¡Música, maestra!

En Radio Popular/Herri irratia apostamos por la cultura musical en general y por una labor formativa e informativa en particular con ¡Música, maestra!, un programa de música clásica que aborda de un modo cercano y  divulgativo las obras de los grandes compositores de la historia de la música llamada clásica o académica, los instrumentos musicales y sus agrupaciones más relevantes, así como distintos géneros y estilos como el jazz, la ópera, la música coral, los musicales de Broadway y la música para cine. Buena música para todos los públicos. Un programa que disfrutarán los melómanos y que iniciará a los oyentes menos habituados en la apreciación de la música clásica. Margarita Lorenzo de Reizabal es la mano experta que guía el programa con temas, a menudo monográficos, tomando como hilo conductor asuntos musicales y también extramusicales que sirven de excusa para realizar un recorrido sonoro por el repertorio más interesante y asequible a todos nuestros oyentes. Margarita es pianista, directora de orquesta, docente en el Centro Superior de Música del País Vasco, experta en investigación musical y educativa, compositora y divulgadora musical. Pero, sobre todo, es una apasionada de la música y esa pasión es la que transmite en nuestras ondas.

  1. 4d ago

    EL VIOLONCHELO: LA CONQUISTA DE UNA VOZ

    Hoy les proponemos un viaje por más de tres siglos de historia musical siguiendo la trayectoria de uno de los instrumentos más expresivos jamás creados: el violonchelo. Hay quien dice que ningún instrumento se parece tanto a la voz humana. Su tesitura abarca registros graves, cálidos y profundos, pero también puede elevarse hacia zonas luminosas y cantar con una intensidad conmovedora. Quizá por ello ha sido capaz de expresar como pocos la melancolía, la pasión, la ternura o la reflexión más íntima. Sin embargo, el violonchelo no siempre ocupó el lugar privilegiado que hoy le concedemos. Durante mucho tiempo fue un instrumento discreto, destinado a sostener la armonía desde el bajo continuo barroco. Su misión era acompañar. Servir de fundamento. Permanecer en segundo plano. Pero poco a poco fue conquistando un espacio propio. Los compositores comenzaron a descubrir sus posibilidades técnicas y expresivas. Los intérpretes ampliaron sus recursos. Los constructores perfeccionaron su diseño. Y algunas figuras excepcionales, desde Luigi Boccherini hasta Pau Casals o Mstislav Rostropóvich, transformaron para siempre nuestra manera de escucharlo. La historia del violonchelo es, en cierto modo, la historia de una emancipación artística. La de un instrumento que pasó de acompañar a convertirse en protagonista. A lo largo del programa escucharemos algunas de las páginas más bellas escritas para él y conoceremos cómo fue evolucionando su lenguaje desde el Barroco hasta el siglo XX.

  2. Sep 24

    Espacio cultural sobre la música y la fiesta

    Hay cosas que los seres humanos podemos hacer solos y otras que parecen haber sido inventadas para hacerlas juntos. Podemos leer solos, caminar solos, pensar solos e incluso, aunque resulte algo triste, brindar solos. Pero resulta difícil imaginar una fiesta completamente solitaria. Porque la fiesta necesita a los otros. Necesita encuentro, movimiento, ruido, expectación y, desde tiempos muy antiguos, necesita música. Bienvenidos una semana más a ¡Música, Maestra!. Hoy hemos venido a celebrar. Y no hace falta que sea nuestro cumpleaños, ni que nos haya tocado la lotería, ni siquiera que tengamos una razón concreta para hacerlo, porque vamos a dedicar nuestro programa a una compañera inseparable de las celebraciones humanas: la música de fiesta. Y fíjense en que he dicho música de fiesta, no simplemente música alegre. Porque no es lo mismo. Hay músicas alegres que jamás estuvieron destinadas a una celebración y hay fiestas cuya música puede contener también solemnidad, nostalgia e incluso tristeza. Lo interesante es que prácticamente todas las culturas han utilizado sonidos organizados para señalar esos momentos en los que la vida cotidiana se interrumpe y sucede algo diferente: una boda, una coronación, una feria, un carnaval, una procesión, una fiesta patronal, un desfile, una victoria, una reunión alrededor del fuego... Quizá porque la fiesta cumple una función mucho más profunda que la de pasarlo bien. El antropólogo Émile Durkheim habló de una especie de efervescencia colectiva que se produce cuando un grupo comparte intensamente una misma experiencia. Y la investigación contemporánea sobre música y comportamiento social ha ido mostrando algo fascinante: cuando varias personas cantan, bailan o simplemente se mueven siguiendo un mismo pulso, no solo están haciendo lo mismo al mismo tiempo; aumenta su percepción de conexión con los demás. Sincronizarnos nos une. Hoy viajamos de fiesta en fiesta a través de la historia: Londres, 1749 con los festejos con fuegos artificiales de Händel; pasodoble torero para celebrar la fiesta taurina (Santiago Lope, 1904); música festiva para combatir la picadura de una tarántula (Italia); música klezmer para una boda judía en Europa central y oriental; la "apoteosis de la danza" (Beethoven, 7ª sinfonía, IV movimiento); una fiesta de carnaval (del ballet Petrushka, Stravinsky); música "second line" de un desfile festivo en Nueva Orleans a ritmo de blues; y nos despedimos a ritmo de danzón mexicano (Arturo Márquez, 1994).

