¡Música, maestra!

En Radio Popular/Herri irratia apostamos por la cultura musical en general y por una labor formativa e informativa en particular con ¡Música, maestra!, un programa de música clásica que aborda de un modo cercano y  divulgativo las obras de los grandes compositores de la historia de la música llamada clásica o académica, los instrumentos musicales y sus agrupaciones más relevantes, así como distintos géneros y estilos como el jazz, la ópera, la música coral, los musicales de Broadway y la música para cine. Buena música para todos los públicos. Un programa que disfrutarán los melómanos y que iniciará a los oyentes menos habituados en la apreciación de la música clásica. Margarita Lorenzo de Reizabal es la mano experta que guía el programa con temas, a menudo monográficos, tomando como hilo conductor asuntos musicales y también extramusicales que sirven de excusa para realizar un recorrido sonoro por el repertorio más interesante y asequible a todos nuestros oyentes. Margarita es pianista, directora de orquesta, docente en el Centro Superior de Música del País Vasco, experta en investigación musical y educativa, compositora y divulgadora musical. Pero, sobre todo, es una apasionada de la música y esa pasión es la que transmite en nuestras ondas.

  1. HACE 4 DÍAS

    Los nocturnos. La música de las noches

    La música ha intentado siempre representar aquello que no se puede tocar: un paisaje, un estado de ánimo, una sensación. Entre todas esas aspiraciones, pocas resultan tan sugerentes como la de evocar la noche. La noche no es solo ausencia de luz; es un espacio de intimidad, de silencio, de contemplación, pero también de inquietud. Y es precisamente ahí donde nace una de las formas más características del Romanticismo musical: el nocturno. Cuando hablamos de un nocturno en música, nos referimos a una pieza, generalmente breve, de carácter íntimo, cantabile, pensada en sus orígenes para piano solo. Su atmósfera suele ser serena, a menudo melancólica, con una melodía que se despliega como si fuera una voz que canta en la oscuridad, sostenida por un acompañamiento arpegiado que sugiere el fluir continuo del tiempo. El nocturno, como forma definida, surge a comienzos del siglo XIX y está estrechamente ligado a la figura de John Field, un compositor irlandés que desarrolló este tipo de pieza pianística de carácter lírico e introspectivo. Sin embargo, será Frédéric Chopin quien lleve el nocturno a su máxima expresión, convirtiéndolo en un verdadero laboratorio de expresión emocional y refinamiento armónico. A partir de ahí, la idea del nocturno se expande. Deja de ser exclusivamente pianística y pasa a inspirar obras orquestales, piezas para otros instrumentos y hasta movimientos dentro de composiciones más amplias. Lo nocturno se convierte en una categoría estética: una manera de mirar —o de escuchar— el mundo. Hoy vamos a recorrer algunos de esos nocturnos. Distintos compositores, distintos lenguajes, pero una misma intención: traducir la noche en música. El nocturno es una de las formas más representativas del Romanticismo musical, no por su tamaño ni por su complejidad formal, sino por su capacidad de condensar en pocos minutos una idea esencial del siglo XIX: la música como expresión de la vida interior. Frente a las grandes estructuras del Clasicismo —la sonata, la sinfonía—, el Romanticismo desarrolla formas breves, más libres, pensadas no para el espacio público sino para el ámbito privado. El piano se convierte en el instrumento central de este cambio. Es el instrumento del salón, de la burguesía emergente, pero también el instrumento de la confesión personal. En él, el compositor ya no construye discursos abstractos, sino que proyecta estados de ánimo. En ese contexto aparece el nocturno.

