El Mundial de este verano en Norteamérica ha batido todos los récords de audiencia, asistencia e ingresos. En persona vieron los partidos casi siete millones de personas y por televisión más de 5.000 millones. Todo eso es dinero, mucho dinero, tanto como 15.000 millones de dólares para la FIFA, muy por encima de las previsiones más optimistas que había hecho su presidente, Gianni Infantino. Quizá por eso mismo guardaba en la recámara un plan muy ambicioso y también un tanto temerario. El plan, que se filtró a la prensa, consistía en segregar los derechos comerciales de sus campeonatos más rentables y traspasarlos a una empresa de nueva creación, FIFA Forward Enterprise, que se encargaría de las retransmisiones, los patrocinios, las entradas, las licencias y la la organización de los Mundiales. En torno al 20% de esa empresa, que estimaban que podría valer 20.000 millones de dólares, sería propiedad de inversores privados. La alegría duró sólo tres días. El primer problema fue la compañía elegida. Al frente del grupo inversor figuraba Thrive Capital, la firma de Joshua Kushner, hermano de Jared, el yerno de Donald Trump. El parentesco bastó para enfadar a los críticos, ya irritados con la familiaridad que muestra Infantino con Trump allá donde se encuentran. Todo lo habían preparado en secreto durante meses, con JPMorgan tasando la operación y sin que el consejo de la FIFA, las confederaciones ni las 211 federaciones nacionales supieran nada. Infantino pensaba presentarlo este mes con medio mundo de vacaciones, hasta que la filtración del informe de JPMorgan lo estropeó todo. El modelo no es nuevo, y ahí saltaron las alarmas. Uno de los arquitectos, Greg Maffei, ya reconvirtió hace unos años la Fórmula 1 en una máquina de hacer dinero. El otro precedente, el del PGA Tour de golf, servía de advertencia de que al final los inversores privados terminan decidiéndolo todo. La promesa de más dinero para todos seguramente trajese Mundiales reservados solo a los países ricos, muchas más competiciones y entradas más caras. Que la FIFA jurase que iba a mantener el control absoluto era difícil de creer en un organismo que semanas antes se había plegado a Trump para revisar una tarjeta roja en un partido. La UEFA rechazó el plan de plano. Sus 55 federaciones, España incluida, acordaron boicotear todas las competiciones de la FIFA mientras la propuesta siguiera viva. Como el próximo Mundial se juega en España y Portugal, eso equivalía a cancelar la próxima cita mundialista. Se sumaron otras voces, desde el primer ministro británico Andy Burnham hasta el desacreditado Sepp Blatter, erigido curiosamente ahora en guardián de la pureza del fútbol. A todos les vino a la cabeza la Superliga de 2021, tras la que también estaba JPMorgan y que se desinfló en muy poco tiempo. El viernes por la noche, 72 horas después de la filtración, Infantino tiró la toalla. Pero lo que le decidió no fueron los ataques externos, sino el fuego amigo. Dimitió Carlos Cordeiro, su enlace con la Casa Blanca. El director de operaciones de la FIFA, Kevin Lamour, llegó incluso a acusar a su jefe de impulsar un proyecto de una sola persona y de haberles engañado a todos. La retirada no resuelve el fondo del asunto, solo lo aplaza. La idea de sacar más partido al fútbol sigue intacta. Infantino, blindado por el voto de las pequeñas federaciones, no tiene hoy rival. Este fracaso le ha demostrado que existen límites, pero marcados no tanto por la lógica financiera como por la vieja política del fútbol, capaz todavía de decir que no. Por ahora. En La ContraRéplica: 0:00 Introducción 4:15 Infantino y los límites de la FIFA 34:00 Incentivos migratorios 43:26 La reclamación de las Malvinas