  3. Sep 17

    Espacio musical sobre la psicología de la música

    En cuanto uno se pregunta por qué una música nos gusta, por qué otra nos conmueve, por qué algunas nos tranquilizan y otras consiguen ponernos literalmente la piel de gallina, entramos en uno de los territorios más fascinantes de la experiencia humana: el de las emociones. Pero hay una paradoja especialmente interesante. Cuando algo nos produce dolor solemos evitarlo. Cuando una situación nos genera miedo intentamos alejarnos de ella. Si una persona nos entristece, procuramos no buscarla continuamente. Y, sin embargo, con la música hacemos exactamente lo contrario: elegimos músicas tristes, volvemos voluntariamente a ellas, permitimos que nos emocionen e incluso disfrutamos de esa emoción. La Psicología de la Música lleva décadas intentando comprender esta aparente contradicción y una de las primeras precauciones consiste en distinguir dos cosas que en la conversación cotidiana solemos confundir: la emoción que percibimos en una música y la emoción que esa música provoca realmente en nosotros. Una obra puede parecernos profundamente triste sin que nosotros estemos tristes. Podemos reconocer tristeza en una melodía y sentir, al mismo tiempo, placer, ternura o nostalgia. Patrik Juslin, uno de los investigadores más importantes en el estudio psicológico de las emociones musicales, ha insistido precisamente en esa diferencia entre emoción percibida y emoción inducida. Los estudios muestran que ambas pueden coincidir, pero no tienen por qué hacerlo. Incluso se ha comprobado experimentalmente que determinadas músicas percibidas como tristes pueden producir experiencias subjetivamente agradables en quien las escucha. Así que, cuando dentro de unos minutos hablemos de alegría, serenidad, melancolía o pasión, conviene mantener una pequeña precaución: no estaremos afirmando que todos ustedes vayan a sentir exactamente lo mismo. La música propone un territorio emocional; después cada oyente entra en él con su memoria, su cultura y su propia biografía. La Psicología de la Música nos ayuda a comprender algunas cosas. Sabemos que determinados parámetros musicales contribuyen a la percepción de carácter emocional. Sabemos que nuestro cerebro formula expectativas mientras escucha. Sabemos que una música puede desencadenar respuestas corporales reales —escalofríos, lágrimas, cambios en la respiración— y sabemos también que la emoción que percibimos en una música no tiene por qué coincidir con la emoción que sentimos nosotros. Pero, afortunadamente, saber todo esto no elimina el misterio. Porque después aparece cada oyente.Su infancia. Sus recuerdos. Las personas a las que ha querido. Los lugares en los que ha vivido. Las músicas que escuchaban sus padres. La melodía que sonaba en determinado momento de su vida. El concierto al que asistió con alguien. La canción que llevaba años sin escuchar y que de pronto vuelve. Y entonces una sucesión de sonidos deja de ser solamente una estructura acústica y se convierte en experiencia personal. Quizá por eso podemos escuchar una misma obra cientos de veces y no escucharla nunca exactamente igual. Las notas permanecen, pero nosotros cambiamos. Y cuando regresamos a esa música después de algunos años, creemos descubrir cosas nuevas en ella cuando, tal vez, una parte de lo que estamos descubriendo es quiénes somos ahora. Por eso me gusta especialmente que comencemos esta temporada hablando del placer de escuchar. No del deber de escuchar, ni de lo que deberíamos conocer, ni de las obras que supuestamente hay que admirar para demostrar que somos personas cultas. Escuchar por curiosidad. Escuchar porque algo nos conmueve. Escuchar una música que ya conocemos y preguntarnos por qué seguimos volviendo a ella.

