El artículo 808. Guionistas y actores: dos formas de dar vida a un personaje se publicó primero en Academia Guiones y guionistas. ¿Qué tienen en común un guionista y un actor? Mucho más de lo que parece. Ambos trabajan para dar vida a los mismos personajes, aunque lo hagan desde lugares diferentes: uno los crea sobre el papel y el otro los encarna ante la cámara. Sin embargo, resulta sorprendente que dos profesionales tan estrechamente relacionados apenas tengan oportunidades de trabajar juntos. Hace veinticinco años participé en un taller de Joaquín Oristrell que reunía a actores y guionistas para escribir e interpretar escenas conjuntamente. Aquella experiencia me hizo descubrir hasta qué punto ambos oficios pueden enriquecerse mutuamente. Hoy quiero reflexionar sobre esa relación: qué puede aportar un guionista al trabajo de un actor, qué pueden enseñarnos los actores sobre nuestros propios personajes y por qué quizá deberíamos colaborar mucho más a menudo. Porque un personaje no termina de crearse cuando escribimos la última línea de diálogo. Su verdadera vida está a punto de comenzar. Y seguimos publicando clases para los suscriptores de la Academia Guiones y guionistas del curso sobre Viajes en el Tiempo. En este curso aprendemos a escribir historias de viajes en el tiempo desde la perspectiva del guionista. No estudiamos física ni intentamos demostrar si un agujero de gusano puede existir, sino que analizamos las reglas narrativas que hacen que estas historias funcionen. En la séptima clase mostramos Los personajes en las historias de viajes en el tiempo. Cómo crear personajes en los que influencie el pasado, el presente y el futuro con conflictos y transformaciones profundas. Un taller que me cambió la forma de entender los personajes Hace unos veinticinco años participé como alumno en un taller impartido por el guionista y director Joaquín Oristrell. No recuerdo exactamente cómo se llamaba, pero era algo parecido a «Actuación para guionistas y guion para actores». Tenía una particularidad: la mitad de los alumnos éramos actores y la otra mitad, guionistas. Durante el taller realizamos numerosos ejercicios que mezclaban ambas disciplinas. Escribíamos escenas, las interpretábamos e improvisábamos situaciones para descubrir cómo cambiaba un texto cuando dejaba de estar sobre el papel y comenzaba a cobrar vida. Recuerdo especialmente el ejercicio final. Oristrell nos organizó por parejas, un guionista y un actor, y nos encargó escribir una escena juntos para después representarla. Aquella experiencia me hizo reflexionar sobre algo que, veinticinco años después, sigue pareciéndome fundamental: la escritura y la interpretación son dos vasos comunicantes que persiguen el mismo objetivo: crear personajes capaces de emocionar al espectador. El guionista imagina a un personaje, inventa su pasado, sus deseos y sus conflictos. Después escribe sus acciones y diálogos. Pero ese personaje todavía no existe físicamente. Necesita que alguien le preste su cuerpo, su voz y sus emociones. Y ahí aparece el actor. Lo curioso es que, a pesar de esa relación tan íntima, guionistas y actores suelen tener muy pocas oportunidades de trabajar juntos. ¿Por qué sucede esto? ¿Qué podrían aportar unos al trabajo de los otros? De eso quiero hablar hoy. Dos oficios, un mismo personaje Cuando escribimos un guion, creamos personajes mediante acciones. Decidimos qué quieren, qué obstáculos encuentran y cómo reaccionan ante los conflictos. Imaginemos una escena en la que una mujer descubre que su marido le ha sido infiel. Encuentra un mensaje en su teléfono y, cuando él entra en la habitación, le pregunta tranquilamente si quiere cenar. Sobre el papel, la escena es sencilla. Pero pensemos en las posibilidades que ofrece a una actriz. Puede hacer la pregunta conteniendo la rabia, fingiendo que no ha descubierto nada o con una sonrisa inquietante que nos haga temer por la integridad física del marido. El texto es exactamente el mismo, pero cada interpretación cuenta una historia diferente. El guionista construye las circunstancias del personaje; el actor tiene que vivirlas. Nosotros podemos escribir que alguien está aterrorizado, pero el actor necesita encontrar una manera de expresar ese miedo. El guionista organiza los conflictos y determina las acciones. El actor busca las motivaciones que le permitan convertirlas en comportamientos creíbles. Por supuesto, ambos procesos se entremezclan. Precisamente por eso los dos oficios tienen tanto que aprender el uno del otro. ¿Por qué guionistas y actores casi nunca trabajan juntos? La principal razón tiene que ver con la organización tradicional de la industria cinematográfica. El guionista escribe, después llega la producción, se contrata al director, se selecciona el reparto y comienza la preparación del rodaje. En muchos proyectos, cuando los actores se