El 17 de mayo de 1902, la ciudad de Madrid amaneció engalanada y preparada para una gran celebración. Había arcos de flores en la calle Mayor y balcones adornados con tapices. En el ambiente se notaba la esperanza de toda una nación. Esa mañana, España coronaba como rey a un adolescente de dieciséis años, un joven cuya mayor afición en ese momento era jugar al tenis en los jardines del Palacio Real. Un joven que ya era rey desde el día en que nació. Alfonso XIII juraba la Constitución y asumía el timón de un país agotado. Vino al mundo con una corona y con una carga pesada. Cuando abrió los ojos en 1886, su padre, Alfonso XII, ya llevaba seis meses muerto. “Nació rey y huérfano”, escribió un cronista de la época. Y esa circunstancia —la de la soledad del poder— lo acompañaría siempre. El país que heredaba era la España del Desastre del 98, la que había perdido Cuba, Filipinas y Puerto Rico; la que se preguntaba si aún quedaba algo digno de llamarse “imperio”. El regeneracionismo era la palabra de moda. Se hablaba de “curar la patria enferma”, de “cerrar la herida colonial” y muchos pensaron que el joven rey podría ser la mejor medicina para esa cura. La prensa liberal celebró su jura con entusiasmo: “Ha nacido con la suerte de España sobre los hombros”, tituló El Imparcial. Pero otros no se fiaban . Los republicanos advertían que, bajo el brillante uniforme de húsar, se escondía el heredero de un sistema corrupto. Como ironizó un diputado: “No necesitamos un rey joven, sino un cirujano viejo”. Y, sin embargo, el chico caía bien. Era simpático, hablador y tenía una energía desbordante. Enseguida se ganó la fama de monarca inquieto. No soportaba quedarse en el despacho: visitaba cuarteles, presidía desfiles, se colaba en los talleres donde se reparaban locomotoras, y hasta se escapaba para conducir su propio automóvil por las calles de Madrid. Un comportamiento tan inaudito como escandaloso para un rey de principios de siglo. A los pocos meses de subir al trono, ya había hecho su primera “fechoría política”: corregir un proyecto de ley de su ministro de Fomento con su propia letra, señalando lo que consideraba “mejor redacción”. El historiador Morgan C. Hall lo describe así: “En los años inmediatamente posteriores a su mayoría de edad, Alfonso aparecía como un adolescente enérgico, popular y extrovertido, aunque propenso a enfrentarse con sus ministros. Le faltaba experiencia, pero le sobraban ganas de intervenir. En su entusiasmo por participar en los asuntos públicos, rompía con la reserva que debía caracterizar a un monarca constitucional. Su madre, la regente María Cristina de Habsburgo, había intentado inculcarle prudencia. Le recordaba constantemente que el rey debía “reinar, pero no gobernar”. Pero Alfonso era testarudo y lo interpretaba al revés: quería reinar precisamente gobernando. En palacio empezaron pronto las murmuraciones. Algunos lo admiraban por su carácter decidido; otros temían que aquella impaciencia acabara en desastre. Un oficial de la Casa Real escribió con sorna: “El rey no conoce el descanso: manda, opina, reforma… y si no hay motivo de crisis, la provoca.” Y es que Alfonso XIII no era un rey decorativo. Quería mandar. Se veía a sí mismo como el salvador de una España decadente, una especie de árbitro supremo que podría regenerar la vida política. Lo decía él mismo: “He nacido con el deber de hacer grande a mi patria.” Pero ¿hasta qué punto podía un rey moderno salvar un país con métodos del siglo anterior? ¿Dónde terminaba el patriotismo y comenzaba el intervencionismo? ¿Y qué podría ocurrir cuando un monarca se creía más necesario que la Constitución que juró proteger? El joven Alfonso aún no lo sabía, pero esas preguntas serían el hilo conductor de toda su vida. Su reinado sería el laboratorio donde España intentó modernizarse… y fracasó. Entre las murmuraciones de los militares en los cuarteles y los chascarrillos de los politicastros en los cafés, entre ministros domesticados y militares impacientes, Alfonso XIII trataría de ser el rey regenerador, el rey patriota, el rey salvador. Sin embargo, acabaría siendo el rey que perdió su reino y que acabó sus días en el exilio sin tener claro qué sería de su dinastía. Hoy la Escafandra 2020 viaja hasta principios del siglo XX donde una España convulsa y abatida buscaba encontrar un líder que la condujera a la modernidad. Este es Alfonso XIII y esta es su historia.