  4. Jun 25

    Música y danza.Una pareja bien avenida

    Hoy les proponemos un viaje por una de las relaciones más antiguas, fecundas y fascinantes de toda la historia de las artes: la que existe entre la música y la danza. Estamos tan acostumbrados a escuchar música sentados en una butaca, en el salón de casa o a través de unos auriculares, que a veces olvidamos una realidad fundamental: durante miles de años la música fue, sobre todo, una experiencia colectiva ligada al movimiento. Antes de que existieran los auditorios, las salas de conciertos o las orquestas sinfónicas, los seres humanos ya cantaban y bailaban. Lo hacían para celebrar las cosechas, para acompañar ceremonias religiosas, para festejar victorias, para cortejar, para expresar alegría o para fortalecer los vínculos de la comunidad. Música y danza nacieron prácticamente juntas y durante siglos resultó difícil imaginar la una sin la otra. De hecho, buena parte de las formas musicales que hoy consideramos clásicas tienen su origen en antiguos bailes. El minueto, la gavota, la bourrée, la zarabanda, el vals, la polca o las innumerables danzas populares que inspiraron a tantos compositores fueron, antes que obras para ser escuchadas, músicas destinadas a acompañar el movimiento del cuerpo. A lo largo de este programa recorreremos más de cuatro siglos de historia para descubrir cómo la danza ha inspirado a compositores de épocas muy diferentes. Viajaremos desde las cortes renacentistas hasta los grandes ballets del siglo XX; desde las fiestas populares hasta los escenarios más prestigiosos del mundo; desde la elegancia aristocrática del minueto hasta la poderosa modernidad de Prokófiev y Shostakóvich. Los siglos XVII y XVIII fueron la edad de oro de la danza cortesana. Las grandes monarquías europeas, especialmente la francesa, convirtieron el baile en un elemento esencial de la educación, la etiqueta y la representación del poder. Saber bailar era casi tan importante para un noble como saber montar a caballo o expresarse correctamente en sociedad. No resulta extraño, por tanto, que los compositores comenzaran a organizar buena parte de su música instrumental a partir de sucesiones de danzas. Nació así la llamada suite, una forma musical compuesta por varias piezas breves, cada una inspirada en un tipo de baile diferente. Lo curioso es que, aunque muchas de estas piezas terminaron interpretándose en salones aristocráticos y más tarde en salas de concierto, conservaban las características rítmicas y expresivas de las danzas originales. Pensemos, por ejemplo, en la allemande, una danza de origen alemán. Su movimiento es moderado, elegante y equilibrado. Al escucharla, casi podemos imaginar a las parejas avanzando con pasos medidos y ceremoniosos. Muy distinta es la sarabanda, llegada a Europa desde España a través de un largo proceso de transformación cultural. En sus orígenes fue considerada incluso demasiado atrevida para algunos sectores religiosos y civiles. Sin embargo, en el Barroco adquirió un carácter lento, solemne y profundamente expresivo. En manos de Bach llegó a convertirse en uno de los momentos más intensos y contemplativos de toda la suite. En el extremo opuesto encontramos la gavota, una danza francesa de carácter alegre y luminoso. Su ritmo ligero y su sensación de movimiento constante la convirtieron en una de las favoritas de las cortes europeas. Y más rápida todavía era la giga, heredera de antiguas danzas británicas e irlandesas. Las gigas suelen cerrar las suites barrocas con una explosión de energía, virtuosismo y vitalidad que contrasta con la noble gravedad de la sarabanda. Así pues, cada danza poseía su propio carácter, su propia personalidad e incluso su propia psicología. Los compositores barrocos aprendieron a utilizar esas diferencias como un auténtico vocabulario emocional. La Ilustración impulsaba nuevas formas de pensamiento, las ciudades crecían, la burguesía adquiría cada vez mayor protagonismo y la vida musical empezaba a desplazarse lentamente desde los palacios aristocráticos hacia espacios más abiertos al público. La danza seguía ocupando un lugar esencial en la vida