    58 min
  2. 2 ABR

    Adagios musicales

    El programa no es solo una sucesión de piezas lentas: es un recorrido por la evolución del “adagio” como categoría estética. Desde el barroco (afecto, retórica) hasta el siglo XX (expresión subjetiva extrema). El llamado Adagio de Albinoni no es, en sentido estricto, una obra barroca. Fue reconstruido —o más bien compuesto— en el siglo XX por el musicólogo italiano Remo Giazotto, quien afirmó basarse en un fragmento atribuido a Tomaso Albinoni hallado en Dresde tras la Segunda Guerra Mundial. Desde el punto de vista musicológico, la obra es interesante porque no refleja tanto el barroco histórico como su reinterpretación moderna: bajo continuo, progresiones armónicas simples y una melodía expansiva que responde más a la sensibilidad del siglo XX que a la praxis del XVIII. El segundo movimiento del Concierto nº 23 (K.488) de Mozart es uno de los ejemplos más refinados del adagio clásico. Escrito en Fa sostenido menor —una tonalidad excepcional en Mozart— introduce un clima introspectivo poco habitual en el concierto galante. Aquí el adagio ya no es solo contraste: es espacio de introspección psicológica. La escritura pianística abandona el virtuosismo y se convierte en discurso cantabile, casi operístico. El Adagio del K. 488 ha sido ampliamente interpretado y grabado por pianistas de todas las épocas, destacando su profundidad emocional y equilibrio formal. Críticos y musicólogos lo señalan como uno de los momentos más íntimos y conmovedores del repertorio mozartiano para piano y orquesta. La Sonata para piano nº 14 en do sostenido menor, op. 27 nº 2, fue compuesta por Beethoven en 1801, en un momento de transición estética y personal. Nos encontramos en los inicios de lo que suele denominarse su “primer período maduro”, cuando comienza a cuestionar las formas heredadas del clasicismo vienés. La obra está dedicada a la condesa Giulietta Guicciardi, una de sus alumnas, y desde el punto de vista formal presenta una particularidad decisiva: Beethoven la subtitula “Sonata quasi una fantasia”. Esto indica una voluntad explícita de apartarse de la estructura tradicional de la sonata, especialmente en lo relativo al orden y carácter de los movimientos. Ahora bien, el nombre por el que hoy la conocemos —Claro de luna— no procede de Beethoven. Es un título posterior, acuñado varios años después de su muerte por el poeta y crítico alemán Ludwig Rellstab. Rellstab comparó el carácter del primer movimiento con “una barca que se desliza sobre las aguas del lago de Lucerna bajo la luz de la luna”. Desde una perspectiva musicológica, este tipo de asociación responde a la sensibilidad romántica, que tendía a interpretar la música instrumental en términos poéticos o paisajísticos. Sin embargo, Beethoven no concibió la obra como música descriptiva. Su interés estaba en explorar nuevas formas de organización del tiempo musical, donde la lentitud no es solo tempo, sino estructura. Adagio for Strings es una obra orquestal del compositor estadounidense Samuel Barber, compuesta en 1936. Es una de las piezas más reconocibles y emotivas del repertorio clásico del siglo XX, célebre por su intensidad expresiva y su uso frecuente en ceremonias solemnes y producciones audiovisuales. Desde su estreno por la orquesta de NBC Symphony Orchestra dirigida por Toscanini, el Adagio fue aclamado por su belleza austera. Se interpretó en funerales nacionales, como los de Franklin D. Roosevelt y John F. Kennedy, y en momentos de duelo público. Su carga emocional ha llevado a su inclusión en películas como Platoon y The Elephant Man. El Adagietto de la Sinfonía n.º 5 es el cuarto movimiento de esta obra orquestal compuesta entre 1901 y 1902. Es una pieza para cuerdas y arpa de gran lirismo, conocida por su tono íntimo y contemplativo, y considerada una de las páginas más emotivas de Gustav Mahler. El Adagietto fue escrito durante un periodo de renovación personal en la vida de Mahler, marcado por su matrimonio con Alma Mahler. Muchos intérpretes lo consideran una declaración de amor hacia ella. Su carácter contrasta con la intensidad de los otros movimientos de la sinfonía, ofreciendo un espacio de calma y reflexión. El Adagietto alcanzó una enorme popularidad tras su inclusión en la banda sonora de la película Muerte en Venecia, lo que lo convirtió en una de las piezas más reconocibles de Mahler. A menudo se interpreta de forma independiente, tanto en conciertos sinfónicos como en contextos conmemorativos.