incorporan, el guionista ya ha terminado su trabajo. El director se convierte entonces en el principal interlocutor de los actores. Es quien trabaja con ellos las escenas y decide qué interpretación encaja mejor con la película. Y esto tiene sentido. No sería práctico que cada actor recibiera instrucciones diferentes del guionista, del director y del productor. Bastante complicado es un rodaje como para convertirlo en una reunión de vecinos. Pero una cosa es que el director tenga la responsabilidad de dirigir a los actores y otra que el guionista no pueda aportar nada. En el teatro encontramos modelos diferentes. Es más habitual que el dramaturgo participe en los ensayos y pueda modificar el texto durante el proceso. En televisión, especialmente en las series donde el guionista ejerce como showrunner, también puede existir una relación mucho más directa con el reparto. Quizá deberíamos preguntarnos si el cine no podría beneficiarse de algo parecido. No se trata de que los guionistas dirijan a los actores, sino de crear espacios para que ambos puedan compartir sus conocimientos sobre los personajes. Qué puede aportar un guionista al trabajo de un actor Pensemos en todo lo que sabemos de nuestros personajes cuando terminamos un guion. Durante meses hemos imaginado sus vidas, sus heridas, sus deseos y sus contradicciones. Hemos tomado cientos de decisiones sobre ellos, aunque muchas nunca aparecen explícitamente en las páginas. Imaginemos una película sobre un hombre incapaz de expresar cariño a su hijo. El actor puede descubrir en el guion que se comporta de manera distante y evita el contacto físico. Pero quizá nosotros hemos decidido que ese personaje perdió a su padre siendo niño y nunca aprendió a expresar afecto. Esa información cambia la interpretación: ya no es simplemente un padre frío, sino un hombre que desea acercarse a su hijo, pero no sabe cómo hacerlo. El guionista puede explicar no solamente lo que hace el personaje, sino las contradicciones que provocan su comportamiento. También puede compartir su deseo, su necesidad profunda, su arco de transformación y el subtexto de sus diálogos. Pero hay algo importante: no debería convertir esas explicaciones en órdenes. El actor puede encontrar interpretaciones diferentes, incluso más interesantes. La función del guionista es compartir las claves dramáticas, no entregar un manual de instrucciones. Qué puede aportar un actor al trabajo del guionista Ahora invirtamos la dirección. Porque los actores también pueden ayudarnos a descubrir problemas y posibilidades de nuestra escritura. Y uno de los primeros descubrimientos suele producirse con los diálogos. Todos hemos escrito alguna frase que nos parecía brillante hasta que alguien la ha pronunciado en voz alta. De repente resulta artificial, tiene demasiadas subordinadas o descubrimos que ningún ser humano hablaría así salvo que estuviera defendiendo una tesis doctoral. Los actores también pueden detectar contradicciones en el comportamiento de los personajes. Imaginemos una mujer que recibe una noticia devastadora y, cinco minutos después, está bromeando alegremente con sus compañeros. Puede funcionar, pero el actor quizá necesite comprender qué sucede entre ambos momentos. ¿Está fingiendo? ¿Utiliza el humor como defensa? ¿O hemos escrito una transición emocional poco creíble? Sus preguntas pueden ayudarnos a mejorar la escena. Y después está algo todavía más interesante: la capacidad de los actores para descubrir posibilidades que no estaban previstas en el guion. Un silencio, una mirada, un gesto de ternura en un personaje aparentemente cruel. A veces encuentran una forma de expresar algo que nosotros habíamos explicado mediante tres líneas de diálogo. Y eso es oro para un guionista. Porque una de las cosas más difíciles de aprender es que no todo tiene que decirse con palabras. Cuando la interpretación participa en la escritura Existen cineastas que han llevado esta colaboración mucho más lejos. Uno de los ejemplos más interesantes es el director británico Mike Leigh, que desarrolla sus personajes mediante un prolongado proceso de trabajo con los actores. A través de investigaciones, improvisaciones y ensayos van descubriendo quiénes son los personajes y cómo se relacionan. Películas como Secretos y mentiras muestran la extraordinaria complejidad emocional que puede conseguirse con este método. Otro referente es John Cassavetes, que concedía una enorme importancia a la interpretación y a las relaciones humanas. En películas como Una mujer bajo la influencia, las emociones parecen desbordar los límites de la escena. Aunque su cine suele asociarse con la improvisación, trabajaba con guiones muy elaborados. La espontaneidad que percibimos es también resultado de un intenso trabajo con los actores. Y tenemos otro modelo en las películas de Christopher Guest, como Best in Show,