La Traviata

Radio Popular - Herri Irratia te lleva a casa el apasionante mundo de la ópera, la zarzuela, el teatro musical y mucho más, en La traviata con Margarita Lorenzo de Reizabal. Los martes por la tarde (nuestra maestra) Margarita Lorenzo de Reizabal te conducirá de la mano por los vericuetos de los escenarios líricos para descubrir los secretos de las óperas y zarzuelas, los mejores libretos, las arias más espectaculares y todo lo que debes saber sobre los personajes, las mejores voces del pasado y actuales, los coros de ópera y los compositores. Si te gusta la lírica, La traviata es tu programa de cabecera. Si crees que la ópera no va contigo, descubre la magia del teatro musical con La traviata y contágiate de la pasión por la lírica. Los martes a las 17:00 tienes una cita con el mundo de la ópera y la zarzuela en Radio Popular - Herri Irratia con Margarita Lorenzo de Reizabal en La traviata. ¡Pasión por la lírica!

  1. 13h ago

    ¡Qué difícil es ser padre en la ópera!

    Ser padre nunca ha sido una tarea sencilla. Ni en la vida real ni, desde luego, en la ópera. Porque si algo nos enseña el teatro lírico es que los padres, incluso cuando tienen las mejores intenciones, pueden equivocarse estrepitosamente. Y cuando eso sucede sobre un escenario, las consecuencias suelen ser bastante más graves que una discusión familiar durante la comida del domingo. En la ópera encontramos padres autoritarios, padres tiernos, padres posesivos, padres ausentes, padres que sacrifican su felicidad por sus hijos y otros que, convencidos de protegerlos, terminan arruinándoles la vida. Algunos son reyes, otros bufones, soldados o modestos ciudadanos. Pero todos comparten algo: la paternidad los enfrenta a sus propias contradicciones. Y es curioso comprobar cómo los compositores han sabido traducir musicalmente esos conflictos. Verdi, por ejemplo, fue un auténtico maestro en el retrato de las relaciones entre padres e hijos. Quizá porque él mismo conoció el dolor de perder a sus dos hijos cuando eran pequeños, la figura paterna ocupa un lugar especialmente importante en su teatro musical. Sus padres aman, sufren, se equivocan y, en ocasiones, descubren demasiado tarde las consecuencias de sus decisiones. Pero no todos los padres operísticos son personajes trágicos. También encontraremos a quienes ejercen la paternidad sin necesidad de vínculos de sangre, demostrando que el cariño, el cuidado y la responsabilidad pueden construir relaciones familiares tan profundas como las biológicas. Y luego están los padres poderosos. Esos hombres acostumbrados a mandar sobre ejércitos, pueblos o incluso dioses, que descubren que gobernar los sentimientos de sus propios hijos es una empresa imposible. Porque una cosa es dirigir un imperio y otra, bastante más complicada, conseguir que un hijo haga lo que uno quiere. Hoy vamos a recorrer siete historias de paternidad muy diferentes. Conoceremos a un bufón que intenta proteger desesperadamente a su hija; a un padre que antepone las convenciones sociales a la felicidad de su familia; a otro que se enfrenta al poder para defenderla; a un militar que descubre las alegrías de una paternidad compartida; a un gobernante que recupera a su hija perdida; a un zar que se despide de su hijo ante la proximidad de la muerte; y, finalmente, a un dios que deberá renunciar a la hija que más ama. Siete padres, siete conflictos y siete maneras de expresar musicalmente uno de los vínculos humanos más complejos. Porque, después de todo, quizá la gran pregunta que plantea la ópera no sea cuánto quieren los padres a sus hijos, sino si saben quererlos sin impedirles vivir su propia vida. Hoy descubriremos que, incluso entre arias, dúos y grandes escenas orquestales, ser padre puede convertirse en el papel más difícil de todos. Repertorio: Rigoletto — Verdi La traviata — Verdi Luisa Miller — Verdi La fille du régiment — Donizetti Simon Boccanegra — Verdi Boris Godunov — Músorgski Die Walküre — Wagner

