa irresistible para las grandes monarquías que se estaban consolidando en Europa occidental. La chispa la encendió Ludovico Sforza, el regente de Milán, que tuvo la brillante idea de invitar a Carlos VIII de Francia a intervenir en los asuntos italianos. Fue como abrir la caja de Pandora. El monarca francés cruzó los Alpes en 1494 con 30.000 hombres y una artillería que pulverizaba las murallas medievales en cuestión de horas. Conquistó Nápoles casi sin oposición, pero no pudo retenerlo. Se formó una coalición en su contra y tuvo que marcharse. El propio Sforza, que había llamado al lobo, terminó devorado por él. Los franceses le derrocaron y murió preso en Francia. A partir de ahí se sucedieron las guerras con una endiablada cadencia. Años más tarde Luis XII se hizo con Milán pero perdió Nápoles frente al Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, que en batallas como Ceriñola y Garellano demostró que las armas de fuego portátiles como los arcabuces habían cambiado las reglas de la guerra para siempre. El Papa Julio II montó y desmontó alianzas con una facilidad pasmosa: primero contra Venecia, luego contra Francia. Francisco I recuperó Milán en Marignano, pero Carlos V se lo arrebató en Pavía, donde el propio rey francés fue capturado. Se lo llevaron preso a Madrid y le obligaron a firmar un tratado que repudió en cuanto regresó a Francia. La cosa fue a más. En 1527, las tropas imperiales saquearon Roma, un episodio que escandalizó a la cristiandad y que tuvo consecuencias inesperadas. El Papa, sometido a Carlos V, no se atrevió a anular el matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón, lo que provocó el cisma anglicano. Francisco I, desesperado, llegó a aliarse con el sultán otomano. Las guerras terminaron con la Paz de Cateau-Cambrésis en 1559. Los reyes de Francia renunciaron a Italia dejando a los de España como amos de la península. Pero estos 65 años de guerras habían transformado mucho más que el mapa de Italia. Aquello fue toda una revolución militar. La caballería medieval fue sustituida por los tercios de arcabuceros y piqueros, la artillería obligó a reinventar las fortificaciones y los ejércitos se profesionalizaron. Esas mismas técnicas viajaron a América, donde los conquistadores españoles emplearon los arcabuces y las tácticas aprendidas en Italia. La plata americana financiaba a su vez las guerras italianas. La monarquía española salió convertida en el árbitro europeo y en esa condición se mantendría durante un siglo. Toda Italia pasó a la órbita española, pero la península había perdido ya su peso específico porque las grandes rutas comerciales se habían desplazado a los océanos. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:35 Las guerras de Italia 26:07 “Contra el pesimismo”… https://amzn.to/4m1RX2R 1:16:09 Portugueses y holandeses Bibliografía: “Carlos V, el césar y el hombre” de Manuel Fernández Álvarez - https://amzn.to/4c7aWXL “La revolución militar” de Geoffrey Parker - https://amzn.to/4bJKORy “Del arte de la guerra” de Nicolás Maquiavelo - https://amzn.to/4t62de7 “Los Tercios” de René Quatrefages - https://amzn.to/4bKYprF

    1 h 22 min
  5. 19 MAR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    El colapso de la URSS