social, pero los compositores empezaron a utilizar sus ritmos y estructuras con una finalidad diferente. Ya no se trataba únicamente de proporcionar música para bailar. Ahora aquellas antiguas danzas podían integrarse en formas puramente musicales destinadas a la escucha atenta. Ninguna danza simboliza mejor esta evolución que el minueto. Nacido en la Francia del siglo XVII, el minueto se convirtió rápidamente en el baile aristocrático por excelencia. Elegante, refinado y contenido, reflejaba a la perfección los ideales de equilibrio, cortesía y buen gusto que caracterizaban a las cortes europeas. Durante décadas fue el rey de los salones. Reyes, nobles y miembros de la alta sociedad aprendían cuidadosamente sus pasos, pues bailar correctamente un minueto era también una forma de demostrar educación y posición social. Pero ocurrió algo curioso. Los compositores comenzaron a apreciar tanto sus posibilidades musicales que terminaron incorporándolo a géneros cada vez más ambiciosos. El minueto abandonó la pista de baile para instalarse en la sonata, el cuarteto de cuerda y, finalmente, la sinfonía. Si el siglo XVIII había bailado el minueto, el siglo XIX iba a descubrir nuevas formas de diversión. Europa estaba cambiando a gran velocidad. La Revolución Industrial transformaba las ciudades, surgían nuevas clases sociales y la burguesía convertía los bailes públicos en uno de los grandes centros de la vida social. En ese contexto apareció una danza que desencadenó una auténtica revolución. Se llamaba polca. Aunque solemos asociarla a Viena y a la familia Strauss, la polca nació en realidad en Bohemia, en la actual República Checa, hacia la década de 1830. Lo que comenzó como una danza popular campesina se propagó por Europa con una rapidez asombrosa. En apenas unos años se bailaba en Praga, Viena, Berlín, París, Londres y San Petersburgo. Su éxito se debía, en buena medida, a su vitalidad. Frente a la elegancia contenida del minueto, la polca era una danza alegre, dinámica y cercana. Se bailaba en parejas, generalmente en compás binario, alternando pequeños desplazamientos laterales, giros y ligeros saltos que le conferían una sensación constante de movimiento y ligereza. Era una danza accesible, menos ceremoniosa que las de la aristocracia del siglo anterior y perfectamente adaptada al espíritu de una sociedad más abierta y participativa. Hasta ahora hemos visto cómo la danza acompañó las celebraciones populares, cómo se refinó en las cortes barrocas y cómo animó los salones de la Europa burguesa del siglo XIX. Pero durante ese mismo siglo la danza adquirió también otro significado. Los compositores comenzaron a mirar hacia las tradiciones populares de sus propios países. Fue la época de los nacionalismos musicales. En numerosos lugares de Europa surgió el deseo de recuperar canciones, leyendas, ritmos y danzas que formaban parte de la memoria colectiva de cada pueblo. Frente al predominio de los modelos musicales centroeuropeos, muchos autores buscaron inspiración en el folclore y en las tradiciones locales. Las danzas populares han servido durante siglos para algo más que entretener. Han sido también una forma de expresar la identidad de una comunidad, de transmitir tradiciones y de mantener vivo el vínculo con la historia colectiva. Durante el siglo XIX y comienzos del XX, muchos compositores europeos descubrieron en el folclore una fuente de inspiración artística. Lo vimos hace unos momentos con Brahms y sus evocaciones de la música húngara. Pero ese mismo fenómeno se produjo también en otros lugares de Europa, incluido el País Vasco. Sin embargo, al llegar al siglo XX, la relación entre música y danza experimenta una transformación radical. Ya no se trata simplemente de proporcionar un ritmo para bailar. La danza comienza a convertirse en una forma de teatro. El desarrollo del ballet moderno permitió a los compositores explorar territorios mucho más complejos. Los movimientos de los bailarines ya no debían limitarse a reproducir los patrones de una danza tradicional. Ahora podían expresar emociones, conflictos psicológicos, tensiones sociales o auténticos dramas humanos.