  2. Oct 27

    Espacio musical sobre las grandes damas de la zarzuela

    Hoy vamos a cambiar de escenario. Dejamos por un momento los grandes teatros de ópera europeos, las tragedias de Verdi, las pasiones de Puccini y los dramas de Wagner, para acercarnos a un género que forma parte de nuestro patrimonio musical y teatral: la zarzuela. Y vamos a hacerlo de la mano de sus mujeres. Porque si hay algo que no falta en la zarzuela son personajes femeninos con carácter. Mujeres que aman, que se enfadan, que desafían las convenciones, que utilizan el ingenio para    conseguir lo que desean y que, en ocasiones, deben enfrentarse a una sociedad que no les permite decidir libremente sobre su propia vida. La zarzuela nos ofrece una galería femenina extraordinariamente variada. Encontramos a las muchachas descaradas del Madrid castizo, a las jóvenes enamoradas que saben manejar los celos masculinos, a las mujeres del mundo rural sometidas a las presiones familiares y a las protagonistas de grandes dramas sentimentales. Algunas provocan nuestra sonrisa; otras nos conmueven profundamente. Y lo interesante es que estas mujeres no solamente están definidas por sus argumentos. También lo están por su música. Los compositores supieron encontrar un lenguaje particular para cada una de ellas: desde los ritmos populares y las melodías desenfadadas del género chico hasta las grandes expansiones líricas de las zarzuelas del siglo XX, en las que la escritura vocal y orquestal alcanza una notable complejidad. A lo largo del programa vamos a recorrer distintas épocas y estilos, desde finales del siglo XIX hasta las décadas centrales del XX, escuchando a siete mujeres que representan otras tantas maneras de entender el amor, la independencia, los celos y las relaciones humanas. Y, naturalmente, aprovecharemos para recordar algunas de las páginas más hermosas de nuestro teatro lírico, un repertorio que merece ocupar un lugar mucho más destacado en la programación musical de nuestros días. OBRAS: 1. Ruperto Chapí (1851-1909): La revoltosa — Dúo de Mari Pepa y Felipe 2. Tomás Bretón (1850-1923): La verbena de la Paloma — Susana, una mujer que no acepta imposiciones 3 . Gerónimo Giménez (1854-1923): La tempranica — María, el amor frente a las diferencias sociales Amadeo Vives (1871-1932): Doña Francisquita — Una mujer que sabe lo que quiere 5. Jacinto Guerrero (1895-1951): Los gavilanes — Rosaura, entre el amor y el sacrificio 6. Pablo Sorozábal (1897-1988): La tabernera del puerto — Marola, una mujer frente a los prejuicios 7. Federico Moreno Torroba (1891-1982): Luisa Fernanda — Entre el amor y la dignidad