    La disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas constituye uno de los acontecimientos más trascendentales del siglo XX, comparable en magnitud a las dos guerras mundiales o a la Revolución bolchevique que dio origen al propio Estado soviético en 1917. En apenas seis años, entre 1985 y 1991, un imperio que se extendía desde el Báltico hasta el Pacífico y que había mantenido en vilo al mundo entero durante las más de cuatro décadas de Guerra Fría se desmoronó sin que mediase una guerra convencional, una invasión exterior o una revolución. Lo que hubo fue algo más complejo: una combinación de reformas mal calculadas, presiones económicas insostenibles, el despertar de nacionalismos largo tiempo reprimidos y una élite dirigente que había perdido la fe en su propio proyecto. Todo comenzó con la llegada de Mijaíl Gorbachov al poder en marzo de 1985. Gorbachov era un hombre joven para los estándares del Kremlin, enérgico y convencido de que el sistema soviético podía reformarse desde dentro sin necesidad de abandonar el socialismo. Sus dos grandes programas, la perestroika y la glasnost, pretendían modernizar la economía y abrir un espacio de transparencia informativa. Lo que Gorbachov no previó fue que ambas reformas, lejos de fortalecer al Estado, terminarían por acabar con él. El proceso no fue uniforme ni predecible. Las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania) fueron las primeras en independizarse. En el Cáucaso, la violencia étnica entre armenios y azeríes preludió que la coexistencia de los tiempos de la URSS saltaría por los aires. Moldavia, Ucrania y Bielorrusia siguieron caminos más lentos pero igualmente irreversibles. En Asia Central, las tensiones adoptaron formas distintas, se produjeron algunos enfrentamientos étnicos y la clase dirigente de la época soviética sobrevivió cambiando de chaqueta. Las huelgas de los mineros del Donbás y de Siberia en 1989 pusieron de manifiesto que el descontento no se limitaba a las periferias nacionales, sino que había calado también en el corazón de la clase obrera rusa, aquella que supuestamente era la base del régimen. La crisis alcanzó su punto de no retorno en 1991. Boris Yeltsin, elegido presidente de la Federación Rusa, se convirtió en el principal rival interno de Gorbachov. El intento de golpe de Estado de agosto de 1991, protagonizado por un grupo de inmovilistas del Partido y de su aparato de seguridad, terminó en un fracaso estrepitoso que aceleró el proceso de disolución. Tras el golpe fallido, las repúblicas soviéticas declararon su independencia una tras otra, como fichas de dominó cayendo sobre un tablero que ya nadie controlaba. El 25 de diciembre de 1991, Gorbachov dimitió como presidente de la URSS y la bandera roja con la hoz y el martillo fue arriada del Kremlin por última vez. La Unión Soviética había dejado de existir. Las consecuencias fueron enormes y perduran hasta hoy. Económicamente, la transición resultó caótica y dolorosa. Los conflictos postsoviéticos (desde Chechenia hasta Transnistria pasando por Nagorno-Karabaj y Georgia) se mantuvieron encendidos durante décadas y aún no han terminado del todo. La historiografía ha debatido extensamente las causas de la caída. Unos insisten en el peso de los factores estructurales, otros señalan las decisiones personales de Gorbachov, y no faltan quienes apuntan al papel decisivo de la presión internacional y la carrera armamentística. Lo cierto es que la disolución de la URSS cambió el mapa del mundo y sus efectos siguen configurando la geopolítica del siglo XXI. En El ContraSello: 0:00 Introducción 4:08 El colapso de la URSS 33:20 O2 - http://o2online.es/ 1:25:09 Los mercenarios

    1 h 33 min
  6. 19 MAR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    La notación musical

    La notación musical es uno de los grandes logros de la civilización humana: un esfuerzo milenario por capturar el sonido efímero y transmitirlo a través del tiempo y el espacio. Los vestigios más antiguos provienen de Mesopotamia, se han encontrado tablillas cuneiformes del siglo XIV a.C. que contenían instrucciones musicales. Pero fue en la Grecia antigua donde surgió el primer sistema articulado y basado en letras del alfabeto para representar alturas. De esa época conservamos piezas como el Epítafio de Sícilo, la composición completa más antigua que existe. Durante la Edad Media la expansión del canto gregoriano creo la necesidad de fijar melodías por escrito. Así nacieron los neumas, pequeños signos gráficos sobre los textos litúrgicos que indicaban el contorno melódico, aunque sin precisar las alturas exactas. La gran revolución llegó con Guido d’Arezzo, que sistematizó el uso de cuatro líneas horizontales (el tetragrama) para ubicar las notas con precisión. También inventó la solmización con sílabas (Ut, Re, Mi, Fa, Sol, La), las notas que seguimos utilizando y que son la base del solfeo actual. Sus innovaciones redujeron el aprendizaje de los cantores de diez años a uno o dos. El siguiente reto fue representar la duración de las notas. Franco de Colonia, en el siglo XIII estableció que la forma gráfica de cada nota indicara su valor rítmico dando origen a la notación mensural. En el siglo XIV, Philippe de Vitry amplió el sistema con divisiones binarias y ternarias prefigurando los compases modernos. La imprenta y la posterior estandarización de la barras de compás, armaduras e indicaciones de tempo consolidaron el sistema que usamos hoy. El siglo XX trajo nuevos desafíos musicales como el dodecafonismo, las notaciones gráficas y la música electrónica. Todo ello obligó a los compositores a reinventar la notación. Hoy, la tecnología digital ha dejado la partitura tradicional, pero ha abierto posibilidades que el papel jamás pudo ofrecer. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    42 min

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