  5. Jun 4

    La alegría en la música

    La alegría no ha sido entendida del mismo modo en todas las épocas. Para los hombres y mujeres del siglo XVIII, la felicidad estaba asociada a la razón, al equilibrio y a la armonía social. Para los románticos del siglo XIX, podía encontrarse en la imaginación, en la naturaleza o en la afirmación apasionada de la individualidad. Para los nacionalistas musicales, la alegría residía muchas veces en la fiesta popular, en las danzas tradicionales o en la identidad compartida de una comunidad. Y para los compositores del siglo XX, después de dos guerras mundiales, la alegría se convirtió con frecuencia en una conquista, en una forma de resistencia frente a las dificultades del mundo moderno. La música ha celebrado coronaciones, bodas, carnavales y fiestas populares. Ha acompañado bailes y reuniones sociales. Ha servido para exaltar victorias militares y también para expresar la felicidad íntima de una persona. A veces ha sido brillante y espectacular; otras veces delicada y serena. Esta tarde vamos a realizar un viaje por más de ciento cincuenta años de historia musical para descubrir cómo distintos compositores entendieron la alegría y cómo la transformaron en sonido. La alegría ilustrada de Mozart todavía confía en la razón.Pero apenas unas décadas más tarde Europa habrá cambiado profundamente.La Revolución Francesa habrá transformado el panorama político del continente.Napoleón habrá sacudido las viejas estructuras de poder.Y en los teatros italianos comenzará a triunfar un joven compositor cuya música parece sonreír permanentemente. Su nombre era Gioachino Rossini. Pocas figuras han conocido un éxito tan fulgurante como el de Rossini.A comienzos del siglo XIX Europa entera parecía rendida a su talento. Las óperas se representaban de ciudad en ciudad con una rapidez extraordinaria. Los cantantes querían interpretar sus partituras. Los empresarios competían por contratarle. El público acudía masivamente a los teatros para escuchar sus novedades. Muchos historiadores consideran que Rossini fue el primer compositor convertido en auténtica celebridad internacional. Cuando estrenó La italiana en Argel tenía apenas veintiún años. La juventud del compositor resulta casi difícil de creer si pensamos en la seguridad teatral y en la perfección técnica de la obra. Italia vivía entonces una auténtica pasión por la ópera. Los teatros constituían el principal centro de la vida social y cultural. Allí se iba tanto a escuchar música como a ver y ser visto. La ópera era entretenimiento, espectáculo y acontecimiento público. Rossini comprendió mejor que nadie lo que esperaba el público de su tiempo. La alegría que encontramos en Mozart y Rossini tiene todavía mucho que ver con el teatro. En ambos casos nace de personajes ingeniosos, de situaciones cómicas y de una visión relativamente optimista de la naturaleza humana. Sin embargo, a comienzos del siglo XIX Europa había cambiado profundamente. La Revolución Francesa había alterado para siempre el panorama político del continente y las guerras napoleónicas habían dejado una huella profunda en millones de personas. La música ya no podía limitarse a entretener o divertir; muchos compositores comenzaron a atribuirle una dimensión moral y filosófica mucho más ambiciosa. Entre ellos, ninguno tuvo una influencia comparable a la de Ludwig van Beethoven, una figura que marcó la transición entre el mundo clásico y el romántico y que convirtió la creación musical en una forma de reflexión sobre la condición humana. La alegría de Beethoven posee una dimensión heroica. Es una alegría conquistada, fruto del esfuerzo y de la voluntad. Sin embargo, el Romanticismo también descubrió otras formas de felicidad menos ligadas a la lucha y más relacionadas con la imaginación, la fantasía y la capacidad de asombro. Los románticos encontraron en la literatura, en la naturaleza y en los mundos imaginarios una fuente inagotable de inspiración. Y pocos compositores representaron mejor esa sensibilidad que Felix Mendelssohn. Si la alegría de Beethoven era una conquista moral frente a la adversidad, la de Mendelssohn nace de la imaginación. Es la alegría del juego, de la fantasía y de la capacidad de contemplar el mundo con ojos nuevos. En una época marcada por las transformaciones sociales de la Revolución Industrial, la música de El sueño de una noche de verano recordaba a los oyentes que también existía un espacio para el sueño, la poesía y el encanto de lo imposible. Hasta ahora hemos visto cómo la alegría podía expresarse a través de la inteligencia en Mozart, del humor en Rossini, de la afirmación vital en Beethoven o de la fantasía en Mendelssohn. Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XIX comenzó a adquirir una dimensión cada vez más social. La música dejó de ser únicamente una experiencia de los teatros de ópera o de las salas de conciertos para convertirse también en la banda sonora de una nueva vida urbana. Las grandes ciudades europeas crecían, surgían nuevas formas de ocio y miles de personas acudían a bailes, cafés, jardines musicales y celebraciones públicas. En ese contexto, la alegría encontró una de sus expresiones más características en la danza. En ese ambiente nació y desarrolló su carrera Johann Strauss hijo. Su padre había sido también compositor y director de orquesta, pero el joven Strauss terminó superándolo hasta convertirse en una auténtica institución nacional. Con el tiempo sería conocido como el "Rey del Vals", un título que aún hoy nadie discute, valses y polkas, marchas y música alegre siempre. A lo largo de nuestro recorrido hemos comprobado cómo la idea de alegría ha ido transformándose con el paso de los siglos. La encontramos en la confianza ilustrada de Mozart, en el humor teatral de Rossini, en la energía moral de Beethoven, en la imaginación romántica de Mendelssohn, en los bailes vieneses de Strauss, en las celebraciones populares de Dvořák y en la vitalidad mediterránea de Falla. Sin embargo, el siglo XX obligó a replantear muchas de las certezas heredadas. Dos guerras mundiales, crisis económicas, totalitarismos y profundos cambios sociales modificaron la manera en que los artistas contemplaban el mundo. Después de tantas experiencias traumáticas, ¿era todavía posible hablar de optimismo? ¿Podía la música seguir celebrando la vida sin caer en la ingenuidad? La respuesta de algunos compositores fue afirmativa, aunque ya no se trataba de una alegría inocente, sino de una alegría consciente de las contradicciones de la existencia humana.