  3. Oct 20

    Cartas que cambian destinos. Del amor al juego en la ópera

    Hoy vamos a hablar de cartas. Sí, de cartas. De esas que se escribían a mano, se doblaban cuidadosamente, se introducían en un sobre y emprendían un viaje que podía durar días, semanas o incluso meses. Cartas de amor, de despedida, de confesión, de amenaza o de engaño. Cartas que se esperaban con impaciencia, que se leían una y otra vez, que se escondían en un cajón o que terminaban destruidas entre lágrimas. Pero también hablaremos de otras cartas, las que se barajan, se reparten y se colocan sobre una mesa de juego. Esas que, en determinadas circunstancias, pueden valer una fortuna, provocar una ruina o incluso decidir sobre la vida y la muerte. Y es que, aunque parezcan objetos modestos, las cartas han desempeñado un papel extraordinario en la historia de la ópera. A veces basta una hoja de papel para desencadenar una tragedia. Otras veces, unas cuantas cartas de la baraja son suficientes para revelar el carácter de un personaje, poner al descubierto sus obsesiones o precipitar su destino. Pensemos por un momento en el mundo anterior al teléfono, al correo electrónico y a los mensajes instantáneos. Durante siglos, escribir una carta era una de las pocas maneras de comunicar sentimientos que no podían expresarse personalmente. Una declaración amorosa podía exigir días de reflexión antes de quedar plasmada sobre el papel. Y una vez enviada, ya no había manera de recuperarla. El destinatario podía responder, guardar silencio, rechazarla o, peor todavía, permitir que llegara a manos de alguien que jamás debería haberla leído. Los libretistas de ópera comprendieron muy pronto las posibilidades teatrales de este recurso. Una carta permite introducir información que algunos personajes conocen y otros ignoran. Puede provocar un malentendido, desenmascarar una mentira, despertar unos celos o revelar un secreto. Y todo ello sin necesidad de grandes acontecimientos escénicos. Basta con que alguien abra un sobre y comience a leer. Pero hay algo todavía más interesante: la música puede contarnos lo que las palabras escritas no dicen. Cuando un personaje lee una carta, el compositor tiene la posibilidad de mostrarnos simultáneamente el contenido del mensaje y la reacción emocional de quien lo recibe. Una melodía puede expresar esperanza mientras la orquesta anuncia una desgracia. Una armonía inesperada puede revelar el miedo que el personaje intenta ocultar. Y un silencio puede resultar más elocuente que cualquier declaración. En ocasiones, incluso asistimos al proceso de escribir la carta. Es lo que sucede en una de las escenas más conmovedoras de toda la literatura operística, cuando una joven enamorada intenta encontrar las palabras adecuadas para confesar sus sentimientos. La pluma se detiene, las frases se interrumpen, la emoción desborda a quien escribe… y la música convierte esa intimidad en una experiencia compartida con todo el teatro. Naturalmente, no todas las cartas operísticas son tan sinceras. Algunas contienen mentiras cuidadosamente elaboradas. Otras se escriben con la intención de engañar a alguien, y hay personajes tan poco imaginativos que llegan a enviar exactamente la misma declaración amorosa a dos mujeres diferentes. Como pueden imaginar, semejante imprudencia no suele terminar demasiado bien para el remitente. Pero hoy vamos a dar un paso más, porque la palabra carta nos permitirá entrar también en el mundo del azar, de las apuestas y de la superstición. Las cartas de la baraja poseen una capacidad dramática muy particular: introducen la incertidumbre. Nadie sabe con seguridad qué carta aparecerá, qué combinación tendrá el adversario o cuál será el resultado de la siguiente jugada. Y esa incertidumbre, que en una partida corriente puede resultar simplemente entretenida, adquiere una intensidad extraordinaria cuando lo que está en juego es el amor, la libertad o la propia existencia. Algunos compositores han utilizado las cartas como símbolo del destino. En sus óperas, los personajes creen descubrir en ellas un futuro que parece inevitable. Otros, por el contrario, intentan dominar el azar, convencidos de que existe algún secreto capaz de garantizarles la victoria. Y también encontraremos a quien, cuando comprende que las reglas del juego conducen a la derrota, decide cambiarlas discretamente en su propio beneficio. Mozart, Verdi, Chaikovski, Massenet, Bizet y Puccini serán nuestros compañeros de viaje en este recorrido. Siete escenas, siete situaciones muy diferentes y un elemento común: unas cartas que, de una manera u otra, alteran el curso de los acontecimientos. Comenzaremos con una carta que nace de una conspiración amorosa, en una de las comedias más inteligentes y deliciosas de Mozart. Después descubriremos que ciertos caballeros deberían prestar más atención a su correspondencia antes de enviarla. Nos emocionaremos con las palabras de una joven que se atreve a confesar su amor y con las de un hombre cuya ausencia se hace insoportable. Y, poco a poco, las cartas escritas dejarán paso a las cartas de la baraja, hasta llegar a una partida en la que una mujer se juega algo infinitamente más valioso que el dinero. Porque en la ópera, amigas y amigos, una carta nunca es simplemente una carta. Puede ser una promesa, una traición, una esperanza, una sentencia o una última oportunidad. Y hoy vamos a comprobar que, tanto si se escribe con tinta como si se sostiene entre los dedos de un jugador, una carta puede cambiar absolutamente todo.