    58 min
  3. 12 MAR

    Vientos y tormentas en la música clásica

    La música ha intentado muchas veces describir el mundo que nos rodea. Desde muy temprano, los compositores descubrieron que los sonidos de la orquesta podían sugerir paisajes, atmósferas y fenómenos de la naturaleza. El murmullo de un arroyo, el canto de los pájaros, el rumor del bosque… y también, por supuesto, el viento. El viento ha sido siempre una presencia poderosa en la imaginación musical. Invisible pero lleno de fuerza, puede ser una brisa ligera que recorre un paisaje tranquilo o una tempestad capaz de sacudir el mar, la montaña o el campo. Traducir ese fenómeno al lenguaje de la música ha sido un desafío fascinante para los compositores de todas las épocas. En el programa de hoy vamos a escuchar cómo distintos autores han representado el viento y la tormenta a través de la orquesta. En algunos casos se trata de verdaderas escenas musicales en las que el compositor describe con precisión el momento en que el cielo se oscurece, el aire comienza a agitarse y finalmente estalla la tempestad. En otros, el viento aparece como una fuerza simbólica que acompaña el drama de una historia o la emoción de un paisaje. Desde el barroco de Vivaldi hasta la gran orquesta del siglo XX, la música ha sabido convertir el viento en sonido: ráfagas en las cuerdas, relámpagos en los metales, truenos en la percusión. Hoy recorreremos algunas de esas tormentas musicales, páginas en las que la imaginación de los compositores transforma la naturaleza en un espectáculo sonoro.

    57 min
  4. 5 MAR

    El ferrocarril en la música clásica, el jazz y más....

    El siglo XIX fue el siglo del ferrocarril. La locomotora de vapor cambió la geografía del mundo: acortó distancias, aceleró los viajes y transformó para siempre la percepción del tiempo y del espacio. Para los artistas, el tren representaba algo nuevo en la historia humana: la velocidad mecánica. Un ritmo constante, repetitivo, casi hipnótico, que pronto llamó la atención de los compositores. Porque si lo pensamos bien, el tren ya tiene música propia: el golpeteo regular de las ruedas sobre los raíles, el silbato de la locomotora, el aumento progresivo de velocidad… todo ello forma una especie de partitura natural. En el programa de hoy vamos a recorrer algunas páginas musicales inspiradas por el ferrocarril. Desde la elegancia vienesa del siglo XIX hasta las evocaciones sinfónicas del siglo XX; desde el jazz y el blues hasta el rock, la música infantil y popular. Desde el romanticismo del siglo XIX hasta la modernidad del siglo XX, el ferrocarril ha sido mucho más que un medio de transporte. Ha simbolizado el progreso, la aventura y la posibilidad de descubrir nuevos horizontes. Los compositores han sabido traducir ese impulso en música: ritmos repetitivos que evocan las ruedas del tren, crescendos que recuerdan a la aceleración de la locomotora, melodías que parecen recorrer paisajes. Y así, entre vapor, raíles y estaciones, el tren se ha convertido también en un motivo musical lleno de energía y de imaginación.