  6. May 28

    Los músicos y las guerras

    La historia de la música suele contarse como una sucesión de estilos, de grandes nombres, de estrenos memorables y de obras maestras. Pero, en realidad, la historia de la música es también la historia del miedo, del exilio, de las ciudades destruidas y de los artistas que trataron de seguir creando mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor. Porque las guerras no sólo destruyen edificios o fronteras. Las guerras transforman la sensibilidad humana. Cambian la manera de escuchar. Cambian incluso aquello que los artistas consideran posible expresar. Y, sin embargo, en medio del horror, la música ha seguido apareciendo una y otra vez como refugio, como resistencia moral, como memoria y, a veces, incluso como acto de supervivencia. ¿Para qué sirve una sinfonía cuando caen bombas sobre una ciudad? ¿Para qué sirve cantar en un campo de concentración? ¿Por qué algunos compositores siguieron escribiendo música incluso cuando todo parecía perdido? Esta noche, en Música, maestra, recorremos algunos de los momentos en los que la música se enfrentó directamente a la guerra, al totalitarismo y al exilio. Desde el ideal heroico de Beethoven hasta los músicos perseguidos por el nazismo, desde la Guerra Civil española hasta el estremecedor silencio posterior a las catástrofes del siglo XX. Porque quizá la música no pueda detener una guerra. Pero sí puede conservar aquello que las guerras intentan destruir: la humanidad. Después de las grandes guerras del siglo XX, Europa quedó sumida en una pregunta difícil: ¿cómo seguir creando después de semejante destrucción? Muchos artistas sintieron que el lenguaje tradicional ya no bastaba para expresar el trauma contemporáneo. Y, sin embargo, la música siguió existiendo. Porque quizá la música no pueda impedir las guerras. Pero puede conservar la memoria de quienes las sufrieron. Puede acompañar el duelo. Puede recordar aquello que el poder quiso borrar. Puede devolver humanidad allí donde sólo parecía quedar destrucción. Tal vez por eso seguimos escuchando hoy estas obras. No sólo por su belleza. También porque contienen la huella emocional de una época herida. Y quizá porque nos recuerdan algo esencial: incluso en los momentos más oscuros, el ser humano siguió necesitando cantar, expresarse, sentir, emocionarse y compartir identidad a través de la música.