  4. Oct 13

    Los malos en la ópera

    Hoy vamos a hablar de unos personajes que, aunque no siempre nos resulten simpáticos, son absolutamente imprescindibles para que muchas de las grandes historias del teatro lírico funcionen. Me refiero a los malos de la ópera. Esos individuos capaces de mentir, traicionar, manipular, perseguir e incluso asesinar para conseguir sus propósitos. Personajes que, en la vida real, procuraríamos tener lo más lejos posible, pero que, cuando aparecen sobre un escenario, pueden llegar a fascinarnos. Y es que la ópera, como el teatro y la literatura, necesita conflictos. Necesita personajes que se enfrenten, intereses contrapuestos, pasiones que choquen entre sí y situaciones que pongan a prueba los sentimientos humanos. Y en ese universo dramático, los villanos desempeñan con frecuencia un papel fundamental. Sin ellos, muchas de las grandes tragedias operísticas sencillamente no existirían, o al menos no serían como las conocemos. Pensemos, por ejemplo, en Tosca. ¿Qué sería de la historia de amor entre Tosca y Cavaradossi sin la intervención del perverso Scarpia? Probablemente, una historia mucho más feliz, pero también bastante menos dramática. O imaginemos el Otello de Verdi sin Yago, ese personaje que consigue destruir un matrimonio y provocar una tragedia mediante una sucesión de mentiras cuidadosamente calculadas. En ambos casos, el villano no es un personaje secundario que se limita a complicar las cosas: es el verdadero motor de la acción. Pero hay algo especialmente interesante en los malos de la ópera, y es que no todos son iguales. Algunos ejercen la maldad desde el poder, convencidos de que su posición les permite disponer de la vida de los demás. Otros se dejan arrastrar por la ambición, los celos o el deseo de venganza. Los hay que disfrutan causando sufrimiento y también quienes, para salvarse a sí mismos, están dispuestos a sacrificar a cualquiera que se cruce en su camino. Y, por supuesto, no podemos olvidarnos de los personajes diabólicos, esos seres sobrenaturales que encarnan la tentación y la capacidad de corromper al ser humano. Lo verdaderamente extraordinario es la manera en que los compositores han sabido traducir todos esos comportamientos a un lenguaje musical. Porque en la ópera la maldad no solamente se representa mediante las palabras o las acciones: también se escucha. Puede manifestarse en una armonía inquietante, en un ritmo obsesivo, en una melodía amenazadora o en una orquestación que parece anunciar una catástrofe. En ocasiones, basta con que un personaje aparezca acompañado por determinados acordes para que comprendamos inmediatamente que algo terrible está a punto de suceder. Y, sin embargo, no siempre la música de los villanos resulta oscura o amenazadora. Algunos cantan páginas de una belleza extraordinaria. Otros despliegan una energía irresistible, una brillantez vocal o una capacidad de seducción que nos obliga a reconocer una curiosa paradoja: podemos detestar profundamente a un personaje y, al mismo tiempo, disfrutar enormemente escuchándolo cantar. Hay además una circunstancia que merece la pena recordar. Muchos de los grandes villanos de la ópera están escritos para voces graves, especialmente barítonos y bajos. No se trata de una regla absoluta, pero sí de una tendencia bastante reconocible en el repertorio. Frente al tenor que suele encarnar al enamorado o al héroe romántico, el barítono aparece con frecuencia asociado a personajes de autoridad, rivales, padres severos y, por supuesto, antagonistas. Esa profundidad vocal puede transmitir poder, amenaza, misterio o una inquietante sensación de dominio. Nuestro recorrido de hoy nos llevará por distintas épocas, países y estilos musicales. Conoceremos a un gobernador corrupto dispuesto a cometer un asesinato para ocultar sus crímenes; a un hombre que intenta salvar su alma entregando otra al diablo; a un espíritu infernal que se divierte tentando a los mortales; y a varios personajes cuya ambición, crueldad o capacidad de manipulación desencadenan algunas de las tragedias más célebres de la historia de la ópera. Escucharemos música de Beethoven, Weber, Gounod, Verdi, Ponchielli y Puccini. Seis compositores muy diferentes que nos permitirán descubrir otras tantas maneras de construir musicalmente a un villano.