    57 min
  5. 26 FEB

    El Grupo de los Cinco. La invención del nacionalismo musical ruso

    En la segunda mitad del siglo XIX, Rusia vive una contradicción cultural. Políticamente es un imperio poderoso, pero artísticamente depende de modelos extranjeros: ópera italiana, sinfonismo alemán, formas académicas centroeuropeas. Un sector de intelectuales rusos considera que eso es un problema: Rusia debe tener una música propia, reconocible, basada en su historia, su lengua y su folclore. En torno a 1860, en San Petersburgo, se forma un grupo de cinco compositores jóvenes que comparten esa idea. No son académicos del conservatorio. Algunos ni siquiera viven de la música. Pero tienen un objetivo claro: crear una escuela rusa auténtica. Ese grupo es conocido como El Grupo de los Cinco. El término fue difundido por el crítico Vladimir Stasov. Los cinco miembros fueron: Mili Balákirev Aleksandr Borodín Modest Músorgski Nikolái Rimski-Kórsakov César Cui Todos defendían: Uso del folclore ruso real Temas históricos nacionales Escalas modales y exóticas Colores orquestales nuevos Rechazo del academicismo alemán En paralelo trabajaba Piotr Ilich Chaikovski, pero con diferencias muy claras con el Grupo de los Cinco: Chaikovski: formación académica, sinfonismo europeo, estructura formal sólida. El Grupo de los Cinco: intuición, folclore, libertad formal. Sin embargo, ambos caminos configuraron la identidad musical rusa. El legado del grupo influirá directamente en Igor Stravinski, Prokófiev y  Shostakóvich. El Grupo de los Cinco no creó una escuela académica. Creó algo más importante: una identidad sonora. Gracias a ellos, cuando hoy escuchamos ciertas armonías, ciertos giros melódicos o determinados colores orquestales, reconocemos inmediatamente una atmósfera rusa. No fueron perfectos técnicamente y no siempre fueron homogéneos, pero cambiaron el rumbo de la música en su país.Y eso, en historia de la música, es decisivo.