  7. May 14

    Luigi Boccherini en España

    Hoy dedicamos nuestro tiempo en Música Maestra a un compositor cuya música ha sonado durante siglos asociada a la elegancia, al refinamiento y a una determinada imagen sonora del siglo XVIII. Un músico nacido en Italia, formado en la tradición instrumental centroeuropea y convertido, sin embargo, en una de las figuras más singulares de la historia musical española: Luigi Boccherini. Su nombre aparece inevitablemente unido al célebre Minueto del Quinteto Op. 11 nº 5, probablemente una de las piezas de música de cámara más populares jamás escritas. Pero Boccherini fue mucho más que un compositor de páginas amables y delicadas. Fue uno de los grandes innovadores de la música instrumental europea, un creador decisivo en la evolución del cuarteto y, sobre todo, del quinteto de cuerda, y un músico que pasó más de la mitad de su vida en España, absorbiendo elementos de la cultura española hasta incorporarlos a su lenguaje musical. La historia de Boccherini permite además recorrer un momento especialmente interesante de la Europa ilustrada. Un tiempo en el que la música abandonaba progresivamente los grandes modelos barrocos y comenzaba a buscar claridad formal, equilibrio y naturalidad expresiva. Cuando Boccherini nace, en 1743, todavía resuenan los ecos del Barroco tardío de Bach y Händel. La música europea estaba dominada por la complejidad contrapuntística, por las formas religiosas y por el esplendor cortesano heredado del siglo XVII. Sin embargo, a mediados del XVIII empieza a imponerse otro ideal sonoro: el llamado estilo galante. La melodía se vuelve más clara, las frases más simétricas y la música instrumental gana protagonismo. Es la época en la que Haydn comienza a desarrollar la sinfonía y el cuarteto de cuerda, mientras Mozart transformará posteriormente esas formas en auténticos vehículos de expresión dramática y sofisticación armónica. Boccherini pertenece exactamente a ese momento de transición. Comparte generación con Haydn, aunque desarrolla un lenguaje muy personal, menos dramático y más refinado en el detalle tímbrico. Y, aunque durante mucho tiempo quedó eclipsado por la enorme sombra de los grandes clásicos vieneses, hoy sabemos que fue una figura central en la evolución de la música de cámara europea. La vida de Boccherini comienza en Lucca, en la Toscana italiana. Su padre era contrabajista y el joven Luigi recibió desde muy temprano formación musical. Pronto destacó como violonchelista, instrumento que en aquel momento estaba todavía consolidando su presencia como solista. Durante su juventud viajó a Viena, uno de los grandes centros musicales europeos. Allí entró en contacto con las nuevas corrientes instrumentales y conoció el desarrollo del cuarteto y la sinfonía que estaba teniendo lugar en el ámbito germánico. Pero el gran giro de su vida se produjo en 1768, cuando llegó a España junto al violinista Filippo Manfredi. España vivía entonces bajo el reinado de Carlos III, probablemente el monarca más representativo del reformismo ilustrado español. La corte borbónica intentaba modernizar el país siguiendo modelos franceses e italianos. Madrid experimentaba importantes transformaciones urbanísticas y culturales: nacían paseos ilustrados, academias, instituciones científicas y nuevos espacios de sociabilidad aristocrática. En pintura comenzaba a destacar Francisco de Goya, mientras en arquitectura y urbanismo se desarrollaba el gran proyecto ilustrado madrileño. En ese contexto, Boccherini entró al servicio del infante don Luis de Borbón, hermano de Carlos III. Don Luis mantenía una pequeña corte cultural privada, refinada y muy activa musicalmente. Allí Boccherini encontró estabilidad económica y, sobre todo, libertad creativa. La música española de la época estaba todavía muy marcada por influencias italianas. La ópera italiana dominaba los teatros cortesanos y gran parte de la música instrumental seguía modelos importados. Sin embargo, Boccherini aportó algo distinto: incorporó ritmos, giros melódicos y ambientes españoles dentro de formas clásicas europeas. En cierto modo, anticipó una idea que más tarde desarrollarán Albéniz, Granados o Falla: la posibilidad de construir una identidad musical española reconocible dentro del lenguaje culto europeo. Además, contribuyó decisivamente al desarrollo de la música de cámara en España, un género que hasta entonces había tenido menor implantación que en Austria o Alemania. La España en la que vivió Boccherini atravesaba además un momento político complejo. Las reformas ilustradas convivían con tensiones sociales y económicas importantes. Tras la muerte de don Luis, Boccherini perdió parte de la protección cortesana que había disfrutado durante años. Aun así, siguió trabajando para distintos mecenas, entre ellos el rey de Prusia Federico Guillermo II, gran aficionado al violonchelo. Ese sistema de patronazgo aristocrático era todavía fundamental para los compositores del XVIII. La figura del músico independiente apenas comenzaba a aparecer. Mozart intentaría abrir ese camino en Viena con enormes dificultades. Boccherini, en cambio, permaneció siempre ligado a estructuras cortesanas. Mientras Haydn desarrollaba estructuras sinfónicas de gran solidez arquitectónica y Mozart profundizaba en el dramatismo expresivo, Boccherini siguió otro camino. Su música se caracteriza por el refinamiento tímbrico, por el detalle ornamental y por una escritura extremadamente cuidadosa para las cuerdas. No buscó grandes desarrollos dramáticos ni monumentales. Su aportación fue otra: ampliar las posibilidades expresivas de la música de cámara y convertir el quinteto de cuerda en un género autónomo y sofisticado. De hecho, compuso más de un centenar de quintetos, una cifra impresionante que demuestra hasta qué punto hizo suyo ese formato.