  5. Oct 6

    OBERTURAS Y PRELUDIOS DE ÓPERA

    Hay músicas que no necesitan esperar a que aparezcan los personajes para empezar a contar una historia. El público ocupa su localidad, se apagan las luces, el murmullo de la sala desaparece y, cuando todavía no se ha pronunciado una sola palabra sobre el escenario, la orquesta toma la palabra. A veces lo hace con solemnidad; otras, con una explosión de energía; puede presentarnos el ambiente en el que va a desarrollarse la acción, anticipar algunos de los temas musicales que escucharemos después o incluso advertirnos, sin que todavía podamos saberlo, de cómo terminará todo. Oberturas y preludios han sido durante siglos mucho más que una música destinada a anunciar que la función comienza. Y aunque utilizamos ambos términos con cierta familiaridad, obertura y preludio no significan exactamente lo mismo. La obertura adquirió históricamente una entidad considerable como pieza instrumental de apertura y llegó a desarrollar formas y tradiciones propias. Pensemos en la obertura italiana de los siglos XVII y XVIII, generalmente articulada en secciones rápido-lento-rápido, o en la obertura francesa asociada a Lully, con su característica alternancia entre una introducción solemne y una sección más rápida. Con el tiempo, especialmente a partir de Mozart y, sobre todo, durante el Romanticismo, la obertura fue estrechando su relación con el drama: dejó de ser únicamente una pieza que precedía a la representación para convertirse muchas veces en una auténtica puerta de entrada a su mundo emocional y argumental. El preludio suele ser más breve y, en muchas óperas del siglo XIX, aparece todavía más íntimamente ligado a lo que viene después. No pretende necesariamente funcionar como una composición autónoma: puede crear una atmósfera, presentar una idea musical, preparar psicológicamente una escena y conducirnos hacia ella casi sin que percibamos dónde termina la introducción y dónde empieza propiamente el drama. Naturalmente, las fronteras no son rígidas, y los compositores hicieron con estos géneros exactamente lo que suelen hacer los grandes creadores con las etiquetas: utilizarlas cuando les servían y desbordarlas cuando necesitaban otra cosa. Hoy en La Traviata vamos a escuchar seis maneras muy diferentes de abrir una ópera: Juan Crisóstomo Arriaga, Rossini, Weber, Wagner, Smetana y Mascagni.

  6. Sep 15

    ÓPERA PARA QUIENES DICEN QUE NO LES GUSTA LA ÓPERA

    Después de la pausa del verano regresamos a nuestra cita con la ópera y lo hacemos hoy con un pequeño desafío. Porque este primer programa de la nueva temporada está especialmente dedicado a quienes, cuando escuchan la palabra ópera, responden inmediatamente: «A mí la ópera no me gusta». No se preocupen. No vamos a intentar convencerles. Bueno… quizá un poco. Porque hay algo bastante curioso en esa afirmación. Muchas personas que están absolutamente seguras de que no les gusta la ópera conocen fragmentos de Carmen, han escuchado alguna vez «Nessun dorma», reconocen inmediatamente «La donna è mobile», saben cómo empieza el brindis de La traviata y probablemente han oído el coro de Nabucco en películas, anuncios, acontecimientos deportivos o programas de televisión. Es decir, quizá no frecuentan los teatros de ópera, quizá nunca han escuchado una ópera completa y quizá incluso sienten cierta prevención ante un espectáculo en el que los personajes cantan durante tres horas en italiano, francés o alemán. Pero la ópera, sin que ellos lo sepan, lleva acompañándolos buena parte de su vida. Así que hoy vamos a hacer un experimento. Durante el programa de hoy recorreremos algunas de esas páginas que consiguieron escapar del teatro y adquirir una segunda vida fuera de él. Pero no vamos a escucharlas como una colección de grandes éxitos. Vamos a hacer justamente lo contrario: vamos a devolverlas al lugar del que proceden. Porque «Nessun dorma» no fue escrito para inaugurar unos Juegos Olímpicos ni para acompañar una final de fútbol. Lo canta un príncipe que espera descubrir al amanecer si conseguirá conquistar a una mujer que ha ordenado que nadie duerma en toda Pekín. «La donna è mobile» tampoco es simplemente una melodía pegadiza para tenor. Es la canción de un hombre frívolo que presume de conocer a las mujeres mientras, a pocos metros de él, se está preparando una tragedia terrible. Y la habanera de Carmen no es una bonita canción española escrita por un compositor francés. Es la tarjeta de presentación de uno de los personajes femeninos más fascinantes de toda la historia de la ópera. Hoy vamos a descubrir qué hay detrás de esas músicas que casi todos conocemos.Y a quienes estén pensando todavía «pero a mí la ópera no me gusta», les proponemos un trato. Quédense con nosotros hasta el final. Después pueden seguir diciendo exactamente lo mismo. Aunque quizá ya no con tanta seguridad.