    57 min
  6. 12 FEB

    Erik Satie. 100 años de un autor inclasificable

    Hay aniversarios que parecen hechos a medida para un programa como este. Y este año 2026 se cumple uno de los más redondos, de los que casi se celebran solos: cien años sin Erik Satie. Cien años desde que desapareció uno de los compositores más extraños, más delicados, más irónicos y, curiosamente, más influyentes de todo el siglo XX… aunque él, en realidad, vivió casi como un hombre del siglo XIX. Porque si pensamos en la música francesa de su tiempo, enseguida nos vienen a la cabeza nombres como Debussy o Ravel, quizá Fauré, quizá Saint-Saëns… y Satie suele aparecer como una nota al pie, como un excéntrico simpático, como el autor de una melodía famosa que ha sonado en anuncios, en películas, en documentales y en vídeos de YouTube con lluvia de fondo. Pero Satie no es una anécdota. Satie es, en cierto modo, un punto de inflexión. Un compositor que se negó a escribir música como se suponía que debía escribirse. Un músico que detestaba la grandilocuencia. Un artista que desconfiaba de la solemnidad. Y que, con esa aparente sencillez, abrió caminos que otros recorrerían después: el minimalismo, la música repetitiva, la música ambiental, la música “de fondo”… e incluso una manera de entender la música como un espacio, no como un discurso. París, en aquel tiempo, era un hervidero. La ciudad donde convivían la tradición y la modernidad, el academicismo y la bohemia, la ópera y el cabaret. Y Satie, que no era un virtuoso espectacular ni un compositor de gran aparato, encontró su lugar en un territorio que, para muchos músicos “serios”, era casi una vergüenza: los cafés, los locales nocturnos, el Montmartre más popular. Y aquí es donde empieza a construirse el mito: el Satie bohemio, el Satie de los cabarets, el Satie que compone entre humo, vasos y conversaciones. Pero lo fascinante es que, en ese ambiente, Satie aprende algo que el conservatorio no enseña: aprende que la música no siempre tiene que ser el centro del mundo. Que a veces la música es un clima. Una presencia. Un gesto. En Montmartre trabajó como pianista en el cabaret Le Chat Noir, y más tarde en el Auberge du Clou. Es decir, en el corazón del París artístico. Allí se cruzaban pintores, escritores, poetas, caricaturistas. Y Satie, que tenía una personalidad tímida y al mismo tiempo ferozmente singular, fue construyendo una estética que iba en dirección contraria a la música “seria” de su tiempo. Porque mientras otros buscaban la emoción a través de grandes crescendos, de armonías voluptuosas, de desarrollos sinfónicos… Satie buscaba la emoción en lo mínimo. En lo insinuado. En lo que no necesita demostrarse. Uno de los rasgos más célebres de Satie es que, en lugar de escribir indicaciones tradicionales como “allegro”, “andante”, “moderato”, empezó a escribir instrucciones absurdas, surrealistas, poéticas. Indicaciones que parecen más propias de un cuento que de una partitura. Algo así como: “con una tristeza rigurosa”, “como un ruiseñor con dolor de muelas”, “sin orgullo”, “con una indiferencia distinguida”. Es decir: Satie no solo escribía música. Escribía una actitud. Y en el fondo, esto es mucho más serio de lo que parece. Porque lo que Satie estaba cuestionando era una idea: la idea de que la música clásica debe presentarse siempre como un templo. Y él, con su humor, la bajaba al suelo. La acercaba a la vida. Y, por supuesto, Satie fue también un personaje. Un personaje real, no una pose. Durante años vivió en Arcueil, un suburbio de París, en una habitación minúscula. Iba vestido casi siempre igual. Hay historias —documentadas— sobre su obsesión con los paraguas, con la ropa, con ciertos rituales cotidianos. Parecía un hombre excéntrico, pero en realidad era más bien un hombre que se protegía del mundo. Tuvo amistades intensas y también rupturas. Su relación con Debussy fue importante, y en cierto modo simbólica. Porque Debussy, que hoy es el gran icono del impresionismo musical, vio en Satie una pureza que él mismo buscaba. Y fue Debussy quien orquestó dos de las Gymnopédies, llevándolas del piano al color orquestal. Ese gesto dice mucho: Satie, el marginal, el compositor de cabaret, era reconocido por uno de los grandes. También Ravel, más adelante, lo reivindicó. De hecho, en el París de principios del siglo XX, hubo un momento en que algunos músicos jóvenes consideraban a Satie casi un profeta. Y sin embargo, él no quiso nunca ser líder de nada. No quería escuela, ni discípulos, ni etiqueta. Detestaba que lo clasificaran. Y en ese camino, Satie va sembrando ideas que otros recogerán después. Una de las más fascinantes es la llamada “música de mobiliario”, musique d’ameublement. Un concepto que, dicho así, suena a broma. Pero que, en realidad, es una intuición genial: música que no se escucha como protagonista, sino que se integra en el espacio, como un mueble, como una lámpara, como una presencia discreta. Y así llegamos al final del retrato. Porque Satie, pese a su fama póstuma, murió como vivió: discretamente. Falleció en 1925, y durante años su figura quedó en una especie de limbo. Demasiado rara para el canon oficial, demasiado sutil para la historia “heroica” de la música, y demasiado irónica para encajar en una época que todavía veneraba la solemnidad.

    56 min

Acerca de

En Radio Popular/Herri irratia apostamos por la cultura musical en general y por una labor formativa e informativa en particular con ¡Música, maestra!, un programa de música clásica que aborda de un modo cercano y  divulgativo las obras de los grandes compositores de la historia de la música llamada clásica o académica, los instrumentos musicales y sus agrupaciones más relevantes, así como distintos géneros y estilos como el jazz, la ópera, la música coral, los musicales de Broadway y la música para cine. Buena música para todos los públicos. Un programa que disfrutarán los melómanos y que iniciará a los oyentes menos habituados en la apreciación de la música clásica. Margarita Lorenzo de Reizabal es la mano experta que guía el programa con temas, a menudo monográficos, tomando como hilo conductor asuntos musicales y también extramusicales que sirven de excusa para realizar un recorrido sonoro por el repertorio más interesante y asequible a todos nuestros oyentes. Margarita es pianista, directora de orquesta, docente en el Centro Superior de Música del País Vasco, experta en investigación musical y educativa, compositora y divulgadora musical. Pero, sobre todo, es una apasionada de la música y esa pasión es la que transmite en nuestras ondas.

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