  8. May 7

    Claude Debussy, pintar con sonido

    La formación de Debussy en el Conservatorio de París se produce en un momento de tensión entre la tradición germánica y la escuela francesa. Por un lado, la herencia de Johannes Brahms, centrada en el desarrollo motivico y la coherencia estructural; por otro, la influencia de Richard Wagner, especialmente en la expansión del cromatismo y la suspensión de la cadencia tonal. Debussy conoce profundamente la obra wagneriana —asiste en 1888 a representaciones en Bayreuth—, pero reacciona contra su densidad armónica y su concepción teleológica del discurso musical. Frente a la idea de tensión-resolución, propone estructuras basadas en la yuxtaposición y la transformación tímbrica. En paralelo, el entorno artístico parisino experimenta una renovación significativa. En pintura, Claude Monet, Pierre-Auguste Renoir y otros artistas impresionistas abandonan la representación detallada en favor de la captación de la luz y el instante. En literatura, el simbolismo de Stéphane Mallarmé o Paul Verlaine propone una escritura basada en la sugerencia y la ambigüedad semántica. Debussy se sitúa en este contexto interdisciplinar, aunque conviene precisar que él mismo rechazó el término “impresionista”. Sin embargo, desde el punto de vista analítico, el paralelismo con la pintura es pertinente: en ambos casos se produce una disolución de la forma tradicional y una atención prioritaria a la percepción. ¿QUÉ ES EL IMPRESIONISMO EN MÚSICA?  El término “impresionismo musical” no define una escuela organizada, sino una serie de rasgos estilísticos que se observan en Debussy y, en menor medida, en Maurice Ravel. Podemos delimitarlo a partir de varios elementos: Ambigüedad tonal: uso de escalas modales, pentatónicas y de tonos enteros que debilitan la jerarquía tonal. Acordes paralelos (planing): desplazamiento de estructuras armónicas sin función tonal tradicional. Prioridad del timbre: la orquestación y el color sonoro adquieren un papel estructural. Forma abierta: sustitución del desarrollo temático por la sucesión de bloques sonoros. Relación con lo extramusical: títulos evocadores que remiten a imágenes, fenómenos naturales o estados de percepción. A diferencia del Romanticismo, donde la música expresa emociones definidas, en Debussy se orienta hacia la evocación de sensaciones. La obra de Debussy marca un punto de inflexión en la historia de la música occidental. Su rechazo del desarrollo temático tradicional y de la jerarquía tonal abre nuevas vías de exploración que serán fundamentales en el siglo XX. Su influencia se manifiesta en corrientes diversas: desde el neoclasicismo hasta las vanguardias, pasando por el desarrollo del color orquestal y la música modal. La aportación de Claude Debussy consiste en una redefinición de los parámetros musicales tradicionales: la armonía deja de ser funcional, la forma se flexibiliza y el timbre adquiere un papel estructural. En este sentido, Debussy no solo representa una alternativa al Romanticismo tardío, sino el inicio de un nuevo paradigma musical. Su obra no representa una ruptura aislada, sino el inicio de una transformación profunda que marcará el desarrollo de la música del siglo XX.

About

En Radio Popular/Herri irratia apostamos por la cultura musical en general y por una labor formativa e informativa en particular con ¡Música, maestra!, un programa de música clásica que aborda de un modo cercano y  divulgativo las obras de los grandes compositores de la historia de la música llamada clásica o académica, los instrumentos musicales y sus agrupaciones más relevantes, así como distintos géneros y estilos como el jazz, la ópera, la música coral, los musicales de Broadway y la música para cine. Buena música para todos los públicos. Un programa que disfrutarán los melómanos y que iniciará a los oyentes menos habituados en la apreciación de la música clásica. Margarita Lorenzo de Reizabal es la mano experta que guía el programa con temas, a menudo monográficos, tomando como hilo conductor asuntos musicales y también extramusicales que sirven de excusa para realizar un recorrido sonoro por el repertorio más interesante y asequible a todos nuestros oyentes. Margarita es pianista, directora de orquesta, docente en el Centro Superior de Música del País Vasco, experta en investigación musical y educativa, compositora y divulgadora musical. Pero, sobre todo, es una apasionada de la música y esa pasión es la que transmite en nuestras ondas.

More From Radio Popular de Bilbao