  7. Jun 23

    El violinista en el tejado

    Hoy dedicamos nuestro tiempo en La Traviata a una de las grandes obras maestras del teatro musical del siglo XX: El violinista en el tejado, estrenada en Broadway en 1964 con música de Jerry Bock, letras de Sheldon Harnick y libreto de Joseph Stein. La obra está basada en los relatos del escritor judío Sholem Aleichem, uno de los autores más importantes de la literatura en lengua yiddish. Sus historias describían con humor, ternura y realismo la vida cotidiana de las comunidades judías de Europa oriental, un mundo que estaba a punto de desaparecer para siempre. Aunque nació como un musical norteamericano, El violinista en el tejado se sitúa en un contexto histórico muy preciso. La acción transcurre en 1905, en los últimos años del Imperio ruso de los zares. En aquella época vivían millones de judíos repartidos por pequeñas localidades rurales conocidas como shtetl. Estas comunidades conservaban una intensa vida religiosa y cultural, hablaban habitualmente en yiddish y mantenían tradiciones transmitidas de generación en generación. Sin embargo, también sufrían numerosas restricciones legales, discriminación n social y frecuentes episodios de violencia. A comienzos del siglo XX el Imperio ruso atravesaba una profunda crisis política y económica. Las tensiones revolucionarias crecían y las minorías, entre ellas la población judía, eran con frecuencia objeto de persecución. Ese es el escenario histórico en el que se desarrolla nuestra historia. El título del musical procede de una imagen inspirada en las pinturas de Marc Chagall. El violinista representa la frágil búsqueda del equilibrio. Del mismo modo que un músico intenta mantenerse en pie sobre un tejado sin caer al vacío, los habitantes de Anatevka intentan conservar sus tradiciones mientras el mundo cambia a su alrededor. Esa tensión entre permanencia y cambio constituye el verdadero corazón de la obra. La acción se sitúa en Anatevka, una pequeña aldea judía ficticia. Allí vive Tevye, un humilde lechero que trabaja duramente para mantener a su familia. Tevye es uno de los grandes personajes creados por el teatro musical. Profundamente religioso, dotado de gran sentido del humor y de una extraordinaria humanidad, conversa continuamente con Dios mientras intenta resolver los problemas cotidianos que la vida pone en su camino. Junto a él encontramos a su esposa Golde, mujer práctica y trabajadora, y a sus cinco hijas: Tzeitel, Hodel, Chava, Shprintze y Bielke. La historia particular de Tevye y su familia es una reflexión universal sobre el desarraigo, la emigración y la capacidad humana para conservar la propia identidad en circunstancias adversas. Los habitantes de Anatevka al final pierden su hogar, pero no pierden aquello que consideran esencial: sus recuerdos, su cultura y los lazos que los unen. El violinista en el tejado es una obra que combina humor, emoción e historia para abordar cuestiones tan universales como las relaciones entre padres e hijos, el conflicto entre tradición y modernidad, la búsqueda de la identidad y la necesidad de adaptarse a un mundo en permanente transformación. Más de sesenta años después de su estreno, sigue siendo uno de los musicales más profundos y conmovedores de todo el repertorio internacional.

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